DE LA VICTORIA DE SOLARIS
por Javier Iglesias Plaza

El lector curtido en mil y una lecturas góticas y de ghost-story no podrá, seguramente, abstenerse de percibir tras la lectura de los primeros capítulos de SOLARIS, que Lem había escrito una historia de casa embrujada en clave de ciencia-ficción. La estación semidesierta a la que llega un personaje extranjero, el suicidio de un integrante de la tripulación, la extraña conducta del resto de los de a bordo, repleta de alienado secretismo, y, sobre todo, las intrigantes y aterradoras apariciones que, deambulando silenciosas por el complejo como espectros dieciochescos, prueban la cordura y la fuerza de voluntad del recién llegado, son algunos de los temas que podrían confundir (agradablemente, eso sí) al lector en una primera impresión.

No obstante, esta sería una lectura, si no errónea, si al menos superficial, pues no en vano la significación del texto de Lem va mucho más allá de una mera transposición de los estilemas meramente góticos a un escenario de ciencia-ficción.

SOLARIS

Porque la pretensión principal de Lem parece ser la de poner de manifiesto la incapacidad del conocimiento humano para salvar ciertas barreras, así como el poner de manifiesto el fracaso de la última y nueva religión del hombre; la ciencia.

De hecho Lem parece articular una historia en torno a la derrota. La derrota del ser humano, de su ciencia omnipotente, e, incluso, de la felicidad y la esperanza humanas. Y todo ello articulado alrededor de ese inmenso y vasto hilo conductor de la historia que es el océano de Solaris.

Nos encontramos, para empezar, con el fracaso de las ciencias de la Razón Pura, de las Matemáticas. Durante décadas los más reputados científicos han intentado en vano desentrañar los misterios de Solaris a través de la ciencia y todo parece haber sido en vano. En el texto nos encontramos de hecho, a lo largo de toda la novela, con las diversas alusiones que Kris hace a la evolución de la ciencia solarística, toda ella llena de verdades perentorias, medias teorías, y múltiples hipótesis sin confirmación plausible. En este aspecto el propio corpus teórico de la solarística parece establecer un vínculo con lo que podría ser nuestra propia historia de la filosofía, que ha sido siempre (y así es hasta ahora) todo un suceder de los más variopintas ideas con el único objetivo de dar respuestas a preguntas que todavía hoy no han sido contestadas.

El SOLARIS de Andrei Tarkovsky

La ciencia ha sido derrotada por Solaris...

Y de esta derrota deducimos la siguiente, que es la del propio ser humano en sí, que a pesar de creerse la forma más evolucionada y superior del cosmos, se ve, una y otra vez, derrotado por ese océano de incólumes interrogantes, precisamente, por no ser capaz de salir de su propio modelo, por no poder analizar Solaris más que con escalas humanas. Lem nos deja entrever esta idea en varias ocasiones: ... y me dije, que nuestra erudición, la información acumulada en las bibliotecas, no era otra cosa que un fárrago inútil, un pantano de testimonios y conjeturas, y que desde el conocimiento de las investigaciones, sesenta y ocho años atrás, no habíamos avanzado un solo paso (p.32); no queremos conquistar el cosmos, sólo queremos extender la tierra hasta las lindes del cosmos (...) No queremos someter a otros retos, queremos simplemente trasmitirles nuestros valores y apoderarnos en cambio de un patrimonio ajeno (...) un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es. Buscamos una imagen ideal de nuestro propio mundo; partimos en busca de un planeta, de una civilización superior a la nuestra pero desarrollada de acuerdo con un prototipo: nuestro pasado primitivo (p. 88); ...un dilema irresoluble. Nos perseguimos a nosotros mismo, los políteros se comportan como amplificadores selectivos de nuestros propios pensamientos. Si tratamos de entender los motivos de estos fenómenos, caemos en seguida en el antropomorfismo. Donde no hay hombres, no hay motivos humanos. De seguro, continuar investigando, hemos de destruir nuestros propios pensamientos (p. 156). No cabe duda, nos dice el autor, el hombre es el propio límite de su conocimiento y ahí donde no hay humanidad no puede existir comprensión por nuestra parte, como muy bien resume en este fragmento: Muchos hombres de ciencia, en cambio, sobre todo entre los jóvenes, llegaron insensiblemente a considerar el asunto Solaris como piedra de toque de los valores del individuo. Mirándolo bien -decían-, lo que aquí se discute no es sólo la investigación solarista; se trata esencialmente de nosotros, de los límites del conocimiento humano (p. 32)

El hombre ha sido derrotado por Solaris...

Finalmente, como extensión de esta derrota, nos encontramos con el postrer y seguramente más cruel fracaso, netamente simbolizado en la historia de Kris. Que como hombre, derrotada su fe (la ciencia) y su propia esencia (la humanidad) mantiene al menos el simulacro del amor en esa Harey fantasmagórica aunque real, excretada por el océano. El único sentimiento en que quizá, el hombre puede competir y ganar al Universo... el Amor, también acaba sucumbiendo ante el empeño de los propios hombres en imponer sus valores. Y tras el desvanecimiento de ese sentimiento tan fuerte que, empero, nos es más que una mentira, una falacia, no queda más que el vacío y el desengaño ante la soledad del hombre en el Universo.

El SOLARIS de Steven Soderbergh

El corazón, los sentimientos, han sido derrotados por Solaris...

En este sentido es significativamente estremecedor uno de los pasajes finales de la novela en el cual Kris y Snaut tienen una conversación acerca de Dios, y en ella Kris no puede sino defender la idea de que un dios, de existir, debe ser forzosamente imperfecto, autista, pues no es capaz de hacerse entender entre sus creaciones, no es capaz de resolver sus interrogantes. El océano de Solaris, por ejemplo, podría ser el Dios o el semidiós del cual Kris habla: un ente tan magnificente, inaprensible e incognoscible, que cualquier intento de dirigirle la mirada no puede hacer sino dejarnos ciegos y a oscuras para siempre.

El fuerte contraste entre el océano plasmático, metamórfico, colorido, insondable e inaccesible y la estación metálica, cerrada, con sus robots y sus hombres impotentes e infelices hastiados de unas preguntas que nunca obtienen respuesta, es el contraste entre la vastedad del cosmos y nuestra impotente conciencia de su ininteligibilidad.

Lem, al fin y al cabo, nos hace partícipes en esta novela de la fantástica estrechez y finitud de nuestra, no obstante, prodigiosa esencia.


Notas

Esta y las siguientes citas textuales siguen la segunda edición de la novela editada por Minotauro, con fecha de enero de 2001.

© Javier Iglesias Plaza, (22 palabras) Créditos