EL INSTANTE ALEPH
EL INSTANTE ALEPH Greg Egan
Título original: Distress
Año de publicación: 1961
Editorial: Alejo Cuervo Editor
Colección: Gigamesh nº 8
Traducción: Adela Ibáñez
Edición: 2000
ISBN:
Precio: 14,50 EUR
Comentarios de: Francisco Ontanaya

En un mundo futuro al puro estilo ciberpunk, Andrew Worth es un periodista científico que elabora reportajes sensacionalistas sobre ciencia extravagante (frankenciencia). Consigue levantar a última hora a su compañera Sara Knight un trabajo sobre el Congreso del Centenario de Einstein, celebrado en la utópica isla biosintética de Anarkia, pero enseguida descubrirá que Violet Mosala y el resto de científicos reunidos allí están tras algo realmente trascendente: la determinación de una Teoría del Todo que defina hasta el último detalle las reglas físicas que mueven el Universo. Pero detrás de ese objetivo se esconde el mayor peligro al que se haya podido enfrentar la vida. El individuo que adquiera plena consciencia de esa teoría, la Piedra Angular, tendrá en sus manos la existencia de la misma realidad. Es el Instante Aleph, el momento en que todos los fundamentos del universo pueden verse catastróficamente replanteados en sólo un uniforme sustrato matemático.

Lo mejor de EL INSTANTE ALEPH, en mi opinión personal, es que al final, se acaba. La novela es puramente conceptista, a su modo tan intragable como CIUDAD PERMUTACIÓN. La idea de las sectas científicas y su desarrollo, así como el de la labor periodística del protagonista, son lo mejor con diferencia. Pero no justifican la novela. Si lo hiciesen, yo me haría el perezoso, soltaría chorradas a mansalva, y con acertar una o dos tendría ya suficiente para publicar. Greg Egan se vuelve absolutamente insoportable cuando empieza a disertar sobre Teorías del Todo (TOEs), con un lenguaje que, amen de inextricable, sólo esconde una blandita especulación construida a partir de lecturas sobre física cuántica. Una verborrea para despistar y, supuestamente, impresionar al lector. Pero, lo malo es que se extiende al resto de la novela. Sirva esto como ejemplo: Hicimos una espiral sobre la isla con un giro helicoidal de ciento ochenta grados y vimos cientos de pueblecitos aparecer y luego alejarse. ¿A qué autor se le podría permitir semejante ripio? ¿A quién se le ocurriría describir de ese modo un simple vuelo? Resulta cargante de puro chabacano, pensar que cuanto más largas sean las palabras mejor impresión dejarán en el lector de ciencia ficción (que lo único que cuenta es hablar de ciencia rara para tenerlo contento). Y temo que aun encima pueda tener razón. Pero, literariamente, es una obra limitadísima, con un tratamiento muy vulgar de los personajes (qué me importa a mí conocer la consistencia de la diarrea de Worth) que no se justifica por un hipotético estilo hiperrealista (al estilo de LA PALOMA de Patrik Süskind), ya que Egan tampoco posee esas cualidades literarias. Es un caso de estudio, desde luego, porque parece que hay lectores a los que esto les puede agradar, pero la única explicación que encuentro es que resulta tan agresivo para la coherencia mental que quien quiera eludirse de unas pocas normas cotidianas lo encontrará la herramienta de harakiri más efectiva. Que eso produzca placer lector, es algo increíble.

© Francisco Ontanaya, (488 palabras) Créditos