EL LABERINTO DE LA LUNA
EL LABERINTO DE LA LUNA Algis Budrys
Título original: Rogue moon
Año de publicación: 1960
Editorial: Ultramar
Colección: Ciencia-ficción nº 119
Traducción: Elías Sarhan
Edición: marzo de 1991
ISBN:
Precio: ---

Hay en EL LABERINTO DE LA LUNA varias cosas que no encajan, que definitivamente le crujen a un lector contemporáneo, a cambio de, apenas, un par de elementos que sí le puedan enganchar, atraer positivamente. Entre estos últimos se cuenta una premisa hasta cierto punto asaz original y enigmática, un punto de partida cuyo enfoque sorprende en primera instancia provocando franco interés; así como un tratamiento atractivo del universal tema de la muerte.

Una construcción alienígena en la cara oculta de la luna mata a todos los hombres que se aventuran en su interior, y tanto su naturaleza como su fin son por completo desconocidos para el equipo de científicos que lo investigan desde la Tierra, y pese a que las ingenierías alienígenas de carácter inextricable no eran nada nuevo en el panorama de la ciencia ficción de los años 60, el hecho de que su única finalidad parezca la muerte y las mil y una formas, cada cuál más inverosímil, que tiene de producirla, sí es en cambio fresco e insólito. Otra cantar es que Budrys haya sabido aprovechar tan suculento punto de partida.

Seguramente lo mejor en la novela sea el tratamiento que el autor pone en boca siempre de sus personajes, casi nunca del narrador, del tema de la muerte, de su naturaleza, de sus interrogantes, sus matices, sus horrores, y aun incluso sus atractivos. Al fin y al cabo, EL LABERINTO DE LA LUNA es un texto que nos habla del la íntima e intransferible relación que cada hombre tiene con el concepto y el hecho mismo de la muerte, con la manera de reflexionar sobre ella, de afrontarla, de temerla y amarla, siendo la trama, el misterio del laberinto alienígena no más que un pretexto, un mcguffin narrativo. Porque los personajes de esta novela mueren sucesivamente y su mente vive para contarlo, experimentan racionalmente el fenómeno del deceso y Budrys nos ilustra acerca de cómo semejante cosa puede afectar al individuo en su forma de vivir, también en su forma de buscar de nuevo la muerte. Y es esta la principal virtud del texto.

No obstante, los lastres de los que adolece la obra son importantes, pues resulta cuando menos sorprendente que Budrys invente una máquina transmisora de materia (en la línea del Langelaan de LA MOSCA) capaz de hacer una doble copia de un ser humano (un descubrimiento que podría transformar de raíz la civilización entera) y el potencial anticipativo que despliegue el autor sea tan parco; el Ejército estadounidense se limita a utilizar el invento en la investigación de la Luna… ¡y aún cuestionando su empleo porque está costando vidas humanas! (sic)… Como sorprende también, sin ir más lejos, que mostrando la posibilidad de experimentar la muerte y seguir viviendo para racionalizar el fenómeno, no se sugiera ni el más mínimo interés por explotar la idea de una ciencia de la muerte.

Otro tremendo lastre en la novela acaba siendo la caracterización de los personajes, muy plana y poco atrayente, así como sus poco conseguidos e irreales diálogos. Son éstos unas interminables parrafadas en los que no existe apenas atisbo de lo que debería ser la reproducción de un diálogo, una conversación más o menos real; los personajes discursean más que hablan, lo cual, mirado desde el punto de vista puramente narrativo, no deja de ser bastante tedioso.

Resumiendo, podría decirse de EL LABERINTO DE LA LUNA que es una novelilla que no acaba de cuajar, con una premisa atractiva que más tarde se estropea, un despliegue anticipativo más que discutible, vistas sus posibilidades, entre otras cosas, porque a Budrys parecía interesarle única y exclusivamente pintar un teatrillo con atrezzo de ciencia ficción en el que hacer representar a sus verborrágicos personajes la tragedia del hombre y su implícito estigma de finitud.

© Javier Iglesias Plaza, (630 palabras) Créditos

En una situación de crisis económica, social y política tan profunda como la que vive Argentina, es la cultura una de las primeras víctimas. Es natural que así sea; a la hora de listar prioridades primero están los garbanzos, el pago de los servicios básicos (para no perderlos) y si sobra alguna moneda compras un libro, un CD, alquilas un video, étc.

Por otra parte, la mayoría de los libros, por lo menos en cuanto a la ciencia-ficción se refiere, son impresos en el exterior (especialmente en España ó México), por lo que llegan a nuestras librerías a valor dólar, tornándose inaccesibles para la inmensa mayoría de mis compatriotas, por lo menos para quienes vivimos de nuestro trabajo.

Para que tengáis una idea: adquirir un libro promedio, por ejemplo uno de Ultramar, insume un 15 % del ingreso básico de un jubilado, ó un 10 % del salario básico (sin sumar las asignaciones familiares) de un docente de primaria.

Esto es, un sacrificado maestro de escuela, que tenga el desafortunado hábito de la lectura, debe invertir un 40 % de sus ingresos (que generalmente cobra con un retraso promedio de 3/4 meses) para adquirir un libro semanal.

Esto no nos deja otra alternativa que las librerías de viejo o de trueque para alimentar nuestro vicio, y esperar el obsequio, ó el auto-obsequio de algún libro nuevo para nuestro cumpleaños u otra fecha especial. En fin, que no hay mal que en bien no devenga, nos vemos obligados a agudizar nuestro ingenio y a caminar bastante, con lo bueno que es el ejercicio...

Como he agotado ya los recursos de mi pequeña ciudad (General Roca, 90.000 habitantes) patagónica, aprovecho cuanta oportunidad se me presenta de viajar a alguna de las grandes ciudades para acumular un pequeño stock de libros que, bien dosificados, me brinden lectura todo el año.

Es lo que hice este verano. Lógicamente, como los recursos son acotados, debí realizar una selección de las distintas posibilidades que se ofrecían.

Al no conocer aún el Sitio de Ciencia-Ficción, con su invalorable espacio de Opinión, mi única guía fué la propia experiencia (que en mi caso no es demasiado amplia) y así se termina actuando conservadoramente: eliges Asimov, Clarke, Le Guin, Silverberg, Vance... las firmas tradicionales que pueden no dejarte plenamente satisfecho, pero nunca completamente decepcionado.

Una de las novelas que llamó mi atención fue EL LABERINTO DE LA LUNA de Algis Budrys, un escritor que, a mi juicio, nunca concretó todo lo bueno que insinuó con ¿QUIÉN? quizá su obra más conocida. En la contracara (se trataba de la edición de Ultramar) se caracterizaba la novela como una obra soberbia; que combina los elementos de intriga y emoción más tradicionales(...) con los niveles más profundos y simbólicos de la lectura...; James Blish la consideraba una obra maestra, un auténtico monumento; y en la portada se la promocionaba como la mejor obra literaria de ciencia ficción de los años sesenta.

Tan almibarada presentación debería haberme hecho sospechar. Pero bien, uno es confiado, quizá el bueno de Algis por fin dió el paso al frente, pensé y compré la novela en cuestión. Acabo de leerla y debo decir que me decepcionó.

Tampoco me disgustó, vale aclararlo, se deja leer muy bien, pero de allí a aclamarla como la mejor obra literaria de ciencia ficción de los años sesenta u otros elogios no menos rimbombantes, media un espacio como el que me separa geográficamente de vosotros, cuando menos...

A mi juicio le queda grande aún su lugar en la selección de David Pringle de las 100 MEJORES NOVELAS DE CIENCIA-FICCIÓN (hombre, no colocar a LA PAJA EN EL OJO DE DIOS, está loco Pringle...).

Volviendo a EL LABERINTO DE LA LUNA.

Se trata de una novela relativamente corta, y con varias ideas interesantes lamentablemente desperdiciadas.

Veamos. En 1959 los yanquis descubren en la cara oculta de la Luna una construcción de origen extraterrestre y envían una misión de estudio, a cargo de la Marina, cuya primera preocupación es camuflar el laberinto y sus propias instalaciones militares para evitar que los rusos se enteren.

En toda la exploración lunar no se utilizan cohetes, pese a tratarse de una obra escrita en 1960, cuando los programas espaciales, tanto el norteamericano como el ruso, estaban en plena vigencia.

En la obra de Budrys, un científico yanqui, Ed Hawks, ha desarrollado el transmisor de materia que permite transportar, en forma prácticamente instantánea, hombres y equipo a la superficie lunar.

Los voluntarios son scaneados y se construye una matriz del individuo, con la totalidad de sus características físicas y síquicas, que se almacena para hacer todas las copias que sean necesarias. A posteriori el voluntario es desintegrado, convertido en un haz de fotones que se envía al equipo receptor en la Luna, donde es materializado, a la vez que en la Tierra se materializa simultáneamente otro clon, ambos unidos telepáticamente.

El clon lunar encara la exploración del laberinto, que mata en forma sistemática a cuanto hombre penetra en él, de múltiples y misteriosas maneras (que la novela no se preocupa por aclarar). El clon terrestre vive todas las experiencias de su clon lunar, incluida su muerte violenta, lo que generalmente termina enloqueciéndolos, por lo que no sirven de mucho para testificar que pasa dentro del laberinto... hasta que aparece Al Barker, un hombre al que la muerte no le importa, no le desespera, y a lo largo de la novela llegamos a sospechar que le gusta. Sobre lo que ocurre dentro del laberinto no nos enteramos nunca. Una idea desperdiciada, aunque no original. Basta recordar la excelente UN PIC-NIC EXTRATERRESTRE de los Hnos. Strugatsky ó el propio PÓRTICO para ver todo el jugo que puede sacarse del hallazgo de tecnologías alienígenas incomprensibles.

En realidad, la preocupación de Algis Budrys es bucear en las relaciones humanas entre los protagonistas, sus motivaciones subjetivas para obrar como lo hacen, sus variados traumas sicológicos e incluso en sus problemas sentimentales, y el argumento de la novela es solo el soporte de este intento.

Pese a ello, hay temáticas centrales que no son abordadas: la novela se encarga de explicar (en reiterados pasajes) por boca de Ed Hawks que durante el proceso de transmisión de materia el sujeto muere, que el clon lunar es otra persona con sus vivencias y memorias, e igualmente el clon terrestre.

Pese a ello ninguno de los sometidos a la experiencia parece tener la menor aprehensión, los marines mueren alegremente (¿por amor al deber?), aún a sabiendas de que su clon lunar nunca podrá regresar; Al Barker muere taitantas veces en el transmisor de materia para que su clon lunar disponga de unos minutos de vida, antes que lo mate el laberinto (¿por amor a la aventura, a la muerte, o para demostrarse quién sabe qué?); Ed Hawks muere en el transmisor y se suicida en la Luna (¿por amor a la ciencia, a la verdad pura o para demostrarse que es tan hombre cómo Barker?).

Los seres humanos, por lo menos los de esta parte del planeta, no proceden así.

Una vez más Budrys insinuó más de lo finalmente brindó.

Quiero dejar sentado que al elegir una novela de Ciencia Ficción para leer, no pretendo encontrarme con la obra cumbre de la literatura mundial, ni exijo que la base científica de la misma se ajuste como un guante a los cánones de la ciencia actual; una obra bien escrita, un argumento bien desarrollado, una base científica creíble (o posible), un desenvolvimiento atractivo y atrapante, colman mis espectativas.

En todos estos aspectos EL LABERINTO DE LA LUNA me defraudó.

© Horacio Raúl Pastor, (1.265 palabras) Créditos