EL CÁLCULO DE DIOS
EL CÁLCULO DE DIOS Robert J. Sawyer
Título original: Calculating God
Año de publicación: 2000
Editorial: Ediciones B
Colección: Nova nº 153
Traducción: Pedro Jorge Romero
Edición: 2002
ISBN:
Precio: 17,30 EUR

Thomas Jericho es el director del Departamento de Paleontología del Royal Ontario Museum, en Toronto, Canadá. Tiene 54 años, mujer y un hijo adoptado de seis años. Su placentera vida se ha visto sacudida recientemente, al recibir la noticia de que tiene un cáncer de pulmón incurable y le quedan pocos meses de vida.

No es éste el último sobresalto que le espera, porque poco tiempo después una especie de lanzadera alienígena aterriza a las puertas del museo. En medio de la lógica curiosidad y miedo de la gente, desciende de ella un alienígena aracniforme que, ni corto ni perezoso, se acerca al celador del museo y le dice en un perfecto inglés: Me gustaría hablar con un paleontólogo.

Así comienza una de las novelas más conocidas del popular escritor de ciencia-ficción canadiense Robert J. Sawyer.

Lo que sigue es el relato de la relación de Thomas con el alienígena, incluyendo largas conversaciones sobre temas científicos y el desarrollo de su amistad. Una de las cosas que más impactan al racionalista científico humano es que los alienígenas están convencidos de poseer pruebas incuestionables de la existencia de Dios (en este caso a Dios no hay que entenderlo necesariamente como un ser paternalista y omnipotente, sino como una inteligencia creadora del universo) Mientras tanto, otro tema importante de la novela es la lucha de Thomas y su familia para aceptar la terrible enfermedad que está poniendo fin a su vida.

El planteamiento de la novela, como suele ocurrir con este escritor, es enormemente atractivo a priori, pero por desgracia Sawyer no acaba de llevarla a buen puerto. En primer lugar, en EL CÁLCULO DE DIOS, Sawyer se pone el listón muy alto. El impactante tema consiste en que unos alienígenas racionalistas y civilizados están convencidos de que existen pruebas científicas evidentes de la existencia de Dios, y se sorprenden de que los humanos no lo vean así. El problema es que ese postulado es sorprendente precisamente porque no existe ninguna prueba científica de tal cosa. Eso quiere decir que el autor se ve obligado a presentar como pruebas argumentos de sobra conocidos por el hombre y que tienen fácil refutación. Jericho, en su papel de escéptico, señala algunas de esas refutaciones, pero no otras. Por otro lado las pruebas de los alienígenas se complementan con algunos descubrimientos científicos que los humanos aún no han conseguido, lo cual es un recurso legítimo en una obra de ficción pero no justifica la extrañeza de los alienígenas por nuestra incredulidad y, de todas formas, siguen sin constituir una prueba evidente de la existencia de Dios.

Durante el desarrollo de la novela existe muy poca acción, únicamente una subtrama protagonizada por un grupo de fanáticos religiosos. Todo el peso recae, pues, en los diálogos entre Tom y el alienígena y en la enfermedad de Tom y su efecto en sus seres queridos. A menudo, la novela se lee como un libro de divulgación científica, pues los dos científicos, el humano y el alienígena, conversan sobre muy diversos temas relacionados con la ciencia. Por desgracia, en ningún momento llegan a profundizar demasiado en nada, por lo que el nivel científico de la obra no captará demasiado la atención del lector con un buen nivel en estos temas. En cuanto a los personajes, funcionan bien, aunque despertar simpatías mostrando el drama de una enfermedad terminal es un recurso fácil por parte de Sawyer. Existen momentos bastante emotivos, como cuando Thomas graba un mensaje para que su hijo lo oiga cuando sea mayor. Seguramente, algunos lectores encuentren esas escenas demasiado sensibleras, aunque para mí funcionaron bien.

Por último, el final de la novela no es que sea decepcionante, pero me pareció fuera de lugar teniendo el cuenta el tono del resto de la obra.

Quien haya leído hasta aquí quizás se haya llevado la impresión de que es una novela fallida y decepcionante, lo cual no es totalmente cierto. Sawyer es un escritor hábil y la historia se lee con interés y agrado, sin caer en el aburrimiento en ningún momento. Sin embargo, sí es cierto que deja un sabor agridulce, porque sabe a poco y da la impresión de que se podría haber hecho mejor. Robert J. Sawyer es un escritor con mucho oficio y sabe elegir temas interesantes, pero no está sobrado de inspiración.

En resumen, EL CÁLCULO DE DIOS es una obra amena y entretenida, pero no imprescindible.

© Daniel Buzón, (734 palabras) Créditos

Ayer terminé de calcular a Dios siguiendo las pautas de Robert J. Sawyer y me ha gustado. Hacia mucho que no leía ciencia-ficción hard siempre me han tirado más las aventuras de tono pulp pero este libro me ha parecido cuanto menos curioso. En realidad no sé si considerarlo una novela o en un ensayo sobre el origen del universo mezclado con algo de divulgación científica aunque quizá muchas novelas no sean mas que ensayos dónde el autor inventa personajes y situaciones que hagan más plausibles o comprensibles sus ideas. En cualquier caso es una novela de 400 y pico páginas que se lee casi de un tirón y eso tiene mérito aunque la letra sea gorda, y todo eso casi sin pegar un tiro (y si se suprimieran los tiros que aparecen no afectaría absolutamente nada)

Os la recomiendo.

Por si no conocéis el argumento el punto de partida es la visita de un extraterrestre a un museo de Toronto buscando a un paleontólogo con la intención de investigar la evolución de la vida en la tierra. El paleontólogo fiel seguidor del pensamiento científico-racional se queda de una pieza cuando el alienígena afirma tranquilamente que Dios evidentemente existe. A partir de aquí se estructura el resto de la obra, aderezando el menú con otros interesantes ingredientes entre los que destacan el cáncer terminal que padece el protagonista y otra especie extraterrestre para los que los problemas morales son tan evidentes como para nosotros sumar 2 mas 2 y sin embargo son incapaces de comprender las matemáticas.

© Jacinto Muñoz, (259 palabras) Créditos