SOBRE EL PAPEL
por Iván Olmedo

¿Cómo nos gusta leer, verdad? Y cómo nos gustan los libros. Comprarlos, leerlos, prestarlos (esto, menos), atesorarlos, tocarlos, abrirlos y hojearlos de vez en cuando, sin ninguna razón aparente... ¡Ah! y olerlos. El lector viejo, que sabe más por viejo que por lector, también sabe apreciar el olor indescriptible del papel y la tinta; del tiempo que impregna unas páginas más o menos sobadas, más o menos disfrutadas. ¿Se perderá todo este mundo de sensaciones ahora que el libro (de papel, de cartón) está de capa caída? Ahora que el libro electrónico y las pantallas comeojos han entrado definitivamente en nuestras vidas, ¿le queda futuro al papel que se aja y amarillea con el tiempo? Para un lector no existe otra sensación como ésta, podéis creerme. Aunque supongo que si estáis en esta página y si estáis leyendo esta divagación, es que os gustan los libros, claro está. No existe nada comparable, digo. Aquí el menda es completamente incapaz de leer en la pantallita ésta que reluce en la oscuridad; y mi queratitis galopante tampoco me lo va a agradecer. Y sé de buena tinta (¡!) que la mayoría de sus colegas, conocidos, compinches y aspirantes a juntaletras como él también son incapaces. ¡Qué se le va a hacer! No se puede luchar contra el progreso. Que no se me entienda mal; yo amo (relativamente) el progreso; debo confesar que desde mi descubrimiento personal del ordenata, y todo lo que conlleva con él, mi vida ha cambiado. Pero leer, lo que se dice leer, se lee mal.

Algunos agoreros (entre ellos ilustres agoreros como George Lucas o el inefable Bill Gates, ambos de plena actualidad) pronosticaron hace ya un tiempo la desaparición del libro en papel de nuestras vidas. Llegados a este punto, imagino que tendrán todavía más razones para apoyar su vaticinio. El dominio de lo electrónico parece imparable. Personalmente, se me hace muy difícil creer que nuestros libros, y por extensión, nuestros cómics, nuestras revistas, etc... acaben por desaparecer. No es posible; me niego a pensar en ello. Como último clavo al que aferrarme, dejadme pensar al menos que, en caso de suceder algún día, yo ya no estaré aquí para verlo. Un pensamiento terriblemente egoísta, sin duda, pero los sentimientos son egoístas, en gran medida. Antes de pensar en las generaciones venideras (¡que se las apañen como puedan!), mi corazón de lector clama por mi propia salvación respecto al tan querido tema del papel. Mi propia salvación y, como mucho, también la de vosotros, mis congéneres.

Pero, ¿cuál es el problema? ¿Soy tan remilgado, o tan anticuado, o tan retrógrado, que no puedo ser capaz de asumir los cambios que llegan? Si lo que me gusta, básicamente, es leer, ¿no será lo mismo leer en un libro que en la pantalla de un ordenador? ¿O en un aparatejo de esos preparado específicamente para leer e-books que caben en la palma de tu mano? No, no es lo mismo. Se va a perder la pulpa, la tinta, el olor... las sensaciones. Puede que los árboles aplaudan, pero yo no; (otro rasgo de egoísmo que aflora). La sensación de tener entre manos un libro, de acariciarlo, incluso, de poseer algo tangible y amable (que podemos amar) se va a perder, si no hay otro remedio, que parece que no lo hay. Nuestras bibliotecas se van a convertir en viejos museos intelectuales, a poco que el tema siga su curso. El libro será un objeto antiguo, de coleccionista, de fanático, de Lucas Corso; y si ya ahora me miran como a un perro verde casi cada vez que hago acto de presencia en un lugar público con un libro entre las manos (y además... ¡lo leo!), no puedo ni imaginar cómo será la situación en ese futuro que yo ya no voy a ver, para bien o para mal.

¿Llegaremos a eso que se llamará Biblioteca en el futuro para encontrarnos con nuestros cuentos, novelas y textos históricos y técnicos comprimidos en unos mini CDs de tamaño ridículo que podemos esconder en cualquier sitio? ¿Será cierto, finalmente, aquello de el saber no ocupa lugar? ¿Tendremos a nuestra disposición, como finamente imaginaron algunos de nuestros escritores predilectos, una maravillosa máquina que contenga todo el saber del Universo a nuestro alcance con sólo pronunciar una palabra? ¡Qué conjetura tan maravillosa, y a la vez tan triste! Triste por lo que llegaría a significar en cuanto a la extinción de nuestros clásicos soportes. ¿Qué será de esa placentera lectura en el parque, bajo la sombra de un árbol, con un conjunto de papeles encuadernados en las manos? ¿Para qué trabajarán los portadistas forzando su imaginación? ¿Para que veamos también esas ilustraciones fantásticas en una pantallita? ¿Bajo la sombra de un árbol, quizás, forzando nuestras retinas sentados en un banco del futurista parque, leyendo algún relato de, por ejemplo, Multivac... puede ser? ¿Y qué pasa con nuestras bibliotecas personales, esas que construímos con años de esfuerzos, buscando y atesorando cada ejemplar? Esas que son las niñas de nuestros ojos; esas que tan orgullosos cuidamos y ordenamos lo mejor que sabemos. Porque no sólo nos gusta leer, sino que gran parte de los lectores recalcitrantes nos trabajamos ese espejo de los sueños que es una buena biblioteca personal, pequeña pero seleccionada y cuidada, adaptada a nuestros gustos y apetencias, incrustada inevitablemente en nuestra existencia. Ya me veo como Nathan Never, ese magnífico personaje del excelente fumetti de ciencia ficción anticipativa, atesorando viejos libros que paladea con nostalgia en su futurista apartamento; un buscador de fósiles encuadernados. Elucubraciones, ideas exultantes o descabelladas; pero que no desaparezcan los libros, por San Gutemberg lo pido. Ya puestos, ¿para qué molestarnos en leer, que es algo muy pesado y muy de concentrarse? Si nos pudieran imbuir directamente esos cuentos que tanto nos gusta catar directamente en el cerebro, ¿quién necesita ojos? (¡Ey, mi queratitis agradecerá como un regalo del cielo la Realidad Virtual!; y así, hasta alcanzar la Vida Virtual, que de eso ya tenemos también un poco).

En fin, estoy divagando. Como tantísimas otras cosas, el futuro del libro puede ser todo aquello que imaginemos y que la tecnología nos permita. Pero la desaparición del libro de papel, no. Y si se me piden razones, conozco una muy buena, inapelable: YO no quiero que desaparezca. Y otras muchas personas, tampoco. ¿Llegaremos al punto de tener que organizar una Plataforma en Defensa del Libro? ¿Se echará el pueblo a las calles pidiendo a voces que el papel no desaparezca? Lo dudo, esto no es fútbol, ni ninguna otra de esas cosas que tanto interesan y movilizan a la masa.

Puede parecer una exageración todo lo que estoy adelantando ya tan a la tremenda, pero quiero gritar ahora y curarme en salud. Y me da por pensar que, curiosamente, este texto no estará impreso en un buen libro con sobrecubierta, ni en una hermosa edición de bolsillo en rústica, ni siquiera en una revista de papel reciclado y sostenido por sus grapas de rigor. No. Muy posiblemente, si has tenido la paciencia de leerme hasta aquí, tengas los ojos pegados al monitor de tu aparatejo de leer (entre otras cosas). No hay nada que hacer; soy un traidor a mi propia causa.

Snifff... snifff...

© Iván Olmedo, (1.473 palabras) Créditos