DUNE: LA CASA ATREIDES
DUNE: LA CASA ATREIDES Brian Herbert y Kevin Anderson
Titulo original: The House of Atreides
Año de publicación: 1999
Editorial: Plaza & Janes
Colección: Jet 261
Traducción: Eduardo G. Murillo.
Edición: Mayo de 2001
Páginas: 781
ISBN:
Precio: 8,26 EUR

Supongo que todos hemos tenido alguna vez aquella sensación de ver una continuación después de mucho tiempo de que diéramos por muerta una saga; es una mezcla de pánico (¿Qué habrán hecho esta vez?) y placer (¡Más vicio, más!). Con el tiempo, he aprendido a tomármelo con filosofía (aunque mi mujer no quiere recordar la mala leche que me entró ante La Guerra de las Galaxias, El Timo I). A pesar de ello, me sigo molestando a veces, sobre todo cuando algo me ha gustado mucho y lo destrozan... Y caí en la trampa con CASA ATREIDES a pesar de la regla de oro que establecí hace tiempo: Segundas partes, quizá sean buenas. Precuelas, ninguna..

Si alguien quiere leérselo, que no siga porque igual le destripo el... ¿argumento?.. Sí, lo dejaremos en eso.

Empezamos con el duque Paulus (¿un intento de arcaizar o una cantada de la traducción?) Atreides, en pleno ascenso de poder; Shaddam aún no es emperador y al barón Vadimir Harkonnen está maquinando (como siempre) pero, ¡oh, maravilla de maravillas! ¡No es un buscador de placeres insaciable como es planteado en la saga, sino el pérfido malvado de la película de Lynch; y para acabar de arreglarlo , el terror de las nenas! Empezamos bien. Por un momento parece que como mínimo se explayarán un poco con el personaje de Abulurd Harkonnen (el Harkonnen Bueno), pero sólo sirve para que cada familia tenga su oveja negra.

Ix no es una tecnocracia, sinó que está bajo el control de la casa Vernius, grandes amigos y aliados de los Atreides (quienes, por otra parte, son muy conscientes de su herencia Átrida; lástima que esto no había aparecido hasta que Paul­ toma el Agua de la Vida) La verdad es que recuerda demasiado a un Absolutismo Ilustrado; la clase trabajadora es iluminada, dirigida y mimada por la noble Gran Casa. El terrible Jihad Butleriano que tantas secuelas muestra en DUNE parece haberse relajado aquí, porque nadie tiene el terror que se le tiene en la continuación.

Para acabar la introducción de personajes, la Cofradía es destripada y se enseñan sus exámenes de ingreso. La Bene Gesserit está en proceso de finalización del Proyecto Kwisatz Haderach y para ello necesitan una hija del baron Vladimir Harkonnen. Se elige a una Reverenda Madre y se le envía. Una tal Gaius Helen Mohiam ¿a alguien le suena?

Naturalemente, los Tleilaxu son una potencia de los cuales todo el mundo conoce su poder y su fanatismo religioso. ¡Qué mal informadas que estaban las Bene Gesserit, que sólo supieron de él miles de años después, y pagando el precio de la destrucción de Rakis! En aquellos viejos tiempos lo sabía todo el mundo.

¡Se me olvidaba! El duque Fenring, el callejón sin salida del Proyecto Kwisatz Haderach, el eunuco genético, es aquí poco más o menos la reencarnación de Fu-Manchú y gran compañero del principe Shaddam en sus correrías.

A partir de aquí la historia se mueve por los caminos más trillados posibles y parece extraño que el mismo Kevin J. Anderson que (al menos a mí) me sorprendió gratamente con la continuación novelada de Star Wars permita que un material tan pobre a nivel puramente estilístico aparezca con su nombre. En esencia, es algo parecido a lo que Cristopher Tolkien está haciendo con las innumerables anotaciones de su padre, pero en malo. Complot dentro de complot, con los Harkonnen intentando exterminar a los Atreides, Shaddam intentando liquidar a Elrood (su padre, el emperador), el nobilisimo Paulus que muere en un complot de su mujer a las manos (cuernos) de unos toros salusanos que son descritos como criaturas terribles de muchos cuernos y de ojos facetados; se había hablado de toros, la cabeza del toro que mató al viejo duque es un tema en la primera parte de DUNE... pero es un toro normal y corriente, no un monstruo alienígena al que le falta la trompetilla y ser verde. El jovencísimo Duncan Idaho, perseguido por toda la Casa Harkonnen, consigue llegar a Caladan. La verdad es que la escena de la Caza del Hombre en Giedi Prime es de las mejores que se consigue y desarrolla un tema que sólo había esbozado en la serie.

Los Tleilaxu invaden y capturan Ix bajo la acusación de haber roto los principios del Jihad Butleriano (¡a estas horas se acuerdan!) y se lo queda, bajo la protección de Shaddam... Algo no me cuadra. Leto Atreides, enviado allí de intercambio consigue huir con lo que queda de la casa Vernius: el heredero Rhombur y su hermana; el resto de la casa se declara renegada y pasa a ser una Casa de Guerrilla.

Tras la muerte de Paulus, el joven Leto (un nuevo Orestes) en un ejemplo de como la casa de Atreo ya no es tan bárbara exilia a su madre y se enfrenta con el Landraad por un supuesto ataque a una nave Tleilaxu en pleno salto; un ataque efectuado por el mismísimo Rabban Harkonnen con un prototipo de no-campo con el cual se construye también el no-globo que aparece en HEREJES DE DUNE... y que había sido planteado como posterior. Además, El barón Vladimir Harkonnen es demasiado hábil y entre eso y su homosexualidad (¡menos mal que eso lo han respetado!) está a salvo de las seducciones de la Bene Gesserit, que se ven obligadas a negociar y la primera hija (prácticamente fruto de una violación) es enfermiza y deforme.

Shaddam salva a Leto Atreides de la acusación de violar la neutralidad de la Cofradía en una escena que se supone muy emocionante y de mucha tensión... pero se han olvidado de que esto es una precuela y estas cosas las pueden hacer con los Vernius, Paulus Atreides (a quien ya ha matado) y pocos más; Leto Atreides ha de llegar entero y como un héroe a la primera página de DUNE o sea que la emoción...

La Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam es enviada a por una segunda hija y, ante la segunda violación en una escena entre blandiporno y gang-bang, descubrimos que las Bene Gesserit disponen de un armamento biológico incorporado: su fabuloso control les permite tener aletargadas muestras de virus; en pleno desenfreno deja a Vladimir Harkonnen el regalito de una enfermedad degenerativa que destruirá su metabolismo y, por tanto, lo transformará en un globo hinchado y enfermo. ¿De qué me suena a mí ese estado y por qué no me encaja con la frase que recibe Feyd-Rautha en sus aún tiernos oídos ...un predador siempre tiene que tener hambre... o ... el barón se dedicó a experimentar en su juventud, e incluso se dejó seducir en alguna ocasión...? En fin, qué pena, ya no será el terror de... ¿las nenas? ¿los efebos? Es igual.

Esta segunda hija ya saldrá bien. Será llamada (momento de mucha emoción) ¡Síííí! ¡Lo habéis acertado! Jessica. No digo nada más.

Entre estas tramas, se inserta y se alarga innecesariamente la anécdota que ya conocíamos de Pardot Kynes, padre de Liet Kynes, Planetólogo imperial quien es trasladado de Salusa Secundus a Dune para investigar la especia. La historia ya la conocíamos pero se inventan que uno de los tres Fremen a quienes salva es (¡cómo no!) un joven e imprudente Stilgar. La única cosa que vale la pena de ello es que se dice que Salusa Secundus es un infierno por culpa de una serie de explosiones nucleares provocadas y que ello generó la única regla válida en el universo de Dune; la Gran Convención.

En fin, los dos supervivientes de la casa Vernius son rehabilitados y se prepara el terreno para la gran batalla Atreides-Harkonnen, mientras que Shaddam consigue matar a su padre y ser proclamado Emperador Padishah.

A todo esto, ¿dónde está la política, o la filosofía, o la aventura que encontramos en DUNE? Todavía la estoy buscando. Tienen dos novelas más para intentar hacer algo en condiciones, pero no sé si les daré la oportunidad. (Para que me miento, sí que lo haré)

Lamentablemente, el libro se despide con un pequeño escrito de Kevin J. Anderson dónde se explica que el proyecto inicial era describir la época del Jihad Butleriano y la fundación de las Grandes Escuelas (los Mentats, la Bene Gesserit, la Cofradía, los Espadachines Ginaz, etc). Un proyecto que ya tenía el propio Frank Herbert. Podían haberlo intentado; seguro que les hubiera salido algo mejor.

© Francisco Javier Teruelo de Luis, (1.396 palabras) Créditos