I.A.
I.A. EE.UU., 2001
Título original: A.I.
Dirección: Steven Spielberg
Guión: Brian Aldiss, Ian Watson, Steven Spielberg
Producción: Steven Spielberg, Kathleen Kennedy
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Duración: 146 min.
IMDb:
Reparto Haley Joel Osment (David Swinton); Jude Law (Gigolo Joe); Frances O´Connor (Monica Swinton); Sam Robards (Henry Swinton); Jake Thomas (Martin Swinton); Brendan Gleeson (Lord Johnson-Johnson); William Hurt (Profesor Hobby); Jack Ángel (Teddy)

A veces me ocurre que voy a ver una película y sé de antemano que no me va a gustar.

Rara vez me equivoco. El domingo 23, para ponerme en situación antes de Salduba, me dispuse a ver INTELIGENCIA ARTIFICIAL del millonario y reputado director Steven Spielberg; sí ese de los jurásicos y tal. Desde tiempo inmemorial, los Indiana Jones es lo último que disfruté de don Steven, cada vez que veo una película de este hombre me da un no se que, que se yo, que siempre me hace quedar insatisfecho del producto ofrecido. Por tanto iba medianamente prevenido hacia lo que me esperaba. La publicidad que se le había dado era cuando menos peculiar, además el protagonista es un niño con un tremendo parecido a El Fary (El Informal dixit), con lo poco que me gustan los niños protagonistas, aunque en EL SEXTO SENTIDO estaba bien. Todo lo que había escuchado sobre la película era que si la idea era de Kubrick, que si no había tenido la tecnología necesaria, que se había muerto justo en el momento que ya disponía de ella, que Kubrick se había dado de capones con Aldiss a cuenta de la historia; una serie de entramados ajenos al film que al menos presuponían que la película era poblemática en su concepción. Así que con mi mejor sonrisa de domingo y, no lo niego, dispuesto a despellejarla sin piedad, me dispuse a contemplar I.A.

A las 17 horas se descorrió el telón, es un decir, y así, sin anestesia ni nada, ni un mísiero trailer o anuncio de teléfonos móviles, comenzó el film. Primera sorpresa: no es en formato panorámico ¡ohhhhh! algo extraño al tratarse de una superproducción de hollywood pero bueno da igual. La música de Williams, pues como siempre su fanfarria, esta vez moderada, sus secciones de cuerda con el tema melódico en fin se hace llevadera porque no influye prácticamente en la película. Los efectos especiales: esperables. Son soberbios pero ya sabemos que esto es lo mínimo que se le puede pedir a una productora de FX como Industrial Ligths & Magic.

Y empecé a sudar y a preguntarme ¿que estaba viendo? Una película para niños no es, para adultos tampoco entonces ¿que es?: Pues una basura sin paliativos. A parte de las insercciones de largas escenas que no vienen a cuento y cito la del circo de la carne o la de la luna, tenemos que la trama principal, el niño robot y su relación con sus papas de carne y hueso se limita a los lloriqueos lastimosos del niño y de la mama. Después, todo queda en la repetición del cuento de Pinocho, aunque chapuceramente contado, cambiando un Pepito Grillo por un androide-amante. Y como colofón de estos despropósitos llaga el fastuoso final. El sr. Spielberg ha querido copiar a Kubrick y 2001 y nos mete en una reconstrucción de la escena final de 2001 en la que Bowman llegaba a un entorno amigable, pues vale muy bonito y también innecesario.

Como consecuencia de todo ello perdí miserablemente el tiempo y las 700 pesetas de clavo. Aún no soy capaz de entender cómo la chica que estaba dos asientos separada de mí lloraba a moco tendido. Inexplicable. Será que mi corazón es pétreo e insensible, o tal vez no entendí la gloriosa magnificencia del film. Desde luego recomiendo que no se os ocurra hacer lo mismo que yo hice. Sin ir mas lejos leer un libro, pasear por la ciudad o el campo o hacer deporte son muchísimo mas gratificante que ver IA, que además así pronunciada parece el rebuzno de un pollino IA, IA, IA, lo cual no dista mucho de ser cierto.

© Alfonso Merelo, (616 palabras) Créditos

David, protagonista de INTELIGENCIA ARTIFICIAL (A.I. ARTIFICIAL INTELLIGENCE), es un niño que no lo es, moderno Pinocho, quien no tiene padre, sólo un artesano del futuro, que al igual que Geppetto, aspira a crear un hijo vivo con materiales inertes. En cambio, sí tiene madre o por lo menos sueña eternamente con esa posibilidad, a pesar de ser un muñeco de tuercas y bombillos, en lugar de madera. Sin embargo en la realidad, David, el personaje, tiene varios padres que podrían pelearse en un ficticio tribunal por su potestad. Hay un padre literario, Brian Aldiss, quien escribió el cuento corto SUPERTOYS LAST ALL SUMER LONG; un padre conceptual que deseó llevar su historia al cine, y se abstuvo de hacerlo por su tendencia perfeccionista, Stanley Kubrick; un padre director que logró concretar el proyecto, Steven Spielberg; y un padre intérprete, el niño actor Haley Joel Osment, quien gracias a su trabajo, posiblemente sea nominado al premio Oscar. Cuatro mentes inteligentes, sin duda, y no precisamente artificiales.

La película basada en el breve cuento de Aldiss, lo trasciende y cambia su sentido, ya que aquel es efectista, cortante, sorprendente pero cruel. En cambio la obra fílmica, mezcla la irónica pesadumbre de Kubrick con el idealismo utópico de Spielberg, quien deja un final feliz con sabor a tristeza y melancolía. Mientras escribo estas líneas, un amigo me recuerda que el término robot, es checo y significa esclavo, la verdad si bien sobrevive en algunos países de Europa oriental, la palabra proviene de una raíz germánica cuyo sentido es trabajo fuerte o duro, rescatado por el autor checo Karel Capek en una obra titulada LOS ROBOTS UNIVERSALES DE ROSSUM. Si hablamos de David, tratamos de un pequeño esclavo que no está preparado para el trabajo duro, pero sí para el mayor reto, amar y peor aún, conseguir ser amado.

Con seguridad A.I., recordará otras producciones que han tratado sobre la posibilidad de soñar y sentir de autómatas, como es el caso del clásico BLADE RUNNER (basada en la historia de Philip K. Dick), o BICENTENNIAL MAN protagonizada por ese bufón de la nostalgia llamado Robin Williams, quien también participa en A.I., al interpretar la voz del Dr. Know, especie de oráculo cibernético que guía a David en la búsqueda del hada madrina que lo convertirá en un niño real. Se trata de un tema eterno, que se traduce en pregunta, las máquinas podrán sentir? De hecho ya pueden pensar como ha comprobado con éxito Deep Blue, el asexuado artefacto que derrotó al campeón de ajedrez Gary Kasparov. Personalmente no pienso que los hombres nos debamos sentir mal por los progresos de los artefactos reflexivos, por el contrario, debemos experimentar orgullo compartido.

En una entrevista publicada por la revista colombiana Gatopardo (Número 16, agosto de 2001), Steven Spielberg habla sobre su concepción de la ciencia-ficción, la ciencia-ficción es la respuesta de la cultura popular a las preguntas de la metafísica, una forma laica de explorar el mito de la trascendencia... la ciencia-ficción no necesita forzarse para vincularse a la dimensión espiritual. Es pura imaginación, es sueño. Y la imaginación y el sueño están mucho más cerca de las creencias religiosas de lo que comúnmente se cree. En la misma entrevista, concedida a los hermanos y periodistas italianos Carlo y Silvia Bizio, el director norteamericano aclara algo que podría haber causado confusión, los seres que se ven al final de A.I. no son extraterrestres como se pensaría, son robots que han alcanzado el grado sumo de la perfección, y pueden reproducirse luego que los seres de carne y hueso se han extinguido del planeta. Futuro desolador y frío, reflejado en esa imagen de Nueva York sumida bajo las aguas, con dos edificios gemelos que en la realidad se desmoronaron bajo el peso del odio, pero esa es otra historia opuesta a la inteligencia.

Es complicado determinar si el hombre le debe temer a sus creaciones, como el Dr Frankenstein a su monstruo, y si logra construir artefactos hechos a su imagen y semejanza, hay un espacio razonable para la duda y el miedo, pero también para sentir un inmenso orgullo, porque la máquina sensible simplemente será una extensión de la humanidad, un triunfo de la inteligencia natural en su búsqueda de la trascendencia. Esa es una de las ideas que siembra en la mente, A.I., así como la reflexión sobre aquello, que otra película también llamada a ser un clásico (MOULIN ROUGE!), define como el sentido del amor, es mejor haber amado y perdido que no haber amado.

© Dixon Acosta, (761 palabras) Créditos
En Twitter a ratos aparece como @dixonmedellin

¿Por donde empezar? Quizás con una serie de adjetivos: fascinante, gélida, encantadora, prodigiosa, colorista, inteligente, comida para el pensamiento...Todo esto es A.I., que algunos ya han calificado como obra maestra e incluso como la mejor película de su director.

Hace mucho tiempo que no recuerdo una película de ciencia-ficción donde los efectos especiales estén por completo al servicio de la película, de lo que se cuenta y de como se cuenta. A.I. es, en este sentido, el antónimo cinematográfico de aquel horror de infausto recuerdo llamado PERDIDOS EN EL ESPACIO (Curiosamente, en ambas películas sale William Hurt). El esplendor e imaginación visual de Spielberg es asombroso: desde el inicio, en el que la cabeza de un androide es abierta de tal manera que no permite distinguir entre la actriz que interpreta al personaje y el muñeco, animatronic o lo que sea utilizado para esa asombrosa secuencia (Mi mandíbula cayó de ipso-facto al suelo); pasando por el momento en que el lado izquierdo de la cabeza de David se deshace como consecuencia de haber comido espinacas; por las transformaciones físicas de Gigoló Joe; por todo lo relativo a los androides que buscan piezas de repuesto; por las autopistas que conectan Rouge City con otras ciudades; por la asombrosa secuencia del Dr. Know (Hay que verlo para creerlo); y, en fin, por los alienígenas de la parte final, la película asombra a cada nueva secuencia por la perfección técnica con que se ha realizado y por la fértil imaginación del director.

En cuanto al argumento, se trata básicamente de una reedición en clave de ciencia-ficción de PINOCHO, pero Spielberg se las apaña a lo largo del metraje para hacer que elementos de diferentes cuentos infantiles encuentren su sitio en la trama, y es admirable como los introduce sin que parezcan meros pegotes u homenajes faltos de significación. Tenemos la secuencia del abandono de David por su madre, trasunto del momento en que el cazador de la película BLANCANIEVES la deja en libertad en un bosque aterrador (David va a parar a un bosque no menos siniestro); EL MAGO DE OZ, que es ahora una versión tecnológica dotada del mejor sentido de la maravilla clásico de los cuentos de hadas; la transposición del personaje del genio de los cuentos de las MIL Y UNA NOCHES, que aquí toma forma de alienígena; todo lo referente a PINOCHO, eje de la trama; y, sobre todo, el tono que adopta toda la parte final, con esa voz en off que nos cuenta el destino final de David. Spielberg se las ha ingeniado para usar su conocido amor por los cuentos de hadas al servicio de una historia que dista mucho de estar dirigida a los niños, ya que, como veremos, está dotada de elementos siniestros, escabrosos y adultos que si bien no hacen que esté prohibido para los niños verla, si que renuncian a los elementos más ramplones y azucarados con que Spielberg acostumbra a dorar sus películas (y eso a pesar de la parte final)

En cuanto a los temas, el más evidente es de la humanización de las máquinas creadas por el hombre, y hasta que punto nuestro empeño en dotar a los robots de sentimientos nos obliga a tomar responsabilidad por nuestras creaciones. (Las resonancias teológicas son enunciadas en la primera secuencia). Junto a este tema, veremos enunciados muchos otros: la crueldad de la infancia (el hijo de la familia protagonista se comporta cruelmente con David, y sus amigos también, como queda puesto magníficamente de manifiesto en la secuencia de la piscina); la soledad de los seres humanos que se ven empujados en ocasiones a hacer el amor con androides (la escena de Gigoló Joe con la chica rubia está dotada de un componente muy escabroso, aunque Spielberg no se atreva a ir más allá del enunciado); la deshumanización de aquellos seres humanos que, bajo la excusa de defender a la humanidad de los engendros mecánicos creados por ella misma, convierte a los androides en literal carne de feria; el ardiente deseo de amor de David, empeñado en convertirse en ser humano a toda costa, convirtiéndose casi en un ser dotado de más sentimientos que el hijo de la pareja que lo adopta al principio; el anhelo de recuperar al hijo perdido del creador de David, que busca con su creación vencer a la muerte, aunque pervierta sus deseos, convirtiendo a David en un producto industrial (como queda de relieve en las tenebrosas secuencias en que David destroza a otro David, furioso por descubrir que no es único en el mundo, y en las que descubre decenas de Davids colgados en la fábrica donde fue creado, y envasados en cajas, convertidos en meros jugetes de consumo; la corrupción de un mundo que se quiere lleno de vitalidad y humanidad pero que es sórdido y depravado (como dan fe de ello todas las secuencias de presentación de Gigoló Joe y las que transcurren en Rouge City, llenas de un color vital y exuberante, pero pozos de depravación y vicio)

Temáticamente, todos estos temas se ven enunciados, aunque justo es reconocer que Spielberg sólo deja enunciados algunos de ellos, sin atreverse a ir más allá y profundizar en ellos. A este respecto me pareció un tanto incomprensible que el padre de David le enseñara la fábrica donde hay decenas de Davids... ¡para desaparecer de la historia por completo y sin dejar rastro sin que sepamos porqué! También hubiera sido deseable que Spielberg hubiera profundizado más en la primera escena con Gigoló Joe y la chica rubia, y aquí si que se le puede criticar, por no ser lo suficientemente valiente para mostrar lo que pasa antes y después del encuentro.

En cuanto al tono de la narración y el estilo visual, no deja de sorprender que toda la película, y eso incluye la parte final, transmita una sensación de frialdad y gelidez muy extrañas en Spielberg. Quizás lo hizo a propósito, en consonancia con la deshumanización del mundo en el que vive David, pero la parte final, la que en principio es más sentimental, también desprende esa gelidez. Incluso en las siniestras secuencias de los androides y robots en el vertedero y en la Feria de la carne, el estilo visual tendría que haber sido mucho más sucio de lo que es. Aunque es cierto que se desprende una sensación siniestra, la composición de los planos, la sorprendente renuncia a un formalismo aparatoso, juega hasta cierto punto en contra de lo que se está narrando. Todo lo contrario de la maravillosa secuencia del Dr. Know, donde David descubre un mundo que es tan maravilloso para él como para el espectador (Y nótese que desde el momento que su madre humana lo abandona, David está muy asustado en el mundo al que se ve expuesto).

Antes de comentar la parte final, comentar dos o tres puntos del guión que me parecieron un poco forzados. Para empezar, me pareció que la decisión que toma la madre humana de David a la hora de programarlo es demasiado rápida, ya que ella se muestra muy incómoda con la situación, mucho más que su marido, que la acepta con mucha más naturalidad. Hubiera sido deseable que la transición hubiera sido más lenta, al menos para mi gusto. Otros dos puntos que no me gustaron fueron la ya comentada desaparición sin dejar rastro del creador de David, y el recurso un tanto cogido por los pelos de hacer que Gigoló Joe sea acusado de un crimen que no ha cometido, elemento de la trama que sólo sirve como excusa para que David y él se encuentren en el vertedero más tarde.

Y para acabar, comentar la parte final, que tanto ha dado ya que hablar entre los críticos: desde los que lo consideran una concesión burda al sentimentalismo, capaz de hacer vomitar por su, dicen, cursilería, hasta los más moderados, entre los que me cuento, que opinan que Spielberg ha sido capaz de mantenerse fiel a su estilo sin caer en la más fácil de las conclusiones, que era la que yo me temía, y que era también la que Kubrick, aparentemente, quería: que apareciese una Hada Azul y convirtiese por arte de magia a David en humano. La opción de Spielberg se encuentra en un punto equidistante entre ambas soluciones. Ante todo, señalar que esta parte se me hizo un tanto pesada, y es que parecía que la película no fuera a terminarse nunca. En este sentido, Spielberg hubiera podido ser más conciso. Pero señalar también que toda esta parte está envuelta de un halo onírico fascinante, misterioso, sugerente y, una vez más, siniestro, puesto que los alienígenas no son precisamente un dechado de belleza estética. En este sentido, la secuencia que más me gustó fue la de la nave surcando los hielos bajo los que está enterrado el helicóptero, David y el osito Teddy (prodigioso el momento en que toda la nave se desmonta). Y toda la parte en que David goza por un día de la compañía de su madre, está envuelta de un halo mágico, que, aunque nos hace temer lo peor, en el sentido que Spielberg parece a punto de ceder a la solución más fácil, se resuelve de una manera que nos deja sin respuestas sobre el destino final de David. Espero que el final abierto no sea una concesión al más burdo comercialismo de Hollywood (¡si se les ocurre hacer una segunda parte me los cargo!)

En resumen, que A.I. es una de las mejores películas del año, quizás de los últimos años, y que sorprende sobretodo por su tono fantasmagórico, onírico y siniestro, aspecto este último no muy propio de Spielberg, y por supuesto, por su esplendor visual. (Ah, un último apunte: recomiendo verla en versión original, entre otras cosas por que comprobaréis que la voz del osito Teddy es, una vez más, bastante siniestra, y me temo que en el doblaje este aspecto se haya perdido)

© Jordi García, (1.661 palabras) Créditos