LA MUERTE DE LA TIERRA
LA MUERTE DE LA TIERRA J. H. Rosny Ainé
Título original: La mort de la terre
Año de publicación: 1912
Editorial: Mondadori España S.A.
Colección: La Cabeza de Medusa
Traducción: José Velasco y García, revisada por Julio Martínez Mesanza
Edición: 1992
ISBN:
Precio: 1,74 EUR

Otro pequeño descubrimiento, aunque esta vez no es tan antiguo como las novelas que suelo encontrar en mis periódicas indagaciones arqueobibliográficas. El libro en cuestión es lo suficiente moderno como para haber sido encontrado por casualidad en la sección de oportunidades de una famosa y superconocida librería del centro de Madrid, revolviendo entre ejemplares tan variados como el KAMA-SUTRA en versión de bolsillo, APRENDA A HACER UN MILLÓN DE CÓCTELES EXÓTICOS, o ZONAS A VISITAR EN EL AMPURDÁN.

Y allí estaba. Era el único ejemplar que les quedaba. De la colección La Cabeza de Medusa, de Mondadori, año 1992. Eso en el exterior. En el interior, una obra de J. H. Rosny Ainé fechada en el año 1912.

Este escritor francés es contemporáneo de H. G. Wells, por lo que podría considerársele como uno de los pioneros de la ciencia-ficción europea, y, así mismo, es el autor de la novela LA GUERRA DEL FUEGO, sin duda su obra más conocida, precursora de una caterva de historias sobre hombres prehistóricos y en la que se basa la famosa película EN BUSCA DEL FUEGO.

La bibliografía de ciencia-ficción de este autor es relativamente poco conocida en nuestro país y, en su mayor parte, debe de estar descatalogada en castellano, cuando no simplemente inédita. Que yo sepa, existen traducciones de sus obras en la antigua Nebulae y algún cuento en Martínez Roca. Todas ellas por supuesto difíciles de encontrar en la actualidad.

La novela de la que hablo se titula LA MUERTE DE LA TIERRA, y debe ser una de las últimas de temática ciencia-ficción escrita por el autor. En cierto sentido, me recuerda al relato clásico LA VENIDA DE LOS HIELOS, de G. Peyton Wertenbaker, publicada en el año 1926. En ambas, aunque desde puntos de vista radicalmente opuestos, se trata del final de la vida humana sobre la Tierra por causas naturales: el envejecimiento del planeta y de la propia especie humana, alejándose del típico cataclismo de origen extraterrestre o cósmico, asteroides, novas, etc. Sin embargo, aunque ambas obras desprenden un palpable sentimiento de angustia, el relato de Ainé es mucho más intimista. Más sobrecogedor. Y sobre todo más triste.

Lo cual no es un obstáculo para que se trate de una excelente novela. En LA MUERTE DE LA TIERRA, la historia se desarrolla en un futuro muy lejano, a cientos de miles de años de nuestra época. La especie humana no ha conquistado el espacio, sino que ha permanecido en nuestro planeta, atrapada quién sabe bajo qué circunstancias. Lo más probable, dado lo temprano de la época de su escritura, es que Ainé no considerara siquiera la posibilidad de viajar a otros mundos, tan en boga en la ciencia-ficción posterior.

La novela muestra un cierto punto de vista que, hoy en día, podríamos llamar ecológico o de concienciación acerca de los problemas a los que nuestra sociedad nos aboca. La Tierra está totalmente agotada, con todos sus recursos desaparecidos tras cientos de miles de años utilización intensiva y anárquica. La atmósfera ha ido escapándose al espacio, descompuesta por las radiaciones solares, y el agua es muy escasa. Sólo unos cuantos oasis sobreviven en lo que se ha convertido en un inmenso desierto, sacudido por continuos movimientos sísmicos, como si el propio planeta quisiera librarse al fin de su molesta carga humana.

Por si esto fuera poco la mayoría de las formas de vida también han desaparecido. Sólo algunos vegetales y una especie de pájaros semiinteligentes comparten el planeta con los últimos supervivientes de la especie humana. Plantas, animales y humanos han sufrido además profundas mutaciones por los efectos climáticos a lo largo de interminables milenios.

Ainé borda el trabajo al presentarnos la lenta agonía de la humanidad y, página tras página, va preparando al lector frente al inevitable final. Un final sin estridencias, sin lucha. El Hombre se ha hecho a la idea de su desaparición desde mucho tiempo atrás, y acepta su fin con resignación o más bien con una sumisión completa. Los supervivientes llevan consigo pastillas para suicidarse, cosa que deben hacer obligatoriamente, en realidad gozosamente, a medida que los recursos escasean cada vez más. No se producen nacimientos y todos ansían el olvido y el descanso definitivo de la muerte.

Naturalmente, y para proporcionar una cierta acción al argumento, existe un individuo descontento. Quizá el último rastro del empuje y la rebelión humana frente a un mundo atroz y desierto. Desierto no sólo en el sentido físico del término, sino lo que es peor, desierto de emociones, de anhelos, de deseos de vivir. La apatía más absoluta reina por doquier. Los seres humanos descritos por Ainé pueden llegar a ser más alienígenas que los procedentes del espacio exterior.

Pero además de la extraña psicología de los personajes, uno de los puntos fuertes de la novela son ciertas criaturas imaginadas por el autor. De las ruinas de la especie humana surgen los que son, posiblemente, los más extraños seres vivos nacidos de la literatura de ciencia-ficción, junto a los de Stapledon en su HACEDOR DE ESTRELLAS. El reino animal ha muerto, el reino vegetal ha perecido enterrado bajo las arenas del desierto... pero ¿qué ocurre con el reino mineral? Para responder a esta pregunta, Ainé nos muestra lo más interesante de la novela: los ferromagnetales. Criaturas que se mueven muy lentamente, avanzando con la solidez y la seguridad de los minerales, y compuestas de hierro, pero no de un hierro cualquiera, sino del hierro nacido de los desechos de la humanidad, como si, tras años de uso, su esencia se hubiera reencarnado en el frío metal.

Pero a pesar de su lentitud de movimientos y su aparente carencia de ánimos ofensivos, la existencia de estas criaturas supone una muerte cierta para cualquier otro ser vivo que se encuentre a su lado. El campo magnético generado por estas curiosas formas de vida, absorbe el hierro de los glóbulos rojos, provocando la muerte por anemia. Ni siquiera en estas muertes se produce violencia alguna. Todo ocurre despacio, suavemente, casi con indiferencia...

Como siempre ha sucedido, la nueva vida, mejor adaptada, sustituye a la anterior. Renovarse o morir, que dijo el poeta.

La novela de J. H. Rosny Ainé, se lee con agrado. Su estilo es sencillo y directo y los atormentados personajes humanos están correctamente tratados, así como las descripciones de una Tierra agonizante, de los ferromagnetales e incluso de cierta tecnología avanzada y sorprendentemente real. La existencia y el tratamiento de la eutanasia, que se prodiga en la novela, es sobrecogedora, y una auténtica extrañeza en la literatura de anticipación de la época.

Es, en resumen, una historia digna de ser leída y que, a pesar de los años transcurridos desde su escritura, se mantiene sorprendentemente fresca, además de ser un recordatorio de que incluso nuestro planeta, que a veces nos parece inagotable, no lo es en absoluto.

© Carlos Alberto Gómez Villafuerte, (1.145 palabras) Créditos