VACÍO IMPERFECTO
VACÍO IMPERFECTO Joan Antoni Fernández
Título original: ---
Año de publicación: 2001
Editorial: Juan José Aroz Editor
Colección: Espiral, Ciencia-Ficción nº 21
Traducción: ---
Edición: 2001
Páginas: 294
ISBN:
Precio: Descatalogado

Escrito al modo de las novelas de a duro, con un estilo grandilocuente y artificioso, poco agradecido desde el punto de vista literario, pero muy adecuado para relatar las fabulosas cuitas de un bombero por el espacio tiempo y alguna que otra realidad que no acabé de comprender muy bien si alternativa o superpuesta.

Lo del estilo no resulta especialmente importante si se toma la novela como una sucesión de aventuras desaforadas en todos los sentidos, pero si se quiere ir un poco más allá resulta excesivamente recargado y redundante, demasiado para mi gusto, y si ese efecto se hace especialmente molesto en el texto, trasladado a los diálogos produce situaciones en las que, muy lejos de la supuesta transcendencia del pasaje, convierte serios parlamentos en discursos más bien cómicos. Para colmo, aplciados estos parámetros a las explicaciones de índole científico-técnica el resultado tiende a farragoso.

Explicaciones éstas, por lo demás, con las que choqué frontalmente. Aún sin ser informático de carrera si lo soy de profesión, y cuando los autores intentan profundizar en el tema sin tener, digamos, unos someros conocimientos sobre él, o basar gran parte del argumento en ciertas premisas del todo punto falsas, el resto de la narración se me hace insufrible y, por supuesto increíble, siempre hablando del límite que todo lector se impone de forma más o menos consciente, y a partir del cual nada resulta aceptable. Incluso en el fantástico más radical, y enfrentados a mundos totalmente inventados, estos han de tener un grado de coherencia interna tal que nada de lo que ocurra en ellos esté fuera de lugar. Sin embargo, cuando el relato quiere narrar cuestiones más o menos cercanas debe partir de una cierta cantidad de hechos consumados, que el lector debe reconocer como característicos de estado de cosas, y construir a partir de ese momento la narración.

Intentar explicar todos los porqués da lugar a desastres argumentales a los que raramente sobrevive el relato, y VACÍO PERFECTO­ peca en demasiadas ocasiones de dar más explicaciones de la cuenta.

Para empezar, gran parte del argumento se basa en la premisa, falsa, de que la copia de un archivo binario no es idéntica al original. Llámese licencia poética si se quiere, pero ante esto me fue imposible aceptar de una forma razonable el resto de la novela ni, por supuesto, considerar como válidas las demás explicaciones en las que asienta el argumento. Por si esto fuera poco, la piedra fundamental de la novela; que la realidad sólo existe si la contempla un observador, tiene una buena cantidad de problemas de desarrollo, que se resumen en el nebuloso origen de los propios observadores que, como realidades en si mismos, han de haber sido observados previamente... lo que parece llevar a la idea de Dios. Lamentablemente Dios, para ser una realidad, también ha de haber sido observado en algún momento, con lo que se vuelta a empezar sin muchas esperanzas de ver el final del camino.

Juan Antonio Fernández soluciona este problema con la socorrida explicación circular, que desde luego no resulta nada satisfactoria, y más cuando los personajes tampoco dan la talla de dioses. El aparente protagonista, sin un claro perfil arquetípico (aquello del bueno de la película) no está bien definido, tan pronto es un pelele en manos del destino como el amo del mismo. Sus aparentes enemigos son más bien un grupo de tristes desequilibrados y no las mentes poderosas que se supone malean el tiempo y el espacio a su antojo, y los comparsas son eso, comparsas que van y vienen por aquello de hacer bulto.

En fin, una novela muy poco satisfactoria, que unos cuantos discretos sobreentendidos hubieran convertido en una esforzada novela de aventuras, pero que en su forma actual quebranta aquello de la suspensión de la credulidad como ni siquiera las novelas de duro eran capaces de hacer.

© Francisco José Súñer Iglesias, (644 palabras) Créditos