ASTEROIDES; PEÑASCOS EN ORBITA
por Jacobo Cruces Colado y José Carlos Canalda
Ceres
Ceres

Los asteroides forman parte de los denominados cuerpos menores del Sistema Solar, junto con los satélites y los cometas. El primero de ellos, Ceres, fue descubierto por el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi a principios del siglo XIX. Su descubrimiento no se debió a la casualidad, sino a los intentos de los astrónomos de la época por encontrar el astro desconocido (el famoso Planeta X) que presuntamente debía orbitar entre Marte y Júpiter según lo predicho por la ley de Titius-Bode. Puesto que pronto se descubrió que Ceres era demasiado pequeño para ser considerado como un planeta —en agosto de 2006 se le recalificó como planeta enano—, se siguió rastreando esta zona del espacio, no hallándose el escurridizo e inexistente astro pero sí nuevos asteroides: Palas, Juno, Vesta y muchos otros. En la actualidad (diciembre de 2011) hay catalogados más de trescientos diez mil objetos de este tipo y se conocen muchos más, ya descubiertos, que están a la espera de su catalogación definitiva, incrementándose continuamente su número. Los astrónomos calculan que debe de existir una gran cantidad de asteroides (centenares de miles) que todavía no han sido descubiertos a causa de su pequeño tamaño.

En contra de la creencia popular (y totalmente errónea) de que los asteroides pudieran ser los restos de un planeta destruido por una hipotética catástrofe cósmica, estos cuerpos son los residuos del primitivo Sistema Solar, formado en principio por una infinidad de planetésimos (pequeños objetos) que, al contrario que el resto de estos cuerpos, no llegaron a agregarse formando planetas o satélites, probablemente debido a las perturbaciones gravitatorias de los planetas vecinos. Serían, pues, el material sobrante de la construcción del Sistema Solar.

La mayor parte de los asteroides orbitan entre Marte y Júpiter, en el por ello denominado cinturón de asteroides, aunque no están distribuidos uniformemente sino formando familias (Hungarias, Floras, Phocaea, Koronis, Eos, Themis, Cibeles y Hildas) las cuales toman su nombre del primer asteroide descubierto del grupo. Entre las órbitas de las diferentes familias existen espacios vacíos, producidos por las perturbaciones gravitatorias de los planetas vecinos, conocidos con el nombre de Lagunas de Kirkwood. Algunos de estos grupos presentan características orbitales peculiares tal como ocurre con los Hildas, de los que están catalogados más de 400, los cuales presentan una resonancia orbital de tipo 3:2 con Júpiter.

Muchos otros asteroides, por el contrario, forman parte de grupos con trayectorias orbitales distintas, pudiéndoselos dividir en dos grandes grupos, los que se encuentran en el interior de la órbita de Marte y los que discurren más allá de la de Júpiter. Un caso particular lo constituyen los asteroides troyanos, llamados así por recibir sus nombres de personajes de la Ilíada, que comparten órbita con Júpiter precediéndolo o siguiéndolo a 60 grados de distancia, es decir, en los puntos de Lagrange L4 y L5. En la actualidad se conocen unos 5.000 troyanos de Júpiter, a lo que hay que sumar un troyano de la Tierra descubierto en 2010, tres troyanos de Marte, uno de los cuales ha sido bautizado con el nombre de Eureka, y ocho de Neptuno. Curiosamente no se conocen troyanos del resto de los planetas del Sistema Solar, lo que no quiere decir que no se puedan descubrir en un futuro.

Los asteroides internos, denominados NEO —iniciales del término inglés Near Earth Objects, Objetos cercanos a la Tierra —, han sido clasificados en cuatro grupos distintos dependiendo de las características de sus respectivas órbitas. El grupo de asteroides Atón, formado por cerca de 700 cuerpos, describe órbitas interiores a la de la Tierra, aunque en su afelio pueden llegar a cruzarse con ésta. Los asteroides Apolo —unos 4.200— discurren por el exterior de la órbita terrestre, aunque al encontrarse su perihelio a distancias inferiores a una unidad astronómica pueden llegar a cruzarse con ésta. Los 3.500 del grupo Amor, por último orbitan entre la Tierra y Marte y, aunque no llegan a cruzarse en ningún momento con nuestro planeta, sí pueden intersectar la órbita de Marte. La cuarta familia de asteroides cercanos a la Tierra, los Apohele, no ha sido definida sino hasta fechas muy recientes —en 2003—, siendo su característica particular que la totalidad de su órbita discurre por el interior de la terrestre sin llegar a rebasarla en ningún momento, a diferencia de los Atón; dado lo reciente de su descubrimiento, tan sólo se han confirmado hasta ahora una decena de asteroides de este tipo. Se especula asimismo con la existencia de un grupo más, los Vulcanoides, que al igual que el inexistente planeta Vulcano se desplazarían por el interior de la órbita de Mercurio, pero hasta el momento no ha sido descubierto ninguno.

Los asteroides externos se clasifican asimismo en varias categorías. El pequeño grupo de asteroides Centauros —unos 130—, de los cuales el más conocido es Quirón, sitúan sus órbitas entre las de Júpiter y Neptuno, mientras los aproximadamente 350 asteroides Hidalgo -por el de este mismo nombre—, pese a discurrir también por estas mismas regiones del Sistema Solar se adentran en el interior de éste todavía más que sus compañeros, atravesando la órbita de Júpiter e incluso, en ocasiones, también la de Marte. Un tercer grupo es el de los Damocloides, llamados así por ser Damocles su principal representante, del que tan sólo se conocen unos 40; sus trayectorias orbitales son similares a las de los Hidalgo, pero con unos valores mucho más elevados de excentricidad e inclinación orbital, lo que los convierte en unos auténticos vagabundos del Sistema Solar.

Las trayectorias de estos asteroides no son estables, por lo que podrían verse perturbadas al pasar por las cercanías de alguno de los planetas gigantes; de hecho, buena parte de los pequeños satélites exteriores de estos cuatro planetas presentan trayectorias orbitales que hacen pensar que pudiera tratarse de asteroides capturados. Tampoco está clara la naturaleza exacta de estos asteroides, ya que en realidad se trata de cuerpos intermedios entre los asteroides propiamente dichos y los cometas; cuando hace algunos años Quirón se aproximó al perihelio de su excéntrica órbita, se pudo apreciar la aparición de una tenue cabellera. Esto se debe al hecho de que gran parte de los cuerpos que orbitan en el Sistema Solar externo están compuestos mayoritariamente por hielo y por otras sustancias volátiles congeladas, como por ejemplo el amoníaco, las cuales subliman al acercarse estos cuerpos al Sol

Por último, aquellos asteroides cuya órbita se halla más allá de la de Neptuno se denominan transneptunianos. Aunque estos objetos son conocidos desde época muy reciente (principios de los años noventa), en la actualidad están catalogados alrededor de 1.250, lo que parece indicar la existencia de un segundo cinturón de asteroides —denominado Cinturón de Kuiper — en las profundidades heladas que forman las fronteras del Sistema Solar entre las 30 y las 50 unidades astronómicas, calculándose que deben de existir alrededor de unos 70.000 mayores de 100 kilómetros de diámetro. Los transneptunianos conocidos hasta el momento son astros de considerable tamaño, del orden de los varios cientos de kilómetros de diámetro e incluso más de mil, siendo pues bastante mayores que sus homólogos del cinturón principal.

Sedna
Sedna

Tras la creación, en agosto de 2006, de la nueva categoría de los planetas enanos, han sido incluidos en este nuevo apartado, además de Plutón (por sus características físicas y orbitales un transneptuniano) y de Ceres, los transneptunianos Makemake y Haumea y el objeto del disco disperso —se denomina así a los cuerpos que orbitan más allá del Cinturón de KuiperEris, de tamaño ligeramente superior, al que hasta hace poco fuera considerado el noveno planeta del Sistema Solar. Otros transneptunianos de gran tamaño están a la espera de ser catalogados como planetas enanos; es el caso de Sedna, Orco, Quaoar, Varuna, Ixión, Caos y varios más todavía sin nombre oficial, todos ellos con tamaños comprendidos entre los de Ceres y Plutón, y no es de descartar que en un futuro sean descubiertos otros de mayor tamaño.

Dependiendo de las características de su órbita los transneptunianos han sido clasificados en varios grupos diferentes (plutinos, cubewanos, twotinos, objetos del disco disperso...), aunque estas divisiones todavía son, en algunos casos, un tanto confusas. Los plutinos son aquellos situados a 39 unidades astronómicas, es decir, en la parte interna del Cinturón de Kuiper; al igual que sucede con Plutón, con el que comparten órbitas similares, sus períodos de traslación presentan una resonancia 3:2 con el de Neptuno, lo que los provee de una estabilidad orbital mayor que la de otros objetos del Cinturón de Kuiper. Los transneptunianos que orbitan a partir de 41 unidades astronómicas, sin resonancia orbital con Neptuno, han sido bautizados con el nombre de cubewanos. Más allá, en el borde exterior del Cinturón de Kuiper a unas 48 unidades astronómicas, están los twotinos, llamados así por presentar una resonancia orbital 2:1 con Neptuno.

Las órbitas de los objetos del disco disperso (Scattered Disk Objects), de los que hay identificados unos 200 en la actualidad, se sitúan más allá del Cinturón de Kuiper, adentrándose en ocasiones hasta la todavía más alejada Nube de Oort. Se cree que estos cuerpos fueron expulsados de la región de los transneptunianos por las perturbaciones gravitatorias, lo que ha movido a los astrónomos a clasificarlos, de una manera un tanto arbitraria, conjuntamente con los asteroides Centauros, con los que comparten origen y ciertas características orbitales, aunque estos últimos, a diferencia de los anteriores, fueron desplazados al interior del Sistema Solar, en lugar de hacia el exterior del mismo.

La nomenclatura de los asteroides catalogados está compuesta por un número ordinal, que indica el orden de catalogación, y un nombre propio asignado por su descubridor, aunque en ocasiones tardan algún tiempo en ser bautizados. Estos nombres propios son muy variados. Aunque inicialmente se empezó respetando la tradición de utilizar nombres mitológicos procedentes del panteón grecorromano, al incrementarse su número tal costumbre se relajó, comenzando a proponer sus descubridores apelativos de lo más variado: Nombres femeninos —y más recientemente también masculinos—, nombres geográficos, nombres de personajes históricos (Séneca, Trajano...), nombres alegóricos (Justicia, Paz...), nombres de entidades (Naciones Unidas, ESA...), nombres de plantas y animales, incluso de los extintos (Tiranosaurio, Mamut...) y nombres todavía más exóticos, bien por corresponder a culturas orientales (principalmente japoneses o chinos), bien por estar dedicados a personajes de ficción (Sherlock Holmes, Don Quijote...), aunque quizá el más curioso sea el de Dioretsa, Asteroid -asteroide en inglés- escrito al revés, por ser este cuerpo, número 20.461 del catálogo, el primero que se descubrió con movimiento retrógrado

Últimamente, y por aquello del buen rollito de lo políticamente correcto, también les ha dado por recurrir a los panteones de las tribus —perdón, etnias — más remotas del planeta, lo que ha incrementado la nómina con un buen puñado de nombres tan exóticos, y en ocasiones difícilmente pronunciables, como Teharonhiawako, Makemake, Quaoar o Tomaiyowit... todo sea por quedar bien con otras civilizaciones, aunque éstas lleven en ocasiones bastantes siglos extintas.

Otros nombres de asteroides son los que corresponden a personajes reales (Asimov, Clarke, científicos, músicos, personajes célebres...), siendo muchos también los astrónomos que han perpetuado sus nombres por este método. Asimismo abundan los de personas anónimos a las que se les reconocen unos méritos más o menos merecidos, según criterios. De todos modos, visto el ritmo de descubrimientos de los últimos años no parece existir riesgo alguno de agotamiento del material disponible para ser bautizados.

Algunos grupos particulares de asteroides, como los troyanos o los centauros, siguen respetando las normas originales de la nomenclatura tomándolos de la mitología greco-romana, recibiendo los primeros nombres de personajes de la Ilíada y los segundos, como cabía esperar, de centauros. Al día de hoy tan sólo unos pocos transneptunianos han recibido nombre propio, habiendo sido bautizados con los correspondientes a los de dioses de diferentes mitologías -incluso las más raras- vinculados a los mundos infernales o sombríos.

En lo que concierne a su composición, se conocen pocos datos. Los datos espectroscópicos y de albedo han permitido establecer una clasificación provisional.

Tipo C: Incluye al 75% de los asteroides conocidos. Son extremadamente oscuros (albedo 0,03), muy poco densos y cuentan con una composición que incluye productos orgánicos, sulfatos y carbonatos, similar a la de los condritos carbonáceos. Se especula con la posible presencia de moléculas orgánicas (azúcares y aminoácidos) en los asteroides de este tipo, existiendo incluso la teoría de que meteoritos con esta misma composición caídos sobre la Tierra pudieron haber tenido parte importante en la aparición de la vida en nuestro planeta.

Tipo S: Pertenecen a él un 17% de los asteroides, caracterizados por ser relativamente brillantes (albedo entre 0,1 y 0,22). Su naturaleza es principalmente pétrea, estando compuestos por una mezcla de hierro y níquel con diversos silicatos de hierro y magnesio

Tipo M: Abarca a todos los asteroides restantes, cuya característica principal es la de ser mayoritariamente metálicos, estando compuestos por hierro y níquel puros. Su albedo oscila entre 0,10 y 0,18. A estos tres tipos de asteroides del cinturón principal hay que sumar los que orbitan por el Sistema Solar exterior, los cuales cuentan con importantes cantidades de materiales volátiles (agua, amoníaco...) congelados.

Los tamaños de los asteroides son sumamente variables. Dentro de los asteroides del Sistema Solar interno Ceres es, con diferencia, el mayor de todos ellos, pero apenas tiene mil kilómetros de diámetro y se estima que posee el 25% de la masa combinada de todos los demás asteroides de esta región del espacio. Le siguen muy de cerca algunos como Palas (número 2), Vesta (número 4) e Hygiea (número 10), cuyos diámetros oscilan entre los 400 y los 525 km, pero ninguno de los restantes mide más de 340 km; muchos cuentan con unas dimensiones de apenas unos cuantos kilómetros de tamaño o incluso menores, con formas por lo general irregulares muy parecidas a las de algunos satélites de los distintos planetas del Sistema Solar, como Fobos, Deimos, Amaltea o Hiperión.

Eris
Eris

En lo que respecta al otro gran grupo de asteroides, los transneptunianos, el mayor descubierto hasta ahora aparte de Plutón, reclasificado con el número 134.340 al ser degradado a planeta enano, es Eris, que con un diámetro estimado de unos 2.400 kilómetros excede ligeramente al de éste. Sedna alcanza los 2.000 kilómetros, Haumea y Makemake oscilan en torno a los 1.500, Quaoar ronda los 1.300, e Ixión y Varuna alcanzan la respetable cifra de los 800. A ellos hay que sumar también los 1.200 de Caronte, el satélite principal de Plutón.

Hasta fechas recientes no se conocía prácticamente el aspecto de los asteroides. Gracias a algunas sondas espaciales como la Galileo, la NEAR o la Stardust, se ha conseguido obtener fotografías de algunos de ellos, como Ida (número 243), Gaspra (número 951), Matilde (número 253) o Annefrank (número 5.535). Todos tienen en común su forma irregular (recuerdan a guijarros, o patatas) y una superficie cubierta de cráteres. El asteroide Eros (número 433), situado entre la Tierra y Marte (forma parte de los asteroides Amor), constituye un caso excepcional, ya que la sonda NEAR lo orbitó durante varios meses antes de aterrizar en su superficie. Con una curiosa forma de cacahuete, Eros fue fotografiado hasta en sus más mínimos detalles.

Más recientemente la sonda espacial Dawn, tras entrar en órbita alrededor de Vesta en julio de 2011, comenzó a enviar una nutrida colección de fotografías del asteroide de mayor masa del Cinturón Principal, excepción hecha del planeta enano Ceres, y el tercero en tamaño, después de éste y de Palas, que le supera ligeramente en volumen. A diferencia de la mayor parte de estos pequeños astros, Vesta presenta una estructura geológica compleja con un núcleo, un manto y una corteza, por lo que algunos astrónomos prefieren considerarlo un protoplaneta remanente de los primeros tiempos del Sistema Solar. En cuanto a su superficie, ésta está cubierta de cráteres tal como suele ser habitual en los cuerpos del Sistema Solar carentes de atmósfera, destacando uno de ellos, bautizado con el nombre de Rea Silvia, que con un diámetro de 460 kilómetros abarca el 80% del diámetro de Vesta.

Gracias al telescopio espacial Hubble y a técnicas tales como el radar se ha conseguido estudiar otros asteroides como Palas, Tutatis (un asteroide Apolo, catalogado con el número 4179, de pequeño tamaño pero que se acerca peligrosamente a la Tierra) o Cleopatra (número 216), que ha demostrado poseer una curiosa forma que recuerda al hueso de un perro, es decir, alargado y con dos extremos prominentes. De todos los asteroides del cinturón principal tan sólo Ceres tiene forma esférica, aunque otros como Palas, Vesta e Higiea no se desvían demasiado de la esfericidad, debiéndose la irregularidad de Vesta en buena parte a la enorme dentellada del cráter Rea Silvia. Los transneptunianos mayores, por el contrario, sí parecen ser esféricos, aunque la gran distancia a la que orbitan dificulta mucho su estudio.

Puesto que los asteroides del grupo Apolo cortan la órbita de la Tierra, se ha especulado mucho sobre la posibilidad de un choque de nuestro planeta con alguno de ellos. De hecho, en los últimos años ha cobrado fuerza la teoría de que fue precisamente la caída de un asteroide la que pudo provocar la extinción en masa de los dinosaurios al final de la Era Secundaria.

Dentro del campo de la ciencia-ficción los asteroides han tenido su importancia, aunque no de forma individual sino colectiva... Y todo ello a pesar de que la imagen dada de ellos en la serie B, como de una barrera prácticamente infranqueable para las astronaves, es absolutamente falsa, ya que la distancia media existente entre ellos es tan grande que en la práctica se les puede considerar tan aislados en el espacio como lo pueda estar cualquier planeta. Aun así, la imagen del Halcón Milenario entrando en un abigarrado campo de estos objetos en EL IMPERIO CONTRAATACA ha pasado por derecho propio a la historia del género.

Quizá por una analogía romántica con la multitud de islas existentes en algunas zonas de la Tierra, como por ejemplo el mar Caribe, la imagen dada por los asteroides en la ciencia-ficción ha sido una mezcla de explotaciones mineras (se supone que algunos de ellos, aunque no todos, pueden suponer unas importantes reservas de metales) con unos territorios sin ley, patrimonio de unos piratas siderales calcados de los bucaneros caribeños. La imagen más tópica de los mismos es posiblemente la dada por Isaac Asimov en su serie de Lucky Starr, el Ranger del Espacio, en la que uno de los títulos es, precisamente, LOS PIRATAS DE LOS ASTEROIDES. A pesar de ello Asimov no se explaya mucho con las descripciones de estos pequeños astros, quizá para no querer pillarse los dedos, limitándose escasamente a citar algunos de los más importantes, como Ceres y Vesta. Precisamente en Vesta es donde se desarrolla la acción del primer relato publicado por este prolífico autor, el cual lleva por título AISLADOS DE VESTA.

Pórtico

Una imagen más realista de los asteroides es la que da Frederik Pohl de los transneptunianos en su novela MINEROS DEL OORT, en la que se describe un intento de terraformar Marte obteniendo el agua necesaria a costa de conducir hasta el planeta rojo a un puñado de asteroides de la Nube de Oort, los cuales se supone que no son sino núcleos de cometas, es decir, enormes conglomerados de hielo, rocas y polvo, lo que se conoce popularmente como bolas de nieve sucias. Esta misma idea de utilizar asteroides de este tipo para proporcionar agua a Marte es utilizada por Greg Bear en MARTE SE MUEVE y por Kim Stanley Robinson en MARTE ROJO. Robinson también le saca partido a un par de asteroides Amor como contrapesos en la construcción de ascensores espaciales en el planeta rojo.

El asteroide más famoso del género se debe también sin duda a Frederik Pohl. PÓRTICO, ganadora de todos los premios importantes, gira en torno a una misteriosa base excavada en el asteroide del mismo título por unas desconocidos extraterrestres llamados heechees. Como asteroide, Pórtico resulta sumamente vulgar salvo por su órbita, perpendicular a la eclíptica, pero como misterio sin resolver es apasionante. Greg Bear también ha revisitado los asteroides en varias de sus obras. En la trilogía formada por LEGADO, EÓN y ETERNIDAD se narra la aparición de un asteroide cerca de la Tierra al cual se le bautiza con el nombre de La Piedra. En realidad se trata de Juno, el tercer asteroide del catálogo, terraformado por los humanos en un futuro lejano respecto a la época en la que tiene lugar la narración y llegado a través de un viaje por el tiempo; exteriormente su aspecto sigue siendo el que tuviera desde su origen miles de millones de años atrás, pero su interior ha sido ahuecado artificialmente, excavándose en él varias cámaras que resultan ser la entrada a un mundo literalmente infinito. El concepto de asteroides troyanos tiene bastante relevancia en un clásico de primer contacto como es LA PAJA EN EL OJO DE DIOS, de Larry Niven y Jerry Pournelle, donde toda una civilización de pajeños vive en los asteroides del sistema. Joan D. Vinge y Arthur C. Clarke han ambientado también sus obras LOS PROSCRITOS DEL CINTURÓN DE CIELO y EL MARTILLO DE DIOS en escenarios semejantes.

Los autores españoles también han tocado los asteroides en sus obras. En MUNDOS EN EL ABISMO Javier Redal y Juan Miguel Aguilera sitúan, en un auténtico tour de force, toda una civilización de seres en los asteroides que constituyen la corteza de una Esfera de Dyson

La posibilidad de un choque catastrófico entre la Tierra y un asteroide, planeta o meteorito, que según algunos científicos fue la causa de la extinción de los dinosaurios, cuenta con varios ejemplos dentro del cine de ciencia-ficción. Quizá la película más antigua que aborda este tema sea la francesa LE FIN DU MONDE (1931) a la que siguieron la clásica CUANDO LOS MUNDOS CHOCAN (1951) BATALLA MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS (THE GREEN SLIME) (1969) donde el asteroide Flora se desvía de su órbita amenazando con caer sobre la Tierra, METEORO (1979) y las recientes DEEP IMPACT y ARMAGEDDON, ambas de 1998. En lo que respecta a novelas, cabe reseñar la ya citada EL MARTILLO DE DIOS, de Arthur C. Clarke, donde un asteroide asesino denominado Kali, procedente de las profundidades cósmicas situadas más allá de la órbita de Neptuno, amenaza con chocar contra la Tierra. Varios de los elementos de esta novela ya habían sido utilizados anteriormente por Clarke en su notable (por desgracia no se puede afirmar lo mismo de sus mediocres continuaciones) CITA CON RAMA, donde una nave espacial alienígena de gran tamaño es tomada al principio por un asteroide y bautizada con el nombre de este dios de la mitología hindú.

© Jacobo Cruces Colado.
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