ESTOS VALLES DE LÁGRIMAS
por Alberto Chimal

Science fiction is the internal (intracultural) literary form taken by syncretism in the West. It adopts as its subject matter that occult area where a science in decay (elaborately decorated with technology) overlaps religiousness -hence, incidentally, its automatic receptivity from its emergence to such notions as time travel, ESP, dianetics, Dean Drives, faster-than-light travel, reincarnation and parallel universes.

James Blish, Probapossible Prolegomena To Ideareal History, en la revista Foundation

Muchas veces se cree que la ciencia es adversaria, o enemiga, de la religión, y que el científico está dedicado a combatir, por principio, toda enseñanza que apele a la fe. Esta idea tiene su origen en un conflicto verdadero, que la Historia ha visto una y otra vez: el que se entabla entre el deseo legítimo de la ciencia (sobre todo, de las llamadas ciencias duras) por encontrar verdades mensurables, independientes de juicios subjetivos, y la insistencia de las religiones en lo inefable: lo que está más allá de la comprensión humana, y debe aceptarse haciendo a un lado todo juicio. Hay defensores de ambas posturas, y ambos bandos han cometido numerosos errores, pero uno de los más grandes ha sido siempre la reducción de su contrario: en nombre de la verdad, o de la ortodoxia, muchos científicos y religiosos se han negado a creer en la posibilidad de entendimiento o por lo menos comunicación con los otros. Por esto llaman tanto la atención los religiosos dedicados a la ciencia y los científicos que se aproximan a la religión; por esto, casi siempre, la ciencia ficción se decanta por uno de los dos extremos en el conflicto, y es del todo incapaz de examinar la cuestión si no es de modo polémico; cuando más, se contenta con describir la caída de una cultura científica y el surgimiento paralelo de cultos simplificados o fundamentalistas, como sucede, por ejemplo, en casi todas las ficcciones postapocalípticas.

Sin embargo, desde MÁS ALLÁ DEL PLANETA SILENCIOSO de C. S. Lewis, varios escritores se han arriesgado a pisar la tenue línea divisoria entre las actitudes extremas que he descrito: en sus cuentos y novelas, la religión no es sólo un elemento perturbador en una cultura científica bien estructurada, ni viceversa, sino que ambas formas de pensar, ambas actitudes ante el universo, coexisten, siquiera dificilmente, y aun llegan a nutrirse recíprocamente, o a interpenetrarse.

Como la ciencia ficción es parte de la cultura de occidente, son mucho más interesantes las historias que giran alrededor de la tradición cristiana, pues corren menos el riesgo de usar los elementos religiosos como simple decorado (así sucede, por ejemplo, en más de un cuento de Arthur C. Clarke, supuesto admirador de las tradiciones de la India) y ofrecen retos más difíciles, paradigmas más firmes que derribar. He reunido a tres autores de esta clase de historias. Como escribió James Blish, la ciencia ficción es, probablemente, una de las formas del sincretismo; aun en el Siglo de las Luces, la Razón era considerada una deidad.

El pecado

Blish (1921-1975) sigue siendo uno de los escritores más interesantes de la ciencia ficción. Con una vasta cultura, y un gran talento para la extrapolación y el razonamiento cuidadoso, sus cuentos no tuvieron rival en la escena de las revistas norteamericanas del género durante la mayor parte de los años cincuenta. Aunque después sufrió una larga decadencia, y hoy está casi olvidado, sus planteamientos sobre el pecado no han sido superados aún. El ejemplo más conocido es su novela UN CASO DE CONCIENCIA (1961), ganadora del premio Hugo, que comienza con una de las escenas intelectualmente más desafiantes que haya producido la ciencia ficción norteamericana: en una expedición al distante planeta Litina, un mundo habitado por una raza de reptiles inteligentes, un sacerdote jesuita lee FINNEGAN'S WAKE de James Joyce y resuelve, mediante una larga cadena de razonamientos, una cuestión moral que el libro plantea confusamente y que ha tenido prepcupada a la Iglesia por más de un siglo.

Al proseguir sus estudios del planeta, el sacerdote, Ruiz-Sánchez, tiene una terrible revelación: los litianos se comportan como si respetaran un estricto código ético cristiano, pero lo hacen naturalmente; Litina es un mundo sin culpa, sin pecado original, y representa un gran peligro; incluso, Ruiz-Sánchez sospecha que todo el planeta podría ser una creación del demonio, para confundir a los hombres. El hecho de que, de acuerdo con el dogma, el diablo no sea capaz de crear, coloca al sacerdote en la incómoda posición de ser un hereje, y la situación no mejora cuando un litiano viaja a la tierra y, tras aprender la corrupción humana, provoca una revolución. De vuelta en su mundo, el litiano pervertido lo corromperá, inevitablemente: Ruiz-Sánchez, abrumado, sólo puede asistir a la propagación del mal, que acaso se transmite así por el universo.

Justo lo opuesto se plantea en BIP, el cuento más perfecto de Blish: la teoría de un nuevo sistema de comunicación implica que el futuro puede conocerse y está prefijado; por lo tanto, el libre albedrío no existe, pero el benévolo gobierno universal que hace el descubrimiento averigua, también, que nunca lo revelará, y que empleará su conocimiento del futuro para evitar toda clase de mal: la ausencia de toda libertad vuelve imposible el pecado.

El alma

Philip J. Farmer (1918) es un escritor disparejo, a veces declaradamente mercenario, cuyos trabajos más interesantes no son necesariamente los mejores. Aunque mejor dotado para los relatos épicos, se le recordará por sus trabajos eruditos, en los que la acción tiene un lugar subalterno y un enorme caudal de información sobre personajes históricos sirve para condimentar historias de ideas: extrapolaciones audaces sobre sociología, antropología, política. A esta vertiente pertenece la saga más popular de Farmer, El Mundo Del Río, formada por cinco novelas de interés decreciente: A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS (1971), EL FABULOSO BARCO FLUVIAL (1972), EL OSCURO DESIGNIO (1977), EL LABERINTO MÁGICO (1980) y DIOSES DEL MUNDO DEL RÍO (1982).

La premisa inicial de la serie es de las más sorprendentes creadas jamás en un género en el que abundan las posibilidades de la sorpresa: imagine el lector o lectora que toda la humanidad (toda: desde el primer neanderthal hasta el último astronauta) resucita un día, en el mismo instante, en otro mundo. Todos están mezclados con gente de otros tiempos y lugares, en valle fluvial tan largo y estrecho que cubre, dando vueltas y vueltas, la superficie entera del planeta; todos tienen alimento, materiales para construir y vestirse, y todos ignoran el propósito, si hay alguno, de su resurección. Personajes históricos como Mark Twain, Alice Liddell, Richard Francis Burton, el rey Juan sin Tierra y muchos más tienen diversas aventuras en este mundo y conocen numerosas culturas, sociedades y religiones híbridas, formadas por todas las posibles interacciones de las sociedades humanas. La trama principal, sin embargo, trata de la búsqueda, emprendida por unos pocos de los resucitados, del porqué: deseosos de saber el motivo de cuanto los rodea, asqueados de la humanidad que repite sus vicios y horrores, convencidos de que una tecnología capaz de vencer a la muerte puede responder las grandes preguntas de la existencia, se lanzan en busca de una mítica Torre Oscura en las fuentes del Río: en la que habitan, semejantes a los dioses, los creadores del mundo.

Su progreso, como el del peregrino de Paul Bunyan, es lento y lleno de penalidades: no sólo han de luchar contra a los elementos y los habitantes del Río, sino contra sus propios prejuicios La acción, llena de hechos trágicos, busca, evidentemente, llegar a las alturas de las grandes obras épicas. Pero Farmer cae en la trampa de sus propias decisiones iniciales: el final de la serie, que tiene lugar en EL LABERINTO MÁGICO, es la revelación definitiva del por qué del universo, de la naturaleza del alma y de la salvación, del bien y el mal; es lo inefable, lo infinito, puesto en términos concretos, y acaba siendo tan poco convincente como cualquier teogonía: las almas son campos o patrones de energía que se unen artificialmente a los cuerpos, para darles libre albedrío; cuando alcanzan cierto grado de desarrollo ético, desaparecen del universo, presumiblemente hacia un plano superior; el Mundo del Río es un campo de desarrollo espiritual para la humanidad entera, que se quedará allí hasta que pueda seguir adelante. Lo desvaído de este final vuelve a la serie, en cierto sentido, una metáfora de todas las búsquedas de lo trascendente.

Las preguntas

La imagen es parte de la cultura mundial (aunque, tal vez, ya está por desaparecer) desde hace cincuenta años: la edad oscura tras una guerra nuclear, en la que la civilización global ha caído y sobreviven pequeños asentamientos, reducidos al salvajismo. Como en otra edad oscura: la que siguió, en Europa, a la caída de Roma, la cultura ha sido destruida por hordas de bárbaros y los pocos restos que sobrevivieron a las hogueras y la ignorancia son preservados por sacerdotes, que los reproducen en sus monasterios aunque ya no los entiendan. De ellos, y de su celo para preservar la tradición clásica, nacerá una nueva época de la historia humana.

Éste es el tema de CÁNTICO A SAN LEIBOWITZ (1959) de Walter M. Miller, Jr. (1923-1996) y no hay novela que lo trate con mayor convicción ni mejores resultados: Miller, católico devoto no se detiene en la imagen romántica de los guardianes del conocimiento, sino que explora sus conflictos y, sobre todo, las paradojas insalvables del catolicismo y de toda religión: los conflictos morales que se derivan de contrastar la fe, y las exigencias de la fe, con la verdad del mundo. No es un problema fácil, como pueden probarlo las dudas e inseguridades de muchas personas religiosas, y el hecho de que el libro sea ciencia ficción, una fantasía razonada, sirve para que Miller pueda hacer evidentes muchas sutilezas del problema. El prójimo es en verdad ajeno, pues muchas veces los enemigos de la Orden Albertina, encargada de preservar los restos del pasado, son bárbaros que niegan la humanidad de todos salvo su propia tribu, o mutantes debidos a la radiación de las bombas atómicas (una mujer bicéfala, empeñada en que su segunda cabeza, que nunca ha despertado, sea bautizada, es un personaje importante); el conocimiento debe defenderse, a veces con violencia, a veces en detrimento de la caridad; tras el renacimiento, la destrucción llega nuevamente, siglos después, y la Orden sólo puede prepararse para escapar de la Tierra y llevarse su Memorabilia (la suma de los textos a su cuidado) a otro planeta.

Al final, el último abad de la Orden debe presenciar el comienzo de una nueva guerra atómica, entablada a pesar de las señales obvias de la catástrofe anterior, y es atrapado por un derrumbe. Mientras agoniza, la mujer bicéfala llega hasta él, pero ahora la cabeza secundaria está despierta: la otra ha muerto, y la niña (así se le llamaba) parece un animal: repite los gritos de auxilio del abad, salta, mira con una expresión indescifrable. De pronto, esta escena grotesca y terrible se transforma en otra cosa: el abad cree percibir, en ese ser monstruoso, una inocencia absoluta, previa a toda concepción del mundo y a toda pregunta; su mirada es limpia; ofrece una hostia al abad, y este gesto en apariencia herético lo ayuda a quedar en paz, a resignarse a su propia muerte y a la de la humanidad.

CÁNTICO A SAN LEIBOWITZ es una de las obras más importantes de la ciencia ficción, y también una de las menos reconocidas: se debe a que Miller no se hizo de un prestigio largo y copioso como los de otros escritores, y a que no cultivó el favor del fandom de su tiempo. Como lo mejor de Blish y Farmer, refiere una vez más la historia de la razón y la fe, que avanzan juntas, siempre, en la conciencia humana.


Notas

En algunos casos, esta cerrazón llega a extremos sorprendentes de intolerancia; así sucede en novelas como INFIERNO de Fred y Geoffrey Hoyle (1973), en la que una aburrida historia de catástrofes se convierte en alegato anticlerical, y PLAGA (1980) de Theodore Roszak, en la que una suerte de ideología post-hippie identifica a las computadoras con el demonio.

Ignoro a Lewis, y al gran Philip K. Dick, porque ambos merecen artículos aparte; porque se inspira, sobre todo, en la cultura islámica, paso por alto también la serie de DUNE de Frank Herbert. En cuanto a obras neomísticas más recientes, como CONTACTO de Carl Sagan, rara vez están mejor escritas que la pobre novela de Sagan, y la religión se ha vuelto una cuestión mucho menos espinosa en las últimas décadas: basta ver la proliferación de Mesías, ascetas y cultos en los medios masivos, desde Los Expedientes X hasta MATRIX.

De ellos, el mejor es la gran novela corta JINETES DEL SALARIO PÚRPURA, publicada en la antología VISIONES PELIGROSAS I (1967) de Harlan Ellison.

Farmer da preferencia, desde luego, a personajes europeos y norteamericanos de los últimos dos siglos, que carecen del poder que, como naciones, tenían en la tierra, y deben desprenderse de numerosos convencionalismos sociales y religiosos tan sólo para convivir con el resto de la población, que los supera en número y tiene otras escalas de valores. Es una inversión sumamente saludable, que la mayoría de los críticos pasan por alto.

DIOSES DEL MUNDO DEL RÍO es, en realidad, una continuación hecha por mero mercantilismo a la tetralogía previa, y niega buena parte de lo sucedido previamente.

Habría que preguntarnos por qué la predilección de la cultura anglosajona (vale decir, la dominante en casi en casi todo el mundo, gracias a los medios) por las ruinas y los bárbaros, hijos degradados de ellos mismos, y que toma elementos por igual del cyvberpunk y de la fantasía heroica de los imitadores de Tolkien y Lord Dunsany. Acaso habla de una gran insatisfacción con la vida muelle y la ausencia de verdaderos conflictos que padece gran parte de la población de los países más avanzados: las élites, podrían decir novelistas como Brett Easton Ellis o David Foster Wallace, se sienten aburridas.

Lo fue, al menos, cuando escribió el CÁNTICO: luego, entre crisis neuróticas cada vez más fuertes, se alejó cada vez más de la iglesia y de la literatura, hasta el punto de que se suicidó dándose un tiro y dejó una novela póstuma, SAINT LEIBOWITZ AND THE WILD HORSEWOMAN, con instrucciones precisas de que fuera terminada por un escritor a destajo. Esta novela, publicada con la coautoría de Terry Bisson, niega casi todas las ideas de la que pretende continuar.

Como la ciencia ficción contemporánea fue, en su origen, un movimiento menos literario que comercial, todavía hoy tiene gran importancia la opinión de los grupos de fanáticos, entendidos como consumidores de un producto: los editores más mercenarios (es decir, casi todos) siempre se han guiado exclusivamente por las leyes de la oferta y la demanda, el mínimo común denominador, el menor esfuerzo.

© Alberto Chimal, (2.999 palabras) Créditos