LA AUTOPISTA DE LA ETERNIDAD
LA AUTOPISTA DE LA ETERNIDAD Clifford D. Simak
Título original: Highway of Eternity
Año de publicación: 1986
Editorial: Ultramar
Colección: Ciencia-Ficción nº 67
Traducción: Domingo Santos
Edición: Julio de 1988
Páginas: 319
ISBN:
Precio: 1,77 EUR

A veces, algunos autores parecen olvidar que el lector ignora lo que ellos saben muy bien, y desarrollan sus relatos de forma tan hermética o avanzada dentro de la propia narración que el lector va pasando páginas sin saber si en la imprenta se han olvidado de algún encarte del ejemplar que tiene entre las manos o fue el propio autor quien se olvidó de entregar las primeras páginas de la novela. Con este libro de Simak pasa algo parecido. Sin más explicaciones los protagonistas se meten en una vorágine de viajes temporales, dimensionales y turísticos tan desaforados como poco creíbles.

No es de recibo que me cuenten una historia con desgana y sin esforzarse en tenga mucho sentido, hasta que al final, en dos frases apresuradas, se atan malamente todos los cabos. Es fundamental que cualquier relato de misterio, terror, fantasía o ciencia-ficción sea creíble, y ningún experimentalismo o intento de ofrecer un producto más elaborado que la simple narración lineal debe olvidar eso, porque de lo contrario ni el misterio sorprende, ni el terror amedrenta, ni la fantasía maravilla, ni la ciencia-ficción asombra.

El caso es que algunas de las propuestas LA AUTOPISTA DE LA ETERNIDAD son interesantes; en un futuro lejano la humanidad habrá perdido todo su empuje y su necesidad de progresar. La sociedad del ocio se ha impuesto finalmente gracias a que un ejército de robots serviles y complacientes hacen todo el trabajo, dejando al hombre sin más ocupación que la de pensar. Personalmente ya me gustaría a mi estar en esa especie de paraíso, pero Simak va más allá en su propuesta; que en esa sociedad futura la única ocupación del hombre es pensar resulta ser literal, se ha descuidado incluso cualquier actividad artística o deportiva, se han olvidado anhelos estéticos, nada que no sea el pensamiento puro ocupa al hombre, y en esto, aparecen unos alienígenas filantrópicos que ofrecen a esa sociedad un interesante regalo; desprenderse de las pocas ataduras que provoca el cuerpo (abrigarse, comer, defecar) y convertirse en pensamiento puro.

La humanidad casi al completo acepta la propuesta excepto varios grupos de inadaptados sociales que para escapar a la ya obligada incorporeidad se refugian en otras épocas (han robado la tecnología de los saltos en el tiempo) para evitar a sus inquietantes benefactores, y es en este momento, más o menos, es cuando comienza la novela, y el despropósito.

Un par de habitantes del Nueva York del siglo XX logra dar con uno de estos grupos en el siglo XVI por arte de birlibirloque, así, como quien no quiere la cosa. El grupo, que en teoría está huido, y para el que cualquier visita inesperada debería ser motivo de alarma, los recibe como si se trataran de viejos amigos. Este grupo es muy peculiar; entre sus componentes hay de todo menos concordia, hay un alienígena peludo (o algo parecido) que no se sabe muy bien de donde ha salido, y parece como si tuvieran contactos con otros grupos, pero no.

En esto llega un sanguinario agente de los alienígenas filantrópicos con la intención de cargarse al grupo y éste, alienígena peludo y neoyorkinos deben escapar precipitadamente en las máquinas del tiempo de las que disponen convirtiendo el resto del libro en una especie de partida de billar temporal en las que todos rebotan y dan bandazos entre unas épocas y otras con bastante poco sentido, buscándose desesperadamente hasta que... llegan esas tres últimas páginas y todo encaja al fin, o eso parece.

La narración está salpicada con breves digresiones acerca de compota de ciruela y otras pequeñas cuestiones cotidianas, que en vez de hacer realista el relato lo convierten en una especie de ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS, pero tampoco.

Simak nunca me ha gustado especialmente, ni ESTACIÓN DE TRÁNSITO (su novela más celebrada) ni EL PLANETA SHAKESPEARE consiguieron convencerme, y desde luego esta deslavazada AUTOPISTA DE LA ETERNIDAD tampoco lo ha logrado.

© Francisco José Súñer Iglesias,
(656 palabras) Créditos Créditos

Siempre resulta agradable leer a uno de los maestros de la ciencia-ficción, y si se trata de una obra de Simak, el placer es mayor. Aunque no es uno de mis autores de cabecera, Simak ocupa un lugar especial entre mis preferencias lectoras desde que cayeron en mis manos UN ANILLO ALREDEDOR DEL SOL y, sobre todo, ESTACIÓN DE TRÁNSITO, quizá una de las obras literarias con las que mejor lo he pasado. Debo decir que, a pesar de que la fantasía no es una de las variantes del género que más aprecio, siempre me ha parecido muy efectiva la forma que tiene este autor de combinarlas, y la obra que comento hoy es buen ejemplo de su extraordinaria habilidad como narrador.

En LA AUTOPISTA DE LA ETERNIDAD Simak teje una absorbente intriga fantástica, en la que los viajes por el tiempo y por el espacio le sirven para presentarnos una abigarrada colección de personajes, a cada cual más interesante y misterioso, a la par que nos habla de un hipotético futuro para la raza humana que no es tan brillante y prometedor como pudiera parecer en un principio. Con su inimitable estilo, va hilvanando una serie de sucesos extraordinarios, que se desarrollan tanto en distintas épocas de la historia terrestre como en sorprendentes y variados mundos de nuestra galaxia. Cada uno de los personajes que aparecen en la novela, incluidos esos maravillosos robots, son tratados en profundidad por el escritor, lo que da a la obra una relevancia muy especial y atrapa al lector hasta el estupendo final. En definitiva: una gran novela de uno de los autores clave de la ciencia-ficción.

© Antonio Quintana Carrandi, (275 palabras) Créditos Créditos