La República del Cielo. Milton, Blake y universos paralelos en «La materia oscura» de Philip Pullman
5.- República del Cielo, república de viento
por Francisco Gimeno

Todas las historias enseñan, lo pretenda o no el narrador.
Enseñan el mundo que creamos, y la moral según la cual vivimos. Lo que necesitamos no son listas de lo que es correcto y lo que es erróneo, de lo que debe o no debe hacerse, sino libros, tiempo y silencio. No debes se olvida pronto, érase una vez nos acompaña siempre.

Philip Pullman

... nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.

Lo que se ignora es sólo lo seguro;
este mundo, república de viento,
que tiene por monarca un accidente.

Gabriel Bocángel
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Marriage, lámina 11 (Grabado
original de William Blake)

En los apartados precedentes hemos tratado de mostrar los objetivos y rasgos fundamentales de La materia oscura a la luz de su relación con el conjunto de la tradición literaria y, en particular, de su interacción dialéctica con la obra de Milton y Blake. El propio Pullman, no obstante, ha afirmado que, durante la redacción de su trilogía, Milton permanecía a mi lado como una guía, y también Blake; sin embargo, me sentí libre de dejarlos atrás en cualquier momento si notaba que tiraban con demasiada insistencia de mi manga para hacerme seguir su propio camino. Guiaban, pero no dirigían. Por otra parte, según ya apuntamos, la trilogía es perfectamente accesible a quien jamás haya leído a Milton o Blake. Por tanto, quizá sea conveniente finalizar este trabajo con un breve análisis de la obra (inevitablemente subjetivo, lo que no deja de ser una redundancia) en sus propios términos, es decir, en función del objetivo explícito con el que Pullman la concibió: la historia que intentaba contar versaba sobre personas reales, no seres inexistentes como elfos o hobbits. Lyra, Will y los demás personajes son seres humanos como nosotros, y la historia trata de una experiencia humana universal: la necesidad de crecer.... emplear los elementos fantásticos para decir algo que yo consideraba verdadero acerca de nosotros mismos y nuestras vidas.

Paradójicamente, la mención a los elfos y hobbits del pasaje anterior nos obliga a iniciar este pretendido análisis de Pullman en sus propios términos considerando, siquiera brevemente, hasta qué punto la obra de Pullman se halla condicionada por su deseo de subvertir los modelos impuestos en la literatura juvenil y fantástica por Tolkien y C. S. Lewis —pues posiblemente ningún joven admirador de La materia oscura sepa demasiado, si algo sabe, acerca de Blake y Milton, pero casi con toda seguridad, cual lector avezado, habrá devorado EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, y cuando menos visto la versión fílmica de EL LEÓN, LA BRUJA Y EL ARMARIO —. En primer lugar, cabe señalar que, a fin de cuentas, siempre que se intenta renovar un género se hace contra alguien, y a este respecto el propio Blake en sus CANCIONES y Lewis Carroll en ALICIA... tomaron como blanco de sus sátiras las colecciones infantiles de autores como Isaac Watts, Leticia Barbauld e incluso, pese a su supuesta condición progresista, las no menos moralizantes ORIGINAL STORIES de Mary Wollstonecraft —juzgadas por Geoffrey Summerfield en su estudio sobre la literatura infantil inglesa del siglo XVIII como poseedoras de firmes derechos a ser considerado el más siniestro, desagradable y sobreprotector libro para niños jamás publicado—, o el bastante atroz EMILIO de Rousseau: Sobre las razones anteriormente expuestas, estimo que por los medios que he propuesto y otros semejantes, puede alargarse por lo menos hasta los veinte años la ignorancia de deseos y la pureza de los sentidos; tan cierto es esto que, entre los germanos, un joven que perdía su virginidad antes de esa edad quedaba difamado, y los autores atribuyen con razón a la continencia de esos pueblos durante su juventud el vigor de sus constitución y la multitud de sus hijos. (...) el padre de Montaigne, hombre no menos escrupuloso y verdadero que fuerte y bien constituido, juraba haberse casado virgen a los treinta y tres años, y puede verse en los escritos del hijo el vigor y la alegría que conservaba el padre con más de sesenta años (...) Emilio ha permanecido hasta ahora, gracias a mis cuidados, en su primitiva inocencia, y veo esa feliz época a punto de terminar. Rodeado de peligros cada vez mayores (...) a la primera ocasión, que no tardará en nacer, seguirá el ciego instinto de sus sentidos: puede apostarse mil contra uno a que se perderá.

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Tolkien en 1916

No puede extrañarnos, pues, que, aun reconociendo su fascinación inicial ante EL SEÑOR DE LOS ANILLOSun libro tremendamente emocionante, con una maestría narrativa que me dejó sin aliento —, Pullman se rebelara ante aquel mundo heroico, asexuado y armoniosamente jerárquico cuyo devenir pretende, según el propio Tolkien (aunque la gran mayoría de sus lectores, poco dados a la anagogía, apenas nos enteremos de ello) transmitirnos vicariamente la experiencia de la eucatástrofe, el «final feliz» que atestigua la intervención de la gracia divina en el mundo; y aún más comprensible resulta su indignación ante esa apología de la castidad y la muerte liberadora que, a modo de preludio a la sublime entrada en el más allá, las Crónicas de Narnia pretenden imprimir indeleblemente en las mentes infantiles. No creo, sin embargo, que ello deba llevar a juzgar La materia oscura como una mera Challenge to Tolkien and Lewis, ni una deliberada anti-Narnia (según el, por lo demás ilustrativo y excelente, artículo de Burton Hatlen del que están extraídas las citas anteriores) sobre todo si para justificar tal afirmación se nos remite a la diferente interpretación por Pullman y Lewis de una fuente anterior, el ínclito PARAÍSO PERDIDO. De hecho, la trilogía de Pullman no incluye ningún tipo de referencia o alusión a Tolkien y Lewis, y aun cuando es evidente que su visión de la realidad repudia los valores de ambos inklings, si el autor no hubiera expresado de manera reiterada su hostilidad hacia ellos esta cuestión hubiera resultado mucho menos relevante y controvertida a la hora de estudiar La materia oscura.

Parece probable, en cualquier caso, que dado su propósito de renovar la temática de la literatura juvenil dándole una forma humanista y secular, Pullman se sintiera impelido a elaborar una obra cuando menos tan ambiciosa como el omnipresente Señor de los anillos; y es asimismo posible que algunos de los rasgos menos atractivos de la narración, en particular su exceso de didacticismo, la a mi juicio innecesaria y reiterativa evocación del mundo de los mulefa, y ciertas referencias simbólicas algo chirriantes — Lyra como la nueva Eva, Mary Malone como la tentadora, etc.—, tengan su origen en algo parecido a esa ansiedad de la influencia que tan libérrimamente emplea Harold Bloom para analizar cualquier obra literaria que le pase por delante (todas ellas, por supuesto, gnósticas)

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The Human abstract,
Experience, Fitzwilliam,
1826 (Grabado original
de William Blake)

Más allá, en cualquier caso, de tales ansiedades y otros occasional flaws de la historia (por ejemplo, el poco matizado contraste entre la uniforme maldad de los miembros del Magisterio y la deliberada ambigüedad moral con que se describe a Lord Asriel y miss Coulter) la trilogía Dark Materials, subraya Michael Dirda en su artículo del Post, es una oda a la alegría de vivir en un mundo material, un himno a la carne, a la exuberancia, al aquí y ahora, al librepensamiento, a la imaginación y los sentimientos, a la nobleza de espíritu. Will y Lyra son, en efecto, personajes intensamente vívidos, que en su tránsito de Inocencia a Experiencia han de atravesar circunstancias terribles: la muerte del pequeño Roger a manos del padre de Lyra, el asesinato por Will de un hombre en defensa de su madre, la pérdida de amigos como Lee Scoresby, etc., y que en su periplo vital aprenden a valorar la igualdad básica entre los hombres y adquieren una fortaleza anímica que, en último extremo, les llevará al sacrificio de separarse eternamente a fin de permitir la reunión de las almas muertas con el universo. Todas estas peripecias, como señalábamos en las primeras páginas de este texto, sirven además de foco para mostrarnos, por un lado, la necesidad de rebelarse contra una sociedad injusta y teocrática, en el amplio sentido que Pullman da a este término la tendencia de los seres humanos a arrogarse el poder para sí mismos en nombre de algo que no puede ser cuestionado, y a justificar sus actos en nombre de absolutos: la verdad absoluta; el bien absoluto; el mal absoluto; el odio absoluto; o estás con nosotros, o estás contra nosotros; y, por otro, para sumergirnos de manera cuasipanteísta en un Universo Implicado, cuya enigmática fascinación, más que en las doctas y a veces un tanto reiterativas alusiones a los misterios de la física cuántica o la consciencia del Polvo, se hace patente en pasajes como el pronunciado por la reina bruja Ruta Skadi durante su vuelo para reunirse con el ejército de Lord Asriel: Le producían regocijo su sangre y su carne, la tosca corteza de pino cuyo contacto notaba en la piel, el palpitar de su corazón y la vida en todos sus sentidos, y el hambre que experimentaba entonces, la dulce presencia de su daimonion azor, la tierra que se extendía allá abajo y todos los seres vivos, tanto animales como plantas; se henchía de alegría al pensar que estaba hecha de la misma sustancia que ellos y que cuando muriera su cuerpo alimentaría otras vidas, al igual que ella se había nutrido de otros seres.

Desde luego, para alguien que, como el que suscribe, ha pasado buena parte de sus noches, con fervorosa incoherencia, alternando su angustia metafísica ante la nada con el encendido de la lamparilla de noche a fin de comprobar que ningún vampiro o engendro sanguinario acechaba en los oscuros rincones de la alcoba, pasajes como el arriba citado no pueden por menos que servir de lenitivo, sobre todo si, no lo olvidemos, provienen de una ambigua meiga voladora. Es cierto que, en algún momento, cabría desear un poco más de utopía, de desenfreno si se quiere, en la historia, y que, blakeano cual uno es, no le gusta nada eso de que al llegar a cierta edad los daimonion adquieran forma fija, ni que el multiverso imaginado por Pullman sea incapaz de contener el amor de Lyra y Will, pues Si alguien pudiera desear lo que es incapaz de poseer, la desesperación sería su eterno sino... Al ser Infinito el deseo del Hombre, la posesión es infinita, y él mismo infinito..

Ahora bien, si recordamos que el objeto de este apartado es valorar la obra de Pullman en sus propios términos, parece cuando menos injusto juzgarlo no ya sólo según lo que uno querría que pasara, sino a la luz de la obra de otro autor, por mucha admiración que Pullman sienta hacia él. Blake, al cabo, anticipó casi un siglo la convicción nietzscheana de que no vamos a desembarazarnos de Dios, porque continuamos creyendo en la gramática, y en consecuencia elaboró una obra de aplastante complejidad que subvertía la esencia misma del lenguaje; y aun cuando resultara, como afirmó Unamuno, un vidente de este cielo / pues no hay otro, no dejaba de ser, en muchos aspectos, un visionario, un decidido partidario de la exigencia de la utopía. Su práctica artística constituyó en este sentido un fiel reflejo de su reivindicación de la pasión como elemento consustancial a la naturaleza humana, de manera que si el hombre es Imaginación y Deseo, el Día Eterno debe concebirse como un proceso igualmente inestable y abierto a incesantes expansiones. No caben, pues, formas fijas en esa expansión, ni merecen la pena multiversos incapaces de comprender en sus pliegues la infinitud del deseo, pues somos nosotros quienes hemos de forjar una eternidad dinámica, en perpetua expansión, donde los hombres se entreguen a un diálogo de formas visionarias, abierto siempre a nuevas expansiones, / creando Espacio, creando Tiempo, acordes a las Divinas maravillas/ de la Imaginación Humana.

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La muerte de Saúl

Pullman, por el contrario, no es un visionario, e incluso en ocasiones deja entrever cierto pesimismo existencial al considerar que el propio Dust, y por tanto cualquier tipo de consciencia universal, desaparecerá antes o después en aras de la entropía: república del cielo, república de viento, por el azar gobernada. Su objetivo, pues, es más cotidiano: devolver a este mundo una igualdad basada en el diálogo y los principios básicos de la racionalidad humana. Un empeño que, si consideramos el acontecer histórico de la especie, no deja de poseer considerables dosis de audacia. La naturaleza humana no es inmutable, pero nuestra herencia asusta: Saúl cumplió la orden divina de exterminar a los amalecitas, incluidos mujeres y niños, pero perdió el favor divino por perdonar al rey Agag... y a su ganado; algo más tarde, allá por el siglo IX a. C., los asirios perfeccionaban el terror como instrumento bélico, dejando tras sí ejemplarizantes pirámides de cráneos frente a los desolados restos de aquellas ciudades que no habían pagado los tributos; en el año 1014, el emperador bizantino Basilio II Bulgaróctonos, irritado con los 15000 presos búlgaros que habían intentado conquistar sus tierras, decidió escarmentarlos y enviarlos de vuelta a casa mediante el eficaz procedimiento de cegar a todos exceptuando uno de cada cien, aquél que debía servir de guía a la mísera cadena humana; en 1795, ante la mirada desesperada de Blake, sir Edmund Burke anunciaba el deus abscondito del industrialismo condenando todo intento de socavar el orden jerárquico de la sociedad mediante la educación y sustento de los pobres por constituir una ruptura de las leyes del comercio, que son las leyes de la naturaleza, y por tanto las leyes de Dios. Ahora bien, se dirá, Burke era un reaccionario, y aquellos eran otros tiempos, antes de que la razón ilustrada —moderna, dialogante, coherente—, y el progreso tecnológico prometieran traer la felicidad a toda la humanidad. No parece, en fin, contemplando el capitalismo de mercado y las admoniciones religiosas de uno y otro signo imperantes en nuestros días, que sea necesario extenderse sobre la historia del siglo XX para sacar conclusiones respecto al cumplimiento de tales promesas. Elaborar, pues, en el ámbito de la literatura juvenil, una vasta cosmovisión, llena de ruido y de furia, pero llena también de confianza en la razón humana, donde unos niños, como bien me recordó mi alumna Giovanna, son capaces de renunciar a lo que más desean por amor a la vida toda —por amor, paradójicamente, a los muertos que fueron sus ancestros—, no deja de resultar, en muchos aspectos, un empeño digno de considerarse utópico, y sobradamente subversivo como para que su autor pueda haber sido considerado el más peligroso de Inglaterra.

Y a fin de cuentas, ¿quién sabe si en otro multiverso, protomultiverso o envés del espejo, Lyra y Will, una niña de once años y un niño de doce, no se entregan ardorosamente el uno al otro y, olvidados de todo lo que no sea su pasión, gestan así, cabalgando sobre la energía oscura, la anhelada república del cielo por el viento mecida? En todo caso, esa sería otra historia, que supongo alguien contará algún día. Porque, afortunadamente, el Universo y la vida son muy extraños, y de mayores —niñas y niños de las eras futuras, no hagáis caso a vuestros padres— seguiremos sin entenderlos.

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Notas

The Guardian, 18 de febrero de 2002.

Summerfield, Geoffrey: Fantasy and Reason: Children's Literature in the Eighteenth Century, University of Georgia Press, Athens, 1984; pg. 229.

Rousseau, Jean Jacques: EMILIO, O DE LA EDUCACIÓN; Alianza Editorial, Madrid, 2002, pgs. 470-475.

Hatlen, Burton: Pullman's His Dark Materials, a Challenge to the Fantasies of J. R. R. Tolkien and C. S. Lewis, with an Epilogue on Pullman's Neo-Romantic Reading of PARADISE LOST, incluido en Lenz y Scott, op. cit.

Véase, a este respecto, Pullman, Philip: THE DARKSIDE OF NARNIA, The Guardian, 1 de octubre de 1998. Por lo que respecta a sus críticas sobre Tolkien, si bien pueden resultar en buena medida justificadas —personalmente siempre he considerado LA COMUNIDAD DEL ANILLO muy superior a los restantes y más heroicos volúmenes de la trilogía—, creo que Pullman no valora adecuadamente ciertos rasgos resaltados por Edward James en su conferenia Medievalism in Fantasy en el Fórum Fantástico de Lisboa de 2005, cuya síntesis tomo de mi propia crónica de aquel evento: Especialmente interesantes me parecieron sus observaciones sobre EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, pues, sin negar su conservadurismo moral, señaló varios aspectos de esta obra, a menudo poco considerados, que la elevan extraordinariamente sobre sus imitadores: en particular, la circunstancia de que la «quest» de Frodo busca destruir un objeto de poder, en tanto que en la fantasía moderna, especialmente la estadounidense, sus protagonistas aspiran a obtener un objeto de poder —hecho, como apuntó James, cuando menos siniestro...— Muy perspicaces fueron asimismo sus apuntes sobre el realismo psicológico en la descripción de los personajes, en particular los hobbits, y la astucia de Tolkien al confrontar subrepticiamente, sobre todo en El hobbit, una figura a todas luces medieval, Gandalf, con un personaje amante de los viajes y la investigación, ese «hombre moderno» llamado Bilbo Baggins.

Miss Goddard's Grave, conferencia pronunciada en la Universidad de East Anglia.

THERE IS NO NATURAL RELIGION, Erdman, 2.

JERUSALEM, 98, 12, 14-15, y 24-31; Erdman, 257-8.

© Francisco Gimeno,
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