La República del Cielo.
Milton, Blake y universos paralelos en «La materia oscura» de Philip Pullman
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Milton y el Dios celoso
por Francisco Gimeno

Ejecutaré en ti la sentencia, así se desahogará del todo mi ira, saciaré mi furor y me vengaré... Di al país de Israel, así dice Jehová: Aquí estoy yo contra ti: sacaré mi espada de la vaina y exterminaré de ti al justo y al impío.

Libro de Ezequiel

Pues el Señor tu Dios es un fuego abrasador, un dios celoso.

Deuteronomio
La Daga

La controversia atizada por La materia oscura se ha visto influida, sin duda, por la belicosa imagen pública de su autor. Hombre de firmes convicciones progresistas, en sus conferencias y artículos de prensa, además de lanzar feroces críticas contra los inklings Lewis y Tolkien, Pullman no ha tenido recato en afirmar, por ejemplo, que Margaret Thatcher fue responsable de un error de consecuencias devastadoras, al permitir que los imperativos del mercado invadieran campos ajenos, como la educación, y se convirtieran en una influencia maligna... Mrs. Thatcher nos inoculó una dosis casi letal —aún puede revelarse como letal a largo plazo— de veneno moral, de forma que ser británicos ya no es algo por lo que podamos sentirnos orgullosos; que, si el nazismo, la Unión Sovietica de Stalin y el Irán de Jomeini compartieron, entre otros rasgos totalitarios, la negación del ejercicio democrático de la lectura, la América de Bush marcha por el mismo camino; o, en fin, en el editorial publicado en septiembre de 2005 dentro de su página web, que los auténticos malvados en el proceso de calentamiento global del planeta no son otros que las corporations multinacionales.

El furor desopilado de la campaña contra La materia oscura, por tanto, responde a raíces antiguas y profundas: las mismas denunciadas por William Blake hace más de dos siglos cuando señaló que religión y política son una misma cosa, germinadas hoy golosa y globalmente en el humus del librecomercio capitalista —en buena medida, según señalara Walter Benjamin, un nuevo dogma religioso cuyo Dios se mantiene celosamente oculto—. Y si la beligerancia de Pullman puede haber añadido acritud al debate, lo cierto es que éste resultaba a todas luces inevitable por la acerba crítica de la trilogía contra toda autoridad dogmática y religión institucional, que resumiremos por el momento mediante la lectura de tres pasajes especialmente significativos de EL CATALEJO LACADO. En primer lugar, uno de los finales más insólitos y abiertos jamás ofrecidos por la literatura juvenil, cuando Lyra Belacqua, llamada Lengua de Plata, al ser interrogada por su daimonion Pantalaimon acerca de qué es lo que debemos construir, responde con un tajante: la República del Cielo. En segundo, la exposición subversiva y humanista ofrecida por el libro de esa República del Cielo, definida por el ínclito príncipe africano (negro tenía que ser) como un mundo donde no existan reinos, ni reyes, ni obispos ni sacerdotes. El Reino de los Cielos se ha llamado así desde que la Autoridad se impuso sobre el resto de los ángeles. Nosotros lo rechazamos. Este mundo es distinto. Nuestro propósito es ser ciudadanos libres de la República del Cielo. Por último, la afirmación explícita de que tal República sólo podrá gestarse una vez culminada la rebelión multiversal contra el primer ángel, nacido del Polvo o materia oscura cuando la materia comenzó a entenderse a sí misma: el Anciano de los Días... la Autoridad, Dios, el Señor, Yahvé, El, Adonai, el Rey, el Padre, el Todopoderoso. Un Todopoderoso que no duda en mentir y autoproclamarse Creador tanto de su propia materia matriz como de todos los demás seres conscientes, pero que en realidad no ha creado otra cosa que el tiránico Reino de los Cielos y un campo de prisioneros al que ha llamado el mundo de los muertos

Adan y Eva expulsados del Paraíso. Gustave Doré
Adan y Eva expulsados del Paraíso. Gustave Doré

El Dios de que se nos habla en estos pasajes no es otro que el Dios colérico, celoso y vengativo del Antiguo Testamento, contemplado a la luz de la revisión arquetípica de su figura llevada a cabo por John Milton en PARAÍSO PERDIDO (1677) ambiguo poema épico omnipresente en la literatura anglosajona, cuyo paisaje y atmósfera, ha reiterado Pullman, constituyeron el punto de partida de su obra. Si nos atenemos a la lectura ortodoxa de la obra, parecería indiscutible que Milton reelabora en PARADISE LOST la visión teocéntrica bíblica y dantesca sobre tres principios básicos.

Primero, la reafirmación de la omnipotencia y trascendencia divinas, cuyo velado acento en la doctrina de la predestinación resulta manifiesta en las palabras del Padre a Cristo ante la asamblea de los espíritus electos y benditos: el hombre no se perderá completo, quien quiera vivirá, / no por quererlo él, sino por Gracia en mí/ otorgada libremente; (...) algunos he escogido para Gracia peculiar, / electos sobre el resto: tal mi voluntad.

Segundo, su descripción de la creación del universo por ese Dios o arquitecto supremo en términos afines a las entonces nacientes concepciones mecanicistas: Asió el compás de oro, preparado/ en el taller eterno del Señor, con que circunscribir/ el universo y todo lo creado; / un pie centro girando el otro alrededor/ por la profundidad oscura y vasta, / y dijo: «llega tú hasta aquí, aquí tus límites, / sea ésta tu circunferencia justa, ¡oh Mundo!» / Así creó Dios el cielo, así la tierra

Tercero, como corolario de lo anterior, la sujeción de la pasión y el deseo a la razón: A tu consorte/..... lo eminente que en su compañía halles/ atractivo, racional, humano, ámalo por siempre, / pues amándolo haces bien, no así con la pasión/ que no es el verdadero amor... / Es la escala por la que subir al amor celeste, / no caer en el amor carnal. Surge así la imposición al hombre del temor al árbol del conocimiento prohibido (el blakeano árbol del misterio) y el rechazo de la impura y perturbadora sexualidad, el mortal pecado original que desatara sobre la humanidad terribles consecuencias.

Lo que PARAÍSO PERDIDO nos enseña desde esta perspectiva, por tanto, es que la aceptación racional de la trascendencia divina y de sus inescrutables designios, junto al rechazo del cuerpo y las pasiones, constituyen no sólo la única escala que puede conducir a la salvación celestial (preestablecida por esos mismos designios) sino la única forma de mantener el orden y paz terrenales y evitar el estallido entre los hombres de ira, odio, recelo, desconfianza, sospecha, discordia.

John Dryden
John Dryden

La obra de Pullman constituye un denodado intento por demoler todas estas concepciones, empeño en el que fue precedido, según él mismo ha señalado en su introducción a PARAÍSO PERDIDO, por William Blake, el más grande de todos los intérpretes de Milton (...) que en EL MATRIMONIO DEL CIELO Y EL INFIERNO escribió lo que es probablemente, el más perceptivo, y desde luego el más sucinto, comentario crítico del PARAÍSO PERDIDO: «la razón por la que Milton escribió maniatado cuando trataba de los Ángeles y Dios, y en libertad cuando lo hacía sobre los Diablos y el Infierno, se debe a que era un verdadero Poeta y pertenecía, sin saberlo, al bando del Diablo. La frase de Blake hace plena justicia a la complejidad del poema de Milton, pues ya desde principios del siglo XVIII autores como John Dryden mostraron sus reticencias al poema por considerar que Satán adoptaba en él una preeminencia heroica sobre el propio Adán, y que la figura de Dios padre quedaba por el contrario un tanto desdibujada. Tal consideración, exaltada y asumida por el romanticismo, permitiría a críticos posteriores elaborar la que cabe llamar interpretación heterodoxa radical del poema, según la cual la obra constituiría una especie de roman à clef, bajo cuya aparente ortodoxia subyacen deliberadamente no pocas sugerencias subversivas. Esta interpretación, cuyos pros y contras aparecen expuestos con ameno rigor en la introducción de Bel Atreides a su versión de PARAÍSO PERDIDO, se funda sobre todo en dos argumentos, uno de ellos estrictamente interno al poema —la mencionada aureola rebelde y cuasinihilista de Satán —, y otro contextual, basado en las contradicciones existentes entre las convicciones republicanas de Milton y su epopeya cristiana: ¿es posible que a Milton, el Milton monarcómaco, enemigo del trono, el cetro y la corona a los que considera atentados contra el libre desarrollo del individuo, contra la dignidad humana incluso, una verdadera forma de idolatría... el Milton paladín de la República cromwelliana, su aliado, defensor y propagandista contra los doctrinarios continentales del antiguo régimen... es posible que a ese Milton le complaciese la imagen de Dios como rey guerrero?

No podemos entrar aquí en un análisis más detallado de esta cuestión, por lo demás condenada (¿predestinada?) a permanecer inconclusa hasta el fin de los tiempos —ya entendamos por tal la extinción de la presuntamente reflexiva especie humana, el triunfo de la entropía o el Día del Juicio donde Pullman y tantos otros conoceremos lo que vale la cólera del buen Dios—. A caballo de las dos interpretaciones mencionadas, en cualquier caso, uno se inclina a considerar las tensiones inherentes al poema como fruto de la lucha interna experimentada en su proceso creativo por el propio Milton, incapaz dramáticamente de conciliar la búsqueda de la libertad individual con su creencia racional en la sujeción del hombre a un inaccesible poder superior. Así, según palabras de Christopher Hill, el contraste entre la visión beatífica e intelectual del Dios Todopoderoso y la extraña fuerza que, a despecho de su condena por el autor, resplandece en el prometeico Satán, sería fruto del desasosiego emocional del poeta ante la derrota republicana y la Restauración inglesa de 1660: Si, entre otras cosas, el personaje de Satán alude a alguna de las formas en que la Buena y Antigua Causa se había equivocado, cabe esperar que contenga una buena parte del propio Milton, quien reconocía que tampoco carecía de responsabilidad en su fracaso. El intelecto de Milton le decía ahora que debía someterse a la voluntad de Dios, aunque sólo fuera porque el Padre es omnipotente; pero su aceptación de los acontecimientos de 1655-60 era muy reticente. Satán, el campo de batalla de Milton en su contienda consigo mismo, veía a Dios como un mero poder arbitrario, y se rebelaba contra ello; el cristiano, y Milton lo sabía, debe aceptarlo. Ahora bien, ¿cómo podía un individuo libre y racional aceptar lo que Dios había hecho a sus servidores en Inglaterra? Si lo contemplamos así, Milton expresó por medio de Satán a (a quien desaprobaba) la insatisfacción de sus propios sentimientos hacia el Padre (a quien intelectualmente aceptaba)

Fueran cuales fuesen las inescrutables motivaciones íntimas de Milton, lo que nos interesa señalar aquí es que Pullman, dentro de la corriente crítica que considera que el verdadero héroe de PARAÍSO PERDIDO no es otro que Satán, se inscribe claramente en esta vía media según la cual Milton fue, digamos, traicionado por su inconsciente. Por tanto, siguiendo la estela blakeana, ha afirmado en repetidas ocasiones considerarse también perteneciente al partido del Diablo, pero en su caso con plena consciencia de ello; y su demolición del Pantocrátor omnipotente de Milton deriva directamente, en este aspecto, de la transmutación radical a la que el imaginario ideológico miltoniano fue sometido por Blake. Un pequeño ejemplo iconográfico nos permitirá comprender mejor esta vinculación. El Dios de Milton es una figura majestuosa y lejana, que desde su trono rodeado de nubes imparte su providente arbitrio; esta imagen es desmontada (deconstruida, si se prefiere) con cáustica ironía por Blake en un breve poema manuscrito, A PAPINADIE (TO NOBODADDY) donde esas mismas nubes ejemplifican la hipocresía y el enfermizo misterio característicos, en opinión de Blake, de las religiones monoteístas: ¿Por qué eres silente e invisible, / Padre de los celos? / ¿Por qué entre nubes te ocultas/ de los ojos que te buscan?; y este proceso deconstructivo alcanza plena rotundidad en las páginas de EL CATALEJO LACADO, donde Dios, recluido en una misteriosa Montaña Nublada cuyo emplazamiento permanece oculto, no es en sus últimos días sino un títere manejado por aquéllos que quieren perpetuar el Reino en beneficio propio, y a quienes se enfrentan todas aquellas fuerzas que en su poema Milton alineaba en el eje del mal, desde los ángeles rebeldes a las brujas de Laponia. Convertido en un anciano decrépito, ligero como el papel, carente de voluntad, aterrorizado y lloroso como un niño, el antiguo tirano experimentará su muerte, disuelto en el viento, como una liberación: la última impresión que Will y Lyra se llevaron de él fueron sus ojos, pestañeando de asombro, y un suspiro de cansancio y profundo alivio. Es hora, pues, como nos dirá Lyra de comenzar a construir la República del Cielo.

The Subtle Knife
The Subtle Knife

La radicalidad de estas propuestas en un libro de temática juvenil resultará menos insólita a medida que vayamos exponiendo las vinculaciones de la obra de Pullman con la fecunda tradición disidente y radical del pensamiento inglés, y en particular con el pugnaz esfuerzo de William Blake por eliminar la figura del Dios trascendente en favor de la imagen inmanente de la Divina Humanidad Universal. Heinrich von Kleist, Milton y Blake son los únicos autores cuya influencia Pullman reconoce expresamente en los agradecimientos finales de su trilogía: pero si en el caso de los dos primeros la deuda de gratitud se circunscribe a dos obras concretas, PARAÍSO PERDIDO y el portentoso ensayo SOBRE EL TEATRO DE MARIONETAS, en lo relativo al tercero se extiende al conjunto de las obras de William Blake, autor cuyo magisterio Pullman, presidente honorario de la Blake Society de Londres, ha reconocido en repetidas ocasiones: Me ha influido en gran medida. Su trabajo ha sido siempre muy importante para mí, y lo considero uno de los más grandes escritores y artistas de todos los tiempos. Lo leo continuamente, y siempre vuelve a asombrarme. Más adelante tendremos oportunidad de calibrar la admiración de Pullman por Blake citando algunos pasajes de su conferencia Blake´s Dark Materials, ofrecida el 25 de octubre del 2005 a la Blake Society de Londres, donde Pullman apuntaba, a modo de resumen de su visión de Blake, siete principios esenciales que había integrado en su propia obra. Aun si ignoráramos esta circunstancia, la lectura de La materia oscura bastaría para poner de manifiesto que la visión de la naturaleza humana ofrecida por Pullman tiene su más claro precedente en los poemas de Blake. Dado que el pensamiento de este poeta, grabador y pintor británico no es a mi juicio bien conocido en España, donde su interpretación se ha visto lastrada por los prejuicios de la escuela espiritualista anglosajona hasta presentarlo como un místico alejado del mundanal ruido, realizaremos aquí un breve excurso sobre los rasgos fundamentales de esas obras de William Blake, intentando en todo momento destacar sus afinidades esenciales con Pullman.


Notas

The Telegraph, 25-1-2004.

JERUSALEM, lámina 57; Erdman, 207.

EL CATALEJO LACADO, cap. 38.

Ibíd., cap. 16.

Ibíd, cap. 2.

Milton, John: EL PARAÍSO PERDIDO, edición de Bel Atreides, Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2005: Libro III, 173-184, pg. 167.

Ibíd.; Libro VII, 224-32, pg. 383.

Ibíd., Libro VIII, 586-593, pg. 441.

Introducción de Philip Pullman a PARADISE LOST, Oxford University Press, 2005.

Bel Atreides, Introducción a op. cit., pgs. 9-10. Las tesis de la interpretación ortodoxa son defendidas por Pujals en la Introducción a su propia traducción (El PARAÍSO PERDIDO, edición de Esteban Pujals, Cátedra, 1998): bajo la supervisora sublimidad de Dios... el propósito principal del poema, su asunto culminante, es la caída del hombre. Por supuesto, este tema implica el rescate del hombre por Jesús, que es lo que viene a dar trascendencia a la aventura humana... Es preciso advertir de antemano que el hecho de considerar a Satán como el héroe del poema es una exageración de Blake, y una errónea interpretación de la fantasía romántica en su aspecto contestatario exaltador de la rebelía y el desorden (pg. 40) Una buena síntesis del devenir histórico de las diferentes interpretaciones de PARAÍSO PERDIDO, así como un análisis de su muy diferente lectura por C. S. Lewis y Pullman, puede encontrarse en Hatlen, Burton: Pullman´s His Dark Materials, a Challenge to the Fantasies of J. R. R. Tolkien and C. S. Lewis, with an Epilogue on Pullman´s Neo-Romantic Reading of PARADISE LOST, incluido en Lenz y Scott, op. cit.

] Hill, Christopher: Milton and the English Revolution, Viking Press, Nueva York; pg. 367.

Bertodano, Helena de: I AM OF THE DEVIL´S PARTY, 29/01/2002.

TO NOBODADDY, 1-8, Notebook; Erdman, 471.

EL CATALEJO LACADO, cap. 31.

© Francisco Gimeno,
(5 palabras) Créditos