Crónicas CienciaFiccionísticas
2. Los pioneros de la Ciencia-ficción
por Guillermo Ríos Álvarez
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A pesar de que las primeras fantasías literarias netamente científicas pueden datarse en el siglo XVII, la Ciencia-ficción permaneció arrumbada en los cajones durante al menos dos siglos, y eso por poderosas razones. Por un lado, el siglo XVII fue predominantemente el de la sensibilidad barroca, con un recargado sentimiento de la religiosidad (católica o protestante, pero religiosidad al fin) un cierto pesimismo existencialista, y una gran decepción por la vida terrenal. La Ciencia del siglo XVII, por su parte, tampoco conseguía emanciparse completamente de ciertas nociones místicas y precientíficas. Los cuatro elementos fueron reemplazados, sí, pero por una sarta de fluidos cuyas cualidades eran concebidas a veces de manera científica, y a veces de manera vergonzosamente cuasimística: el magnetismo, el calórico, el flogisto... Además, la Ciencia no era excesivamente valorada por los monarcas ni financiada por la empresa privada, y para dedicarse a ella, los científicos debían por lo general contar con ingresos externos, lo que retrasaba el avance científico, y por tanto, a la fuerza, su divulgación.

No es raro que en las fantasías más «realistas», si se permite la contradicción en los términos, sea posible encontrar más conceptos geográficos que de otras disciplinas científicas. No en balde, gracias a las exploraciones europeas, la Geografía había dado pasos de gigante, y aunque aún había varios lugares del mapamundi rotulados como «terra incognita», el encuentro con otras culturas y civilizaciones estimuló el alma cultural europea. Un elemento fantástico constante de los siglos XVI, XVII y XVIII fue la descripción de fantásticas sociedades extraeuropeas: la UTOPÍA de Tomás Moro, la CIUDAD DEL SOL de Tomasso di Campanella, la NUEVA ATLÁNTIDA de Francis Bacon, los VIAJES DE GULLIVER de Jonathan Swift, el CÁNDIDO de Voltaire... Esto en una apretada y muy incompleta reseña.

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Aún así, hubo lugar para al menos un escritor de Ciencia-ficción en este período. Se trata del prominente, y no sólo por su nariz, la más legendaria desde Cleopatra, el prominente Cyrano de Bergerac (1619-1655) Cyrano era tan hábil manejando la pluma en el papel como la espada en los duelos, y su temperamento le llevó a ser un poderoso crítico de su época. Sus obras claves para la Ciencia-ficción son HISTORIA CÓMICA DE LOS ESTADOS E IMPERIOS DE LA LUNA, y su HISTORIA CÓMICA DE LOS ESTADOS E IMPERIOS DEL SOL. Al igual que Kepler y Luciano, Cyrano recrea otro viaje espacial, pero en vez de emplear el ya clásico velero, recurre a un método científico: un cañón que lo disparará para enviarlo a la Luna. Cyrano anticipa así la brillante idea de Newton según la cual una bala de cañón disparada con suficiente fuerza debería quedar en órbita alrededor de la Tierra. Estos principios inspiran hoy en día tanto a los satélites artificiales como a los cohetes orbitales.

En la misma vena irónica que Cyrano, un siglo después, el filósofo y escritor ilustrado Voltaire escribe una deliciosa fantasía astronómica: MICROMEGAS. En esta obra, un gigante llamado Micromegas viaja desde Sirio a Saturno, y desde allí a la Tierra, encontrándose con una nave llena de filósofos que, como es costumbre en la obra voltairiana, hacen el ridículo más absoluto cuando tratan de explicar sus ideas. MICROMEGAS no pretende ser en realidad una fantasía científica, sino que es un dislate de pura imaginación, pero aquí Voltaire ya concibe la posibilidad de que un visitante de otros mundos pueda llegar hasta la Tierra.

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Pero Cyrano y Voltaire, y otros autores más (LA DESCRIPCIÓN DE UN NUEVO MUNDO de Margaret Cavendish en 1666, las MEMORIAS DEL SIGLO XX de Samuel Madden y otros escasos ejemplos) estaban casi solos en su idea de utilizar conceptos científicos como vehículo literario. Jugaba en su contra el optimismo del siglo XVIII, de que la Ciencia todo lo iba a resolver. Sería en el siglo XIX, cuando la Ciencia empezara a probarse como una potencial fuente de peligros desconocidos para la Humanidad, que los literatos le prestarían nueva y renovada atención. Y en la primera línea estaba una novela clásica del género: el FRANKENSTEIN de Mary Shelley.

© Guillermo Ríos Álvarez, (676 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Guillermocracia el 12 de septiembre de 2010