NAVES MISTERIOSAS
NAVES MISTERIOSAS EE.UU., 1971
Título original: Silent Running
Dirección: Douglas Trumbull
Guión: Steven Bochco, Michael Cimino, Deric Washburn
Produción: Michael Gruskoff, Douglas Trumbull
Música: Joan Baez, Peter Schickele
Fotografía: Charles F. Wheeler
Duración: 99 min.
IMDb:
Reparto: Bruce Dern (Freeman Lowell); Cliff Potts (John Keenan); Ron Rifkin (Marty Barker); Jesse Vint (Andy Wolf)
Bruce Dern
Bruce Dern

Realizado hace la friolera de treinta y ocho años, NAVES MISTERIOSAS es un claro ejemplo del compromiso de la ciencia-ficción con las grandes cuestiones trascendentales que preocupan a la humanidad. O, al menos, a esa parte de la humanidad cuyos cerebros aún no han sido lobotomizados por la politiquería bajuna, la telebasura y la estulta, malsana y peligrosamente alienante futbolería.

La acción del film se sitúa a principios del siglo XXI. La contaminación, y el calentamiento global generado por la misma, han aniquilado toda la vida vegetal de la Tierra. Los EE UU son el único país que todavía conserva gran parte de su patrimonio natural, preservado en varios domos geodésicos instalados en unas sofisticadas naves espaciales. Bajo las cúpulas de esas tres naves, que orbitan el planeta Saturno, sobreviven gran parte de las especies vegetales autóctonas de USA, en espera de que algún día se pueda repoblar con ellas la superficie de la vieja madre Tierra. A bordo de una de esas naves, la Valley Forgue, se encuentra el botánico Freeman Lowell, que ha hecho del cuidado y preservación del bosque conservado bajo cúpulas la misión de su vida. Lowell­ es blanco de las chanzas de sus compañeros, perfectos ejemplos de Homo Sapiens moderno, que no sólo han aceptado la aniquilación de la vida vegetal como un efecto colateral del progreso, sino que, además, sienten un profundo desprecio hacia lo poco que queda del antaño fabuloso patrimonio natural de su país. Un aciago día llega una orden de la Tierra: deben destruir los domos, con todo lo que contienen, y devolver esas valiosas naves al servicio comercial. La orden es cumplida a rajatabla en las otras dos naves, pero no así en la Valley Forgue. Lowell­ no va a permitir semejante atrocidad, y se enfrenta a sus compañeros abiertamente, matándolos. Dispuesto a preservar la riqueza natural de su país, Freeman se hace con el control de la nave, emprendiendo una huida hacia adelante, que llevará a la Valley Forgue más allá no sólo de la órbita de Saturno, sino también de los confines del sistema solar.

NAVES MISTERIOSAS es una de las películas más representativas de lo que podríamos denominar ciencia-ficción ecológica. En ella se nos presenta un futuro de lo más apocalíptico, en el que toda la vida vegetal del planeta se ha extinguido por culpa de la inconsciencia humana, que alcanza su cenit en la espantosa decisión de aniquilar también las pocas especies vegetales que aún sobreviven a bordo de tres naves espaciales. Frente a la sinrazón de los dirigentes políticos, y a la mansurronería y aborregamiento de sus compañeros, Freeman Lowell­ se erige en defensor de los últimos recursos naturales de la Tierra, no dudando en recurrir al asesinato para defenderlos. En su descargo hay que decir que sus compañeros son tres especimenes de lo más deleznable, impagables ejemplos del grado de degeneración al que puede llegar un ser humano cuando se somete voluntariamente a la propaganda oficialista y a la dictadura de lo políticamente correcto.

El peso del film descansa sobre los hombros de Bruce Dern, uno de los actores más convincentes que dio el cine americano en la década de los sesenta. Dern, como el australiano Sam Neil, es uno de esos geniales intérpretes capaces de infundir vida a cualquier personaje que les caiga en suerte, un actor de una pieza que, sin haber alcanzado nunca el estatus de estrella, es capaz sin embargo de dejar un buen recuerdo en el espectador gracias a sus excelentes caracterizaciones. En esta ocasión, Dern da vida magistralmente a un botánico enamorado de la naturaleza y consciente de lo que puede significar para la humanidad la pérdida de su tesoro más preciado: la rica multiplicidad de formas de vida que albergó nuestro planeta. Los guionistas, Deric Washburn, Steven Bochco y Michael Cimino, crearon un personaje sumamente complejo, compendio de las inquietudes ecologistas que comenzaban a brotar en las sociedades industrializadas a finales de los años sesenta y principios de los setenta. Imaginaron a Freeman Lowell­, cuyo nombre de pila puede traducirse por Hombre Libre, como una especie de hippie del futuro, y de hecho, muchas de las actitudes que muestra el personaje, además de su forma de vestirse a partir de determinado momento del metraje, entroncan directamente con los usos y costumbres que popularizaron las comunidades hippies de todo el mundo, pero especialmente las de EE UU. NAVES MISTERIOSAS deviene así en un film reivindicativo, en el que se denuncian sin tapujos las absurdas prácticas industriales que están llevando a la destrucción, lenta pero sistemática, del medio ambiente que garantiza nuestra supervivencia. El mensaje de la cinta, muy actual en el momento de su estreno, sigue teniendo vigencia hoy día, lo que ha convertido a esta película en una de las producciones más atemporales del cine de ciencia-ficción.

De merienda con los robots
De merienda con los robots

Douglas Trumbull, uno de los más grandes expertos en efectos especiales, debutó en la dirección con esta obra, revelándose como un realizador correcto y poco más. Con un director más experimentado, NAVES MISTERIOSAS pudo haber devenido en un gran clásico del género; pero con el bisoño Trumbull al mando, la cinta se quedó en un film sólo interesante y entretenido, sin esa chispa que convierte a una película en una obra maestra. El director compaginó la realización de su Ópera Prima con su trabajo en LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA, de Robert Wise, en la que se ocupó de los efectos especiales auxiliado por John Dysktra y Richard Yuricich. Evidentemente, Trumbull se defendía mejor en el campo de los Fxs que en la dirección, como demostró con sus extraordinarias aportaciones a filmes míticos, entre los que destacaron 2001, ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE, STAR TREK: LA PELÍCULA y BLADE RUNNER.

El ajustado presupuesto del film no impidió al director ofrecernos algunos alardes técnicos dignos de mención, entre los que destacan las fabulosas vistas de Saturno y sus anillos y, sobre todo, el espléndido diseño de las naves y los domos geodésicos que transportan. Las maquetas de la Valley Forgue y sus hermanas serían reutilizadas seis años más tarde en la serie Galáctica, en la que aparecerían como transportadores de cultivos para alimentar a las tripulaciones de la flota comandada por Adama.

Aparecen en este film dos de los robots más entrañables que ha dado la ciencia-ficción, Huey y Dewey, dos autómatas de mantenimiento a los que Lowell­ reprograma para que se ocupen de cuidar el bosque cuando él ya no esté. Estos simpáticos robots, de curioso diseño, parecen humanizarse como por arte de magia cuando el botánico los reprograma y les otorga nombres propios. Huey y Dewey fueron interpretados por actores enanos, y merecerían ocupar un puesto de honor junto a otros autómatas míticos del género, tales como Robbie, de PLANETA PROHIBIDO, C3PO y R2D2 de STAR WARS o María de METRÓPOLIS.

Destacan también en esta película las impresionantes y hermosas imágenes de los bosques y florestas contenidos bajo las cúpulas, que ilustran los títulos de crédito iniciales, y que fueron rodadas con exquisito mimo por el director de fotografía, Charles F Wheeler, poniendo especial atención en destacar la riqueza de matices cromáticos del mundo vegetal, de tal modo que estas secuencias dan la impresión de haber sido filmadas para un documental de naturaleza, como los del National Geographic, y no para un film de ciencia-ficción. Las magníficas partituras musicales originales de Peter Schickele, y las maravillosas canciones de Joan Baez realzan aún más la belleza de esta pequeña joya de la ciencia-ficción cinematográfica.

Naves misteriosas
Naves misteriosas

Como no podía ser menos, el film tiene pifias memorables, algunas de las cuales ya han sido comentadas por otros colaboradores del Sitio. Hay un par de ellas especialmente chirriantes. Por ejemplo, el espectador, aunque tenga unos conocimientos científicos mínimos, no acierta a comprender por qué las naves han sido enviadas a la órbita de Saturno, cuando lo lógico habría sido mantenerlas orbitando la Tierra. Tampoco es creíble el planteamiento básico de la historia, ya que si, como se afirma, la vida vegetal se ha extinguido, ello implicaría también la desaparición de las condiciones necesarias para albergar cualquier forma de vida en la Tierra, incluida la humana; no olvidemos que, sin las plantas verdes, no tendríamos una atmósfera respirable, y por lo tanto, en pocos años el planeta sería inhabitable. Tampoco se explica convincentemente a qué obedece la absurda orden de destruir las florestas, si como se supone contienen los últimos especímenes vegetales de la Tierra, indispensables para devolver la vida a ésta.

Aparte de los defectos citados, otro fallo del film reside en la plana puesta en escena de Trumbull. Una historia de esperanza, como esta, requería un cierto lirismo en el plano visual, pero esto sólo se consiguió en los poéticos títulos de crédito iniciales, y quizá también en dos o tres escenas aisladas; el resto del metraje adolece de una acusada falta de sentimiento, sólo aliviada en parte por la espléndida banda sonora.

Dos de los guionistas, Michael Cimino y Steven Bochco, desarrollaron interesantes carreras profesionales. El primero se reveló como un realizador competente, aunque no genial, con obras como EL CAZADOR (THE DEER HUNTER­, 1977) una estimable cinta sobre la guerra de Vietnam, o MANHATTAN SUR (YEAR OF THE DRAGON, 1985) magnífica descripción de la mafia china afincada en USA. Bochco, por su parte, escribió guiones para series televisivas de gran éxito, entre las que destacaron Ironside­, El comisario McMillan y su esposa, y Canción triste de Hill Street.

NAVES MISTERIOSAS es, en definitiva, un buen ejemplo de ciencia-ficción ecológica, aunque más en sus intenciones que en su resultado final. Con todo, es un film ameno y lo bastante interesante para merecer una revisión.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.615 palabras) Créditos

NAVES MISTERIOSAS es una de mis películas (perdón, PELÍCULAS). La vi por primera vez cuando casi no llegaba a plasmoide, en un cine de pueblo. Pero de pueblo, pueblo (como el chorizo), con sillas plegables de madera y todo. Formaba parte de una sesión continua con otra película que ni siquiera recuerdo de qué era (imagino que una de chinos, ¿dónde se ha visto una sesión continua de los 70 sin una película de chinos?).

Mentiría si dijera que NAVES MISTERIOSAS me gustó, tal vez llegué a ella demasiado pronto, pero me dejó algo. Desde luego tuvo que influirme de alguna manera inconsciente para que hoy, nosécuantos años después, todavía recuerde las sensaciones que experimenté viéndola.

Es una película que trata sobre la ecología, en una época en que la palabra casi ni existía, pero es mucho más que eso, es una película diferente a todas cuantas hayáis podido ver. Es una película casi intimista, y eso en la CF es muy arriesgado. Es una película sin explosiones, sin sonidos estridentes que el THX se encargue de grabarte a cincel en el cerebro, es una película incluso sin naves espaciales (sí, ya sé que transcurre dentro de una, pero eso es lo de menos). Salvo honrosas excepciones tuvieron que pasar 25 años para que GATTACA me devolviera parte de la serenidad que me transmitieron esas NAVES.

El argumento, para quien no podáis disfrutarla, es muy simple: en el siglo XXI la Tierra es estéril y las únicas especies vegetales que sobreviven lo hacen en unas gigantescas naves-invernadero en la órbita de Saturno. Cuando desde la Tierra deciden finalizar el proyecto y destruir todas las naves, uno de los botánicos se vuelve loco (o tiene un momento de lucidez, según se mire) y decide matar al resto de la tripulación y huir con una de los invernaderos (no os he destripado nada de la película, todo eso pasa en los primeros 10 minutos). Esta historia unida a una buena interpretación de Bruce Dern (algo histriónico en ocasiones), una aceptable dirección de Trumbull (asistí a una conferencia suya en Sitges hace un par de años y todavía no he podido cerrar la boca) y la música de Joan Báez presente en todo momento, hacen de la película lo que es: algo increíble.

No todo iban a ser buenas cosas: la película adolece de una falta de rigor científico que en ocasiones es lamentable. A un guionista no se le puede pedir que comprenda las ecuaciones de Lorentz, pero por lo menos que haya acabado la EGB (dos ejemplos: la diferencia de presión parece no existir en ocasiones y las puertas de la nave hay veces que están abiertas como si nada. También hay una escena para olvidar cuando Bruce Dern se pasea por el exterior de la nave, en las cercanías de Saturno, ataviado únicamente con lo que parece ser un calzoncillo de lana azul de cuerpo entero). Algo que tampoco me convence es que ocurra en el año 2.001 (¿recuerdos de la anterior película de Trumbull?), me explico: el guionista piensa que en 30 años la humanidad va a ser capaz de cagarla (exterminio total de la vida vegetal), además de tener tiempo de evolucionar científicamente de tal forma que es capaz de conquistar el Sistema Solar.

© Adán Expósito H. (548 palabras) Créditos