LOS PULP MAGAZINES EN NORTEAMÉRICA
por Armado Boix

1. Un acercamiento al fenómeno

Para el lector actual (y muy especialmente el español) el canal habitual de acceso a la literatura es, con casi total exclusividad, el libro. Sin embargo evitemos olvidar que no es éste el único posible. Al contrario que experiencias similares en nuestro país, en Estados Unidos o Inglaterra las revistas de ficción popular (pulps) gozaron de pleno éxito y gran número de lectores durante años: 25 millones según algunos estudios.

Los pulp magazines, si somos estrictos, son aquellas publicaciones de contenido literario en un formato estándar de 25,4 x 17,7 cm, impresas en papel barato y basto, deleznable y sin guillotinar, confeccionado con pulpa de madera. Constaban (cuando no estuvieron sujetas a las restricciones de guerra) de al menos cien páginas, con llamativas cubiertas a color y un precio que oscilaba entre los diez y los veinticinco centavos. No obstante, podemos considerar que la literatura pulp, entendida como ficción de carácter escapista repleta de acción, exotismo y fantasía, con escasa preocupación por la verosimilitud y la elegancia estilística, escapa a estos límites puramente formales para extenderse por una enorme variedad de revistas que no siempre respondían a esas premisas. Doc Savage Magazine, por ejemplo, abandonó durante más de cuatro años el formato citado para adoptar el digest, sin que por ello dejemos de considerarlo uno de los prototipos del género.

La fórmula de publicar narraciones en revistas periódicas no es, desde luego, invención americana. Durante el siglo XIX revistas y novelas por entregas formarán en Europa un nuevo público lector, de menor cultura y capacidad adquisitiva, y por ende mucho más amplio. En España, entre 1840 y 1870, se calculan superiores a cien los editores dedicados a este tipo de novelas, con tantos otros escritores empleados por ellos, que producirán cerca de dos mil títulos, con tiradas cercanas, en ocasiones, a los 15.000 ejemplares. Pese a que tal volumen de producción propiciara la mediocridad, cuando no lo francamente malo, no dejaban de destacar algunas aportaciones, como las de Dumas y Dickens, que optaron por editar sus obras de esta forma, compensatoria en ingresos y éxito.

Al otro lado del Atlántico los primeros pulps se publican en las postrimerías del siglo, descendientes directos de las dime novels (novelas de diez centavos), creadoras de mitos populares como Buffalo Bill y Nick Carter. The Argosy, que tuvo el honor de iniciar la moda, fue fundada por Frank A. Munsey en 1882. Su contenido era variado y ofrecía todo tipo de narraciones, bajo el lema común del entretenimiento. Comprobada la aceptación del producto pronto lanzará el mismo editor publicaciones de características similares: Cavalier, Munsey's y All-Story, donde otro personaje (Tarzán, en el número de octubre de 1912) verá la luz.

En los relatos que poblaban estas revistas el estilo es un valor añadido, del que se puede prescindir sin rubores (o al menos lo que podía entender como bello estilo un escritor de principios de siglo). Es una narrativa puramente física. Su fuerza reside en los argumentos, rebosantes de aventura e intriga, y la forma utilizada para desarrollarlos es funcional, ágil, moderna. La novela negra americana, con Hammett y Chandler a la cabeza, en sus orígenes se rige por estos principios y los resultados, no hace falta recordarlo, son más que brillantes. Como dice Fernando Savater, el contenido de los pulps sería una literatura de tipo extrovertido, es decir, aquella que se centra en la acción misma y hace poco hincapié en los resortes que la mueven o los supone elementales: da prioridad al qué y aún más al cómo sobre el por qué, gusta de colores vivos, especias fuertes, ritmo ágil, y prefiere la exhibición muscular al análisis emotivo.

Si hemos visto que los primeros pulp magazines de Munsey tenían un contenido heterogéneo, no será éste, en cambio, el camino que seguirán en adelante. Las inclinaciones del lector son variadas y es difícil que una revista de tales características satisfaga por completo. Desde 1915, fecha en la que aparece Detective Story, la especialización temática será imperante.

En el período de entreguerras más de doscientos pulps abarrotarán los kioscos de prensa, cargados con millones de palabras. Citarlos todos sería demasiado prolijo y más adelante reseñaremos los más significativos; pero podemos anotar algunos como muestrario anecdótico:

En el género del terror y la fantasía tendríamos a Weird Tales y Unknown; en ciencia ficción, entre otros, a Astounding, Amazing Stories o Wonder Stories; en el relato policiaco a Black Mask, junto a Detective Tales, Thrilling Detective o Nick Carter Magazine; historias deportivas las encontraríamos en Dime Sports Magazine o en Real Sports; aventuras orientales en Oriental Stories; de aviación en Bill Barnes; de amor en Romance Shorts. El lejano oeste, tan querido por los norteamericanos, podría encontrar su representación en Peter Rice y Western Stories. De especial mención, por su influencia en otras formas de cultura popular como los comics, son aquellas revistas que centraban su protagonismo en héroes misteriosos y fantásticos: Doc Savage, The Shadow, Dr. Yen Sin o The Spider.

En definitiva, cualquier tema que ofreciera incentivo para una historia emocionante tenía su lugar.

Tal volumen editorial precisaba, evidentemente, de una gran cantidad de escritores. Se calcula que unos mil trescientos alimentaban los pulps de literatura escapista, buena parte de ellos desde Nueva York, centro principal de las cadenas de revistas. La remuneración era mezquina (variaba según las publicaciones, pero ascendía a una media de centavo por palabra) con lo que los autores se encontraban obligados a disparar su producción, en detrimento de la calidad. No obstante, cuando conseguían introducirse con éxito en el mercado, sus ingresos no eran nada despreciables, en medio de los rigores de la depresión.

El escritor de pulps poseía un talante muy especial. Contra lo que pudiera pensarse no era frecuente el caso del autor fracasado que buscara en un género menor la simple recompensa económica. La mayoría desempeñaba su labor con orgullo, habiendo sido ellos mismos lectores entusiastas de este tipo de revistas; así Lester Dent, por ejemplo, se vanagloriaba de haber escrito nueve novelas en seis semanas, o Asimov, años más tarde y ya arrellanado en el trono de la fama, escribiría: En aquellos días la mayoría de aficionados soñaban con ser escritores, con vender historias a las revistas profesionales. Pienso que no nos preocupábamos mucho por el dinero. El dinero era atractivo pero no podía compararse a la gloria de ver que el nombre de uno figuraba como autor en una revista, a la gloria de llegar a ser un dios en el reducido microcosmos de la ciencia ficción. Sin embargo, pese a esa manifiesta vocación de narradores, no conviene mitificar en exceso. Eran profesionales que debían pagar las facturas con sus ingresos a tanto por palabra, y si querían sobrevivir como tales la diversificación de su producción era obligada, recalando en todos los géneros para ampliar las posibilidades de venta. Esa variedad se reflejaba también en el uso de abundantes seudónimos, práctica que algunos autores adoptaban por pura opción personal (sea para ocultar su identidad, sea para distinguir entre obras de diferente estilo) o bien por imposición editorial (era habitual, cuando un escritor publicaba varios relatos en un mismo número de la revista; también era común el uso de un nombre ficticio, creado por el editor, bajo el que trabajaban diversos autores).

Aunque proseguirán durante bastantes años, la decadencia de los pulp magazines se inicia con la Segunda Guerra Mundial. El conflicto bélico obligó a muchas revistas, a causa de las restricciones de papel, a desaparecer del mercado, quedando las supervivientes muy mermadas. Después el reciclaje será difícil. Se abre una nueva era, un tiempo en el que la diversión popular toma otros cauces. Llega la televisión y la imagen acorrala a la letra impresa. Los viejos escritores encaminan su trabajo a otros medios y los sueños se sirven a domicilio a través de una pantalla de cristal. En adelante las antiguas revistas amarillearán sus páginas solamente en los anaqueles de la nostalgia.

2. Cinco clásicos de los pulp magazines

ALL-STORY. All-Story pertenece, junto a The Scraap Book, The Argosy, Cavalier y Munsey's Magazine, a la familia de publicaciones de Frank A. Munsey, pionero de las revistas de ficción popular en Norteamérica. Fue iniciada en 1905, con cadencia mensual, pero Munsey, amigo de cambalaches, la transformó en semanal a partir de marzo de 1914, con el nuevo nombre de All-Story Weekly, para fundirla, sólo dos meses después, con Cavalier, denominándose All-Story Cavalier Weekly. Durante el período 1915-1920 volverá al título de All-Story Weekly, antes de unirse de nuevo con Argosy. Esta última, que había sido fundada en 1882, seguirá publicándose hasta los años 60.

All-Story era una revista sin especializar, dedicada a todo tipo de relatos, primando la acción y la aventura. Contribuyó de forma decisiva en la creación de la moderna literatura fantástica americana, con la publicación de la obra de Ray Cummings, Abraham Merrit y, especialmente, Edgar Rice Burroughs, en cuyas páginas serializó las andanzas de famosos personajes como John Carter y Tarzán.

AMAZING STORIES. Hugo Gernsback, luxemburgués emigrado, técnico de radio y ocasional escritor, creo en 1926 la primera revista especializada en ciencia ficción (nombre ambiguo y discutido del que también es responsable). Por su aspecto quizá no sea apropiado incluirla entre las publicaciones pulp (era de formato mayor al estándar y ofrecía mejor papel y presentación), pero su contenido literario no se distanciaba en nada de ellas.

Durante el primer período de la revista, desde su fundación hasta 1938, cuando pierde el control por un conflicto legal, sentó las bases, junto a las revistas de Munsey, de la moderna ciencia ficción, ofreciendo la obra de autores como Doc Smith, Jack Williamson, Otis Aldebert Kline o Philip F. Nowlan (creador de Buck Rogers). Sin embargo, bajo la dirección del anciano T. O'Connor Sloane, perdió pronto el impulso inicial, que junto a la activa competencia de Astounding, llevándose los mejores textos, hizo que su contenido se volviera mediocre y aburrido, el peor pecado en el que puede incurrir la ficción popular. Esta caída en picado se detuvo en cuando Ziff-Davis, los nuevos propietarios, sustituyeron a Sloane por Raymond A. Palmer, un apasionado faneditor que inyectó a Amazing la necesaria savia nueva para sacarla a flote. A partir de ese instante la revista, lejos de luchar por el mercado frente a su más directa competidora, optó por dirigirse a un público diferente: mientras Astounding ofrecía una ciencia ficción adulta Amazing se especializó en las historias de aventuras dirigidas a un publico más juvenil.

En 1945 la publicación de los textos de Richard S. Shaver, un pretendido iluminado conocedor de los secretos de la perdida Lemuria, causaron la ira de muchos lectores, que consideraban que Amazing no era el lugar adecuado para esas excentricidades, si bien, por el contrario, otros se sintieron entusiasmados, subiendo espectacularmente las ventas. Pasada la moda Shaver, a finales de 1949, Palmer abandonó Amazing para dedicarse a sus propios proyectos editoriales, y la revista, bajo la dirección de Howard Browne y aprovechando el buen momento que para la ciencia ficción supusieron los años cincuenta, siguió adelante. Desde entonces ha venido publicándose regularmente, pasando por varias manos, hasta llegar a nuestros días.

BLACK MASK MAGAZINE. La más importante revista para la historia de la novela negra americana fue fundada en 1920, por H. L. Mencken y George Jean Nathan, como simple medio para financiar otra publicación, Smart Set. Sólo seis meses después se vendió a Eugene Crowe y Eltinge Pop Warner, que nombraron primero director a George Sutton y, en 1925, a Phil Cody. Durante este época inicial se introdujeron algunos de los autores más emblemáticos como Carroll John Daly, Erle Stanley Gardner y Dashiell Hammett, aunque fue a partir de 1927, dirigiendo Joseph T. Shaw, que la publicación adquirió toda su personalidad, estableciendo los cánones de la novela negra clásica, de estilo realista y lacónico, y con la publicación de los primeros relatos de Raymond Chandler. En 1936 Shaw fue sustituido por Fanny Ellswort. La revista desapareció en 1951 tras publicar 340 números.

DOC SAVAGE MAGAZINE. Publicación centrada en las aventuras por todos los rincones del mundo de Clark Savage y su grupo de fieles ayudantes, combatiendo el mal con sus dotes sorprendentes. Editada por Street & Smith, comprende 181 números, de marzo de 1933 al verano de 1949, firmada su novela principal por Kenneth Robeson, seudónimo tras el que trabajaban Lester Dent (creador del personaje y autor de 138 de ellas), F. N. William, Laurence Donovan y Harold A. Davis, entre otros. Sus llamativas cubiertas fueron ilustradas, principalmente por Walter M. Baumhofer y Robert G. Harris. De aparición mensual hasta febrero de 1947, en sus últimos tiempos cambió a bimestral, primero, para acabar publicando cuatro números anuales.

WEIRD TALES. La pionera de las revistas de fantasía y terror, con justicia subtitulada The Unique Magazine, se ha vuelto hoy objeto de culto, debiendo buena parte de su leyenda a la célebre e interminable lista de autores del género que en un momento u otro participaron en sus páginas (Derleth, Belknap Long, Bradbury, Bloch, Kuttner, C. L. Moore, Williamson, Leiber...), si bien tres de ellos bastarían para justificar su paso a la historia de la literatura fantástica: Clark Ashton Smith, Robert E. Howard y H. P. Lovecraft.

La revista fue fundada por Jacob Clark Henneber, que estableció su sede en Chicago y nombró director al escritor Edwin F. Baird. Su primer número apareció en marzo de 1923 y ya en mayo de 1924 el déficit económico de la revista ocasionó el cese de Baird. Aunque el puesto fue ofrecido inicialmente a Lovecraft, al final lo ocuparía Farnsworth Wright, que permanecerá en él hasta su sustitución, en 1940, por Dorothy McIlwrait.

El periodo de Wright se considera la época dorada de Weird Tales, si bien posiblemente su éxito se debiera más a la falta de una competencia sólida, que condujo a sus páginas a las más brillantes plumas del género, que a sus méritos personales.

Tras una larga decadencia, iniciada en 1938 con su venta a William J. Delaney y T. Raimond Foley y su consiguiente traslado a Nueva York, y la muerte o abandono de sus más firmes puntales, Weird Tales cerró sus puertas en 1954, tras 279 números publicados. A partir de 1973 se contabilizarán hasta un total de cuatro intentos de resucitar la revista; pero tales proyectos, fundados más en la nostalgia que en una sólida base editorial y ecónomica, han tenido poca fortuna.

Es necesario mencionar también, para cerrar el comentario, la importancia de los ilustradores en el desarrollo de Weird Tales, siendo tres los más característicos: Margarett Brundage, Virgil Finlay y Hannes Book.

© Armando Boix, 1999 Créditos (2.432 palabras)