2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO
2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO EE.UU., 1968
Título original: 2001: A Space Odyssey
Dirección: Stanley Kubrik
Guión: Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke
Producción: Stanley Kubrick
Música: selección de Stanley Kubrick
Fotografía: Geoffrey Unsworth
IMDb:
Reparto: Keir Dullea (Doctor Dave Bowman); Gary Lockwood (Doctor Frank Poole); William Sylvester (Doctor Heywood R. Floyd); Daniel Richter (Moon-Watcher); Leonard Rossiter (Doctor Andrei Smyslov); Margaret Tyzack (Elena); Robert Beatty (Doctor Ralph Halvorsen); Sean Sullivan (Doctor Bill Michaels); Douglas Rain (HAL 9000 (voz))

La primera vez que la vi, tenía unos trece años, me llevó mi abuela (la cual tuvo pesadillas alucinatorias con la película durante semanas) y no me enteré de nada. Eso de los monos y el monumento cubista, la nave espacial que no es abordada por las tropas del imperio de Darth-Vader, sino que es boicoteada por un ordenador parlanchín y ese final con feto malayo gigante... aquello no tenía ni pies ni cabeza.

La segunda vez que la vi, tenía unos 20 años, llevé a una novieta (la cual me dejó a los 3 días por incompatibilidad de gustos cinematográficos) y no me enteré de nada. Aunque relacionaba vagamente a los monos y al cubilete rectangular con el don de la inteligencia humana que se manifestaba en aprender a utilizar garrotes para sacudir a los monos vecinos por la posesión de una charca, seguía sin comprender que quería decir con aquello. El descubrimiento de ese mismo cubilete en la luna, miles de años después con la curiosidad humana satisfecha al mandar una nave a Júpiter por el mero hecho de que la señal de comunicaciones venía de allí, seguía sin tener ningún sentido. La parte de la lucha entre Hal (de la serie 9000) y el astronauta me pareció terrible, pues quien mejor me caía era la máquina, que era capaz, al contrario de su oponente humano, de ser razonable, de ser comunicativa, de confundirse, de matar y de morir. El lenguaje humano visto desde el punto de vista de un no-humano. Y ese final barroco incomprensible, lleno de colores, de imágenes, de sonidos, fruto sin duda alguna de la imaginación humana o, en su caso, de una sobredosis de peyote mexicano mal digerido.

La última vez que la vi, después de incontables visionados en la televisión y lectura de miles de artículos sobre el tema, amén de la novela del insigne A. C. Clarke, fui solo (ya nadie quiere venir conmigo al cine) y seguí sin enterarme de nada. Sigo saliendo igual de confuso y perplejo, porque sigo sin entenderlo todo. Y en eso consiste la genialidad de Kubrick, en que se niega a dar explicaciones. Porque también dentro del hombre se encuentra lo desconocido, aquello que no entendemos ni podemos razonar: futuro, locura, vida distinta a la nuestra, muerte, Dios...

En fin, que sigo sin poder dar explicaciones racionales a la película. Lo que sí puedo es aplicar mis cinco elementos mágicos para saber si cualquier libro, obra de arte, película o videojuego me interesan: inteligencia, curiosidad, lenguaje, imaginación y tratamiento de lo desconocido. Es posible que alguno tenga 1, 2, 3 o 4 presentes. Pero quien tenga los 5, tiene una obra maestra, y 2001 los tiene. A pesar de que el título se haya quedado, ya y por desgracia, anticuado.

© Manuel Nicolas Cuadrado, (467 palabras) Créditos

A mí no me gusta la película 2001, al tiempo que me encanta la novela de Clarke. De todos modos no es ninguna novedad; siempre que comparo una película con la obra en la que está inspirada (aunque a veces esto es mucho suponer) sale perdiendo, salvo honrosas excepciones, la película.

Claro está que yo soy mucho más aficionado a la literatura que al cine (me pasa absolutamente con todos los géneros y no sólo con la ciencia ficción), por lo que me suele disgustar ver destripada la novela al ser llevada al cine. Un amigo mío, muy cinéfilo, afirma con razón que se trata de dos cosas distintas que hay que contemplar de modo distinto. Yo admito la adaptación de la novela al pasarla a un guión, pero no la modificación pura, simple y gratuita simplemente porque al director le apetece enmedar la plana al autor. Podría poner muchos casos, pero quizá los más escandalosos son por ejemplo los de las películas inspiradas (es un decir) en las novelas de Julio Verne, donde por ejemplo siempre se las apañan para meter con calzador protagonistas femeninas (que no aparecen en la novela) simplemente porque es comercial... O la película EL NOMBRE DE LA ROSA, una adaptación excelente en general pero donde introducen una modificación absurda únicamente por criterios comerciales, concretamente cuando el pueblo amotinado asalta el carro de la Inquisición para rescatar a la chica.

Así pues siempre veo con reticencias estas adaptaciones, y todavía más cuando descubro cosas como que muchos escritores están muy cabreados por las películas basadas en novelas suyas (aunque, eso sí, no devuelven el dinero cobrado por los derechos) o el cinismo de un directos (no recuerdo el nombre) que llegó a afirmar en unas declaraciones que él prefería dirigir adaptaciones de novelas de escritores muertos porque los vivos le incordiaban con sus protestas... Sin comentarios.

Pero centrémonos en el tema de 2001. He de confesar que, reconociendo su valía, a mí Kubrik me gusta más bien poco. Pero es que en 2001, desde mi punto de vista, se cargó completamente el final filosófico de Clarke con esas extrañas escenas que ni dios es capaz de entender si antes no ha leído la novela... Aunque leer la novela en realidad le servirá de poco, ya que tampoco se parecen mucho ambos finales. Y no es que sea metafísico, es que el dichoso final es críptico, ampuloso, barroco y confuso. Yo creo que hubiera sido mucho más sencillo seguir la línea de Clarke, pero...

Y otra cosa, Kubrik también se cargó (¿por qué?) el viaje del Discovery a Saturno; os recuerdo que en la novela el monolito se alza en la superficie de Japeto, mientras que en la película está flotando en órbita alrededor de Júpiter. Claro está que luego llegó el jeta de Clarke y, al escribir 2010 con un nada disimulado propósito de hacer la película correspondiente, se enmendó a sí mismo poniendo el monolito en Júpiter y no en Saturno... Claro está que, con el morro que gasta el buen señor, todavía me parece poco que traicionara a su propia obra.

© José Carlos Canalda, (518 palabras) Créditos

Me parece una obra maestra, porque permite su disfrute en varios niveles. Como cúmulo de sensaciones que entran por ojos y oídos es la belleza en celuloide. Lo de la elipsis tras el lanzamiento del hueso es Historia del séptimo arte. Quien ha visto 2001 ya nunca podrá oír las notas del Danubio Azul sin acordarse de la peli.

Además, permite ejercer su lectura desde distintos puntos de vista. La película es una caja abierta de la cual cada uno saca sus conclusiones, y por muy dispares que estas sean, son perfectamente viables. Se puede hacer una lectura religiosa creyendo que el monolito es Dios o cualquier ser superior y se puede hacer una lectura agnóstica, interpretando el monolito como el instrumento de una civilización más allá de nuestro entendimiento. Incluso se pueden hacer interpretaciones más extrañas aún, como la que sale en la revista STALKER, y ser perfectamente coherentes.

En definitiva, es una experiencia audiovisual ante la cual sólo hay que sentarse y dejar volar la imaginación.

© Santiago L. Moreno, (168 palabras) Créditos