QUE SE MUERAN LOS FEOS
QUE SE MUERAN LOS FEOS Boris Vian
Título original: Et on tuera tous les affreux
Año de publicación: ---
Editorial: Bruguera
Colección: Libro Amigo nº 965
Traducción: Tabita Peralta
Edición: Enero de 1984
ISBN:
Precio: ---

Los delirios de grandeza de un científico loco, las calenturientas aventuras de varios cachas apolíneos y la pandilla de fenómenos que les acompañan, y las rocambolescas hazañas sexuales de unos y otros, son el alma de esta novela, que no está claro si debería clasificarse como ciencia-ficción o pornografía. Algún quisquilloso me dirá que es novela negra (eso al menos pensaron en Bruguera al integrarla en la serie Novela Negra de Libro Amigo) y desde luego tiene un buen montón de elementos que sugieren su encasillamiento en ese género, pero indiscutiblemente QUE SE MUERAN LOS FEOS es, ante todo, una gamberrada descarada, irreverente y desternillante.

Esta es, junto a ESCUPIRE SOBRE VUESTRA TUMBA (salvaje y más irreverente aún) CON LAS MUJERES NO HAY MANERA (tanto o más divertida) y TODOS LOS MUERTOS TIENEN LA MISMA PIEL (más bien un amargo punto final) una de las novelas que Vian tradujo desde los originales de Vernon Sullivan. En realidad el pseudónimo de Sullivan fue inventado para poder publicar sin muchos problemas (sólo un par de procesos y algún multazo por corrupción de las buenas costumbres) las salvajadas descritas en estas novelas y, de paso, ridiculizar a la crítica elitista de la época, que incluso fue capaz de entrevistar al inexistente Sullivan. Ni que decir tiene que, una vez descubierto el pastel, Vian y D'Hauin, su editor, fueron odiados hasta la muerte (desgraciadamente prematura en el caso de Vian) por los mentados exquisitos.

QUE SE MUERAN LOS FEOS es, ante todo, una novela en la que las humoradas y el frenesí se suceden sin dar respiro al lector. Rocky Bailey, el protagonista, se ve envuelto en las calenturientas investigaciones genéticas del doctor Schultz, empeñado en mejorar a la humanidad hasta convertir a todos los habitantes del planetas en guapos y vigorosos individuos. Los colaboradores de los que se rodea el meticuloso doctor Schultz no son tan escrupulosos como él, y además de echarle una manita consiguiendo los mejores óvulos y el más activo esperma de California, se dedican a vender ciertas imágenes tomadas durante los experimentos (tanto de la parte generativa como de la puramente clínica) montando una red de venta de imágenes porno y snuff.

Nuestro amigo Bailey (que el año anterior había sido Mister Los Angeles, o algo así) es raptado para que participe en la primera parte de los experimentos y, tras una serie de peripecias tan desaforadas como divertidas, se ve metido en una delirante investigación en la que se mezclan periodistas de medio pelo, comisarios indolentes, mafiosos sin escrúpulos, jovencitas insaciables, agentes del FBI y un buen número de engendros de todo tipo entre los que el producto de los experimentos genéticos de Schultz tienen una participación más que divertida.

Antes de que alguien se lleve a engaño, esta no es ni de lejos la obra mejor escrita de Vian, quizá sea la peor, en algunos momentos se hace confusa y los diálogos son tan estúpidos que uno no sabe muy bien si se tratan del producto no corregido de alguna resaca del autor o simples gamberradas en la línea general de la novela. Desde luego es la más divertida, y si bien para los puristas de la ciencia-ficción estará muy lejos de la misma, hay que recordar que Vian se dedicaba a hacerse sayos con los géneros, y aunque tiene obras que son más encuadrables dentro del género (LA HIERBA ROJA, LA ESPUMA DE LOS DIAS) no es menos cierto que ni ellas ni su serie Negra son ejemplos paradigmáticos de ambos géneros.

La cuestión es que si no se sufre de una manía clasificatoria clínica, y da igual el lugar de nuestros estantes donde queramos colocar la novela, QUE SE MUERAN LOS FEOS es una muy recomendable lectura para pasar un rato divertido, y ¿por qué no? descubrir al Vian más asequible y seguir profundizando en su obra, que francamente, no tiene desperdicio.

© Francisco José Súñer Iglesias, (650 palabras) Créditos