EDÉN
EDÉN Stanislaw Lem
Título original: Eden
Año de publicación: 1974
Editorial: Alianza
Colección: El Libro de Bolsillo nº 1516
Traducción: Luis Pastor Puebla
Edición: 1991
ISBN:
Precio: 7 EUR

Se podría decir que Stanislaw Lem es un especialista en escribir historias sobre primeros contactos vistos desde una perspectiva realista y analítica, sin buscar una solución fácil a un tema recurrente en la ciencia-ficción, como es el de los exploradores humanos que tropiezan en otros mundos con culturas, o criaturas, alienígenas. Sus obras más relevantes sobre el tema son, por orden de aparición, EDÉN (1959) SOLARIS (1961) EL INVENCIBLE (1964) y FIASCO (1986) cada una con sus propias características pero siempre con el denominador común de la absoluta incomprensión entre humanos y alienígenas.

En la novela que nos ocupa, EDÉN, la primera de las mencionadas, nos encontramos a un Lem que nos transporta, por medio de los seis tripulantes de una nave accidentada, a un lejano mundo que resulta estar habitado por una especie inteligente. Las vicisitudes de los astronautas por reparar su nave y volver a la Tierra son las típicas de las novelas ambientadas en esta situación, y sirven de excusa para la historia real: el contacto con una civilización de la que se desconoce todo, tanto en el plano tecnológico, biológico como, y más importante, en el mental.

A diferencia de otros autores, más interesados en la aventura en sí que en las posibilidades de la tecnología para moverse entre las estrellas, Lem siempre dota a sus protagonistas de una buena serie de ayudas en forma de robots y todo tipo de maquinaria que son los auxiliares de las tripulaciones espaciales. Algo que tiene muy claro el autor es que la exploración del espacio no la va a llevar a buen término un descarado piloto con desintegrador al cinto y sentido del humor (dicho sea esto con permiso del inefable Ijon Tichy) Sus protagonistas son profesionales dedicados a la exploración interestelar y cuentan con el equipo necesario para este trabajo. Los integrantes de la tripulación naufragada en EDÉN se componen de un coordinador de la misión, un ingeniero, un físico, un químico, un cibernético y un médico. Es más, sólo se nos da a conocer el nombre de uno de ellos y durante toda la novela el autor se refiere a sus protagonistas por su ocupación, dando más importancia a lo que hacen que a lo que son en el plano personal, dado que sus opiniones están caracterizadas por las actividades que realizan. Enfrentados a lo desconocido, el punto de vista de un físico no será nunca el mismo que el de un médico o un ingeniero y Lem juega con esas distintas opiniones para intentar llegar a conclusiones más o menos acertadas que intentan dan una explicación racional, en términos humanos, a lo que sus protagonistas encuentran en el planeta. No es casual que el médico, en cuya profesión no se trata con ecuaciones o sistemas difícilmente cuantificables, sea el que más pone en duda los razonamientos de sus compañeros, y les alerta de los errores en que están cayendo al intentar explicar lo inexplicable bajo términos de razonamiento humanos.

Y es que aunque Lem nos describe con detenimiento a los edenitas, o dobles como realmente los llama, tampoco pierde demasiado el tiempo intentando explicarnos si su biología se basa en el carbono o el silicio, sin son mamíferos o reptiles o cuál es el alcance de su tecnología. Lo que le importa de verdad son las diferencias de pensamiento. Nos encontramos con una especie inteligente, diferencias morfológicas aparte, cuyos procesos mentales son totalmente ajenos a nuestra experiencia y que se comporta de un modo radicalmente extraño bajo nuestro punto de vista. Por ello es de destacar la habilidad del autor para presentarnos los problemas que sufren sus protagonistas humanos intentando comprender algo del comportamiento que les rodea, o más bien, buscando similitudes con hechos conocidos, que es como normalmente uno se enfrenta a lo extraño: haciendo analogías con lo que ya se conoce. Como dije antes, sólo el médico de la expedición intenta no pensar dentro de los límites a los que nos aboca nuestra cultura y conocimientos, aunque con escasos resultados ya que a nadie le es posible imaginarse, o comprender, algo totalmente ajeno a nuestra experiencia cotidiana. Es más, gracias a la extrañeza que sienten sus protagonistas, Lem consigue transmitirnos la idea de que los alienígenas deben tener exactamente la misma dificultad al encontrarse frente a nosotros. La relatividad cultural se nos muestra en esta novela con todo su esplendor.

En lo que, a mi modo de ver, constituye una de las mejores escenas de la novela, tres de los náufragos interestelares se dirigen a explorar una ciudad edenita. El tránsito de dos de ellos a través de la metrópoli me recuerda vivamente a escenas similares leídas en la magnífica EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA de Lovecraft. En ambas novelas, los protagonistas descubren estructuras por completo ajenas a la experiencia humana, aunque desde un punto de vista totalmente distinto. Si bien Lovecraft provoca sensaciones angustiosas y miedo a lo desconocido, Lem, abandonando el más habitual recurso del terror, nos transmite impresiones de profunda extrañeza. Una inmensa alienidad es lo que los exploradores de la ciudad encuentran a su paso. Las detalladas descripciones de Lem aumentan la confusión del lector a un nivel similar al que sufren sus protagonistas, ya que resulta imposible identificar algo de lo que se nos narra. La impresión de lejanía respecto a los procesos mentales de los constructores de la ciudad, de absoluto desconocimiento de lo que nos rodea golpea como una maza en nuestro cómodo y establecido sistema de valores.

Finalmente, Lem no termina su obra utilizando el famoso truco del almendruco para solucionar el tema de la mutua incomprensión. A pesar de haber conseguido una cierta comunicación con uno de los alienígenas, éstos continúan siendo absolutamente extraños. No tiene un bonito final, en el que todos forman a corro dándose las manos (o apéndice equivalente) cantando el cumbayá y felicitándose por la fraternidad universal. Ni siquiera acaba en violencia gratuita, que podría ser otro probable final. La carencia de puntos de contacto entre ambas formas de vida impide cualquier interacción cultural, y los alienígenas tienen unas motivaciones tan extrañas, que parece realmente difícil que se pueda llegar a cualquiera de los dos extremos, la amistad, o la guerra. La única salida viable para ambas especies es ignorarse mutuamente y seguir cada una por su lado, como si nada de lo ocurrido hubiera tenido lugar.

Para terminar, creo que EDÉN es una novela que merece la pena leerse, no sólo por su calidad intrínseca sino porque se aleja totalmente de las historias a las que nos tiene acostumbrados la ciencia-ficción escrita a este lado del antiguo telón de acero. La única pega, por poner alguna, que se le puede encontrar a esta obra, es que a veces Lem se lanza a dar prolijas explicaciones sobre los paisajes y accidentes geográficos por los que van viajando los protagonistas; tanta y tan minuciosa descripción lastra ligeramente algunos puntos de la novela, pero tal detalle se puede considerar como un mal menor.

Aprovechen que ahora mismo se están reeditando las obras de Stanislaw Lem en una colección dedicada a este autor y no se priven de pasarlo en grande con una historia clásica de buena ciencia-ficción.

Que ustedes la disfruten.

© Carlos Alberto Gómez Villafuertes, (1.203 palabras) Créditos

Quién lea esta novela en la edición de Alianza Editorial, creerá, como yo, que asistirá a un debate filosófico interesantísimo sobre el derecho de una sociedad a imponer sus puntos de vista a otra. Pero, por desgracia, dicho debate sólo se produce, y aún de forma un tanto diluida y de poco calado, en la última parte del libro.

¿Y hasta que eso se produce? La novela tiene un ritmo las más de las veces plomizo, cansino, y las situaciones, por repetitivas y pleonásmicas, parecen eternizarse. Después de que los personajes han visto ya cincuenta veces extrañas máquinas, naves voladoras, seres extraños, etc, etc, etc, etc, etc... pues la cosa acaba por resultar de un muermo considerable.

Lem aplica al relato una técnica realista que lleva al extremo, y esa es una de las razones por las que resulta tan pesado. Cuando los astronautas se estrellan, se describe con todo lujo de detalles como consiguen salir del cohete, realizando lo que seguramente se haría en una situación real semejante. Pero eso tiene la desventaja de arrastrarse durante páginas y páginas. Lo mismo sucede más adelante, cuando describe todo aquello que descubren los personajes. No es que esté en contra de las descripciones, pero también es necesario que se de un conflicto más o menos interesante, y este parece no llegar nunca.

Otro de los problemas que le veo es que el hecho de no dar nombre a los personajes, hace que resulte muy difícil acordarse de quién dijo qué unas páginas antes.

Finalmente, Lem hace uso de una estratagema que me parece uno de los peores Deus Ex Machina de los que podía hacer uso. Me refiero a esa especie de semi-traductor universal con el que se acaban comunicando con los extraterrestres. Me parece un recurso burdo, dado el planteamiento realista de la novela, para solventar el problema que se plantea. Además de que el conflicto tendría que haberse producido antes, pues ello si que hubiera posibilitado una narración como la que nos promete la contraportada del libro, me parece un agujero de la trama y de construcción notables. Porque, ¿a nadie se le había ocurrido antes utilizar esa herramienta? Herramienta tan milagrosa que hace que consigan darle a conocer en pocas horas al extraterrestre multitud de conceptos abstractos y concretos que llevarían meses y años, incluso, comunicarle.

Otra de las imposibilidades que considero que tiene el relato es el hecho de plantear que esos extraterrestres sólo se pueden comunicar por conceptos. La idea hubiera dado de si en un relato preocupado claramente en narrar una fábula, en construir una metáfora sobre la comunicación (concretamente, me acuerdo del episodio Darmok, de Star Trek, la Nueva Generación, donde el procedimiento funcionaba parcialmente). Pero dado el tono realista que ha querido dar Lem al relato, dicha idea deviene imposibilidad total. Sencillamente, no es creíble que una sociedad avance tecnológicamente comunicándose sólo a base de conceptos. Para construir se necesita, por fuerza, un pensamiento concreto y preciso, amén de un conocimiento, como mínimo, de aritmética. De modo contrario, aún estaríamos en la Edad de Piedra.

Lo dicho: un relato aburrido, que dinamita el estilo y el rigor de gran parte del mismo en su parte final, y en el que quedan sin respuesta excesivas preguntas. Y no me refiero a las preguntas de índole filosófica, sino a las que suscitan las maravillas conque se topan los personajes a lo largo del relato. Éstos, y con ellos el lector, se quedan sin saber él porque de estas maravillas y su función. El no dar respuesta es algo a lo que Lem recurre, o con lo que construye, algunos de sus relatos. Pero el procedimiento a veces funciona y a veces no. Esta es una de las últimas.

© Jordi García, (624 palabras) Créditos

Lo que más me gusta de Lem es que es un autor de registros. Se mueve con una fluidez pasmosa entre la fábula socarrona, el humor más desternillante y el drama filosófico sin aparente esfuerzo. Muy al contrario que otros autores caracterizados por una tonalidad monocorde, Lem es capaz de desdoblarse en muchos Lem distintos, cada uno con la habilidad de abordar temas muy dispares de muy diferente forma. Con todo, Lem no renuncia a su propia personalidad, es ante todo, un narrador minucioso, en el que los personajes o el entorno llegan a quedar en un segundo plano ante su habilidad para desgranar con detalle los sucesos que pueblan sus narraciones.

En EDÉN esto ocurre desde la primera página, en la que se describe el accidente. Sin recurrir a grandes artificios literarios deja clara la magnitud de la catástrofe, los porqués y las consecuencias. Lem no se pierde en largos parlamentos o interminables explicaciones, enumera lo que ocurre con tal fluidez que esas otras herramientas literarias no le son en absoluto necesarias.

EDÉN resulta ser un estudio profundo de eso que se ha dado en llamar la relatividad cultural. Un cohete terrestre sufre un accidente en una zona desértica del planeta Eden, muy similar a la Tierra en cuanto a habitabilidad, pero tan exótico como se puede desear de un mundo donde la vida se ha desarrollado y evolucionado de forma muy diferente. Nada es como los náufragos conocen. El intento de buscar similitudes de la fauna y flora local con la terrestre es más un esfuerzo para no enloquecer ante lo desconocido que un intento serio de clasificación; hay seres vivientes con formas que se pueden asimilar a las de plantas y animales conocidos, pero resulta del todo imposible saber realmente que son, incluso si ni siquiera son plantas o animales.

No acaban ahí los problemas, en Eden existe una raza inteligente, los dobles, que ha alcanzado su particular grado de desarrollo industrial, pero eso tampoco resulta de ayuda a los náufragos, las motivaciones de los habitantes de Eden les resultan tan oscuras como incomprensibles, y los intentos de buscar explicación a las muestras de cultura local y la actitud de los dobles hacia ellos son inútiles, nada tienen relación con los parámetros de comportamiento a los que están acostumbrados.

La novela se desarrolla entre los trabajos de reparación del cohete, y las expediciones de exploración que organizan los náufragos para intentar averiguar más sobre Eden. Así, poco a poco, desde una posición desesperada y una total falta de comprensión de lo que les rodea, pasan a una situación más esperanzadora y un atisbo de entendimiento de lo que ocurre en Eden, pero siempre desde la duda y la incertidumbre acerca de lo que les rodea y del porvenir.

Un libro muy recomendable de Lem a partir del que se puede reflexionar acerca de la relatividad de las bondades de la cultura propia y los aspectos negativos de las ajenas, y de asumir que el concepto de bondad es muchas veces una cuestión de puntos de vista. Como se dice en la contraportada del libro; existen como mínimo dos posibles perspectivas, ambas igualmente válidas, la del que observa y la del que es observado.

© Francisco José Súñer Iglesias, (536 palabras) Créditos

Uno de los problemas de buena parte de la ciencia ficción son los personajes. Todos, o buena parte de ellos, son vaqueros que montan naves espaciales o que utilizan computadoras en lugar de revólveres.

No todo el mundo por aquí es un héroe, y eso no significa que, en el futuro, vayan a estar excluidos de la exploración espacial y materias relacionadas. Desde el punto de vista de un gobierno, que es el pagano, después de todo, ¿a quién preferiríais en la tripulación de una nave de exploración? A un sujeto razonable, que se atiene a las normas, que piensa antes de actuar y que es lo suficientemente imparcial para observar antes de intervenir, o al yanki que al primer signo de sufrimiento no humano lanza el grito de guerra y se dispone a liberar a los alienígenas esclavizados.

Lem, en EDÉN, retrata algo de esto. Los personajes no son héroes, sino tipos muy desconcertados y en absoluto preparados para lo que se les viene encima.

Por otro lado, no deja de ser curioso que, en gran parte de las novelas ciencia ficción, los protagonistas dedican una gran cantidad de reflexión a los problemas técnicos que se les plantean, pero bastante menos a los éticos, o, simplemente, a la confusión ante lo nuevo que es propia de absolutamente todos excepto los psicópatas, por supuesto.

EDÉN puede ser aburrido. Pero más real.

© Nicolás F. Pardo, (Lista de #cienciaficcion) (231 palabras) Créditos

Yo no le encuentro nada aburrido a EDÉN salvo tal vez el principio, luego los desconcertados técnicos que es lo que son, al contrario que en EL INVENCIBLE en EDÉN no hay oficiales de carrera o marinos del espacio o como se les quiera llamar caen dentro de la sucesión de aventuras mas sorprendentes que he visto yo en prácticamente ningún libro de SF.

El libro es una sorpresa constante y para el ritmo normal de Lem es casi vertiginoso, su final es impecable y no entiendo porque hay gente que considera que EDÉN, nombre puesto con bastante mala leche por cierto como ya es normal en Lem es aburrido, yo lo leo cada dos o tres meses y que no me aburre en absoluto, tengo gustos raros porque tampoco me aburre y me apasionaba de la misma manera LLEGADA A EASTERWINE hasta que alguien no me la devolvió, pero tengo algunos amigos a los que he dejado EDÉN, tres para ser exactos de los cuales dos son aficionados a la SF y uno no y a los tres les ha gustado bastante, mucho y mucho, siendo uno de los muchos del director del instituto local y el otro de la directora del de FP, que son lectores bastante o muy formados. Es el único alivio que tengo porque realmente me siento solo con esta especie de malquerencia a una obra que no es una obra maestra, pero que yo creo que lo es todo menos aburrida.

Creo que el problema es que EDÉN es extraña, a veces recuerda un poco a la extrañeza que provocan algunas obras de Wolfe, pero no a la de Lem y como lo que se quiere leer es un Lem, pues se le deja a un lado porque no se le ha entendido de verdad. Una definición de EDÉN es que en gran parte es un circo con su parada de monstruos y una novela de aventuras bastante clásica en un escenario de SF, tal vez así haya alguien mas que la pueda leer tranquilamente y discutir sobre ella desde una postura menos extremada, que en este caso ciertamente en Pedro Jorge que tiene amplia experiencia en este tipo de libros y le suelen gustar estas narraciones, me ha extrañado que no le guste, en otras personas menos formadas dentro del campo de la SF podría ser mas normal este rechazo.

Porque EDÉN puede ser convencional, lo es un poco y otras muchas cosas, pero aburrida...

© Antonio Rodriguez Babiloni, (Lista de #cienciaficcion) (412 palabras) Créditos