BILL, HÉROE GALÁCTICO
BILL, HÉROE GALÁCTICO Harry Harrison
Título original: Bill, the Galactic Hero
Año de publicación: 1965
Editorial: Ultramar
Colección: Ciencia-Ficción nº 115
Traducción: Luis Vigil
Edición: Marzo 1998
ISBN:
Precio: ---

Hay un tipo de ciencia-ficción fresquita y gamberra que tiene la virtud de entretenerme, hacerme reír y alejarme, por partida doble, de la realidad cotidiana y de los tochos trascendentes que algunos gurus de género se empeñan en redactar implacablemente volumen tras volumen.

Aunque es loable la intención de muchos creatochos de meter algo de sabiduría en la dura cabezota de los lectores de ciencia-ficción, no es menos cierto que pocos son lo bastante hábiles para salir con bien del trance, y sólo consiguen páginas y páginas de aburridos parlamentos de veinte duros, muy sesudos y sentidos, eso si, pero tan amenos como una guía telefónica.

Así que cuando cae en mis manos un librito como este, (¡Aberrante! ¡No llega a las doscientas páginas en letra gorda!) que me arregla el espíritu y vuelvo, de nuevo, a reconciliarme con el género.

En esencia, BILL, HÉROE GALÁCTICO es una parodia de al menos un par de conocidas novelas de no menos reputados autores, como son Heinlein y Asimov, y una tercera parte donde Harrison se ríe sin problemas de las cientos de relatos venusianos que forman parte casi indisoluble de la época pulp del género en los Estados Unidos.

Para empezar Bill, un sano muchachote natural de un planeta agrícola, es reclutado por las tropas Imperiales, por métodos más bien canallas, y facturado hacia un riguroso campo de instrucción, donde miles de reclutas están siendo preparados (aliño y adobo) como carne de cañon a mayor gloria del Imperio. Las escenas que siguen son la perfecta burla de TROPAS DEL ESPACIO, tanto la preparación militar de Bill, como sus aventuras espaciales se carcajean sin compasión de los héroes heinleinianos. Como en TROPAS DEL ESPACIO los motivos de la lucha contra los chingeres, los alienígenas de turno, son tan oscuros como desforados, la preparación militar es desternillante, y las batallas en las que participa Bill implacables para con todos los personajes que se atreven a deambular por los párrafos de la novela.

Una vez que Bill ha demostrado un heroísmo y sacrificio sin límites ante el enemigo (y, principalmente, sobrevivido a la batalla) es enviado a Helior para recibir, nada menos que de manos del Emperador, la más noble de todas las medallas, el Dardo Púrpura con la Nebulosa del Saco del Carbón (intuyo un juego de palabras perdido en la traducción) ¿Y que es Helior sino un alter-ego de Trantor? Pues si señor, como el mítico planeta asimoviano Helior es una ciudad que no deja ni un milímetro de su superficie al aire. Osea, que es una ciudad muy grande en la que sin El Plano (en mayúsculas, ineludiblemente) uno está perdido. Y claro, a Bill le roban el plano y se convierte automáticamente en paria, desertor, traidor, delator, técnico de basuras y no recuerdo cuantas cosas más en su periplo azaroso (de azar) por los corredores de la ciudad.

Hasta que la implacable maquinaria militar vuelve a dar con él y, tras un juicio sumario en la que se demuestra que con un buen abogado hasta Barba Azul es inocente, es llevado a una prisión militar para que purge sus descuidos, pero por una serie de cuestiones que no vienen al caso, se le traslada al planeta Veniola, un fétido charco de aguas podridas, donde deberá luchar contra el barro, la humedad y los venianos, a la sazón aliados de los chingers.

No seas perezoso, no pierdas el tiempo, búscate la librería de viejo más cercana y revuelve en el cajón de saldos. Si encuentra BILL, HÉROE GALÁCTICO te lo pasarás en grande.

© Francisco José Súñer Iglesias, (595 palabras) Créditos