MICHAELMAS
MICHAELMAS Algis Budrys
Título original: Michaelmas
Año de publicación: 1977
Editorial: Ultramar
Colección: Ciencia-Ficción 102
Traducción: Albert Solé
Edición: Mayo 1990
Páginas: 224
ISBN:
Precio: 5 EUR

De Algis Budrys sólo había leído ¿QUIEN? una paranoia extraña que me dejó bastante frío. Pues bien, MICHAELMAS no se aparta demasiado de esa línea, aunque en este caso la cuestión va de un superhombre con una supermáquina dedicados a decidir lo que es bueno y malo para la humanidad.

Lo que este par de personajes, el propio Michaelmas y la maquinita llamada Domino, deciden que es bueno para la humanidad es, en general, lo que más o menos todos consideramos bueno para la humanidad; que se acaben las guerras, que nadie pase hambre, que nadie se vea vejado ni oprimido, que la distribución de la riqueza sea razonable y que nadie acumule excesivo poder.

Hasta ahí de acuerdo con la bondad benedictina que Budrys asigna a sus protagonistas. Otra cosa es que alguien se pueda creer que el tal Michaelmas sea tan íntegro y tan buena persona como para no dejarse llevar por el pequeño dictador que todos llevamos dentro.

Además, por lo que cuenta Budrys sobre Michaelmas, tampoco parece muy creíble que haya sido capaz de construir a Domino, ingenio genial que controla todo lo que circule por las redes de voz o datos. Y sin embargo ahí está la máquina. Vigilante, siempre alerta, avisa a Michaelmas de las mínimas desviaciones que la humanidad intenta introducir por su cuenta en el excelso plan del protagonista. Si Michaelmas considera que la desviación es peligrosa mueve un par de hilillos aquí y allá, hasta que neutraliza al individuo que se ha tenido el atrevimiento de salirse del tiesto y todos tan contentos.

¿Cómo hace Michaelmas para ser tan poderoso? Es periodista el periodista más reputado del mundo, y como tal, endiabladamente bien informado y con unas relaciones estupendas. Si a eso le añadimos la portera electrónica que tiene por compañero de reparto, no es difícil adivinar que basta la divulgación casual de tal o cual trapito sucio para arruinar la más sólida de las reputaciones y, con ella, los malévolos planes que el bribón de turno tuviera en mente llevar a cabo.

Contraste curioso entre las personalidades públicas y privadas de Michaelmas. Como ya he dicho, en su oficio de periodista es el más respetado, el más admirado y el más escuchado del mundo mundial. Nadie sabe que es el Dueño del Mundo, y su virtuoso carácter le hace vivir, todo lo modestamente que le permiten los derechos de autor de sus artículos, en un apartamentito justo enfrente de Central Park.

MICHAELMAS, la novela, trata de uno de esos malvados planes para llevar al mundo a su perdición. La milagrosa reaparición en una clínica suiza (no es coña) de un astronauta que debería haberse evaporado en la explosión de su módulo hacen que Michaelmas y Domino, que ya casi piensa como su jefe, se despierten con la mosca detrás de la oreja. Empieza entonces un rosario de sutiles movimientos, imperceptibles maniobras, solapadas conspiraciones y tumultuosas entrevistas para finalmente...

Bueno, eso, el final, no lo cuento.

La novela, aunque sufre el paso de los años (¿a quien le importa ya la guerra fría?) es en si entretenida, se deja leer y llega un punto en el que cuesta dejarla, aunque sólo sea para enterarse de porqué tanta sutilidad, imperceptibilidad y solapamiento, por saber si los que parecen que son los malos lo son realmente y para averiguar que puñeta está pasando.

Pero el final resulta decepcionante. Budrys se saca de la chistera una respuesta penosa y previsible para todos los interrogantes y, francamente, no es el tipo de conclusión que me entusiasma.

No señor.

© Francisco José Súñer Iglesias, (593 palabras) Créditos