LÁSER
por José Carlos Canalda

De un tiempo a esta parte, una de las palabras que han traspasado con éxito las fronteras del ámbito científico para entrar a formar parte con todos los derechos del lenguaje común, es la expresión láser o rayo láser, que de ambas maneras se denomina a este fenómeno físico descubierto hace apenas treinta años y convertido hoy en una importante técnica industrial.

Asociados en su momento, y aún en parte hoy, con todo tipo de armas maravillosas que rozaban, cuando no rebasaban claramente, los límites de la ciencia-ficción, los láseres no sólo son hoy en día algo familiar sino que, además, se encuentran presentes en multitud de campos tecnológicos que van desde el bisturí láser de los oftalmólogos hasta los reproductores domésticos de discos compactos pasando por la parafernalia discotequera o por las plantas de montaje de numerosas industrias de alta tecnología.

Pero, ¿qué es un láser? (se preguntarán muchos de ustedes) ¿Un rayo mortal capaz de destruir aviones y misiles en pleno vuelo tal y como intenta hacer la tristemente famosa guerra de las galaxias? ¿Algo con lo que se puede operar de cataratas a un paciente sin necesidad de recurrir al bisturí? ¿Un sistema que permite reproducir música de una manera mucho más perfecta que con los discos convenciona-les? ¿Una técnica que va a permitir revolucionar el importante campo de las telecomunicaciones? Pues... Un poco de todo.

Pero empecemos por el principio. La palabra láser corresponde a las iniciales de la frase inglesa Amplificador de luz por emisión estimulada de radiación (Light Amplifier by Stimulated Emission of Radiation), definición precisa aunque no ciertamente profana de este fenómeno que, dicha en lenguaje llano, podría quedar en algo así como emisión ordenada de luz.

Y, ¿qué es esto? Recurramos a un ejemplo. Cualquiera de ustedes, sin duda, habrá jugado de noche con una linterna; y, si eran lo suficientemente pequeños, se asombrarían sin duda al comprobar lo grande que se hacía el círculo de luz proyectado sobre una pared lo suficientemente lejana, tanto mayor cuanto más grande fuera la distancia que les separaba de la misma aunque, eso sí, disminuyendo siempre la intensidad luminosa hasta llegar a un punto tal (que dependía, claro está, de la potencia de la linterna) en el que la luz era ya incapaz de alumbrar a todo aquello situado más allá del mismo.

Dicho con otras palabras: La luz procedente de un punto luminoso determinado se propaga en línea recta y en todas direcciones, lo que hace que ésta se disperse aumentando la zona iluminada y disminuyendo la intensidad conforme aumenta la distancia que la separa del foco; este fenómeno hace que cualquier sistema que utilice la luz como medio de propagación acabe por ser completamente inútil a partir de una distancia más o menos larga; lógicamente, cuanto mayor sea su potencia mayor será su alcance; pero, tarde o temprano, éste llegará obligatoriamente a su fin.

Alcanzado este punto, no resulta nada difícil plantearse la siguiente pregunta: ¿No se podría evitar esta dispersión consiguiéndose un foco luminoso cuya luz no se dispersara conservando, por lo tanto, toda su intensidad por muy largo que fuera su recorrido? Pues sí... Eso, precisamente eso, es lo que hace un láser.

Láser

Un láser, pues, no es más que un haz luminoso generado de tal forma que, al contrario de lo que ocurre con la luz ordinaria, se mantiene compacto durante todo su recorrido de manera que, al final de éste (que puede ser tan largo como la distancia de la Tierra a la Luna), su anchura es prácticamente la misma que la inicial mientras que con su intensidad, lógicamente, ocurre exactamente lo mismo.

La materialización práctica de este fenómeno no puede ser más reciente: El norteamericano Townes y los soviéticos Basov y Projorov, trabajando de forma independiente, consiguieron poner en funcionamiento, en 1953, los primeros máseres, sistemas análogos a los láseres pero que emitían ondas de radio en vez de luz visible como hacen estos últimos. Puesto que la diferencia entre las ondas de radio y la luz estriba sólo en sus distintas frecuencias de emisión, no habría que esperar mucho para que el primer láser propiamente dicho fuera una realidad: En el año 1959 los norteamericanos Maiman y Javan construían el láser de rubí, el primero de una larga lista que hoy utiliza no sólo la luz visible sino también la radiación infrarroja o la ultravioleta.

Como puede comprenderse, las posibilidades tecnológicas que plantea este descubrimiento científico son tan importantes como numerosas: Un láser puede hacer de microscópica aguja para leer los discos compactos lo mismo que sirve para establecer una comunicación óptica entre la lanzadera espacial y su base en la Tierra; y, si en vez de utilizar luz visible recurrimos a un láser infrarrojo (calor concentrado, en definitiva), dispondremos de algo capaz de quemar las cataratas atravesando limpiamente la córnea sin que ésta sufra el menor daño o, si se prefiere, tendremos un sistema capaz de soldar o perforar las más gruesas planchas metálicas... Todo ello sin olvidar que los láseres son ya parte imprescindible en numerosos campos de la investigación científica.

Pero, se preguntarán, ¿En qué consiste el truco? Recurramos de nuevo a un símil. En la luz normal, las partículas luminosas (fotones) son emitidas al azar por los átomos que componen el foco y parten de éste siguiendo un movimiento en línea recta pero desordenado y en todas las direcciones posibles; sería algo similar a lo que ocurre con los espectadores que abandonan el campo de fútbol una vez terminado el partido: Si bien toda la gente se aleja del estadio, lo hace en todas direcciones y, por lo tanto, se dispersa. Cuanto más nos alejemos, menos espectadores encontraremos puesto que éstos estarán más desperdigados; a partir de cierta distancia, lo más normal será que no tropecemos ya con ninguno.

Pasemos ahora al láser imaginando una unidad militar que desfila por una larga calle; la cohesión de la misma será al final similar a la que tenía al principio por largo que sea el acto, ya que los soldados, vigilados atentamente por los sargentos y, por supuesto, bajo pena de arresto, no habrán roto en ningún momento la formación inicial. Dicho con otras palabras más técnicas, en un láser los átomos del foco emiten fotones de una manera sincronizada de forma que se obtiene un haz luminoso compacto y perfectamente definido. Cómo se consigue esto es algo que se sale, por complicado, de los límites de este artículo; pero lo importante es que funciona y, por cierto, bastante bien.

© José Carlos Canalda, (1.087 palabras) Créditos