SIRIO
SIRIO Olaf Stapledon
Título original: Sirius
Año de publicación: 1954
Editorial: Ediciones Minotauro
Colección: -
Traducción: Floreal Mazía
Edición: julio de 1996
Páginas: 252
ISBN:
Precio: 7,20 EUR

La génesis de seres inhumanos, dotados de toda la inteligencia y sentimientos de sus creadores humanos, es una constante en la literatura y mitología universales. Desde los golems hasta los robots de Asimov, pasando por la petulancia de Miguel Ángel (se dice que sopló sobre su Moisés recién terminado diciéndole: Habla) una de las obsesiones del hombre es la de convertirse en dios y dar vida a la materia inanimada.

La cumbre máxima se alcanza con el FRANKENSTEIN de Marie Shelley, donde la autora definió con toda precisión lo que a partir de entonces sería la pauta de todas las obras donde la inteligencia crea inteligencia; la obsesión enfermiza del creador, la culminación del triunfo, casi siempre de una forma vagamente casual y soterradamente irrepetible, la toma de conciencia y afirmación de individualidad de la criatura recién creada, la rebelión de esa conciencia contra los caprichos del creador y, por último, el final dramático donde la conclusión moralizante viene a ser que el hombre no debe jugar a ser dios.

Antes y después de ella son muchos los ejemplos que abundan sobre el mismo tema, pero en ninguno queda tan perfectamente ilustrado como en EL NUEVO PROMETEO, pero en el siglo XX, el de la creación de un ser como el descrito, ya sea reciclando sabiamente las partes aprovechables de otros seres o simplemente partiendo de cero, se ve enriquecida por otra forma de ver las cosas. El envoltorio es lo de menos, en realidad de lo que se trata es de encontrar, o manipular, las fuentes de la inteligencia, de la conciencia en si misma, que en esencia es lo que hace al hombre cuestionarse su existencia.

Es entonces cuando la tecnología acude en ayuda de los sabios obsesivos o, simplemente, de las sociedades milimétricamente planificadas, y surgen obras como UN MUNDO FELIZ, donde se decide, dependiendo de las necesidades del momento, la producción de seres humanos sobresalientes, simplemente capaces, o decididamente subnormales.

En el otro extremo ético está FLORES PARA ALGERNON (CHARLIE, en su versión cinematográfica), en el que la ciencia saca del pozo de la estupidez a un peón retrasado que, convertido en un brillante científico, es capaz de predecir las consecuencias que tendrá el experimento realizado sobre él.

SIRIO se encuentra a mitad de camino de ambas novelas. Creado por medios similares a los que se usa en UN MUNDO FELIZ, el destino del protagonista es casi tan ineludible como el de Charlie. En este caso los problemas no surgen por el conflicto creador-creación, ni por el del despertar de una inteligencia donde antes no la había, sino por un detalle en apariencia trivial pero sobre el que Stapledon hacer girar toda la novela; Sirio es inteligente, inteligentemente humano, pero Sirio no deja de ser un perro. Un superperro, un superovejero, como se le llama a lo largo de toda la novela, pero perro, al fin y al cabo.

Y como perro, su forma de percibir el mundo es lo bastante distante de la humana que resulta inevitable que surjan conflictos cuando perro y humanos se ven compitiendo en el plano puramente intelectual. Para Sirio la música es una expresión estridente y cacofónica y los colores una entelequia incomprensible, mientras que los olores y sabores le describen el mundo y los sonidos se lo definen con toda precisión.

Como perro, la relación que tiene con el profesor Trelone, su amo y creador, es de sumisa subordinación, mientras que con el resto de la humanidad evoluciona desde la idealización hasta el desprecio más absoluto. Sirio es único, la serie de experimentos que han llevado a su génesis no ha sido capaz de producir otro como él, y su soledad es total, no hay otros entre sus congéneres que le ayuden a comprender el mundo, y él, perro supernormal, se encuentra rodeado de perros normales.

Entre los humanos apenas encuentra más muestras de afecto que los de la familia Trelone, con la que se ha criado y las del pastor con el que ha completado su entrenamiento de perro normal, pero fuera de esos círculos las reacciones van desde el apasionamiento científico hasta la más extrema repulsión. Y como perro, cuando los conflictos a los que se enfrenta el sobrepasan, el lobo que todo perro lleva en los genes sale a relucir en toda su crudeza.

Como ocurre con frecuencia con Ballard, la novela trasciende más allá de la ciencia-ficción pura. Stapledon, sirviéndose de la mirada ajena de Sirio, aprovecha para escribir un a modo de CARTAS MARRUECAS perrunas, y retrata la sociedad humana desde el universo de sensaciones y olores del perro, que nos describe, parodiando la nomenclatura usada por su creador, como supermonos.

Y es por eso, pese a los más de cuarenta años que tiene ya la novela, que ésta no ha perdido nada de fuerza y originalidad. Quizá los métodos usados por el profesor Trelone en sus experimentos provoquen alguna que otra sonrisa irónica, pero Stapledon es lo bastante hábil como para no basar la novela en ellos, sino en Sirio, su evolución de cachorro a persona adulta y todas las circunstancias que lo rodean.

Es, desde luego, una novela a tener muy en cuenta y de recomendable lectura.

Por cierto, a Stapledon no le gustaban nada los gatos. Pero nada de nada.

© Francisco José Súñer Iglesias, (881 palabras) Créditos