EL MAESTRO CANTOR
EL MAESTRO CANTOR Orson Scott Card
Título original: Songmaster
Año de Publicación: 1978
Editorial: Ediciones B
Colección: Vib nº 11/1
Traducción: Rafael Marín Trechera
Edición: abril de 1992
Páginas: 375
ISBN:
Precio: 4,20 EUR

A veces, un escritor tiene que escribir una novela... O, dicho de otra forma, hay historias que llenan páginas, y páginas que se llenan de historias. Este caso es el segundo EL MAESTRO CANTOR es una novela de ciento veinte mil palabras, de las cuales al menos la mitad son de propósito vacío. Card escribió una historia que es un cuento, pero un cuento es de contenido estrictamente conciso, y puesto que no puede llenar trescientas setenta páginas, lo rellenó y lo rellenó de digresiones psicológicas. Y las novelas son como los globos: cuanto más los hinchas, más transparentes son, más difusa es su sustancia. Y si están muy hinchados, cuando tratas de cogerlos con un poco de fuerza, se pinchan. En este caso, EL MAESTRO CANTOR es un globo que, al menos a mí, me explotó en la cara. Pero, vamos a justificar esto un poco. Empezaré como siempre por el argumento.

Ansset es uno de los niños sin padres adoptados por la Casa del Canto, un lugar en el que les enseñan a comunicarse y trasmitir emociones muy intensamente con cierta forma sutil de canto, y les inculcan el Control, una disciplina mediante la que encierran y canalizan sus propias emociones de forma que intensifiquen en vez de distorsionar la canción. Sin embargo, Ansset demuestra pronto su extraordinaria capacidad, y Esste, una Maestro Cantor, decide contra la costumbre esforzarse especialmente en su educación. No solo porque Ansset pueda convertirse en el mejor Pájaro Cantor que haya surgido de la Casa del Canto, si no porque Mikal, el emperador de la humanidad y todos sus mundos, ha solicitado los servicios de un Pájaro Cantor (pese a que es la Casa la que concede, no la que recibe solicitudes), y la Casa decidió concedérselo tan pronto como surgiera uno adecuado. De modo que Ansset se convierte en el Pájaro Cantor de Mikal. Sin embargo, la posición del emperador no es tan estable como pueda parecer, y a su alrededor se traman conspiraciones...

La historia sigue, pero en su confusión me veo incapaz de hilarla en un resumen. Mikal muere por la ley natural que rige el poder, es sustituido, Ansset se relaciona finalmente con una joven que no fue declarada apta en la Casa del Canto y se marchó a la Tierra, que se había relacionado con un joven homosexual, que se relacionará con Ansset, que se relaciona con el sucesor de Mikal, aunque una confusión convertirá esta relación en un drama extraño. A esto habría que añadir un cúmulo de hilachas inconexas que salen y entran de la historia, añadiendo páginas pero no contenido. Al final, la situación del gobierno de la humanidad se estabiliza y regresa a su cauce, con la única diferencia de que lo forman algunos de los protagonistas. En la última parte, un Ansset octogenario (sesenta años después del resto de la novela) regresará a la Casa del Canto para iniciar una especie de revolución hacia el realismo, aunque no queda claro para qué va a servir la revolución.

Ahora, el comentario. Lo primero que llama la atención es el protagonismo del niño superdotado, cuya capacidad le convierte en una alteración incontrolada de su entorno y le causa más dolor y consternación que felicidad. Es decir, ni más ni menos que un pre- Ender de EL JUEGO DE ENDER y secuelas. Nadie discute que un autor tenga clichés, pero algunos dan de sí menos que otros, y descubrir que el genial Ender es la reedición de un personaje recocinado quita de salida parte del disfrute potencial de la novela.

La primera idea es sugerente, la Casa del Canto y su extraña naturaleza; pese a que es el mismo fondo de EL JUEGO DE ENDER y su satélite de entrenamiento. A partir de ahí, la historia se disuelve. Card se extiende intensivamente en describir los estados psicológicos de los personajes, añadiendo diálogos, párrafos de prosa y escenas completas solo para trazarlos. Los estados psicológicos, según mi propio método, sirven para añadir comprensión a las acciones de los personajes; en este caso, Card, quita casi todas las acciones, y las llena con más estados psicológicos. De modo que, en realidad, ese es el argumento de la novela. O, mejor dicho, de esta compilación de estados. Y no es que se pueda decir tampoco que en resultas queda en un tratado de psicología, porque, al fin y al cabo, más parece obtenido de los estudios de Freud que de uno de sus tratados.

Cierto que algo de acción hay en la novela, pero queda tan separada que el lector se adormila entre un climax y otro. Para colmo, no tiene linealidad, un suceso no es consecuencia del anterior. Ah, los estados psicológicos sí son consecuencia de los anteriores; por eso digo que en realidad no existe el argumento. Al menos, es encomiable que Card trate con naturalidad y con notable modernidad el tema de la homosexualidad, al menos, aunque sea de forma colateral, y por supuesto sin punto de comparación con la sensibilidad de Le Guin en LA MANO IZQUIERDA DE LA OSCURIDAD.

Luego se podría hablar de lo defectuosamente que se introducen los personajes, de la indistinción de éstos (todos tienen un carácter similar), del final de deslavazada trascendencia; pero con lo dicho ya basta para no recomendar EL MAESTRO CANTOR. Card ha escrito cosas mejores, de modo que, puestos a elegir, mejor empezar por otra parte. La impresión general, básicamente, es que Card escribió la novela con la premisa en primer lugar de llenar páginas y páginas como fuese. ¡Y a fé que las llenó de cualquier manera!

Calificación:

Narrativa: 1, Argumento: 1, Originalidad: 2, Global: 1

© Francisco Ontanaya,
(941 palabras) Créditos Créditos

Después del dislate de ENDER EL XENOCIDA empecé la lectura de esta novela de Orson Scott Card con más precauciones de las que normalmente pongo en la lectura. Resumiendo; no estaba dispuesto a pasarle ni una.

Pero en este caso tener la guardia alta sí que era un disparate, y finalmente acabé dejándome llevar por la lectura y me sumergí en las emociones y vivencias de, esta vez si, los personajes de la novela sin exigir más de lo que se me daba. Que era mucho.

MAESTRO CANTOR es otra obra centrada en uno de los temas favoritos de Orson Scott Card; la rígida y estricta educación de niños superdotados, su duro enfrentamiento con el mundo una vez acabada esa formación y, por último, la llegada a la madurez.

Por fortuna para todos, en esta ocasión Orson Scott Card prefiere contar todo ello de una sola vez, sin extenderse en aburridas continuaciones y resumiendo la vida de Ansset en cinco etapas que van desde la rígida educación a la que ya nos tiene acostumbrados a someter a sus tiernos protagonistas a la vejez sabia y reflexiva a la que por lo visto deben llegar estos pequeños superdotados una vez quemadas las etapas, también prototípicas, de las intrigas, el poder y la caída más o menos voluntaria.

Otra virtud de MAESTRO CANTOR es que el lector se engancha al libro, y aunque el desarrollo argumental es muy irregular, eso no hace caer el interés en ningún momento, y se sigue la turbulenta vida Ansset con verdadero interés.

Esto que digo no me hace incondicional de Orson Scott Card. De no ser por el interés intrínseco de la historia que cuenta el libro me hubiera resultado en ocasiones empalagoso, y aunque se define a Orson Scott Card como un buen retratista de las emociones humanas, más bien lo que hace es recargar las escenas donde esas emociones surgen a la luz, y muchas veces el efecto es más cargante que propiamente emocionante.

Otra cuestión respecto a MAESTRO CANTOR es que da la impresión de tratarse de una novela construida a base de fundir narraciones y en muchas ocasiones, aunque no existen incoherencias arguméntales, la historia parece dispersarse y volver a tomar la línea principal de una forma algo forzada. En cualquier caso esto no creo que deba tomarse más que como un defecto de juventud; al fin y al cabo MAESTRO CANTOR es la primera novela de Orson Scott Card y un claro anticipo de lo que sería después EL JUEGO DE ENDER (a su vez basada en el relato homónimo)

© Francisco José Súñer Iglesias, (429 palabras) Créditos Créditos