EL XENOCIDA Y LA CRÍTICA
por Carlos Salinas
Ender el xenocida

A raíz de la crítica de Francisco José Suñer que publicamos en este número de CASI NADA, se me han ocurrido algunas reflexiones que quisiera compartir con el citado Francisco y con nuestros lectores.

Antes que entrar en materia propiamente dicha, tengo que aclarar que leí el libro comentado (ENDER EL XENOCIDA) y que me gustó mucho. Más aún, lamenté que terminara y tuviera que esperar un tiempo incalculable (la palabra es precisa, ya que en las sagas de O. S. Card nunca se sabe cuando apareceran las continuaciones) para seguir leyéndolo.

Evidentemente hay una fuerte contradicción entre mi valoración y la de F. J. Suñer. Ambos leímos el libro... y aquí acaban las coincidencias. ¿Cómo puede orientarse el lector? Obviamente leyendo el libro y tomando partido. Esta sería mi sugerencia. Pero sería una sugerencia con trampa ya que al seguirla si bien no se comparte mi opinión por lo menos se le asigna un carácter de atendible. Compárese con la sugerencia que proviene del otro lado, de Francisco: no gaste dinero inútilmente, no lo compre.

En otras palabras. Lógicamente resulta que comprar el libro ya es tomar partido. Si no es desechar la primera crítica, es por lo menos, darle un carácter poco creíble (ya que si el crítico nos mereciera totalmente fe, ni siquiera pensaríamos en abordar este gasto para resolver, por nuestra cuenta, la cuestión).

Esto me lleva al nudo de mi preocupación. ¿Hasta donde debe llegar uno como crítico?

Muchas creadores han hecho befa de sus críticos considerándolos una subespecie humana, muy similar a los asnos y a los monos. Yo comparto algo de ese rechazo (lo que me coloca, cuando comento un libro, en una situación un poco esquizofrénica) ¿Cómo no compartir el fastidio que puede experimentar un creador cuando meses (o años) de esfuerzo y desesperación por plasmar una obra son tirados a la basura con simplemente una frase de su crítico? Hay tal asimetría entre el trabajo creador y el comentario con que posteriormente es recibido... que clama al cielo la injusticia de los omnipotentes críticos.

Sin embargo hay una justificación. Ni todos los creadores son buenos, por el simple hecho de serlo; ni todo el mundo es especialista para poder juzgar la calidad de cualquier obra que se presente a la valoración pública. Los críticos son necesarios; y si se los eliminara para hacer justicia... habría que volver a inventarlos.

¿Estamos como al principio? Pues no. Porque el camino recorrido puede darnos algunas ideas para tener en cuenta:

1. Toda crítica es subjetiva... y falible, muy falible

Existen tantos ejemplos históricos de como se han maltratado obras de toda clase, que luego fueron aclamadas... que deberíamos relativizar cualquier juicio de valor. Aunque el crítico, llevado por su pasión, no lo haga.

Toda crítica es, antes que nada, un estudio biográfico del comentarista. Cada uno pone en los comentarios todo lo que tiene, y muestra... todo lo que no tiene. Se hace siempre, inevitablemente. Aquel bromista que dijo: yo nunca leo los libros que critico... así impido que me influencien, decía en la broma una gran verdad. Uno siempre habla de si mismo, aunque se valore El Pensador de Rodin. Ergo, el consumidor de una crítica, no importa la fama y prestigio del comentarista, debe tener en cuenta que es la expresión de los gustos, las fobias, la ignorancia y los prejuicios del crítico.

2. Difícilmente existe una crítica que no aporte algo

Como opinión, y como opinión especializada (supuestamente, en algunos casos) siempre representa una valoración de experto. Entendiendo esta última palabra en un sentido muy general (por eso va entrecomillada): aquel que frecuenta habitualmente un género de acontecimientos, situaciones o cosas. Por esa misma familiaridad hay cosas que no se escapan a la mirada. No siempre se acierta, pero es muy difícil no-acertar en todo.

3. La crítica es una guía. Muestra, indica... pero no debe clausurar

Esta tercera afirmación se deriva de las anteriores. Y no merece mayor explicación sino queremos repetir lo dicho con otras palabras.

Volviendo a ENDER EL XENOCIDA creo que tiene excelentes descripciones y cierto sentido del humor por característico del autor. Sin embargo, sobre todo al final, se saca de la manga tales invenciones que, para decirlo suavemente, generan cierta confusión en el lector. Uno acepta muchas cosas cuando lee una novela; de la misma manera que cuando se mira y se escucha una opera se aceptan, también, ciertos convencionalismos. Incluso pueden aparecer caballos y otros mámíferos vivientes en escena; lo que no resulta tan previsible es que, como parte de la obra, se mencionen hechos contemporáneos y se los juzgue criticamente.

Dicho con otras palabras, cuando una va a la opera no va a un mitin político (incluso si la obra es contemporánea). Bien, un lector de c-f tiene tambien sus convenciones. Muchas veces inconscientes, pero no por eso menos actuantes. Orson S. Card se da el lujo de jugar con ellas a los bolos. Y esto es algo no bien recibido.

Aquí una precisión, una cosa es una obra de ciencia-ficción y otra, muy distinta, es un libro de fantasía. En la primera clase está muy mal vista la aparición de gnomos y hadas; en la segunda, no hay objeción. Card, a veces, pareciera que juega a mezclar los géneros. Esto es válido... pero puede no gustar.

Por último uno se habitúa a cierto estilo, y Card no respeta nuestras expectativas. Pasa del humor a la tragedia, y de la pura imaginación a la cercana verosimilitud en un periquete. Sin avisar, siquiera. Estos juegos de prestidigitación pueden arruinar cualquier reputación. De todas maneras una cosa es segura: con Card nunca me aburro... y esto no lo puedo decir de muchos otros autores.

© Carlos Salinas, (922 palabras) Créditos