
El chico frenó su carrera, apoyó las manos en las rodillas y señaló a su espalda con un gesto de la cabeza.
—¡Soldados! —dijo entre jadeos— ¡Vienen hacia aquí!
El hombre observó la vereda que se perdía entre los árboles y miró al cielo cargado de nieve. Vio el humo que escapaba de su chimenea y masculló una maldición.
—Ve al bosque —le dijo al chico— y no salgas hasta que yo te lo diga.
El chico no se movió. Con nueve años cumplidos y un cuchillo afilado colgando del cinturón no veía la necesidad de esconderse de nada ni de nadie.
—¡Muévete! —gritó el hombre.
El chico bajó la vista y retrocedió por el claro con pasos cortos y reticentes hasta perderse en la espesura.
—Y no salgas hasta que yo te llame —insistió el hombre—. Pase lo que pase.
Eran diez, macilentos y cansados, vestidos con cota de malla, sin escudos de armas ni divisas. Les acompañaba un adivino con el rostro oculto bajo la capucha de su hábito gris negro. Mercenarios, bandidos o ambas cosas, pensó el hombre.
—Bienvenidos a mi humilde hogar, nobles señores —dijo con las manos por delante, sujetando su gorro de piel, y la mirada baja.
El adivino soltó una risita aguda y el jefe del grupo sonrió exhibiendo una dentadura blanca y perfecta, un pegote reluciente en medio de su cara angulosa y sucia.
—Nobles señores —repitió—. Sabes reconocer a las personas sin que te engañen las apariencias, ¿eh? Eres un tipo listo.
El hombre permaneció con la cabeza baja, en silencio. El capitán de los mercenarios asintió despacio un par de veces y miró a su alrededor, a la cabaña de troncos, al cobertizo donde se amontonaban algunos haces de leña y al corral de estacas donde pastaba una vieja cabra.
—¿Vives aquí solo? —preguntó.
—Mi mujer murió de fiebres el invierno pasado. No tuvimos hijos —respondió el leñador sin apartar los ojos del suelo.
—No me extraña que muriera si la obligaste a vivir en un agujero como este —replicó el mercenario torciendo la boca—, pero mis hombres y yo necesitamos un lugar donde pasar la noche y no parece que haya nada mejor por aquí cerca.
El adivino volvió a reír. El leñador se irguió lo justo para no parecer desafiante y señaló la cabaña.
—Mi casa es vuestra, mi señor —dijo—. Puedo ofreceros unas buenas gachas.
—¿Buenas gachas? —el capitán enarcó una ceja, sus hombres rieron y cerraron un círculo con sus monturas en torno al leñador que echó una ojeada al bosque antes de dar un paso atrás y buscar el cuchillo que escondía dentro del gorro. El adivino volvió a soltar su risita y el capitán desenvainó la espada. Todo fue muy rápido.
—¿Desde cuándo son buenas las gachas? —dijo cuando volvió a envainarla.
El chico lo vio todo. Vio al soldado desenvainar una espada larga y ancha con la velocidad del diablo. Vio la cabeza de su padre rodar por el barro. Vio cómo pateaban su cuerpo y lo arrastraban hasta el borde del claro. Vio arder el cobertizo y a los mercenarios celebrarlo comiendo y bebiendo, igual que si hubiesen conquistado una ciudad. Los vio extender sus mantas y tumbarse a dormir la borrachera. Vio al capitán y al adivino entrar en la cabaña, a un centinela situarse junto a la puerta y a otro cerca de la hoguera. Vio a las llamas menguar hasta extinguirse. Entonces desenvainó el cuchillo y se arrastró despacio, pequeño e invisible en medio de la noche.
El primer centinela no tardó en dormitar de pie, apoyado en su lanza. El segundo, menos hábil, lo hizo sentado en un tocón y recostado contra la pared. Ninguno oyó ni vio al chico deslizarse hasta la puerta, entreabrirla, escuchar unos segundos y colarse en la casa como un hurón en la madriguera del conejo. Dentro el capitán roncaba, tumbado boca arriba, en el único camastro disponible y el adivino era un bulto informe acurrucado en un rincón entre sombras que danzaban al compás del fuego.
El chico no dudó, dio tres pasos rápidos hacia el camastro, alzó el cuchillo y buscó la garganta del hombre que había asesinado a su padre.
No llegó a rozarle.
El mercenario abrió los ojos, desvió el arma con la mano izquierda, aferró el cuello del chico con la derecha, se puso en pie alzándolo en el aire sin ningún esfuerzo y observó a su captura con la curiosidad de una hiena.
—Tenías razón, como siempre —dijo. El adivino respondió desde la oscuridad con una de aquellas risitas que surgían del interior de su capucha sin que la tela negra y tupida dejase ver nada de lo que había debajo—. Esconde la cara porque es feo hasta hacer daño —añadió el mercenario— pero no falla una. Me advirtió de que vendrías esta noche a por mí y aquí estás.
El muchacho arañó, pataleó y boqueó buscando aire con rabia; el mercenario no se inmutó; le apretó el cuello despacio, muy despacio, mirándole a los ojos hasta que la rabia se extinguió en la inconsciencia.
Acamparon en otro claro de otro bosque, en un valle encajonado entre montañas, camino del mar. Encendieron una hoguera y cenaron en silencio, hambrientos y cansados.
Atado a un árbol, sin que nadie le vigilara, Jonás los observó con desprecio, buscó una piedra y comenzó a raspar las ligaduras de sus muñecas.
El adivino le vio y soltó una de sus risitas. El capitán no necesitó más. Se puso en pie, desenvainó la espada y se plantó ante Jonás con el arma en la mano.
—Un hombre debe asumir lo que es o arrastrarse como un gusano toda su vida —dijo exhibiendo aquellos dientes inmaculados que parecían repeler la suciedad—. ¿Qué vas a hacer tú, chico?
Le liberó los pies y las manos con un par de cortes rápidos y retrocedió un paso. Jonás agarró la piedra con la que había estado intentando liberarse y arremetió contra él ciego de cólera.
Aquel día recibió su primera paliza.
La segunda fue en el puerto, mientras esperaban un barco que se atreviera a cruzar al otro lado del mundo durante el invierno. Haciendo tiempo en un rincón apartado del muelle, a salvo de la curiosidad de los marineros ociosos, los mendigos, los ladrones y las prostitutas.
—¿Aún quieres matarme? —le preguntó el capitán luciendo su sonrisa amplia y blanca—. Sí, por supuesto que sí, lo veo en tus ojos.
El resultado fue el mismo.
Durante la travesía le soltaron las manos y solo le vigilaban de cerca cuando tocaban tierra. Las palizas se convirtieron en algo parecido a entrenamientos con golpes, y una tarde un veterano con la cara cruzada de cicatrices se acercó a Jonás para ayudarle a levantarse.
—Resiste, chico. Aprende de sus mañas y un día le tumbarás —le murmuró al oído, y en algún lugar a su derecha se escuchó la risa aguda y chirriante del adivino.
Y Jonás resistió. No tanto por el consejo como por la fugaz sensación de tener un aliado y un futuro, algo de lo que no fue del todo consciente ese día, pero que caló poco a poco en su ánimo con cada nueva pelea y cada nuevo gesto de camaradería.
Pasó de prisionero a chico para todo mientras aprendía a devolver golpe por golpe y tajo por tajo, hasta la tarde en que el capitán soltó una estruendosa carcajada desde el suelo y le tendió una mano chorreando sangre por la nariz. Jonás dudó, pero al final le ayudó a levantarse y todo el grupo le vitoreó.
Después bebieron, cantaron y se emborracharon juntos y juntos cayeron de espaldas poco antes del amanecer acompañados por las chirriantes risitas del adivino. Cuando, tras más de un año de travesía, desembarcaron en el otro lado del mundo, la idea de abandonar el grupo no pasó en ningún momento por su cabeza.
Era una tierra extraña y como cualquier otra, llena de oportunidades para una banda de buenos mercenarios. También de malos. Nobles, príncipes, reyes y emperadores siempre andaban necesitados de sus servicios, sin olvidar a ricos mercaderes, líderes religiosos exaltados y campesinos hartos de miseria. La compañía prosperó.
Jonás cruzó entre los batientes astillados encabezando la carga. Matar se le daba bien, era rápido, era fuerte y era listo, tenía un don. Desvió la estocada de un guardia negro con la daga, atravesó a otro con la espada, dio un paso lateral para esquivar la acometida de un tercero. El capitán saltó a su lado y remató al cuarto con una daga que apareció en su mano como surgida de la nada. Ningún otro guardia defendía la puerta.
—¡Fíjate bien, chico! —dijo señalando la ciudad indefensa con mirada ávida—. Su destino era inevitable y nosotros sabremos aprovecharlo. ¡Sin piedad! —gritó a la turba de hombres armados que se amontonaban ante la puerta conquistada.
—¡Sin piedad! —repitió Jonás.
Redujeron los palacios a escombros y las casas a cenizas. Mataron a los hombres, violaron a las mujeres y esclavizaron a todos los que encontraron vivos después.
Fue su primera batalla; la siguieron muchas más en las que aprendió el oficio y las mañas del capitán. También vio cómo su soberbia y su estupidez les arrastraban desde lo más alto al sucio barro, pasando por todos los estados intermedios, sin dejar de repetir su coletilla ni dejar de prestar oídos a las predicciones del adivino y a su irritante risa.
Jonás procuró no olvidarlo y cuando años después se vieron obligados a cruzar el mar en sentido contrario para salvar la vida, ya era el segundo al mando.
—Aquella sí que fue una batalla como no se ha conocido otra desde el mar de la tarde hasta el extremo del mundo. Muertos, miles de muertos, montañas de muertos. En las colinas, en los ríos y en los valles. El más alto noble y el más bajo de los villanos unidos en el mismo montón de carne putrefacta por cuenta de la flaca. La mala puta nos buscó aquella tarde en cada palmo de terreno, pero escapamos de ella dándole de comer hasta que se hartó, ja, ja, ja. Y al día siguiente le tocó a la ciudad dorada. Aguantaron una semana. Entre una cosa y la otra el chico y yo enviamos al infierno a más de quinientos desgraciados. Que me maldigan todos los dioses si miento.
Jonás estaba lejos de ser un chico, casi tanto como de los tiempos que rememoraba el capitán. Eran ya muchos años aguantando la misma cantinela, las mismas batallas, la misma jactancia y la misma crueldad.
Demasiados años.
Levantó la vista del vaso casi lleno de un vino asqueroso y la clavó en el rostro enrojecido del viejo mercenario.
—Mientes —dijo.
El capitán detuvo su mano a medio camino de la boca, sujetando su copa en el aire, le devolvió la mirada por encima del borde y dejó pasar unos segundos, como si calibrase algún tipo de simetría. Después apuró la bebida de un trago y desplegó su espléndida dentadura, que continuaba blanca y perfecta, a pesar de los años y a pesar del tinto espeso y agrio que llevaba tragando desde el mediodía.
—Vale, vale, puede que solo fueran cuatrocientos. Ja, ja, ja. ¿Qué más da? —dijo—, estos camaradas llevan pocos meses con nosotros y merecen saber a qué ilustre compañía se han unido. Aunque no estemos pasando por nuestro mejor momento.
—No. No es nuestro mejor momento —confirmó Jonás sin apartar los ojos del capitán—. Y tengo muy claro quién ha sido el responsable de este y de todos los demás jodidos momentos por los que hemos pasado.
El capitán rellenó su copa y la dejó sobre la mesa, manteniendo el duelo de miradas.
—El destino es una rueda y pronto volveremos a estar arriba. Ya lo sabes, chico. Nunca se equivoca.
La risa chirriante del adivino surgió desde las sombras del rincón más alejado de la chimenea y atravesó la sala espantando a los últimos parroquianos y al posadero, que repuso las jarras vacías y desapareció en la cocina dejando solos a los once mercenarios.
—Él nunca se equivoca y tú nunca dejas de conspirar, traicionar y sacar la polla a pasear por los jardines de otros sin que sus avisos sirvan de nada.
—Sacar la polla a pasear. ¡Qué sutileza! —el capitán alzó la copa en un brindis silencioso y se giró hacia los nueve hombres que observaban sin saber muy bien qué esperar—. Nada hay más triste para un hombre que el desprecio de un hijo.
—No soy tu hijo —dijo Jonás apretando con fuerza el vaso con la mano derecha.
—Ah, ¿no? ¿Y quién te convirtió en lo que eres? Nunca olvides hasta dónde llegaste gracias a mí. ¡Comandante de la guardia personal del mismísimo hijo del Sol! ¡Maldito campesino desagradecido! Debí haberte cortado la cabeza y dejar que te pudrieses junto al idiota con el que vivías. ¿Os apetecen unas buenas gachas? —El capitán simuló un balbuceo exagerado, los hombres se rieron y Jonás le lanzó el vaso a la cara.
En dos movimientos, Jonás empujó la banqueta hacia atrás, desenvainó la espada y lanzó un tajo a donde ya no estaba nadie. El capitán había esquivado el vaso inclinándose a la izquierda y esperaba a Jonás, con sus armas en la mano y la sonrisa perfecta en la boca. Sin rastro de borrachera. Jonás no dudó, saltó sobre la mesa y atacó desde arriba aprovechando su posición. El capitán detuvo el golpe, que habría derribado a dos hombres, sin esfuerzo ni inmutarse, y buscó con su daga el muslo derecho de Jonás. Jonás lo evitó por poco dando un paso atrás y volvió al ataque con otro tajo desde arriba el doble de fuerte. El capitán lo esperaba y se echó a un lado. El golpe al vacío desequilibró a Jonás, que perdió pie resbalando sobre el tablero pulido por el roce de miles de manos y la grasa de años, y cayó al suelo. Intentó rodar sobre sí mismo y ponerse en pie. Una patada del capitán lo impidió dejándole desarmado y tendido de espaldas, con una bota sobre el pecho, una punta de acero afilado pegada a la garganta, una doble fila de dientes blanquísimos un poco más arriba y unos ojos burlones por encima de todo.
—Lo siento, chico, la rueda ha completado su giro y me temo que no hay sitio para ti en este nuevo ciclo. Ya sabes, nunca se equivoca.
El adivino soltó su risita y Jonás pensó que el viejo cabrón no era tan viejo pero sí muy cabrón. Siempre había sido una caja de trampas y un charlatán y él llevaba tiempo preparado para ambas cosas.
El puñal, fino y aguzado, se ajustaba a la parte interior del antebrazo con correas de cuero y un doble giro de muñeca liberaba el resorte que impulsaba el arma hasta la mano. El mecanismo era obra de un artesano de la ciudad dorada, en el otro extremo del mundo, y funcionó a la perfección.
Jonás buscó la ingle del capitán y empujó hacia arriba hasta que su brazo no dio más. El capitán gritó de dolor y de sorpresa, observó la sangre que chorreaba desde su entrepierna con los ojos muy abiertos y miró al rincón del adivino como pidiéndole explicaciones. Jonás aprovechó para zafarse, recoger su daga, ponerse en pie y rajarle la garganta con un movimiento de barrido.
—Hablas demasiado —dijo. El capitán dejó caer el arma, se llevó las manos a la garganta en un intento inútil de parar la hemorragia—. Él nunca se equivoca, pero tú sí. Deberías haber preguntado por tu futuro, no por el de tu compañía.
El adivino volvió a reír. El capitán balbució algo entre escupitajos de sangre, cayó de rodillas aún con las manos en la garganta, miró a Jonás y se desplomó hacia adelante. Muerto. Jonás se volvió hacia los nueve hombres que observaban la escena en completo silencio.
—Me consideraré ascendido a capitán —dijo sin que nada parecido a una sonrisa asomase por su cara—. ¿Alguien se opone?
Nadie lo hizo.
Llegaron al claro donde se alzaba la pequeña cabaña de troncos con chimenea de piedra al atardecer; un hombre alto y delgado, con aspecto de campesino, salió a recibirles y se detuvo con la cabeza gacha sujetando un gorro de piel con las manos por delante.
—Bienvenidos a mi humilde hogar, nobles señores.
El adivino soltó una risita aguda y Jonás sonrió. Su dentadura, sin ser tan blanca y reluciente como la del viejo capitán, estaba bastante entera y bien alineada.
—Nobles señores —repitió—. Sabes reconocer a las personas sin que te engañen las apariencias, ¿eh? Eres un tipo listo.
El hombre permaneció con la cabeza baja, en silencio. Jonás asintió despacio un par de veces y miró a su alrededor. A la cabaña de troncos, al cobertizo donde se amontonaban algunos haces de leña y al corral de estacas que guardaba una vieja cabra negra y flaca.
—¿Vives aquí solo? —preguntó.
—Mi mujer murió de fiebres el invierno pasado. No tuvimos hijos —respondió el leñador sin apartar los ojos del suelo.
—No me extraña que muriera si la obligaste a vivir en un agujero como este —replicó Jonás torciendo la boca—, pero mis hombres y yo necesitamos un lugar donde pasar la noche y no parece que haya nada mejor por aquí cerca.
El adivino volvió a reír. El leñador se irguió lo justo para no parecer desafiante y señaló la cabaña.
—Mi casa es vuestra, mi señor —dijo—. Puedo ofreceros queso y unas buenas gachas.
—¿Buenas gachas? —Jonás enarcó una ceja, sus hombres rieron y cerraron un círculo con sus monturas en torno al campesino.
El leñador echó una ojeada rápida al bosque antes de dar un paso atrás y buscar el cuchillo que escondía dentro del gorro. El adivino volvió a soltar su risita. Jonás desenvainó la espada. Todo fue muy rápido.
—Nunca he soportado esa estúpida risa —dijo cuando volvió a envainarla—. A partir de ahora viviremos de sorpresa en sorpresa.
La cabeza del adivino rodó por el suelo hasta quedar boca arriba en medio de la hierba pisoteada. Pálida y sin pelo, congelada en un rictus que parecía de asombro por no haber previsto lo que se le venía encima, si mirabas a los ojos grises casi blancos y muy abiertos, o de aceptación resignada ante los designios implacables del destino si te fijabas en la expresión plácida de la boca.
Oscuro y retorcido hasta el final, pensó Jonás.
—Quitad esa cosa de mi vista y preparad el campamento, pasaremos la noche aquí —dijo a sus hombres— y tú —añadió volviéndose hacia el leñador— puedes ir cocinando esas gachas aunque espero que además tengas cerveza para pasarlas.
—Por supuesto, mi señor.
—Y dile a tu hijo que venga a ayudarte.
El leñador se quedó paralizado en mitad de una leve reverencia y volvió a levantar la cabeza con mucha lentitud.
—¿Mi hijo? Yo no tengo ningún...
—Hoy el destino ha jugado a tu favor. Aprovéchalo —Jonás se giró hacia el lindero del bosque, a su derecha, donde los arbustos y un tronco caído proporcionaban un magnífico escondite—. ¡Ya puedes salir, chico! —gritó—. ¡No tienes nada que temer!
El leñador abrió la boca para decir algo, pero el chico no le dio tiempo. Asomó entre el ramaje, observó al mercenario durante unos segundos y comenzó a caminar muy tranquilo hacia el centro del claro.