Sinopsis
Con el apoyo del gobernador Hopper y del magnate Jim Taylor, jefe en las sombras del partido, el ingenuo idealista Jefferson Smith es nombrado senador por su Estado, para reemplazar a otro que ha muerto mientras ejercía sus funciones. El joven es designado por iniciativa de Hopper, que asegura a Taylor que es perfecto para el cargo, pues se trata de un patriota iluso que lo desconoce todo de la política, por lo que, presumiblemente, puede ser manipulado con gran facilidad. La idea es que Smith, ya como senador, vote afirmativamente para que el Senado apruebe un proyecto innecesario que beneficiará económicamente a Taylor y la camarilla política que controla el Estado, en la que figura Joseph Paine, a quien Smith idolatra porque fue amigo de su padre. La primera entrevista que la prensa le hace a Smith, en la que se burla descaradamente de su papel de marioneta política sin que en un primer momento el honesto muchacho se percate de ello, parece confirmar que, como piensa Hopper, es un pobre estúpido. Pero las cosas comienzan a complicarse cuando, a instancias de Paine, que quiere mantenerlo distraído para que no se entere de lo que prepara Taylor, Smith se decide a impulsar su propio proyecto: quiere crear un gran campamento juvenil. El problema es que los terrenos que propone para construirlo son los mismos con los que esperan especular Taylor y sus secuaces. Jefferson se entera de todo gracias a Clarissa Saunders, la ayudante de Paine, que se ha enamorado de él y no soporta presenciar cómo la maquinaria política se aprovecha de su honestidad. Al principio Smith, abatido, está dispuesto a renunciar a todo. Saunders le convence para que luche por aquello en lo que cree, y de paso destape los turbios manejos de Taylor y quienes le apoyan.
Para Montse y Ana.

La carrera cinematográfica de Frank Capra (1897-1991) sólo puede definirse como meteórica. Las tres mejores películas del cómico del mudo Harry Langdon, EL HOMBRE CAÑÓN (THE STRONG MAN, 1925), UN SPORTMAN DE OCASIÓN (TRAMP, TRAMP, TRAMP, 1926) y SUS PRIMEROS PANTALONES (LONG PANTS, 1927) fueron dirigidas por él. Por esa época conoció a Harry Cohn, propietario de los Estudios Columbia, que le contrató de inmediato.
Capra empezó en la modesta Columbia con películas que él mismo escribía, rodaba y montaba en apenas un mes. Eran títulos del montón, entretenidos, pero sin demasiada relevancia. Todo cambió cuando Cohn, en profundo desacuerdo con el modo de trabajar de Irwing Willat, decidió relevarle de sus funciones como director de un drama que estaba produciendo, poniendo en su lugar a Capra. SUBMARINO (SUBMARINE, 1928) fue el primer gran éxito de Columbia, de modo que, a partir de ese momento, Frank Capra pasó a ser el director estrella del Estudio.
Las películas más notables de Capra, las que le dieron fama universal y le convirtieron en uno de los grandes del cine clásico, fueron una serie de originalísimas comedias sociales, la mayoría de ellas realizadas en colaboración con el guionista Robert Riskin. Se trataba de una especie de modernos cuentos de hadas, en los que el héroe, siempre un hombre independiente y honrado a carta cabal, conseguía, gracias a sus firmes convicciones y al apoyo de un grupo de personas decentes, que el bien triunfara sobre el mal. Este tipo de películas, en las que sencillos y anónimos ciudadanos se enfrentan con éxito al sistema y sus instituciones, disfrutaron de enorme popularidad en el contexto sociopolítico de los Estados Unidos de aquel momento, que todavía sufría las consecuencias de la Gran Depresión. En general, salvo algunas escasas excepciones, el cine de Capra se caracterizaba por su optimismo. No importaba lo ardua, compleja e incluso desesperada lucha que debieran afrontar los protagonistas de sus films; al final todo acababa bien. Sus películas, además de entretener, transmitían ideas y valores que el público asumía como propios y con los que se identificaba, como el amor al prójimo y la convicción de que la honestidad y la honradez eran más poderosas que la maldad y la corrupción.
Películas como LA LOCURA DEL DÓLAR (AMERICAN MADNESS, 1932), DAMA POR UN DÍA (LADY FOR A DAY, 1933), ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL (BROADWAY BILL, 1934), SUCEDIÓ UNA NOCHE (IT HAPPENED ONE NIGHT, 1934) EL SECRETO DE VIVIR (MR. DEEDS GOES TO TOWN, 1936) y VIVE COMO QUIERAS (YOU CAN´T TAKE IT WITH YOU, 1938) le convirtieron en el realizador más importante y taquillero de Hollywood en la década de los 30, sólo superado por King Vidor. Otras cintas suyas, como LA AMARGURA DEL GENERAL YEN (THE BITTER TEA OF GENERAL YEN, 1932) u HORIZONTES PERDIDOS (LOST HORIZON, 1937) no acabaron de funcionar en taquilla como Capra esperaba, pero hoy están consideradas entre las mejores de su notable filmografía.
En 1939, mientras los cielos de Europa y Asia se oscurecían con la sombra de la guerra inminente, Frank Capra empezó a trabajar en la preproducción de la que sería su última película en el seno de Columbia. Cohn había adquirido recientemente los derechos de EL CABALLERO DE MONTANA, de Lewis R. Foster, con la idea de adaptar la obra a la pantalla bajo la dirección de Rouben Mamoulian y con protagonismo de Ralph Bellamy. Al mostrar Capra interés por el proyecto, Cohn lo puso en sus manos, convencido de que podría sacarle mucho más partido a la historia que Mamoulian. A este no le hizo ninguna gracia verse relegado en favor de Capra. Para compensarle, Cohn le asignó la dirección de SUEÑO DORADO (GOLDEN BOY, 1939), protagonizada por William Holden, Barbara Stanwyck, Adolphe Menjou y Lee J. Cobb, drama deportivo centrado en un joven violinista que se mete a boxeador sólo para conseguir algo de dinero y que, sin darse cuenta, se va alejando del sueño de su vida: convertirse en un gran concertista de violín. Esta cinta significaría el debut del atractivo Holden en la gran pantalla.
EL SECRETO DE VIVIR había obtenido un enorme éxito de público y crítica, de modo que Cohn quería convertir la obra de Foster en una continuación del film protagonizado por Gary Cooper como Longfellow Deeds, en la que este se las tendría que ver con la peligrosa fauna que poblaba la jungla política de Washington DC. Sin embargo, Capra pensó de inmediato en James Stewart, al que había dirigido en VIVE COMO QUIERAS y cuyo trabajo le había impresionado, sobre todo por su extraordinaria naturalidad ante la cámara. Por aquel entonces, Stewart era un actor muy popular, que estaba labrándose una notable carrera profesional, pero todavía no era una gran estrella.
Cohn estaba empeñado en recuperar el personaje de Longfellow Deeds. Como todos los magnates del Hollywood de la Era Dorada, Cohn era un autócrata acostumbrado a imponer su voluntad. De poco sirvió que Capra asegurara que Stewart era perfecto para el papel de Jefferson Smith, pues el jefazo de Columbia no daba su brazo a torcer. Sin embargo, las circunstancias conspiraron para que el director italoamericano se saliera con la suya. Gary Cooper tenía compromisos contractuales ineludibles, de modo que no estaría disponible para trabajar en la película de Columbia. Además, a Coop no le atraía la idea de encarnar de nuevo al protagonista de EL SECRETO DE VIVIR. Y aunque hubiese querido trabajar en el film de Capra, estaba bajo contrato con Samuel Goldwyn y este se negaba a prestárselo a otro Estudio. Puesto que, a juicio de Capra y otras personas relevantes de Columbia, el público no habría aceptado a ningún otro actor en el personaje que había bordado Cooper, a Harry Cohn no le quedó otra que ceder ante los razonamientos de Frank y autorizar la contratación de Jimmy Stewart.

Capra siempre sostuvo que Stewart era el más adecuado para encarnar a alguien como Jefferson Smith, pues Gary Cooper, a su juicio, daba a la perfección la imagen de hombre recto y de honestidad acrisolada, pero no la de ingenuo idealista. Además, Jimmy era algo más joven que Coop, parecía un chico de campo y eso lo hacía ideal para el papel.
Stewart estaba en la nómina de la todopoderosa Metro Goldwyn Mayer. El departamento jurídico de Columbia negoció con el Estudio del león el préstamo del actor. De la formalización del contrato se ocupó Lew Wasserman, de la MCA , que también gestionó los de Jean Arthur y el propio director. James Stewart siempre consideró que CABALLERO SIN ESPADA había marcado el punto de inflexión en su carrera, el momento en que había pasado de ser tan sólo un excelente actor a una super estrella de Hollywood. Jimmy pensaba que, sin el tremendo éxito de esta película, posiblemente nunca habría conseguido el papel de Macauly Mike Conor en HISTORIAS DE FILADELFIA (THE PHILADELPHIA STORY, George Cukor, 1940), que le valió el Oscar al mejor actor. Aunque trabajó con muchos de los mejores realizadores de Hollywood, Jimmy sostendría, durante el resto de su vida, que Frank Capra era el mejor de ellos.
A Capra le habría gustado contar con Robert Riskin como guionista, pero este había abandonado Columbia después de VIVE COMO QUIERAS, pasando a desempeñar funciones de asistente ejecutivo, guionista y supervisor de guiones para el productor independiente Samuel Golwyn. Capra contrató entonces a Sidney Buchman, pues sabía que era un extraordinario profesional. No obstante, algunas fuentes afirman que el cineasta no se fiaba mucho de él, pues le constaba que era miembro activo del Partido Comunista, y temía que intentase aprovechar la ocasión para meter en la película algún mensaje subversivo, de modo que examinaba con lupa todo lo que escribía. Sin embargo, en su autobiografía, publicada originalmente en 1971, Capra aseguró ignorar por aquel entonces la ideología marxista de Buchman, afirmando que el guionista no había revelado su verdadera adscripción política hasta que hubo terminado el rodaje. Por lo visto, cuando tuvo conocimiento de los verdaderos colores políticos del guionista, el realizador rompió su relación con él. No obstante, en una entrevista televisada en 1984, Capra reconoció que Buchman era uno de los mejores escritores con los que había trabajado, además de asegurar que, en la época del rodaje de CABALLERO SIN ESPADA, no le preocupaban las ideas políticas de nadie, pues lo único que quería era hacer una buena película. En cuanto a Buchman, en 1951 sería acusado de desacato al Congreso por negarse a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, e incluido en la lista negra de Hollywood.
Mientras Buchman perfilaba el guión, que además de en el cuento de Foster se inspiraba en parte en la vida del senador por Montana Burton Wheeler, que había denunciado ante el Senado la corrupción imperante en la administración del presidente Warren G. Harding, se procedió a construir los decorados. El más costoso fue, como era de prever, el que recreaba la cámara del Senado en el Capitolio de Washington DC. Capra insistió en que debía reproducirse el original hasta el último detalle, de modo que, con el visto bueno de Cohn, contrató como asesor a James Preston, que había sido superintendente de la galería de prensa del Senado durante casi cuarenta años, y pasaba por ser la persona que mejor conocía el interior del Capitolio. Frank encargó a Preston que fotografiase todo lo que había en la cámara del Senado, para que pudiese ser reproducido con la máxima fidelidad. Su obsesión por los detalles le llevó a exigirle que lo registrara en fotografía absolutamente todo: tinteros, lápices, material de oficina... Incluso el agujero que, según se cuenta, un soldado de la Unión perforó en el escritorio de Jefferson Davis el día que éste renunció a su cargo para incorporarse a la Secesión. El decorado fue el más perfecto y detallista construido por el cine hasta entonces, sólo superado por algunos realizados para LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ (GONE WITH THE WIND, Victor Fleming, 1939). Tras el estreno del film, algunos críticos dijeron que valía la pena verlo, aunque sólo fuera por su cuidadísima representación del Senado estadounidense.
Si bien fue Columbia la que se hizo con los derechos y produjo la película, Metro Goldwyn Mayer y Paramount Pictures también habían mostrado interés por llevar a la pantalla el texto de Foster. Pero se habían echado atrás en 1938, cuando, tras consultar a la Oficina Hays, entonces dirigida por Joseph Breen, esta les había advertido de los peligros con que podían toparse al producir una película como aquella. Breen en persona se mostró muy preocupado porque una historia semejante pudiera interpretarse, tanto en USA como en el extranjero, como una crítica al sistema de gobierno democrático estadounidense. E insistió en que, de rodarse, se debería dejar claro en ella que la corrupción y los comportamientos venales eran prácticas puntuales y personales, así como que, en sus propias palabras: El Senado americano está formado por un grupo de ciudadanos escrupulosamente honestos, que trabaja incansablemente para defender los intereses de la nación y sus habitantes
.
Es de suponer que, llegado el momento de presentar el proyecto ante la Oficina Hays, Columbia recibiese idénticas advertencias que MGM y Paramount. No obstante, debe señalarse que cuando Harry Cohn presentó ante el organismo censor el guión definitivo, el propio Joseph Breen cambió de opinión, definiendo la película en los siguientes términos: Una gran historia que hará mucho bien a todos aquellos que la vean, y que, en mi opinión, es muy adecuada para el delicado momento internacional presente, pues destaca la importancia de la verdadera democracia
. CABALLERO SIN ESPADA podía seguir adelante.
Caso curioso fue el de la Organización Nacional de los Boy Scouts (Boy Scouts of America), cuyos representantes advirtieron a Columbia que no autorizarían el empleo de su nombre en la película. Por lo visto, al trascender parte del argumento, los líderes de los Boy Scouts americanos, intuyendo que aquel film sería muy polémico, no quisieron que se relacionara a su organización con el mismo. De ahí que en la cinta se utilice el fantasioso término Boy Rangers, que en español se tradujo como Exploradores.
El rodaje se inició el lunes 3 de abril de 1939, concluyendo el viernes 7 de julio del mismo año. Se filmó en localizaciones de Washington DC, como los alrededores del Capitolio o la Union Station de la capital. Además del enorme set en que se construyó la réplica del Senado, en los platós del Estudio se recrearon, con todo lujo de detalles, despachos, salas de comités senatoriales, pasillos del Capitolio, el Club de Prensa de Washington DC, suites de hotel e incluso algunos monumentos específicos de la capital. Aunque, como se ha dicho, se filmaron tomas frente al Capitolio, ese metraje se utilizaría como fondo en escenas rodadas con la técnica de la transparencia, de modo que el rodaje en exteriores y localizaciones reales fue mínimo.

Jimmy Stewart estaba muy preocupado porque, a la hora de rodar las escenas cumbres en el Senado, que muestran a un exhausto y casi abatido Jefferson Smith, no conseguía conferirle realismo a la castigada voz del protagonista. Él mismo solucionó la papeleta, acudiendo a un médico que le recomendó enjuagarse la boca con una solución de bicloruro de mercurio. Según declararía posteriormente el actor, quedó ronco de verdad durante algunas horas. Enterado Capra, contrató al doctor, que estuvo presente en el Estudio durante la filmación, encargándose de mantener la voz de Stewart adecuadamente enronquecida durante las escenas capitales.
Como era habitual en el cine de la época, el metraje filmado excedió ampliamente el empleado en el montaje final. Capra había rodado una especie de epílogo, que mostraba a Jefferson y Clarissa regresando como marido y mujer a la ciudad natal de Smith, donde eran recibidos con un gran desfile en su honor. Esta y otras secuencias quedaron, como suele decirse en el mundillo cinematográfico, en el suelo de la sala de montaje, pues Cohn, y seguramente también el director, consideraron que ralentizaban el film.
El coste final de la película, concluida la postproducción y una vez estuvo lista para el estreno, fue de un millón y medio de dólares, una inversión muy considerable para un Estudio de la envergadura de Columbia. Cohn invirtió casi cien mil dólares más en publicidad.
La fecha de la premier fue el martes 17 de octubre de 1939. Se escogió para ella el Constitution Hall de Washington DC, con patrocinio del National Press Club (Club Nacional de Prensa), y el acto estuvo precedido por una cena de gala. Asistieron cuatro mil invitados rigurosamente seleccionados, entre ellos cuarenta y cinco senadores, doscientos cincuenta congresistas, varios jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos y una nutrida representación de la prensa. Por Columbia acudieron Harry Cohn, los fundadores del Estudio, Joe Brandt y Jack Cohn, así como el director y su esposa, Lucille. James Stewart estaba trabajando en ARIZONA (DESTRY RIDES AGAIN, George Marshall, 1939), por lo que no pudo asistir a la premier. Jean Arthur tampoco asistió, pues corrían rumores sobre que se había enemistado con Stewart y no quería coincidir con este. Según Capra, algunos senadores abandonaron el lugar a mitad de la proyección, visiblemente contrariados por el cariz de la película.
La actitud de las instancias políticas ante la premier del film alarmó a los grandes Estudios de Hollywood, que temían una reacción vengativa por parte del Senado centrada en la industria cinematográfica. Cohn recibió una oferta informal de sus colegas de mayor peso. Columbia recibiría dos millones de dólares libres de impuestos, a cambio de que archivara la película. Pero Harry Cohn se mantuvo firme y contrató el estreno oficial de CABALLERO SIN ESPADA para el jueves 19 de octubre, en el celebérrimo Radio City Music Hall de Nueva York.
Aunque fue muy bien recibida por el público en general, y hasta cosechó un buen puñado de críticas elogiosas, CABALLERO SIN ESPADA sería considerada ofensiva por la clase política y por no pocos funcionarios del Capitolio. Una parte de la prensa, la más significada políticamente, la atacó sin misericordia desde editoriales y columnas de opinión, acusándola de ser antiamericana. Una gran mayoría de congresistas, que incluía no sólo a los senadores, sino también a miembros de la Cámara de Representantes, la tachó de panfleto socialista, pues sugería, a juicio de esas personas, que el sistema democrático estadounidense era esencialmente corrupto. Hubo quien afirmó que Hitler, Stalin y Mussolini se regocijarían con ella, pues pintaba a los Estados Unidos como ellos los describían. El líder de la mayoría demócrata en el Senado, Alben W. Barkley, declaró que Capra había representado a los senadores como una pandilla de gánsteres, y calificó la cinta de profundamente estúpida
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Mientras los espectadores de todo el país pasaban olímpicamente de idioteces políticas, y disfrutaban de una verdadera joya en celuloide, el prestigioso periodista Pete Harrison, que irónicamente editaba la revista cinematográfica Harrison´s Reports, abogaba para que el Senado aprobara un proyecto de ley que permitiera a los propietarios de los cines negarse a exhibir películas como aquella, que, en sus propias palabras, denigran nuestra democracia
. La propuesta de Harrison no prosperó, pero muchos senadores, considerando que CABALLERO SIN ESPADA había dañado profundamente la confianza del pueblo en la institución del Senado, así como el honor de los miembros del mismo, decidieron golpear a la industria cinematográfica en uno de sus puntos vitales: su control casi absoluto de la exhibición de películas. La maniobra senatorial se vio interrumpida en parte por la II Guerra Mundial, pero, finalizada esta, el Senado consiguió que se aprobara, a finales de los años 40, la Neely Anti-Block Booking , ley que forzaba a los Estudios hollywoodenses a deshacerse de su red de salas de exhibición cinematográfica, lo que representó un varapalo para la industria.
Claro que ni Frank Capra, ni mucho menos Harry Cohn, se quedaron cruzados de brazos ante los injustificados ataques a su película. El director aprovechaba cualquier ocasión para defender en público los valores de su film, y Cohn, por su parte, utilizó todos sus recursos para contrarrestar la propaganda negativa que CABALLERO SIN ESPADA estaba recibiendo de políticos profesionales y círculos afines a los mismos. Creó un equipo sólo para compilar todas las críticas positivas que había recibido la cinta, que posteriormente recopilaría en una especie de folleto que fue distribuido gratuitamente en las principales ciudades del país, sobre todo en las salas de cine. Él y Capra fueron entrevistados varias veces en prensa y radio, y en todas esas ocasiones sostuvieron con vehemencia que CABALLERO SIN ESPADA era una película patriótica, que mostraba sin tapujos los males que podían corromper el sistema democrático, pero que también hacía hincapié en que, en una verdadera democracia, esas lacras podían erradicarse.
Una de las reacciones más curiosas fue la de Joseph P. Kennedy, embajador de Estados Unidos en Londres por aquel entonces, que escribió una carta a la Columbia, dirigida a Cohn y Capra, en la que expresaba su preocupación porque la película pudiera dañar el prestigio estadounidense en Europa. Kennedy concluía su misiva instando a Cohn a no estrenar CABALLERO SIN ESPADA en el Viejo Continente. Según parece, también se dirigió al presidente Roosevelt en términos similares. En una respuesta que redactaron conjuntamente, Cohn y Capra resaltaron ante Kennedy los profundos valores americanos que defendía su cinta, además de enviarle el folleto que recopilaba las buenas críticas con que el film había sido recibido por la prensa. Harry y Frank consiguieron apaciguar a Joseph Kennedy, que a partir de entonces nunca más expresó en público ninguna opinión negativa sobre la película. No obstante, en privado siguió teniendo serias dudas, considerando al film bueno, pero demasiado polémico
.
Lo cierto era que Capra y Cohn habían procurado evitar en lo posible herir susceptibilidades, por lo que en ningún momento se mencionaba a qué partido representaba Paine, ni mucho menos los nombres del Estado y la ciudad natal de Jeff. Pero estos detalles no fueron ni siquiera considerados por los estamentos políticos nacionales, demócratas y republicanos, que no perdieron ocasión de atacar la que para ellos era la peor película jamás filmada. Quizás porque, como señalaron entonces unos pocos periodistas lúcidos, describía con demasiado realismo comportamientos y prácticas demasiado comunes entre la clase política.

La película batió récords de taquilla, pues sólo fue superada por LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ y BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS (SNOW WHITE AND THE SEVEN DWARFS, David Hand, 1937), que, estrenada el 4 de febrero de 1938, seguía proyectándose y generando beneficios cuando se estrenó CABALLERO SIN ESPADA. En relativamente poco tiempo, la obra de Capra recaudó casi cuatro millones de dólares, convirtiéndose en el film más rentable producido hasta entonces por Columbia.
La 12ª edición de los Oscars de Hollywood se celebró el jueves 29 de febrero de 1940, en la sala Coconut Grove del Ambassador Hotel de Los Ángeles. Fue la primera que presentó el célebre cómico británico, nacionalizado estadounidense, Bob Hope . También fue la edición en la que Frank Capra se despidió de su cargo como presidente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, pasándole el testigo al productor Walter Wanger. La impresionante epopeya sureña producida por David O. Selznick, LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, sería la gran triunfadora de la noche, pues, estando nominada en trece categorías, se hizo nada menos que con ocho premios. La nota negativa de la jornada la puso el deleznable comportamiento de la prensa, en concreto del rotativo Los Ángeles Time. La dirección de este periódico, el más importante y de más tirada de la urbe californiana, solicitó a la Academia que le proporcionase la lista de los ganadores, para publicarla con tiempo en la edición matutina del día siguiente. Los responsables del diario se comprometieron a no revelar esta información hasta el viernes 30, pero no cumplieron su palabra, de modo que el listado de premiados apareció en primera página el mismo día de la entrega. Así que, quienes acudieron a la misma, ya conocían, como la mayoría de los ciudadanos de Los Ángeles, los nombres de los galardonados. A partir de entonces, la Academia mantendría el más absoluto secreto sobre los premiados.
La de 1940 fue también la primera edición de los Oscars en que se premiaron los mejores efectos especiales de una película, estatuilla que se llevaron E. H. Hansen y Fred Sersen por sus impresionantes trucajes para VINIERON LAS LLUVIAS (THE RAINS CAME, Clarence Brown).
CABALLERO SIN ESPADA competía en los apartados de película, dirección, actor, actor secundario, argumento, guión adaptado, dirección artística, orquestación, sonido y montaje. Tuvo en total once nominaciones, ya que en el apartado de actor secundario compitieron entre sí Harry Carey y Claude Rains. Pero 1939, dejando a un lado el hito cinematográfico que representó LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, fue el mejor año de la historia del cine, pues nunca antes, ni tampoco después, se estrenaron tantísimas obras maestras a un tiempo. La competencia, por tanto, era feroz, y CABALLERO SIN ESPADA, que hubiera merecido alzarse con cuatro o cinco galardones, tuvo que conformarse con el de mejor argumento para Lewis R. Foster.
Para el gran Thomas Mitchell, que en la cinta de Capra encarnaba a Diz Moore, 1939 fue un año excepcional, ya que tuvo oportunidad de trabajar en cuatro de las obras maestras más importantes del cine clásico. Además de en CABALLERO SIN ESPADA, intervino en LA DILIGENCIA (STAGECOACH, John Ford), SÓLO LOS ÁNGELES TIENEN ALAS (ONLY ANGELS HAVE WINGS, Howard Hawks) y la varias veces citada aquí LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, cintas todas ellas nominadas a los Oscars. Mitchell obtuvo la estatuilla al mejor actor secundario por el extraordinario film del maestro Ford. Ese año también trabajó en ESMERALDA LA ZÍNGARA (THE HUNCHBACK OF NOTRE DAME, William Dieterle), película que encumbraría a esa belleza clásica femenina, y maravillosa actriz, que fue Maureen O´Hara. La cinta de Dieterle pasaría a los anales cinematográficos por la fascinante creación que Sir Charles Laugthon hizo de Quasimodo, el campanero jorobado, que no ha podido ser igualada, y por tanto tampoco superada, en los últimos ochenta y cinco años.
Debido a la desastrosa situación por la que atravesaba España tras la guerra civil, y a las complicaciones derivadas del inicio de la II Guerra Mundial apenas cinco meses después de la finalización de la contienda española, CABALLERO SIN ESPADA no fue estrenada en nuestro país hasta una década más tarde. Se proyectó por primera vez en Madrid, el sábado 16 de abril de 1949, y en Barcelona el martes 17 de mayo del mismo año, siendo muy bien acogida por parte del público y la crítica. Para no variar, corre un bulo según el cual CABALLERO SIN ESPADA había sido prohibida en su momento por el franquismo, algo sencillamente estúpido. La verdad pura y dura es que, dada la penuria que atravesaba el país, agravada por la guerra mundial, importar producciones hollywoodenses no era prioritario. Por esa razón, y no por las que esgrimen los adalides de la deleznable y falsaria Memoria Histórica, hoy travestida como democrática, una gran parte de la producción fílmica estadounidense de aquel tiempo llegaría a España con notable retraso. LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ, por ejemplo, no sería estrenada hasta 1950 nada menos. No obstante, hubo cintas como GILDA, que llegó a nuestras pantallas en 1947, algo más de un año después de su estreno oficial en USA. Pero no hay que buscarle a esto significaciones políticas de ninguna clase, pues se debía a los criterios personales de quienes gestionaban la compra de material cinematográfico en el extranjero, y no a otra cosa.
Caso curioso fue el de Francia. Después del ataque a Pearl Habor, y la posterior declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos, se preveía que los nazis prohibirían la exhibición de películas americanas en los cines galos, como antes habían prohibido las inglesas. Antes de que entrara en vigor esa prohibición, varias salas de París proyectaron CABALLERO SIN ESPADA, una de ellas en sesión continua, llegando a las treinta proyecciones seguidas, hasta que los germanos tomaron cartas en el asunto. Es de suponer que los cines parisinos tendrían un amplio catálogo de films americanos en sus almacenes, pero que todos ellos decidieran elegir CABALLERO SIN ESPADA como última cinta hollywoodense a proyectar en Francia es muy significativo; porque, hasta aquel momento, ninguna otra película había descrito tan certeramente los verdaderos ideales democráticos americanos.
La mejor película de Frank Capra

Para un cinéfilo siempre resulta extremadamente difícil escoger una obra concreta de un director clásico como la mejor de su filmografía. Pero en el caso de Frank Capra, el abajo firmante lo tiene claro: CABALLERO SIN ESPADA es, con enorme diferencia, el mejor film dirigido por este cineasta, además del broche de oro con el que cerró una década plagada de éxitos profesionales. Es también una película atemporal, cuyo argumento aún está de plena actualidad hoy día, más de ocho décadas después de su estreno, y cuyo visionado nos recuerda que las prácticas en ella descritas son una norma entre la casta política, más que una excepción.
El Jefferson Smith encarnado por James Stewart es el héroe prototípico caprano: un hombre recto, honesto e idealista, que cree sinceramente que el ser humano es esencialmente bueno por naturaleza, y que por eso mismo resulta un tanto ingenuo. Por eso es el perfecto mirlo blanco, el hombre de paja ideal para ser manipulado por los poderes fácticos, que planean utilizarle para sacar adelante un sucio proyecto, presentado como beneficioso para la comunidad, pero que, en realidad, sólo servirá para llenar los bolsillos de Jim Taylor y su cohorte de secuaces políticos, financieros y mediáticos. Es importante señalar que, según parece, durante la preproducción, Cohn, influenciado sin duda por las opiniones de algunos ejecutivos de su Estudio, sugirió al director que variara algo el concepto sobre el que había construido el personaje de Jefferson Smith, a fin de otorgarle una personalidad menos ingenua. Capra objetó que el público se sentiría más identificado con el idealista Smith tal como él lo había concebido, que con un héroe más normal que destacara por su astucia. El triunfo del sencillo Smith será una victoria que los espectadores asumirán más fácilmente como propia
, sentenció el director.
Al principio, Smith, que admira y respeta al senador Paine, ignorando que ha sido corrompido por Taylor, se muestra dispuesto a seguir los consejos de los que tienen más experiencia que él en temas políticos. Pero a partir del momento en que Clarissa Saunders le revela las verdaderas intenciones de Taylor y su camarilla, así como el despreciable modo en que pensaban utilizarle para alcanzar sus propósitos, el novato senador, influenciado en parte por la muchacha, decide hacer frente a la corrupción que empaña la que él había considerado hasta entonces como una institución ejemplar: el Senado de los Estados Unidos.
El primer tercio del film es el que más recuerda al amable Capra de sus anteriores comedias. El Jefferson Smith que conocemos en este segmento de la película, el que se maravilla con los edificios y monumentos históricos de Washington DC, hasta el punto de dejar plantados a los guías que le han puesto para irse a recorrer la urbe en autobús, hace gala de una inocencia rayana en lo infantil. No hay en él ni un ápice de malicia, de ahí que se someta a las pretensiones de un puñado de cínicos reporteros, sin sospechar que lo único que quieren los chicos de la prensa es ponerle en evidencia.
Capra subraya inteligentemente el carácter ingenuo y pueblerino de Smith de diversas formas, como la de presentarse en Washington DC con varias palomas mensajeras para, según explica, escribir regularmente a su madre. Sin embargo, hay una escena de una sencillez estética prodigiosa, pero de incuestionable eficacia fílmica, que revela como ninguna otra el nerviosismo de Jeff ante aquel mundo tan distinto del que ha conocido hasta entonces. Me refiero al momento en que habla con la hija del senador Paine, Susan, sintiéndose tan cohibido por la hermosa joven que no puede tener las manos quietas. Durante casi todo el diálogo entre los personajes, Capra enfoca la cámara en las manos de Smith, que juguetean con su sombrero y hasta llega a caérsele. Más adelante, Stewart y Capra recurrirán a una variación del mismo gag, esta vez con un teléfono.
Es posible que el fervor patriótico del personaje, en el primer tercio de la película, le resulte cargante e incluso empalagoso a un espectador de hoy. Pero no hay nada de patriotero en ello, porque Jefferson Smith no es uno de esos hipócritas dados a las soflamas falsamente patrióticas y que siempre han existido y existirán, sino un hombre sencillo que cree honradamente en esos valores. CABALLERO SIN ESPADA podría haber sido acusada de panfleto propagandístico de mostrar esta actitud de Jeff, así como las escenas del monumento a George Washington o del Lincoln Memorial, al final de la película. Pero la estrategia de Capra es muy clara: primero nos impregna de todos esos valores tan admirables, para luego echarnos un jarro de agua fría y revelarnos cómo son pisoteados por los políticos mediante la corrupción y el engaño sistemáticos.
Jean Arthur, la actriz preferida de Capra, conmueve al espectador con su creación de Clarissa Saunders, ayudante del corrupto Paine, a quien le encargan ocuparse del pipiolo Smith para que no moleste. Clarissa lleva mucho tiempo en aquel mundo, conoce de primera mano las procelosas y turbias aguas de la política, y, al principio, desprecia a ese delgado y larguirucho muchacho, pues piensa que no es más que un pobre idiota que no sabe dónde se mete. Pero conforme vaya conociéndole, descubrirá que es un hombre bueno, con unos ideales limpios y sinceros. Sin ser plenamente consciente de ello, va enamorándose de él, lo que la empuja a intentar desengañarle, como en esa maravillosa secuencia donde le explica las dificultades que encontrará si insiste en presentar el proyecto de ley para el campamento juvenil. Sus esfuerzos son vanos, porque Smith puede que no sepa absolutamente nada de cómo funcionan las cosas en Washington DC, pero está decidido a sacar adelante ese proyecto como sea. El sencillo idealismo de Jeff desarma a la hasta entonces cínica y desengañada Clarissa, acostumbrada a tratar con auténticos tiburones políticos capaces de cualquier cosa, y con periodistas aún más cínicos y desengañados que ella.
El paradigma del periodista cínico y desengañado es Diz Moore, un emborrona cuartillas aficionado al levantamiento de vidrio
, curtido en mil lances periodísticos, que ha visto de todo y ya no cree en nada. Se pasa media película diciéndole a Saunders lo bien que les iría casándose y alejándose todo lo posible de la política. Clarissa y él no están enamorados, pero se quieren y se respetan, y además comparten su aversión por la podredumbre que les rodea, de modo que, después de emborracharse, están a punto de comprometerse en matrimonio. Pero cuando Smith decide hacer frente a la corrupción imperante en el Senado, y Clarissa le apoya incondicionalmente, el veterano reportero comprende que la chica se ha enamorado de ese muchacho un tanto inconsciente como una colegiala. La joven y el encallecido periodista se convertirán en los mejores apoyos de Jefferson Smith en su cruzada política para limpiar su nombre y revelar a la opinión pública los sucios manejos de Jim Taylor.
El de Jefferson Smith es, con diferencia, el protagonista más ingenuo y desvalido visto en un film de Capra. En un momento dado, Saunders le compara con Don Quijote, y en verdad que tiene algunos puntos en común con el héroe cervantino. Su integridad es proverbial. Cuando Paine y Taylor intentan convencerle para que deje las cosas como están, se niega a claudicar ante lo que para él sería una indignidad, mostrándose dispuesto a combatirlos. Pero, como Don Quijote cuando arremetió contra los molinos de viento, tomándolos en su delirio por gigantes, Jeff no ha calibrado bien a quiénes se enfrenta. Porque tanto Taylor como Paine son dos verdaderos gigantes, contra los que tiene la batalla perdida de antemano, pues poseen recursos con los que él no cuenta. No es un héroe astuto y capaz, sino sólo un pobre chico de provincias, que pretende enfrentarse a un entramado de corrupción demasiado grande para él, lo que hace que sus esfuerzos por sacar a la luz la verdad resulten tan conmovedores como patéticos.
El momento más impactantemente doloroso de la película es cuando Taylor asegura a Smith que tiene comprado a Paine. El muchacho, que siempre ha idealizado al senador por la amistad que le unió a su padre, tacha al magnate de embustero. La posterior conversación entre Jeff y Paine, en la que este último admite estar en la nómina de Taylor, se le hace tan violenta al espectador como a los mismos personajes.
Admirablemente envejecido por el maquillaje, Claude Rains está más que convincente como el veterano político que ha acabado corrompiéndose y sirviendo a intereses espurios, que van contra todo aquello que, como senador de los Estados Unidos, ha jurado defender. En su descargo puede alegarse que, al menos al principio, intenta evitar que Jeff se vea atrapado en el sucio juego que se trae entre manos Taylor. Incluso está dispuesto a irse porque no quiere crucificar al muchacho, pero Taylor le recuerda que su cargo depende de él, y le obliga a seguir adelante. Paine, atrapado en esa tupida red de corruptelas, planea utilizar a su bella pero pérfida hija para distraer al muchacho. Aunque pueda parecer que no quiere perjudicarle, la dinámica de la corrupción política es poderosa e irresistible, de modo que, en un momento dado, Paine arremete contra Jeff con todas sus fuerzas y las armas que Taylor ha puesto en sus manos, llegando a acusarle de corrupción. Impagable la expresión de dolor y tristeza de Jefferson Smith cuando el mejor amigo de su padre se vuelve contra él en plena cámara senatorial.
El villano con mayúsculas de la función es Jim Taylor, al que da vida Edward Arnold, un actor que interpretó toda clase de personajes, pero que es recordado principalmente por los negativos, como el siniestro D. B. Norton de JUAN NADIE (MEET JOHN DOE, Frank Capra, 1944), uno de los títulos fundamentales de la filmografía del realizador italoamericano. Taylor representa en CABALLERO SIN ESPADA, como también en JUAN NADIE, a esos individuos sin escrúpulos, con dinero y poder, que corrompen todo lo que tocan, y que extienden sus tentáculos por todos los estamentos de la sociedad. Taylor controla el estado natal de Jefferson Smith casi por completo, incluidas la policía y los medios de comunicación. En el clímax de la película, cuando los Boy Rangers imprimen y reparten un folleto, en el que se informa a los ciudadanos de la verdad que la prensa dominada por Taylor está tergiversando, los niños son agredidos por los matones enviados por los cómplices del magnate. Porque los periódicos se niegan a publicar lo que realmente está ocurriendo en el Senado, y todos, sin excepciones, se posicionan en contra de Smith. Estas secuencias son una clara denuncia del control de la prensa por ciertos poderes en la sombra, que la utilizan para crear y dirigir a su antojo la opinión pública, de ahí que no agradaran a determinados gerifaltes de los rotativos de la época.
La descripción de los miembros del Senado es mucho más realista de lo que se quiso reconocer en su momento. Capra deja claro que la mayoría de ellos son hombres rectos y responsables, pero también que, como en cualquier otro estamento social, predomina en el Senado el corporativismo. Los senadores ven a Jefferson Smith como un advenedizo sin demasiadas luces, de ahí que se muestren más proclives a creer a Paine, que es uno de ellos y lleva una eternidad ejerciendo el cargo.
Pero Smith no está sólo en la cámara senatorial. Además del apoyo que le prestan Saunders y Moore desde la galería de prensa, el novato senador cuenta con la simpatía del presidente. Es de suponer que éste, por su cargo, conoce bien los entresijos, las maniobras y los trucos de todo tipo empleados por los experimentados senadores. Por eso, aunque debe mostrar imparcialidad, se siente impresionado por la entereza y rectitud de ese muchacho, y por el respeto que, a pesar de tener en su contra prácticamente a todos los miembros de la cámara, Jeff Smith muestra en todo momento hacia la institución. Las miradas de ánimo y simpatía que le dirige conmueven al espectador. La interpretación del veterano Harry Carey, que apenas tiene unas líneas de diálogo en toda la película, es impresionante. No es casual que la imagen que cierra el film sea la del presidente del Senado, repantigándose satisfecho en su sillón, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. En mi modesta opinión, Harry Carey debería haber ganado el Oscar al mejor secundario.
La comparecencia de Smith ante el Senado es uno de los mayores hitos del cine clásico. En el último momento el muchacho logra revertir la situación, llevándola al extremo. Consigue el turno de palabra, pero si lo cede será inmediatamente expulsado. Paine insta al resto de los senadores a que lo ignoren, confiando en que Smith acabará claudicando por cansancio, pues puede mantener el turno de palabra por tiempo indefinido, a condición de que no deje de hablar y no se siente. Esta larguísima secuencia es uno de los grandes logros de Capra en esta película, y contiene una de las interpretaciones más vibrantes de James Stewart. El director dio plena libertad al actor a la hora de improvisar en estas escenas, que requirieron nada menos que seis cámaras y tres semanas de trabajo. Stewart consiguió transmitir a los espectadores la fuerza moral y la convicción de un hombre que no lucha contra la corrupción del sistema con las armas de la tergiversación y la astucia, como es costumbre entre los políticos de oficio, sino con su inquebrantable amor hacia su país y su fe en la verdadera justicia. Pero todo parece jugar en su contra, y ese Jefferson Smith afónico y a un paso de desplomarse, mientras se esfuerza denodadamente por seguir de pie y hablando, es la viva imagen de la derrota. Sobre todo, cuando Paine juega su última baza, esgrimiendo los miles de telegramas de ciudadanos, manipulados por la maquinaria propagandística de Taylor, que le instan a retirarse. Es en ese momento cuando Smith pronuncia su mejor alocución, mirando fijamente al senador que le ha traicionado, y que de niño le había dicho que las causas perdidas son las únicas que realmente merecen que se luche por ellas. Luego, le fallan las fuerzas y se desmaya.
Llegados a este punto, todo parece indicar que Jefferson Smith ha sido totalmente derrotado. Pero en uno de esos finales sorprendentes e inesperados, que sólo el cine clásico era capaz de ofrecer, quien salva la situación no es el protagonista, sino Paine, que abrumado por los remordimientos intenta suicidarse, y al no lograrlo, acaba confesando que todo lo sostenido por Smith es cierto. En opinión de este cinéfilo, esta conclusión tan realista y atípica, en una época en que la mayoría de los héroes de la pantalla podían con todo, pone de manifiesto el genio de Capra, que siempre dijo que los protagonistas de sus películas, por fuertes y decididos que fueran, no podían vencer por sí solos, pues necesitaban el apoyo de los demás. Una idea que está presente en casi todos sus trabajos.
Puede que a un espectador de hoy el argumento de CABALLERO SIN ESPADA se le antoje tópico, pero en 1939 generó una considerable polémica. La corrupción política no era un tema nuevo en Hollywood, había sido tratada antes en otras películas; pero el enfoque de Capra era muchísimo más atrevido. Lo que otros habían insinuado, él lo mostraba sin tapujos. Desde el minuto uno quedaba clara la catadura moral de cierta clase de políticos, empezando por el pusilánime gobernador Hopper, al que hasta sus propios retoños torean a placer, y acabando por Paine, un hombre supuestamente honorable vendido al dinero de Taylor. Nunca antes se había atrevido un director de cine a hurgar tan profundamente en la llaga política de Estados Unidos, sugiriendo hasta qué punto la democracia americana, considerada por la inmensa mayoría de los estadounidenses un sistema modélico de gobierno, podía estar podrida por dentro.
Lo que descolocó a gran parte de la crítica fue que un film así estuviese firmado por Capra, un director al que se asociaba con la jovialidad y el idealismo, pues se había caracterizado por dirigir películas decididamente optimistas, llenas de valores puros y honestos y que siempre tenían un bucólico final feliz. Pero, si se examinan con detenimiento sus cintas, se descubre que en gran parte de ellas subyace una innegable vena crítica; atemperada, eso sí, por un tono ligero y el empleo del humor.
Lo que mejor describe el impacto que tuvo CABALLERO SIN ESPADA en los Estados Unidos de finales de los años 1930 y principios de los 1940, aparte de lo ya explicado, es que algunos críticos de entonces admitieran haber encontrado cierto paralelismo entre el ficticio Jim Taylor y el demócrata Frank Hague (1876-1956), paradigma de la corrupción política, que se las arregló para permanecer en el cargo de alcalde de Jersey City (Nueva Jersey) durante nada menos que tres décadas, de 1917 a 1947, acumulando una enorme fortuna y hasta gozando de la protección del presidente Franklin Delano Roosevelt, que era uno de sus mejores amigos. Según esos críticos, el modo en que Taylor utiliza a la policía de su Estado recordaba el proceder de Hague, que recientemente había ordenado a las fuerzas del orden de Jersey City cargar indiscriminadamente contra un grupo de manifestantes pacíficos, resultando varios de ellos heridos de gravedad. Frank Hague vio CABALLERO SIN ESPADA, declarando después que era una película grotesca, y que Frank Capra y la Columbia habían infligido un daño irreparable a la confianza de los americanos en su sistema de gobierno
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En 1989, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos decidió preservar para las generaciones futuras, en el Registro Nacional de Cine, aquellas obras cinematográficas que tuviesen una importancia artística, cultural e histórica significativa. CABALLERO SIN ESPADA tuvo el honor de figurar entre los 25 primeros títulos preservados.
Columbia Pictures planeó dos remakes del film de Capra, que nunca fueron realizados. El primero, previsto para 1949, coincidiendo con el décimo aniversario del estreno de CABALLERO SIN ESPADA, iba a titularse Mr. SMITH INICIA UN MOTÍN EN WASHINGTON, pero se temió que resultara demasiado subversivo en la era de la Caza de Brujas y fue abandonado. En 1952 el Estudio acarició la idea de rodar una versión femenina de la obra maestra del director italoamericano, que debería haber protagonizado Jane Wyman, pero se estimó que el proyecto no funcionaría en taquilla y se canceló.
La película fue adaptada para televisión en una serie del mismo título, protagonizada por Fess Parker, Sandra Warner y Red Foley, emitida por la cadena ABC durante la temporada 1962-63.
La serie Autopista hacia el cielo homenajeó a CABALLERO SIN ESPADA en el episodio doble Jonathan Smith va a Washington, realizado en 1986 para su tercera temporada.
El actor cómico Eddie Murphy protagonizó la hilarante SU DISTINGUIDA SEÑORÍA (THE DISTINGUISHED GENTLEMAN, Jonathan Lynn, 1992), versión libre y desenfadada del gran clásico del maestro Frank Capra.
Music Corporation of America, conocida como MCA Inc. Conglomerado de medios estadounidense, fundado en 1924 por Jules Stein y William R. Goodheart Jr., como una agencia de contratación musical con sede en Chicago, Illinois. Aunque se presuponía que su actividad principal estaría relacionada con el mundo de la música, no tardó en involucrarse en el negocio cinematográfico, sobre todo por influencia de Lew Wasserman (1913-2002), que en su etapa como presidente diversificó las actividades de la empresa. Wasserman recomendó en 1939 trasladar el cuartel general de la compañía de Chicago a Beverly Hills, así como la creación de una División Cinematográfica. La MCA pasó entonces a representar, además de a compositores, músicos y cantantes, a una pléyade de estrellas del celuloide, como Bette Davis, Henry Fonda, Jane Wyman, Betty Grable, Joan Crawford, Greta Garbo, Ingrid Bergman o Ronald Reagan, además de a incontables directores y guionistas. Wasserman entabló una profunda amistad con Ronald Reagan, colaborando activamente con él cuando dio el salto del cine a la política. N del A..
Block Booking. Traducido libremente del inglés americano, reserva o venta en bloque. Término empleado para definir cierta práctica comercial abusiva realizada por los Grandes Estudios de cine durante buena parte de la historia de Hollywood.
El Block Booking consistía en la venta de un lote de películas a una sala de exhibición cinematográfica como si se tratase de una sola unidad. Cada bloque incluía producciones de calidad, pero también películas más modestas, mediometrajes y cortometrajes, cortos de dibujos animados, seriales y noticiarios. Era una manera de forzar a los exhibidores a adquirir material que, posiblemente, de otro modo no hubieran comprado, así como de sacar al mercado la ingente producción de los Estudios hollywoodenses. Además, los compradores adquirían los lotes casi a ciegas, porque, aparte del título de alguna película relevante, no conocían la composición del bloque hasta que lo habían pagado. Esto representaba un problema grave para los dueños de cines de enjundia, que se encontraban en posesión de un montón de películas baratas a las que difícilmente podían dar salida en sus exclusivas y lujosas salas.
El Departamento de Justicia había abierto diligencias contra Metro Goldwyn Mayer, Paramount Pictures, Warner Bros., 20th Century Fox, RKO Radio Pictures, Universal Pictures, United Artists y Columbia Pictures en 1938, acusando a estos Estudios de violar sistemáticamente la Ley Antimonopolio Sherman de 1890. Esta ley había sido promulgada para incentivar la competencia comercial, así como para impedir que las empresas más poderosas de un sector concreto se hicieran con el control total de los mercados en su ámbito de actuación. De modo que, cuando Capra inició el rodaje de CABALLERO SIN ESPADA, buena parte de la clase política de Washington estaba enfrentada a la industria del cine, pues existía un comité del Senado cuya función era determinar si las prácticas comerciales de los Estudios eran constitutivas de un delito federal. De ahí el temor de las grandes Majors hollywoodenses a la reacción política ante un film como el de Capra, y su intento de impedir su estreno sobornando a Cohn.
En 1940 se resolvió el caso federal contra la industria cinematográfica. Los Estudios quedaban obligados a cumplir una serie de requisitos esenciales. Las cinco grandes Majors (MGM, Paramount, Fox, Warner y RKO) ya no podrían seguir reservando cortometrajes y largometrajes en grandes bloques, sino que debían ofertarlos por separado. Se limitaba además la composición de cada lote a cinco unidades. En cuanto a las compras a ciegas, a las que hasta entonces se habían visto obligados los exhibidores, quedaban prohibidas. En su lugar los Estudios organizarían exhibiciones comerciales, en las que los representantes de los exhibidores pudieran ver las películas antes de decidir si las adquirían. También se conminó a los Estudios a crear una comisión que velase por el estricto cumplimiento de estos requisitos.
Huelga decir que la industria cinematográfica intentó por todos los medios a su alcance zafarse de esta resolución, y, durante los años siguientes, movilizó verdaderos ejércitos de abogados para conseguirlo. En 1945 parecía que habían logrado su propósito, cuando un juez sentenció a su favor. Pero el gobierno federal apeló al Tribunal Supremo, que en 1948 falló en contra de todos los Estudios de Hollywood, grandes y pequeños, dictaminando que podían controlar la producción y la distribución de películas, pero no su exhibición. Esto significaba, en la práctica, que los Estudios estaban obligados por ley a deshacerse de sus cadenas de salas de cine, repartidas por las principales ciudades de Estados Unidos. Si tenemos en cuenta que en los años 40 las Majors controlaban el veinte por ciento de todos los cines del país, y tenían un control parcial de otro treinta y cinco por ciento, la sentencia inapelable de la Corte Suprema significó para la industria cinematográfica una pérdida multimillonaria. N del A..
Leslie Townes Hope (1903-2003), conocido mundialmente como Bob Hope. Artista polifacético estadounidense nacido en Inglaterra. Trabajó en cine, televisión y teatro durante más de sesenta y cinco años. También fue boxeador ocasional en su juventud, e incluso escritor, llegando a publicar catorce libros, además de ejercer en varias ocasiones como guionista. Sus películas con Bing Crosby y Dorothy Lamour fueron extraordinariamente populares en los Estados Unidos. Fue una institución viviente de los Oscars de Hollywood, ya que actuó como maestro de ceremonias de la gala de esos prestigiosos galardones en diecinueve ocasiones. Pero si por algo destacó este ferviente republicano, admirador de Eisenhower y Reagan, fue por su firme compromiso con su patria de adopción. Desde la II Guerra Mundial, hasta la Guerra del Golfo, allá donde hubiera tropas de las Fuerzas Armadas estadounidenses, allí estaba animándolas Bob Hope. El aeropuerto de Burbank, California, fue rebautizado como Aeropuerto Bob Hope en 2003, poco después de su fallecimiento. La US Navy (Marina de Guerra) dio la designación USNS Bob Hope a un buque de transporte de vehículos militares, el primero de la clase del mismo nombre. N del A.
EE. UU., 1939