NADA POR LO QUE PEDIR PERDÓN
por Antonio Quintana Carrandi
Claudia Sheinbaum
Claudia Sheinbaum

La Leyenda Negra española, surgida a raíz de las exageraciones del dominico Bartolomé de las Casas, autor de ese compendio de hipérboles que es la BREVÍSIMA RELACIÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS, fue asumida con entusiasmo por los principales enemigos de la España de la época, Inglaterra, Francia y Holanda. Bartolomé de las Casas quería, supuestamente, llamar la atención de la Corona sobre los abusos de los encomenderos, que en poco o en nada atendían a las disposiciones sobre el trato muy bien y con cariño, y abstenerse de hacerles ningún daño a los indios, que Isabel la Católica dictó en el codicilo de su testamento.

Las élites políticas, militares y financieras inglesas, francesas y holandesas, que eran plenamente conscientes de la falsía latente en los argumentos del religioso, se frotaron las manos de satisfacción, porque aquel panfleto ponía en ellas una formidable arma propagandística para denigrar la obra española en América. Armas que esas naciones no han dejado de utilizar durante los últimos cinco siglos, cuyas mentiras han acabado siendo asumidas por buena parte de la población hispanoamericana y, lo que es peor, por una gran mayoría de la sociedad española actual, teledirigida por la izquierda.

Lejos de mi intención explayarme en demasía sobre la Leyenda Negra, porque para eso necesitaría una obra de al menos cinco millones de palabras, y aun así todavía quedaría mucho que decir sobre el tema. Pero las recientes declaraciones del presidente saliente de México, Andrés Manuel López Obrador, y de su sustituta en el cargo, Claudia Sheinbaum, me obligan, como buen conocedor de la historia universal, y sobre todo de la de mi patria, a salir al paso de sus argumentaciones, por llamarlas de algún modo. Me centraré, por razones obvias, en el caso concreto de México, país que en su momento abarcó gran parte del entonces Virreinato de Nueva España.

Como su predecesor, Claudia Sheinbaum ha alegado que España debería pedir perdón por los supuestos agravios cometidos, durante la conquista y colonización de América, contra los pueblos precolombinos que poblaban esas tierras. Evidentemente, la señora Sheinbaum mete en el mismo saco a todos esos pueblos, esbozando un retrato amable y pacífico de los mismos, que entronca con la concepción políticamente correcta del buen salvaje descrita por el filósofo Jean-Jacques Rousseau, intrínsecamente falsa.

Tanto Obrador como Sheinbaum pintan una América de sociedades indígenas cultas, felices e ingenuas, sobre las que cayó una horda invasora de españoles dispuesta a exterminarlas para lograr sus fines. Pero la realidad fue muy distinta. En el caso concreto de lo que hoy es México, esas tierras estaban dominadas por el Imperio Mexica, que, a juzgar por las crónicas de la época, estaría muy lejos de ser calificado de benevolente con sus vecinos. De hecho, tenía bajo su yugo a todos los pueblos de la región, que debían pagarle onerosos tributos, entre los que destacaba el humano. Porque lo que no menciona la Sheinbaum es que los aztecas, a los que parece considerar algo así como los antiguos mejicanos, por aquello de que se autodenominaran mexicas, se caracterizaron por ser una sociedad antropófaga, en la que el canibalismo era una práctica habitual. Como normales y casi diarios eran los sacrificios humanos a sus deidades, cuyas víctimas eran devoradas en banquetes rituales. Esas pirámides aztecas escalonadas, que tanto fascinan a los turistas de hoy, eran en realidad altares dedicados a tales atrocidades, por los que corría abundantemente la sangre de los inocentes, niños incluidos.

Más allá de este aspecto truculento, conviene recordar que el Imperio Mexica ocupaba solo una pequeña parte de lo que es hoy en día el México moderno, y que su constitución llegó tras derrotar al Imperio Tepaneca cien años antes. Estos a su vez llegaron al lago de Texcoco probablemente alrededor del siglo X, sometiendo y sojuzgando a los pueblos que ya habitaban la región. No era pues la Mesoamérica precolombina un remanso de paz y amor. Guerras civiles, migraciones, invasiones y accidentes históricos de todo tipo tuvieron en la llegada de los castellanos un nuevo capítulo a añadir a los se habían sucedido desde que el ser humano pisó por primera vez aquellas tierras.

Este fue el panorama que se encontró Hernán Cortés. Aunque las crónicas históricas no aclaran cuántos hombres exactamente componían la expedición de Cortés, en lo que todas ellas están de acuerdo es en que eran muy pocos, variando las cifras entre 300 y 500 soldados. Ampliémoslo hasta 1000. ¿Hay alguien lo bastante ingenuo para creerse que un millar de desastrados españoles, armados con espadas y primitivos arcabuces, pudieran someter ellos solos a un imperio tan extenso, que contaba además con miles de guerreros?

No. Lo que ocurrió fue que Hernán Cortés, que, además de ser un intrépido aventurero, también debía poseer habilidades diplomáticas muy notables, consiguió atraerse a decenas de pueblos autóctonos. Hartas de la opresión de los caníbales mexicas, aquellas gentes se pusieron a las órdenes del caudillo español para acabar de una vez por todas con la tiranía azteca, de suerte que el extremeño se encontró al frente de un ejército de miles de combatientes. No fue una invasión española, como la ha descrito Obrador, sino una verdadera revuelta indígena contra la nación dominante, aquellos que los esclavizaban y devoraban. Obviamente, ni Cortés ni sus hombres eran precisamente unos santos, pero el simple hecho de traer la promesa de la liberación del yugo mexica, y unas costumbres menos gravosas, contrarias los sacrificios humanos y la antropofagia, decidió a los nativos a engrosar sus filas. La desaparición de la pérfida civilización azteca o mexica, como se prefiera, fue determinante para que aquellas tierras, sumadas a otras, formasen con el tiempo el Virreinato de Nueva España, que maravilló a Alexander von Humboldt, decidido defensor de la obra de los nuestros en América. Humboldt recorrió todo el continente de norte a sur a principios del siglo XIX. Visitó Estados Unidos, y aunque el país le agradó, también escribió que ninguna de las ciudades estadounidenses de entonces podía hacerle sombra a las construidas por los españoles en Nueva España, e incluso reconoció que los campesinos de la América española, si bien eran pobres, tenían un nivel de vida muy superior al de los campesinos europeos de la época.

Andrés Manuel López Obrador
Andrés Manuel López Obrador

¿López Obrador y Claudia Shienbaum ignoran lo anteriormente explicado? Por supuesto que no. Al contrario que ciertos políticos y periodistas españoles, que les acusan de ignorancia e incluso de analfabetismo histórico, yo sostengo que conocen bastante bien aquello sobre lo que mienten. Esto es mucho más grave, porque puede disculparse la ignorancia hasta cierto punto, pero no la mentira y la manipulación consciente. Lo que ocurre es que la tergiversación, la falsificación de la historia, son eficaces armas políticas empleadas desde siempre. El socialismo indigenista es una especie de marxismo a la hispanoamericana, que desde unas décadas acá emponzoña esas tierras, promoviendo el desconocimiento de la historia real y focalizando los odios y rencores de los pueblos de Hispanoamérica hacia un objetivo concreto, para mantener distraídas a sus sociedades y que no se cuestionen las cosas que están pasando. Esta es una de las principales razones por las que Obrador, Sheinbum y tantos otros políticos hispanoamericanos abrazan la hispanofobia.

Como es obvio, Obrador y Sheinbaum saben perfectamente a quién pueden atacar y a quién no, de ahí su machacona insistencia en llorar lágrimas de cocodrilo por lo que supuestamente les robó España, al tiempo que mantienen un silencio interesado frente al expolio de México por los Estados Unidos, que a partir de la década de 1840 les despojó de inmensas tierras heredadas del Virreinato, cuya población fue en muchos casos expulsada de allí por la fuerza de las armas.

Claudia Sheinbaum habla de atentado a la cultura mexica por parte de España. Afortunadamente, la Corona española siempre tuvo un excelente cuerpo funcionarial, que se ocupó de dejar constancia por escrito de los asuntos relevantes. Gracias a ello han llegado hasta nuestros días importantes documentos históricos. Los indígenas de América estaban protegidos por las denominadas Leyes de Indias. Veamos la Ley XII del Título 1 del libro que compila esas leyes, dictada por el emperador Carlos I de España y V de Alemania en junio de 1523. Dice textualmente lo que sigue:

Ordenamos y mandamos a nuestros Virreyes, Gobernadores y Audiencias de Las Indias, que todas aquellas Provincias hagan derribar y derriben, hagan quitar y quiten ídolos, aras y adoratorios de la gentilidad, y sus sacrificios, y prohíban expresamente con graves penas a los indios idólatras, y comer carne humana, ya sea de prisioneros o muertos en la guerra, y hacer otras abominaciones.

Los verdaderos genocidas, los que asesinaron indígenas a mansalva fueron, aparte de los mexicas, los integrantes de la élite criolla que acaudillaron los alzamientos contra España, la mayoría de ellos masones a sueldo de los británicos. Aunque descendientes directos de españoles, algunos educados en la península, se alzaron contra su madre patria porque las leyes de esta, que siempre beneficiaron a los nativos, reconociéndolos de hecho como súbditos españoles en nada distintos a los de Castilla o Andalucía, les impedían explotarlos. Es muy significativo que, durante las guerras de independencia de la América española, las masas indígenas formaran en las filas de los ejércitos realistas, y no en los de los libertadores, como el infausto Simón Bolívar. Por eso tales libertadores se aliaron a los británicos, que siempre practicaron un imperialismo depredador, cuyo único objetivo era sacar el mayor beneficio económico posible a los territorios dominados. Algo que nunca ocurrió en las posesiones españolas, que jamás fueron colonias, tal como se las entiende hoy, sino Virreinatos y Provincias que disfrutaban de un amplio nivel de autonomía y leyes similares a las que regían en la península.

El balance histórico de la obra de España en América es decididamente positivo. La conquista americana, como todas las empresas humanas, tuvo sus luces y sus sombras. Pero lo que marca la diferencia entre el imperialismo español y los demás que en la historia han sido, es que en 1549 Carlos I ordenó detener la conquista y someterla a un exhaustivo proceso de examen religioso y político, para determinar si España estaba obrando conforme a la recta moral. Ningún otro imperio, ni antes ni después, ha hecho algo semejante: cuestionarse a sí mismo.

El México actual debe gran parte de su herencia cultural e histórica a Hernán Cortés y a España, mal que les pese a Sheinbaum y Obrador. En cuanto a la presencia española en América, incluso un revolucionario comunista como Ernesto Che Guevara escribió que la unificación de las culturas americanas bajo un mismo idioma había sido un hecho muy positivo, determinante en la futura formación de las naciones hispanoamericanas, y hasta llegó a lamentar que ese proceso no hubiera ido más allá.

Es más, en España no se comprende en absoluto ese afán por borrar parte de la historia de México, porque nuestro país es el resultado final de infinidad de corrientes migratorias, invasiones y capas culturales de las que no se reniega; al contrario, se enarbolan con orgullo cada una de sus contribuciones al acervo común. Desde la lejana Tartessos hasta la Reconquista, el poso que dejaron íberos, celtas, griegos, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, moros, e incluso influencias menores, como las de judíos y gitanos, han conformado nuestra particularísima idiosincrasia nacional.

Concluyo instando a nuestros hermanos mejicanos a preocuparse por conocer a fondo nuestra historia común, así como a desconfiar de las historietas sensibleras y buenistas con las que el socialismo indigenista pretende manipularles en beneficio de las oligarquías criollas que, desde hace dos siglos, son las responsables únicas de la situación de su hermoso país.

© Antonio Quintana Carrandi,
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