Verdades históricas políticamente incorrectas, 9
EL DESEMBARCO DE NORMANDÍA
por Antonio Quintana Carrandi
Material acumulándose en las playas de Normandía
Material acumulándose en las playas de Normandía

El martes 6 de junio de 1944, hace ahora ochenta años, tuvo lugar la Operación Overlord, el desembarco en la costa francesa de Normandía de las poderosas fuerzas aliadas, estadounidense, británica y canadiense. El tema ha sido tratado en miles de libros, largometrajes, telefilms, documentales y artículos de prensa. Resulta casi imposible hallar algo nuevo que contar sobre el asunto. Sin embargo, hay un detalle que, en general, se obvia. Además de liberar al continente de la ocupación nazi, Overlord tenía otro objetivo, que no suele mencionarse, pero que estaba en las mentes de sus planificadores y, sobre todo, de Winston Churchill: asegurar que, al menos en el occidente europeo, la tiranía nacionalsocialista no sería sustituida por la comunista.

Desde el momento en que se confirmó que la operación había salido bien, que las tropas aliadas estaban firmemente asentadas en el continente y que ya no podrían ser arrojadas al mar por los alemanes, Churchill insistió ante Roosevelt y los altos mandos militares en que hay que estrechar la mano de nuestros gentiles aliados rusos lo más al Este que se pueda. Al contrario que el presidente estadounidense, que pecó de cierta ingenuidad al tratar con Stalin y confiaba en exceso en sus promesas, el primer ministro británico no se hacía ilusiones de ninguna clase, porque sabía que la intención del Zar rojo era extender el comunismo y la influencia soviética por todo el continente europeo. El SIS (Secret Intelligence Service/Servicio Secreto de Inteligencia) le mantenía bien informado de las maniobras rusas en las zonas liberadas por el ejército rojo, donde los comunistas locales, con el respaldo del NKVD soviético, estaban ocupando los puestos claves de la administración, con vistas a una toma absoluta del poder político. De hecho, el SIS sospechaba, probablemente con razón, que el Stavka (Ctabka /Estado Mayor supremo del ejército soviético) había desarrollado planes para la conquista de toda la Europa ocupada por Alemania, con el fin de extender las fronteras de la URSS hasta la mismísima orilla del Canal de La Mancha.

Stalin
Stalin

Stalin venía exigiendo la apertura de un segundo frente, que aliviara la presión alemana sobre sus fuerzas, desde 1942. Acusaba veladamente a los occidentales de pretender que todo el esfuerzo y el sacrificio recayeran sobre Rusia para, llegado el momento, poder enfrentarse a la supuestamente debilitada Alemania con más facilidad. En un par de ocasiones llegó a decir que los estadounidenses estaban comprando con dólares la sangre rusa, tesis sostenida por más de un historiador, alguno no precisamente sospechoso de simpatizar con el comunismo. Hay en esto algo de verdad, pues el inmenso ejército soviético era considerado por británicos y estadounidenses como el único que, en cierto momento concreto de la conflagración, podía contener a los hasta hacía poco imparables germanos. De ahí que ingleses y americanos enviaran, durante toda la guerra, enormes cantidades de material bélico de todo tipo a los rusos. Sin embargo, la postura oficial de Stalin tenía mucho de pose, de calculada teatralidad, porque la expansión global del marxismo siempre fue una prioridad para él. Sus instrucciones a sus comandantes militares revelan sus verdaderas intenciones: avanzar hacia el Oeste a toda costa.

Suele considerarse que la aplastante pero costosa victoria rusa en la batalla de Stalingrado (17/7/1942-2/2/1943) partió la columna vertebral del ejército alemán y sería la que, a la larga, determinaría su derrota, pero no fue así. En Stalingrado la Werhmacht sufrió un durísimo revés, pero todavía conservó gran parte de su potencia inicial, aunque a partir de entonces casi siempre luchara a la defensiva, mientras se retiraba. El choque decisivo entre el ejército soviético y el germano fue la batalla del saliente de Kursk (4/7-1/8/1943), el mayor enfrentamiento de fuerzas acorazadas de la historia, el último gran contraataque alemán en el frente oriental, que se saldó con la derrota germana y la pérdida de su capacidad para realizar grandes ofensivas estratégicas en el teatro de operaciones del Este. Ha de insistirse, sin embargo, en que la Werhmacht conservó durante mucho tiempo su capacidad de combate, lo que explica que la contienda se prolongase durante dos años más.

La tenaz resistencia germana ralentizó algo el avance soviético, pero no lo detuvo. Con millones de toneladas de material de procedencia principalmente norteamericana, y sacrificando a millones de sus soldados, cuyas vidas carecían de valor para el psicópata del Kremlin, el rodillo comunista progresaba imparable hacia el Oeste europeo. Los rusos no liberaban nada; se limitaban a aniquilar a los alemanes y ocupar su lugar. Salvo los miembros de los partidos comunistas locales, que ocuparon puestos políticos, militares y policiales de relevancia, la población civil de las naciones liberadas pasó de verse oprimida por los nazis a estar subyugada por los comunistas. De hecho, en muchas zonas los soviéticos no sólo mantuvieron el férreo ordenamiento jurídico/militar impuesto por los germanos, sino que lo endurecieron con disposiciones de su propia cosecha. Del mismo modo, campos de concentración y de exterminio, como el de Auschwitz, no fueron clausurados, sino utilizados por el NKVD para encerrar a los prisioneros de guerra y los disidentes políticos.

Esta realidad incuestionable determinó que, a partir del desembarco en Normandía, diera comienzo una feroz carrera contra reloj entre las fuerzas aliadas occidentales y sus supuestos aliados soviéticos. Mientras los primeros se preocupaban de instaurar gobiernos democráticos en las zonas que liberaban, permitiendo en algunos casos el regreso al poder de los ejecutivos exiliados en Londres, el objetivo de los segundos era someter al bolchevismo a las naciones antes ocupadas por los nazis. El general Eisenhower era muy consciente de ello, y compartía los puntos de vista de Churchill. Patton, el único general, americano o inglés, al que temían por igual alemanes y rusos, no ocultaba su desprecio por las ideologías nazi y comunista, y estaba convencido de que, cuando acabara la guerra, los comunistas iniciarían otra, dispuestos a conquistar toda Europa. Pensaba, como Churchill, que lo mejor que se podía hacer era avanzar rápidamente hacia el Este, para impedir que la dictadura bolchevique reemplazara a la nacionalsocialista en los países liberados. Sus miras estaban puestas en Berlín, pero una controvertida decisión de Roosevelt, que Patton como militar disciplinado no tuvo otro remedio que acatar, dejó la conquista de la capital del Tercer Reich a los soviéticos, un error estratégico que tendría terribles consecuencias durante la posguerra. Roosevelt defendió su postura apelando a su deseo de preservar vidas estadounidenses, pues se temía que los alemanes lucharían hasta el fin en la defensa de Berlín. No hay razón para dudar de la buena voluntad del presidente estadounidense, pero la cruda realidad es que su orden facilitó el avance soviético hacia Europa occidental, algo que desesperó a Churchill, siendo, posiblemente, la única ocasión en que estuvo en desacuerdo con FDR.

La resistencia alemana en Berlín fue numantina. La ciudad sólo se rindió cuando ya casi no quedaban hombres capaces de luchar ni municiones para hacerlo, lo que encolerizó a los soviéticos, que dieron carta blanca a sus tropas, compuestas en su mayor parte por toscos y analfabetos soldados reclutados a la fuerza en las zonas más orientales de la URSS, para que hicieran lo que quisieran con los vencidos. La horda roja se dedicó durante semanas al saqueo, el asesinato y la violación indiscriminada de mujeres de todas las edades, de nueve a noventa años, ante la pasividad e indiferencia de sus mandos. Hubo soldados y oficiales que se comportaron correctamente con los alemanes, pero eran rusos europeos y siempre fueron una minoría. Por otra parte, el odio soviético hacia los alemanes no se debía sólo a las atrocidades cometidas por muchos de ellos en Rusia, bien documentadas incluso por los propios germanos. Lo que más enfurecía a los comunistas era ver cómo las fuerzas de la Werhmacht se rendían en masa a británicos, estadounidenses y canadienses, mientras resistían lo indecible frente a ellos. El ejército alemán seguía combatiendo a los soviéticos, hasta el último cartucho y el último hombre, para que la población civil germana pudiera huir hacia el Oeste, pues todo el mundo sabía que los aliados occidentales posiblemente tratarían con dureza a los vencidos, pero no con brutalidad y salvajismo.

Franklin Delano Roosevelt
Franklin Delano Roosevelt

Fallecido Roosevelt, ocupó la presidencia de USA Harry Truman. Al término de la contienda en Europa, gran parte de las tropas estadounidenses en el continente fueron enviadas al Pacífico, con vistas a la operación que se estaba ultimando para invadir Japón. Esto fue un error de bulto, pues la presencia de esas fuerzas era lo único que podía obligar a Stalin a contener sus ambiciones. Además, para entonces ya estaba lista una nueva arma, la bomba atómica, que en poco tiempo obligaría al Imperio del Sol Naciente a rendirse. A pesar de todo, Truman, que no era de la misma pasta que Roosevelt, caló enseguida a Stalin y redujo significativamente el número de soldados enviados al Pacífico, optando por mantener un contingente notable de tropas en Europa. Esto sería determinante para frenar la expansión soviética, aunque prácticamente toda la zona oriental del continente quedó bajo la bota comunista.

Siempre es arriesgado intentar predecir lo que hubiera pasado de desarrollarse los acontecimientos históricos de otro modo. ¿Qué habría ocurrido con los Estados Unidos si la Confederación hubiese ganado la Guerra de Secesión? ¿Cuál habría sido el destino de España con el Frente Popular (no República) como vencedor de nuestra Guerra Civil? ¿Cómo se habría desarrollado la carrera espacial si los rusos hubiesen llegado los primeros a la Luna? Nunca lo sabremos. Pero lo que no puede dudarse es que, sin el exitoso desembarco en Normandía, sin la presencia del ejército de los Estados Unidos en Europa occidental, esta habría acabado absorbida por la URSS, siendo sometidas sus naciones a una tiranía tan implacable y criminal como la nacionalsocialista. Aunque sólo fuera por eso, la fecha del martes 6 de junio de 1944, y la Operación Overlord, merecerían figurar con letras de oro y timbres de gloria en las páginas de la historia del siglo XX.

© Antonio Quintana Carrandi,
(1.668 palabras) Créditos