YO CREO EN TI
YO CREO EN TI EE. UU., 1948
Título original: Call Northside 777
Dirección: Henry Hathaway
Guión: Jerome Cady, Jay Dratler. Adaptado por Leonard Hoffman y Quentin Reynolds, sobre una serie de artículos de James P. McGuire
Producción: Otto Lang para 20th Century Fox
Música: Alfred Newman, arreglos de Edward Powell
Fotografía: Joe MacDonald
Duración: 112 min.
IMDb:
Reparto: James Stewart (James P. McNeal); Richard Conte (Frank Wiecek); Lee J. Cobb (Brian Kelly); Helen Walker (Laura McNeal ); Betty Garde (Wanda Skutnik-Siskovich); Kasia Orzazewski (Tillie Wiecek); Moroni Olsen (presidente de la junta de libertad condicional); John McIntire (Sam Faxon); E. G. Marshall (Bill Rayska); Howard Smith (K. L. Palmer); Paul Harvey (Martin J. Burns); Joanne De Berg (Helen Wiecek-Rayska); George Tyne (Tomek Zaleska); Michael Chapin (Frank Wiecek jr.); Richard Bishop (Alcaide); Jonathan Hale (Robert Winston); Charles Lane (fiscal); Richard Rober (sargento Larson); Addison Richards (John Alberson); Truman Bradley (narrador); Thelma Ritter (recepcionista); Lionel Stander (Corrigan); Leonarde Keeler (él mismo); Samuel S. Hinds (juez Charles Moulton)

Sinopsis

Chicago, 1932. Un policía es asesinado a tiros en un bar clandestino. Como sospechosos del crimen son arrestados Frank Wiecek y su amigo Tomek Zaleska, delincuentes de poca monta, que hasta entonces no tenían delitos de sangre. Wiecek es identificado como el autor de los disparos por la propietaria del local y Zaleska como su cómplice. Ambos son condenados a 99 años de cárcel por el asesinato.

Once años más tarde, en el Chicago Times aparece un anuncio de la madre de Wiecek, ofreciendo la suma de cinco mil dólares a quien pueda aportar pruebas que demuestren la inocencia de su hijo. El editor del periódico, Brian Kelly, barrunta que de ahí se podría sacar una buena historia, de modo que encarga a J. P. McNeal, su mejor reportero, que investigue el asunto. McNeal se muestra muy escéptico al principio, pero, tras entrevistarse con la madre de Wiecek, con éste en la prisión del Estado, y con su exesposa, comienza a cambiar de opinión. Tanto el departamento de policía como la fiscalía y los políticos procuran obstaculizar sus pesquisas, lo que lleva a McNeal a sospechar que quizás se haya cometido una terrible injusticia con Frank Wiecek.

El periodismo es publicar lo que alguien no quiere que se sepa; lo demás son relaciones públicas.

George Orwell.

Para Montse.

James Stewart
James Stewart

La filmografía de James Stewart es monumental, y para un cinéfilo resulta casi imposible señalar una de sus películas como la mejor o más representativa de su dilatada carrera, de modo que ni siquiera me atreveré a intentarlo. Lo mismo puede decirse de Henry Hathaway, un verdadero maestro del cine, que cultivó casi todos los géneros y siempre con resultados sobresalientes. Pero en 1948 ambos superaron ampliamente sus anteriores trabajos, con una cinta que me atrevo a definir como una de las más importantes centradas en el mundo del periodismo.

La crónica de sucesos siempre ha sido una inagotable fuente de ideas argumentales para los guionistas de Hollywood, aunque debe reconocerse que, por lo general, lo que se hacía era tomar como base un caso criminal auténtico, sobre el que se redactaba una historia que, tras diversas reescrituras, acababa pareciéndose muy poco a la realidad. No obstante, algunos de estos casos fueron tan mediáticos, diríamos ahora, provocaron tal indignación en la sociedad, que Hollywood se arriesgó a contar las cosas tal y como habían sucedido, aunque alterando ligeramente los nombres de los protagonistas de los hechos. Esto fue lo que 20th Century Fox, el Estudio dirigido con mano de hierro por mi admirado Darryl F. Zanuck, se atrevió a hacer.

Los hechos reales habían levantado ampollas en la administración de Illinois. En 1932, en plena Ley Seca, Chicago era una ciudad extraordinariamente violenta. Y eso a pesar de que, un año antes, el dueño y señor del crimen organizado en La ciudad del viento, Al Capone, había sido arrestado, juzgado y condenado a una larga pena de prisión.

Veamos cómo se desarrollaron los hechos reales en los que se inspira el film.

El viernes 9 de diciembre de 1932 fue asesinado a tiros el agente de policía William D. Lundy, de cincuenta y siete años de edad, cuando intentaba impedir un robo en la charcutería propiedad de Vera Walush, situada en South Ashland Avenue. Los ladrones eran dos y uno de ellos abatió al policía con un revólver. Ambos individuos huyeron con las manos vacías. Poco después, fueron arrestados como sospechosos del crimen dos ciudadanos estadounidenses de origen polaco, Joseph Majczek, de veinticuatro años, y Theodore Marcinkiewicz, de veinticinco. El de 1932 fue un año nefasto para la policía de Chicago, porque muchos de sus miembros habían caído en acto de servicio. Nada menos que cinco agentes habían sido asesinados esa misma semana, de modo que los ánimos de sus compañeros estaban más que caldeados. Tanto los oficiales del departamento como las instancias judiciales, y hasta buena parte de la sociedad misma, abogaban por castigar con ejemplaridad a los asesinos de policías. Tal vez por esa razón se aceptó como válido el testimonio de Vera Walush, a pesar de que su fiabilidad como testigo dejaba mucho que desear, ya que incurrió en muchas contradicciones. Majczek y Marcinkiewicz se declararon inocentes, y hasta presentaron coartadas bastante sólidas, avaladas por algunos testigos, que los situaban muy lejos del escenario del crimen en el momento de perpetrarse este. No les sirvió de nada, pues fueron declarados culpables por el jurado y sentenciados a noventa y nueve años de cárcel en 1933 por el Tribunal Penal del Condado de Cook, entonces presidido por el juez Charles P. Molthrop. La sentencia fue confirmada por el Tribunal Supremo del Estado de Illinois en 1935.

Más de una década después, el martes 10 de octubre de 1944, el diario Chicago Times publicó un anuncio muy peculiar en su sección de clasificados. El texto era el siguiente:

Recompensa de 5.000 dólares para quien aporte pruebas sobre las identidades de los verdaderos asesinos del oficial Lundy, crimen cometido el 9 de diciembre de 1932.

El anuncio incluía un número de teléfono, con el que podían contactar los interesados.

Alguien de la sección de clasificados debió pensar que aquello podría resultar interesante para el periódico, de modo que lo puso en conocimiento del editor jefe, Karin Walsh. Este, tras sopesar el asunto, llamó a su reportero más experimentado, James P. McGuire, con amplia experiencia en investigar asuntos criminales. Parece ser que, al principio, McGuire, como su alter ego cinematográfico encarnado por Stewart, consideraba que aquello no tenía mucho recorrido, que el tal Majczek era culpable sin ninguna duda. Pero, tras entrevistarse con su madre, que trabajaba en el edificio de la Commonwealth Edison Company, y descubrir que los cinco mil dólares los había conseguido fregando suelos durante años, ahorrando centavo a centavo, el periodista pensó que de allí se podría sacar una historia de interés humano. Seguía creyendo en la culpabilidad de Majczek y Marcinkiewicz, pero esto cambió cuando empezó a estudiar los pormenores del caso. La condena para un sentenciado por asesinato en primer grado era la muerte, que en el Estado de Illinois se aplicaba mediante la silla eléctrica. Sin embargo, los acusados habían sido sentenciados a noventa y nueve años, ni siquiera a cadena perpetua, aunque, en la práctica, venía a ser como una condena de por vida. McGuire descubrió que, con arreglo a esa sentencia, Majczek y Marcinkiewicz tenían la posibilidad de solicitar la libertad condicional al cumplirse treinta años de su encierro. El periodista sospechó que esto podía deberse a que el juez había albergado alguna duda, por pequeña que fuera, sobre su culpabilidad.

Tillie Majczek le pasó a McGuire una declaración de treinta páginas manuscritas, que su hijo le había enviado desde la cárcel en varias cartas sucesivas durante sus primeros meses de encierro. En ella, Majczek afirmaba que, después de que el juez dictara sentencia contra ellos tras escuchar el veredicto del jurado, había ordenado que tanto él como su amigo Marcinkiewicz fueran conducidos a su despacho. Siempre según Majczek, el juez Molthrop les dijo que la ley le obligaba a condenarlos, pero que estaba convencido de que se había producido algún error de procedimiento, por lo que les prometió un nuevo juicio. De hecho, uno de los testigos del asesinato, James Zagata, también participó en la reunión en el despacho del magistrado, pues en la sala había declarado que no podía identificarlos como los autores del crimen. Su declaración fue ignorada por el jurado, que optó por dar credibilidad al testimonio de Vera Walush. Siempre según lo consignado en el texto de Majczek, Zagata había insistido ante el juez en que se había condenado a dos inocentes.

Cada vez más intrigado, McGuire siguió indagando sobre el asunto. Si Molthrop tenía intención de preparar un nuevo juicio, no pudo hacerlo, ya que enfermó y murió poco después, en 1935. Quedaba James Zagata y el periodista consiguió localizarlo. Era camionero y trabajaba como transportista de carbón. Se mostró muy colaborador con McGuire, confirmando que la reunión en la oficina del juez se había producido en los términos explicados en el relato de Majczek. Añadió, además, que unos días después del juicio Molthrop le había llamado de nuevo a su despacho, interesándose por algunos detalles de su declaración, referentes a que los asesinos del agente Lundy eran considerablemente más altos que Majczek y Marcinkiewicz. El juez había asegurado a Zagata que estaba realizando los trámites pertinentes para un nuevo juicio.

Con el apoyo incondicional de su periódico, McGuire prosiguió sus investigaciones, descubriendo que la charcutería de Vera Walush, era, en realidad, un bar clandestino. El Departamento de Policía de Chicago y la Fiscalía del Estado de Illinois trataron sin disimulo de obstaculizar sus pesquisas, pero el periodista se las ingenió para acceder al atestado policial. Descubrió así que, en un principio, Vera Walush no había identificado ni a Majczek ni a Marcinkiewicz durante la rueda de reconocimiento. Sin embargo, más tarde afirmó que eran, sin ninguna duda, los autores del crimen. ¿Por qué había cambiado la Walush su declaración? Por algunos rumores que había escuchado durante sus indagaciones, y por la actitud de varios agentes del orden con los que trató, McGuire acabó sospechando que la mujer había sido amenazada con ser arrestada por infringir la Prohibición, si se negaba a testificar contra Majczek y Marcinkiewicz. Este detalle fue señalado por el periodista en uno de sus artículos publicados en primera plana por el Chicago Times, aunque sin acusar directamente de nada a la policía. El texto de McGuire provocó una verdadera tormenta política en la ciudad. Desde varias instituciones, tanto locales como estatales, se instó al diario para que dejara de cuestionar la actuación de las autoridades en ese caso. Pero la bomba mediática estalló cuando, en un artículo posterior, McGuire reveló que, casi con toda probabilidad, Molthrop había recibido instrucciones políticas para que no concediera un nuevo juicio a los acusados. El juez militaba en las filas del Partido Demócrata. En los Estados Unidos los jueces son electos, y la mayoría de ellos aspira a labrarse una posición política. Molthrop, presumiblemente, habría sido sometido a las presiones de la cúpula de su partido, y al resistirse a ellas, ésta se las había arreglado para acabar con su carrera judicial, así como con sus ambiciones políticas.

McGuire escarbó a fondo en el asunto, descubriendo que, tras horas de interrogatorio, Vera Walush había declarado que uno de los asesinos podría ser un tal Ted, al que no conocía, según ella, más que de nombre. Por razones jamás aclaradas, la policía asumió que se trataba de Theodore Marcinkiewicz, que en ese momento pasó a ser el principal sospechoso del homicidio. Se dictó una orden de busca y captura en su contra, pero no pudo ser encontrado. Quince días después del crimen, fue arrestado un contrabandista de licor que, al parecer, conocía a Marcinkiewicz, aunque no tenía mucho trato con él. Para no ser enviado a prisión, ese contrabandista llegó a un acuerdo con la policía, declarando que Marcinkiewicz era muy amigo de Joseph Majczek, a cuya casa acudía con frecuencia. La policía asaltó el domicilio de los Majczek el jueves 22 de diciembre de 1932. No encontraron allí a Marcinkiewicz, pero Joseph fue detenido. Marcinkiewicz se entregaría voluntariamente poco después, alegando que lo hacía con la intención de demostrar que tanto su amigo Joseph como él eran inocentes.

El mismo día del arresto de Majczek, éste fue incluido en un grupo de sospechosos, para ver si Vera Walush le identificaba, pero la mujer declaró que jamás había visto a ese hombre. Sin embargo, apenas veinticuatro horas después, juró que era el que había disparado contra Lundy, añadiendo que Marcinkiewicz le acompañaba. Entonces, la policía procedió a redactar un informe, según el cual Joseph Majczek había sido detenido el mismo día de la identificación positiva, el viernes 23 de diciembre, cuando, en realidad, lo habían arrestado un día antes. McGuire, que, como todo buen periodista, tenía sus contactos, se las arregló para localizar el informe de arresto original en un almacén de documentación y pruebas de la policía. No existía duda posible, ya que el documento estaba fechado el 22 de diciembre, y, por tanto, avalaba lo declarado por Majczek.

El destino a punto de cambiar
El destino a punto de cambiar

A pesar de esa prueba en favor de Majczek descubierta por McGuire, el Fiscal del Estado de Illinois, Thomas J. Courtney, se negó a reabrir el caso. Entonces el Chicago Times, a instancias de su propietario, contrató los servicios de Walker Butler, uno de los abogados más importantes del Estado, encargándole demostrar que Majczek había sido víctima de una injusticia. Se daba la circunstancia de que Butler era miembro del Senado del Estado de Illinois por el partido Republicano y buen amigo del entonces gobernador, el también republicano Dwight H. Green.

Butler definió el intento de reabrir el caso por parte del Chicago Times como un error, optando por investigar más a fondo los detalles legales del mismo, para luego solicitar el perdón del gobernador. Tras examinar las transcripciones del juicio, concluyó que William W. O´Brien, abogado de Majczek, había actuado con notoria incompetencia profesional. También demostró que la policía había cometido varias irregularidades. Su trabajo fue tan meticuloso, que el miércoles 15 de agosto de 1945 el gobernador se avino a indultar a Joseph Majczek. Hubo quien insinuó en prensa y radio que Green había perdonado a Majczek más por su amistad con Butler, que por las pruebas a favor del recluso. Pero esa opinión no se sostuvo durante mucho tiempo, pues el prestigioso abogado había aportado datos suficientes que demostraban la absoluta inocencia de su cliente.

El caso de Theodore Marcinkiewicz, que la película de 1948 obvió olímpicamente por razones nunca explicadas, fue bastante distinto. Butler había sido contratado por el Chicago Times sólo para defender a Majczek, así que no se ocupó de Marcinkiewicz. No obstante, poco antes de que Green dejara el cargo de gobernador, tras ser derrotado en las urnas por el demócrata Adlai Stevenson, había ofrecido a Theodore conmutarle la condena de noventa y nueve años por otra de setenta y cinco, con lo cual podría optar a la libertad condicional en 1958. El recluso rechazó la oferta, indignado, porque aceptarla habría sido como aceptar implícitamente su culpabilidad. Su decisión se demostró acertada. En 1950 fue exonerado de toda culpa por un recurso estatal de Habeas Corpus, concedido por Thomas J. Lynch, juez del Tribunal Penal del Condado de Cook. En su auto, el juez Lynch concluía que la fiscalía había suprimido hechos e ignorado algunas pruebas, lo que equivalía a negarle un juicio justo a Marcinkiewicz. Algún tiempo después, Majczek y Marcinkiewicz recibirían una compensación económica por el tiempo que pasaron injustamente entre rejas: veinticuatro mil dólares el primero y treinta y cinco mil el segundo. Los verdaderos asesinos del oficial Lundy nunca fueron encontrados. Nadie, ni en la fiscalía ni en el Departamento de Policía, fue procesado por las irregularidades cometidas. A todos los efectos, se corrió un tupido velo sobre el asunto.

En cuanto a McGuire, ganó el Premio Pulitzer por su serie de artículos sobre el caso. Pero debe hacerse notar que, en aquella época, los reporteros estrella como McGuire se dedicaban preferentemente a la investigación de las noticias y la recopilación de datos, siendo otro el encargado de redactar los textos que publicaría el periódico. Por esa razón, todos los artículos sobre el caso Majczek aparecieron bajo las firmas de McGuire y John J. McPhaul. Este último fue también autor de la mejor biografía del gánster Johnny Torrio, mentor de Al Capone.

Los artículos de McGuire alcanzaron difusión nacional, de modo que Darryl F. Zanuck, decidido a llevar un relato tan impactante a la pantalla, se apresuró a adquirir los derechos cinematográficos y a obtener las pertinentes autorizaciones legales de las principales personas involucradas en la historia. Conseguido esto, envió al productor Otto Lang y al guionista Leonard Hoffman a Chicago, con el encargo de reunir todo el material que pudieran para la película, así como entrevistar a McGuire. Con el fin de darle al film un aire de autenticidad, Zanuck insistió en que debía rodarse, siempre que fuera posible, en los lugares en que ocurrieron los hechos. YO CREO EN TI fue, por tanto, una de las primeras películas rodadas a pie de calle, tomándole el pulso a una gran urbe estadounidense.

Wiecek frente a McNeal
Wiecek frente a McNeal

En principio, el papel protagonista iba a ser para Henry Fonda, pero Zanuck decidió colocarle en un melodrama de empaque, ENTRE EL AMOR Y EL PECADO (DAISY KENYON, Otto Preminger, 1947), junto a Joan Crawford y Dana Andrews. La Fox negoció entonces con James Stewart, que se revelaría como el actor idóneo para encarnar al honesto McNeal. El personaje del redactor jefe del Chicago Times, Brian Kelly, le fue asignado a Lloyd Nolan, luego sustituido, por razones desconocidas, por Lee J. Cobb. En cuanto a Frank Wiecek, Zanuck tenía claro que nadie interpretaría el personaje mejor que Richard Conte, un actor especializado principalmente en papeles de gánster en producciones policiacas, pero que también había destacado en cintas bélicas de propaganda. Una vez seleccionado el reparto, el Gran Jefe de la Fox dio vía libre al proyecto, que se convertiría en el más importante de Estudio en ese momento.

El rodaje concluyó en noviembre de 1947. Tras una primera proyección de prueba en Baltimore, Maryland, YO CREO EN TI fue oficialmente estrenada el miércoles 18 de febrero de 1948 en el Roxy Theatre de Nueva York. Recibió excelentes críticas y fue un auténtico bombazo, porque dos semanas después, cuando ya había llegado a diecisiete grandes ciudades de Estados Unidos, su recaudación en taquilla superaba ampliamente el medio millón de dólares. Al año de su estreno, había producido más de dos millones setecientos mil dólares de beneficios.

El éxito de la película fue impresionante, lo que benefició muchísimo a James Stewart, que no había recibido muy buenas críticas por dos de sus trabajos anteriores, ¡QUÉ BELLO ES VIVIR! (IT´S A WONDERFUL LIFE, Frank Capra, 1946) y CIUDAD MÁGICA (MAGIC TOWN, William A. Wellman, 1947). Pero Zanuck decidió que el tema que trataba era demasiado escabroso, de modo que vetó su participación en los Oscars. En su lugar la Fox optó por presentar a los premios NIDO DE VÍBORAS (THE SNAKE PIT, Anatole Litvak, 1948), vehículo para el lucimiento de Olivia De Havilland, que obtuvo seis nominaciones, incluidas las de mejor película, director y actriz, pero sólo consiguió el galardón al mejor sonido para Thomas T. Moulton. Cabe preguntarse cómo se habría desenvuelto en la gala YO CREO EN TI, teniendo en cuenta que otra obra maestra del cine negro, LA CIUDAD DESNUDA (THE NAKED CITY, Jules Dassin, 1948), última producción del legendario Mark Hellinger y distribuida por Universal, consiguió los Oscars a la mejor fotografía en B/N para William Daniels y al mejor montaje para Paul Weatherwax.

El paso del tiempo ha situado a esta película por encima de algunas galardonadas en aquella edición de los Premios de la Academia. En todo caso, es una cinta poderosa, impactante, dura y en cierto modo descorazonadora, porque su argumento es casi un calco exacto de una terrible realidad, de una injusticia absoluta, perpetrada por aquellos que, en teoría, deberían velar por el estricto cumplimiento de la ley y la protección del inocente. La historia narrada en YO CREO EN TI, cien por cien verdadera, es un recordatorio de que las instituciones no son infalibles, y que quienes trabajan en ellas pueden cometer errores, e incluso, llevados por un equivocado celo profesional, ensañarse con un inocente.

McNeal en plena llamada urgente
McNeal en plena llamada urgente

En YO CREO EN TI Stewart sorprende al espectador al encarnar a un personaje bastante alejado de los roles que había representado hasta entonces. Su J. P. McNeal es un periodista endurecido por el contacto con lo más desagradable de la realidad cotidiana, un hombre descreído, escéptico e incluso algo cínico, que, al principio, muestra muy poco interés por un asunto que le huele a camelo. No obstante, al descubrir ciertos detalles oscuros del caso, su interés por el mismo aumentará paulatinamente, hasta convencerse de que Wiecek ha sido víctima de un error judicial, o de algo peor. A partir de ese momento, McNeal se consagra a descubrir la verdad, aunque para lograrlo tenga que enfrentarse a las presiones de la policía, de la oficina del fiscal e incluso del gobierno del Estado, interesados en echar tierra sobre el asunto. Inasequible al desaliento, el reportero va peregrinando por despachos oficiales y comisarías, siempre con el lápiz y la libreta de notas a mano, haciendo preguntas incómodas. En un momento dado, en las escenas en el despacho del propietario del periódico, un representante del gobierno del Estado y otro de la fiscalía le acusan de desprestigiar las instituciones con su proceder. Con argumentos sólidos y bien ponderados, el periodista consigue sembrar la duda entre la mayoría de asistentes a la reunión. Insiste en la necesidad de seguir investigando, y alega que, en todo caso, dada la inconsistencia del testimonio de Wanda Skutnik, debería otorgársele el perdón a Wiecek.

Henry Hathaway, al que algunos indocumentados insisten en considerar poco más que un artesano, realiza uno de sus trabajos más memorables. YO CREO EN TI ostenta un tono semi documental, con una voz en off que nos introduce en la historia y nos acompaña a lo largo del relato, sin prodigarse en exceso, ilustrando los pasajes más relevantes de la misma. El fondo musical, omnipresente en otros títulos del cine negro, brilla aquí por su ausencia, pues el director tenía muy presente que en la vida real no suele haber música de fondo de ningún tipo. Recurriendo a imágenes de archivo, sabiamente entremezcladas con tomas expresamente filmadas para la película, Hathaway refleja en pantalla la sobriedad, e incluso la sordidez en ocasiones, del Chicago auténtico, contrastando notablemente con los exteriores de estudio mostrados en otras producciones. Esto otorga al film un plus de credibilidad, al presentar la gran urbe del lago Michigan como en realidad era en aquella época, sin tratar de embellecerla de ninguna forma. McNeal se mueve por deprimentes barrios marginales, en los que se hacinan los inmigrantes en edificios destartalados, siempre a la búsqueda de la esquiva Wanda. Las escenas callejeras se ven beneficiadas por la excelente fotografía del maestro MacDonald, sobria y funcional, sin alardes técnicos de ningún tipo.

YO CREO EN TI funciona como cinta de denuncia social, pero también como crónica del trabajo periodístico presidido por la ética profesional y personal. James Stewart realiza un trabajo sobresaliente en esta cinta. Lee J. Cobb encarna a la perfección al típico redactor jefe de un diario. Por su parte, Richard Conte, dejando por una vez a un lado sus característicos papeles de criminal sin escrúpulos, como el Martin Rome de UNA VIDA MARCADA (CRY OF THE CITY, Robert Siodmak, 1948), está inmenso en el rol de un hombre un tanto desvalido, pero íntegro y leal, dispuesto a lo que sea, incluso a pudrirse en la cárcel, para defender la dignidad de su familia. Es precisamente su determinación en este aspecto lo que impresionará favorablemente a McNeal, decidiéndole a seguir adelante con el caso e intentar probar su inocencia.

YO CREO EN TI se filmó en un momento especialmente delicado, cuando en Hollywood acababa de desatarse la denominada Caza de Brujas, auspiciada por el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso estadounidense, efecto colateral de la polarización ideológica provocada por la Guerra Fría desatada entre los bloques democrático y soviético. Una de sus consecuencias fue que los Estudios se vieron forzados a endurecer su autocensura. Zanuck estuvo muy vigilante, para evitar que la película fuese acusada de abogar por la subversión del orden constitucional, ya que su argumento trataba, aunque fuera tangencialmente, la corrupción política, judicial y policial. El ambiente era muy tenso en esos momentos, no estaba el horno para bollos, como suele decirse, y el Gran Jefe de 20th Century Fox dejó muy claro a los guionistas que en la película debían atribuirse las actividades delictivas con mucho cuidado, procurando dejar en buen lugar el papel jugado por la administración de justicia y la policía. Esto explica que determinados personajes, estratégicos en el esclarecimiento de los hechos, fallezcan entre la encarcelación de Wiecek y la revisión de su caso, quedando así fuera de la trama. Se buscaba con ello convencer a los espectadores de que no había habido mala voluntad o negligencia por parte de las autoridades. El film se limita a presentar el concurso de la corrupción, y el incumplimiento de las leyes por quienes han jurado defenderlas, a aspectos meramente accesorios, sin ofrecer en ningún momento rostros o nombres de funcionarios públicos concretos como responsables de haber infringido la ley. Incluso en algún pasaje se presentan alegatos en defensa del modélico papel ejercido por la policía y los jueces frente a la delincuencia. Pero este objetivo sólo se alcanzó en parte, porque, al tratarse de una historia real ampliamente publicitada, todo el mundo conocía los hechos.

Ejemplo de la corriente verista que se asentó en Hollywood recién terminada la guerra mundial, YO CREO EN TI recrea ciertos procedimientos técnicos entonces muy novedosos y poco conocidos, como la transmisión fototelegráfica de un periódico a otro, la curiosa microcámara que emplea McNeal, digna de un espía, o el polígrafo, también conocido como detector de mentiras. El técnico que maneja el polígrafo al que se somete Wiecek es Leonarde Keeler, el mismísimo inventor del aparato, que diseñó en 1938, mientras trabajaba para el Departamento de Policía de Berkeley, California.

Obra de visionado obligatorio para todo amante del cine clásico, YO CREO EN TI se erige como un homenaje fílmico a los periodistas honestos, comprometidos con una profesión que asumen como un servicio público. Es también una de las cumbres del cine negro, uno de los mejores títulos de la filmografía de James Stewart y una de las cintas más interesantes y absorbentes que dirigió el maestro Hathaway.


Notas

El estado de Illinois tiene una estructura política y administrativa adaptada en gran parte de la del gobierno federal de los Estados Unidos. De modo que posee una Asamblea General dividida, como el Congreso estadounidense, en dos cámaras: Senado y Cámara de Representantes. Illinois está dividido administrativamente en 59 distritos senatoriales, de modo que posee igual número de senadores. Walker Butler fue, por tanto, senador del estado de Illinois, pero no senador por Illinois, diferencia semántica que debe tenerse muy en cuenta. Cada uno de los 50 estados que forman USA tiene dos senadores en el Senado nacional, en Washington D. C. En el caso de Illinois, una persona no puede pertenecer al mismo tiempo a ambos Senados, federal y estatal. (N del A).

© Antonio Quintana Carrandi,
(4.232 palabras) Créditos