Verdades históricas políticamente incorrectas, 8
LA OLIGARQUÍA EUROPEA
por Antonio Quintana Carrandi
Bandera de Europa

La voz Europa está continuamente en la boca de los políticos y los periodistas, así como en todos los medios de comunicación. Es, con diferencia, una de las palabras más empleadas, un vocablo comodín, que sirve para justificar tanto un roto como un descosido. De hecho, es la excusa de moda entre la clase política, pues sirve para cualquier cosa. Cuando el político de turno es incapaz de argumentar con sensatez y razones su postura, o la decisión que haya tomado, suele exclamar: ¡Es que lo exige Europa!. O la UE, que para el caso es lo mismo. Y se queda tan ancho y los que le escuchan tan contentos, porque el término Europa parece tener algo de mágico, como si su invocación sirviera para arreglar cualquier desaguisado por arte de birlibirloque.

Como no podía ser menos, eso que llaman Europa, y que no tiene absolutamente nada que ver con la Europa histórica y real, se define a sí misma como democrática y, por tanto, defensora de los supuestos valores democráticos en el mundo. Democracia: he aquí otra palabra que, como Europa, ha perdido por completo su significado original, degenerando en una expresión hueca, que se utiliza para enmascarar lo que sea.

La Europa que tanto defienden los políticos es cualquier cosa menos democrática. Para constatar la veracidad de lo que afirmo, basta estudiar a fondo la historia de la Unión Europea, cuando esta pasó a reemplazar al Mercado Común y empezó a ir mucho más allá de los meros acuerdos comerciales, iniciando una campaña de injerencia política cada vez más agresiva, que nos ha conducido hasta la situación actual.

Un análisis pormenorizado de la historia y desarrollo de la UE superaría ampliamente los objetivos del presente trabajo, de modo que me limitaré a señalar sólo algunos detalles que demuestran, más allá de cualquier duda, que la mencionada no es, ni de lejos, una organización democrática, sino todo lo contrario.

Las principales instancias de la UE son la denominada Comisión Europea, que actúa como un ejecutivo al uso, y el Parlamento Europeo. Sin embargo, debe señalarse que la relación entre estos dos organismos no tiene nada que ver con la que, por ejemplo, existe entre un gobierno nacional y el parlamento de ese país. En España el gobierno emana del parlamento, pero en la UE no ocurre así. La Comisión Europea y el Parlamento Europeo son dos instancias completamente separadas. De existir un mínimo de democracia en la UE, los miembros de la Comisión deberían ser elegidos bien por el Parlamento, bien por sufragio universal. Pero no ocurre así, sino que está integrada por una élite política que se elige a sí misma. Cabría preguntarse qué poderes, políticos y económicos, determinan quién puede formar parte de esa élite.

Todo el entramado de la UE está convenientemente cubierto por una tenue pátina democrática, de ahí la existencia del Parlamento, votado por las ciudadanías de los países miembros. Pero los europarlamentarios jamás votan en contra de nada que emane de la Comisión Europea, de modo que éstos no están sirviendo a los intereses de sus conciudadanos, sino sólo a los de la élite que controla la Comisión.

Un ejemplo del talante democrático de Europa lo tenemos en el asunto del Referéndum de 2005, con el que se buscaba la aprobación de las ciudadanías de los países miembros al establecimiento de una Constitución Europea. Las principales formaciones políticas de cada país fueron aleccionadas desde Bruselas para hacer campaña por el a la pregunta que se planteaba: ¿Aprueba usted el tratado por el que se establece una Constitución para Europa? El iletrado inocente pueblo español, convenientemente pastoreado por PP y PSOE, con el auxilio de algunos partidos menores, votó abrumadoramente a favor. El obtuvo 11.057.563 votos, mientras que sólo 2.453.002 españoles votaron No. Cabe señalar que la participación fue la más baja registrada hasta entonces en una cita electoral desde la llegada de la democracia, lo que revela el interés de los españoles sensatos por la hoy sacralizada idea que tienen algunos de Europa. Si el 77 por ciento de los votos fue para el , se debió tan sólo a que PP y PSOE se esforzaron por movilizar a eso que llaman sus bases, formadas principalmente por masas fanatizadas, siempre dispuestas a apoyar al partido de sus amores, sin que les importe lo desaconsejable o incluso dañino que lo defendido por los suyos pueda resultar para los intereses reales de España.

En otros países, con poblaciones mejor formadas e informadas, y con unas tradiciones y costumbres democráticas que en España no existen, los resultados estuvieron muy igualados entre los defensores de una y otra opción. Pero en naciones como Holanda y Francia la gente votó masivamente en contra, lo que alarmó a la oscura burocracia de Bruselas, pues, de acuerdo con sus propias leyes, era necesario que el ganara por una amplia mayoría. No obstante, dicha burocracia se había curado en salud, dándole al Referéndum el carácter de consultivo y no vinculante, por si los resultados del mismo no eran los esperados.

A la vista de lo sucedido, lo lógico y normal hubiera sido que la UE procediera a rehacer el proyecto de Constitución, para darle una impronta más popular, por así decirlo, corrigiendo aquellos apartados de la misma que más suspicacias habían levantado entre los que votaron No, y sometiéndolo de nuevo a consulta ciudadana. Pero los burócratas de Bruselas debieron caer en la cuenta de que los referéndums los carga el diablo, pues la gente puede elegir entre dos opciones, y como lo que pretendían era imponer esa Constitución política como fuera, optaron por hacerlo de tapadillo, por la puerta de atrás. De modo que, dos años más tarde, en 2007, se sacaron de la manga el Tratado de Lisboa, que entró en vigor en diciembre de 2009. Los términos de dicho Tratado no eran más que los postulados de la Constitución, convenientemente maquillados con retórica. Fue una maniobra política magistral. Como teóricamente no era una Constitución, sino un Tratado, no tenía que ser sometido a Referéndum; bastaba con que lo votaran los parlamentos nacionales. Y todos y cada uno de los parlamentos de los países miembros lo votó sin cuestionarse ninguno de sus apartados. De modo que una Constitución rechazada por gran parte de la ciudadanía europea, fue ratificada por los supuestos representantes públicos de cada país, en contra de los deseos de sus propios pueblos. Todo muy democrático, como puede verse.

Lo anteriormente explicado basta para comprender que la Unión Europea, aunque en sus formas exteriores lo aparente, no es democrática. De hecho, es una organización dirigida por una oligarquía burocrática, que sólo responde ante sí misma y ante los oscuros poderes políticos y financieros que, por pura lógica a la vista de lo narrado, deben controlarla.

El asunto es todavía más grave, porque afecta directamente al funcionamiento de la política de las naciones pertenecientes a la UE. Los miembros de los dos grandes partidos españoles no se cansan de glosar la democracia consolidada española. Pero la triste realidad es que España tampoco es una democracia. No puede serlo de ninguna manera, desde el momento en que las grandes decisiones que afectan a España y los españoles no se toman en Madrid, por el gobierno y el Parlamento elegidos por el pueblo, sino por los burócratas de Bruselas.

Lo expuesto en los párrafos precedentes revela una inquietante realidad sobre el derrotero que ha tomado nuestro país, al igual que otros muchos, bajo la batuta de una clase política volcada en complacer a Bruselas, aunque ello vaya en detrimento de los intereses nacionales. Una verdad histórica contemporánea que sólo puede causar preocupación en cualquier persona medianamente sensata.

© Antonio Quintana Carrandi,
(1.284 palabras) Créditos