REFLEXIONES DE UN CINÉFILO ENCABRONADO
por Antonio Quintana Carrandi
PIELES

Entre todos los chupópteros que se nutren de la rica sopa boba segregada por la ubre estatal, no los hay más hipócritas que los del cine. Han dado sobradas muestras de ello durante décadas, pero en la última edición de ese sarao progre que llaman Gala de los Goya, donde los titiriteros del celuloide se dedican a repartirse galardones entre ellos y a fingir que realmente representan algo, el inefable Almodóvar ha batido todos los récords de cinismo y desvergüenza habidos y por haber. El perpetrador de manchegadas tan insufribles como MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS o LA MALA EDUCACIÓN, ha cargado contra aquellos que han expresado sus críticas al cine español y a los que viven del mismo, afirmando que el dinero que el Estado invierte en el cine, en modo de subvenciones, regresa con creces a la sociedad, dando a entender así que es una industria rentable.

Hace décadas que el abajo firmante, cinéfilo acérrimo con varios miles de películas de todos los géneros en la mochila, está más que harto de la tropa peliculera hispana. Las declaraciones del titiritero manchego se me antojan simplemente vomitivas, pues, si algo está más claro que el agua, es que el cine español apenas tiene espectadores. De hecho, es la actividad cultural (o pseudo cultural, viendo quiénes viven de ella y lo que hacen) más ruinosa de España. No hay más que contrastar la cuantía de las subvenciones otorgadas a estos personajillos, con los beneficios que produjeron en taquilla las cintas que perpetraron. Durante el pasado 2023, se realizaron alrededor de medio millar de películas. Todas ellas, juntas, recaudaron algo más de 80 millones de euros. Dicho así, parece mucho, pero lo cierto es que generaron pérdidas tremendas. Una cantidad no desdeñable se financiaron con cargo al erario público, pues el Estado les otorgó subvenciones por valor de 167 millones. No hay que olvidar que estas ayudas (así las llaman) son, como tantas otras que reparte a manos llenas la politiquería tiñalpa a costa de nuestros impuestos, a fondo perdido. Teniendo en cuenta que, como he dicho, los beneficios generados por esos films fueron de unos 80 millones, y que el IVA del cine anda por el 10 por ciento, resulta que el Estado sólo recupero unos 8 millones de una inversión (por llamarla de alguna manera) de 167. Una ruina absoluta se mire como se mire.

Para más abundamiento, sólo una de las películas estrenadas superó el millón de espectadores, lo que, en un país de 47 millones de habitantes, es una cifra irrisoria. TE ESTOY AMANDO LOCAMENTE, que fue subvencionado nada menos que con un millón de euros, apenas logró recaudar 67.000. La media de espectadores que acudieron a las salas para ver cine español, durante el pasado 2023, rara vez superó las 20.000 personas por película. De hecho, buena parte de ellas ni siquiera alcanzaron, ni de lejos, la mitad de esa cantidad.

De modo que las cifras, por sí solas, bastan para echar por tierra las absurdas afirmaciones de Almodóvar, y demuestran, más allá de cualquier duda, que el cine español no es que sea deficitario, sino simplemente ruinoso; un verdadero lastre económico para las arcas del Estado.

La cosa es aún más indignante, si consideramos que el proyecto de la ley ELA permanece en el limbo porque, según los politicastros, no hay dinero. Para atender debidamente a los aquejados por la esclerosis lateral amiotrófica, bastaría con una inversión de 100 millones anuales; una fruslería, si lo comparamos con los 167 que se han pulido el manchego y sus adláteres, o con los miles de millones que ha tirado por el sumidero progre el inútil ministerio de IGUAL-DA. Pero tener contentos a los titiriteros del casposo cine patrio, para que salgan en su defensa a las mínimas de cambio, parece importarle más al doctor sin doctorado que la atención a las personas afectadas por esa espantosa enfermedad degenerativa.

Mas no debemos equivocarnos. La derecha (más bien la derechorra), no se cansa de criticar las subvenciones, pero cuando gobierna, como quedó demostrado durante la etapa de Mariano el rajao, no sólo mantiene los chiringuitos organizados por los socialistas, sino que no deroga absolutamente ninguna de las liberticidas y delirantes leyes aprobadas por éstos, e incluso las amplia. Con Rajoy en la Moncloa, la tribu titiritera siguió recibiendo dinero público, e incluso se aumentó la cuantía de las subvenciones que percibía del Estado.

Hace algunos años, un conocido me afeó que le tuviese tanta inquina al cine español sólo, según él, por cuestiones ideológicas. Tuve que sacarle de su error, recordándole que, si bien las convicciones políticas de Herbert J. Biberman, Robert Rossen, John Garfield, Oliver Stone, Costa Gavras, Meryl Streep y tantos otros están en las antípodas de las mías, no por eso dejo de reconocer que, en lo que al cine se refiere, son unos profesionales de primera fila. Puede que no esté del todo de acuerdo con parte del trasfondo de sus películas, pero todas ellas me parecen notables a nivel estrictamente cinematográfico, que es, en definitiva, el único que debe importarle al cinéfilo. Una queridísima amiga mía, cinéfila como yo, me dijo hace tiempo que hay que saber separar las cosas, sin permitir que nuestras opiniones sobre ciertas personas influyan en nuestra valoración de su trabajo. Pero, como no hay regla sin su correspondiente excepción, esto no puede aplicarse a la tribu del cine español, porque, simplemente, su trabajo (llamémosle así) está al nivel de sus capacidades intelectuales.

Porque ésa es otra. El cine español está lleno de actores de dudosas cualidades interpretativas. Se limitan a gesticular estúpidamente, soltar un taco detrás de otro, al son de guiones deslavazados, mover las manos espasmódicamente, como si tuvieran el baile de San Vito, y gritar, gritar mucho a indicación de directores sin rumbo. No saben declamar, utilizan incorrectamente el rico idioma de Cervantes y, como resultado de todo ello, sus interpretaciones resultan planas, sin sustancia y nada convincentes. Son lo opuesto a los grandes actores de la escena británica. Estos elementos no saben recitar a Calderón o Lope de Vega, y, de hecho, dudo mucho que conozcan, siquiera superficialmente, las obras de estos dos genios de las letras españolas. Su formación actoral es, en el mejor de los casos, anecdótica. Los que han pasado por la Escuela de Arte Dramático, al parecer no aprendieron nada sobre el oficio de interpretar, por no hablar de los que empezaron haciendo cucamonas en algún engendro televisivo.

Se ha dicho muchas veces que esta gente es de izquierdas. Ellos mismos se consideran así. Pero la realidad es que, si bien puede considerarse que están en la onda progre por su postura ante ciertos temas, lo cierto es que no son de izquierdas, porque no saben lo que significa eso. De izquierdas son Iglesias y otros por el estilo. Los titiriteros del celuloide se proclaman de izquierdas porque en la desnortada España de hoy es lo que está de moda, lo que se lleva, lo cool, lo guay. Pero desconocen hasta los fundamentos más básicos del marxismo. No podrían citarte a ningún autor de izquierdas, porque, sencillamente, no han leído nada, aparte de los guiones que les pasan para trabajar. Su izquierdismo, como el de tantísimos de nuestros compatriotas, se sustenta en cuatro lugares comunes, algunos dogmas sectarios mal asimilados y media docena de tópicos cutres. Lo ignoran absolutamente todo sobre Marx, Engels, Bakunin, Lenin, el Soviet de Petrogrado, Stalin, Mao y demás. Su supuesto izquierdismo, por tanto, no es más que una pose para aparentar que son muy modernos y progresistas. Su único interés es seguir viviendo como hasta ahora, parasitando las arcas públicas. El mejor ejemplo lo tenemos en Eduardo Casanova, que no deja pasar ocasión de lloriquear exigiendo dinero público para nuestras películas. Un individuo que realizó un film en el que la gente defecaba por la boca. Y algunos indocumentados llaman a esto cultura.

Por otra parte, el caso de Almodóvar es muy representativo de lo que realmente es el cine español. Dejando a un lado las sabrosonas subvenciones con las que se llenan los bolsillos, algunos cineastas, como el mentado, poseen un ego inmenso, y necesitan por tanto que se reconozcan sus méritos. Almodóvar fue elevado a los altares peliculeros por esa caterva de emborrona cuartillas que, por razones exclusivamente ideológicas, que no cinematográficas, se consagró a glosarle como el mejor director del cine español. Pero, como durante varios años no recibió ningún premio, hasta no hace mucho el manchego despotricaba contra los que otorgan los Goya, tachándolos de corporativistas. Evidentemente, las aguas han vuelto a su cauce, Pedrito ha vuelto a ser galardonado y, como era de esperar, está de nuevo en primera línea en la defensa del parasitario, improductivo y deleznable cine patrio. Como decía mi abuela: La zorra pierde el rabo, pero no las costumbres.

Lo más grave de todo es el analfabetismo funcional del que hace gala esta gente (no hay más que ver las entrevistas que les hacen), que apoya cualquier causita que defienda el suministrador de subvenciones sin cuestionársela siquiera. Sólo así se explica que, en un acto plagado de personas afectas a la ideología LGTBI, éstas salgan en defensa de una cultura en la cual los homosexuales acaban ahorcados de una grúa o despeñados por un barranco. Eso sí, mucho Palestina por acá y por allá, pero ninguna mención a los dos guardias civiles brutalmente asesinados en Barbate por un miserable narco. Nada nuevo bajo el Sol, por otra parte, ya que en la dilatada historia de los Goya jamás se escuchó ni una condena al terrorismo etarra, ni siquiera durante los llamados años de plomo, cuando los terroristas asesinaban prácticamente todas las semanas.

Por lo anteriormente expuesto, y por muchísimas otras razones que no detallo para no resultar cansino, abogo por la supresión de las subvenciones al cine, que sólo sirven para que esa patulea titiritera viva opíparamente y sin dar palo al agua, a costa de los impuestos de los sufridos españoles.

© Antonio Quintana Carrandi,
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