BREVE REFLEXIÓN RÁPIDA SOBRE EL BORRADO CULTURAL
por Álvaro Carrión de Lezama
Michelle_Raponi, Pixabay

Supóngase usted un extraterrestre que por diversas cuestiones ha caído en Europa durante éstas fechas.

Verá sus ciudades iluminadas con brillantez y llenas de actividad, cientos, miles, millones de humanos se agolpan en las calles pese a que el clima no parece ser el más idóneo para andurrear por la vía pública. Unos caminan con rapidez cargados de bultos estampados de motivos alegres y brillantes, otros se detienen a admirar, como usted, las luces coloridas que lo alumbran todo con júbilo y un vago punto de mal gusto festivo.

No obstante, algo le resulta extraño, aparte de un orondo personaje que aparece aquí y allá en diversas poses, vestido con lo que parece ser un pijama y un gorro de dormir, no hay la menor pista sobre qué se está festejando.

El gordo barbudo no parece tener un tratamiento especial por cuanto su ubicación no responde a ningún patrón ni es figura central allá donde aparece. Las luces tampoco parecen seguir una pauta en cuanto a diseño y objeto, tienden a ser simétricas con intrincados esquemas, pero sin seguir una plantilla constante, los colores tampoco son homogéneos.

Lo único que parece presidir con regularidad ciertos espacios abiertos, y no muchos, son unas enormes estructuras cónicas, construidas mediante tramas de metal, que a su vez soportan decenas de luminarias. La simbología del artefacto le resulta por completo opaca y acaba deduciendo que es un mero soporte de las luces.

En fin, que el objeto de la celebración está suponiendo un perfecto misterio para usted, por lo que acaba concluyendo que estos terrestres gustan de iluminar con profusión sus calles y agolparse en la calle por cientos, miles, millones, sin importar las inclemencias climatológicas.

Dejemos a nuestro desconcertado extraterrestre y pensemos en lo que está ocurriendo. Puede que para el grueso de la población todas estas observaciones alienígenas no les suponga la menor preocupación, todo el mundo sabe que se celebra, pero puede que más de un creyente haya caído en la cuenta de lo que este talludito ateo (el agnósticismo nos ha llevado a este estado de cosas) también ha observado: que de un tiempo a esta parte se está ocultando de forma deliberada y cuidadosa que la Navidad celebra el nacimiento del hijo de Dios transmutado en hombre.

En efecto, los motivos religiosos han desaparecido por completo de las demostraciones públicas de celebración, sustituidas por simbología o bien pagana o bien abstracta, que en ningún momento sugieren el origen de estos fastos.

Como descreído que soy me importa un bledo que haya más o menos angelitos o belenes dispersos por la ciudad, pero como occidental me preocupa que la base de nuestra civilización greco-judeo-cristiana (esa que inventó la democracia, el estado de derecho y la seguridad social) se hurte y esconda, casi con vergüenza, su origen y finalidad.

Da la impresión de que hay una especie de bochorno generalizada sobrevolando estas fechas, tanto es así que reconocer su origen y objeto es algo que es mejor no exteriorizar, y que basta con las luces y los adornos vacíos por completo de contenido para cubrir el expediente.

Yo lo veo como un borrado cultural, un síntoma más de la destrucción de la esencia misma de nuestra civilización milenaria con el objeto de suplantar usos y costumbres por una nueva filosofía de vida hueca e inconsistente, pero que hace al individuo dependiente de los designios desviados de intelectuales y pensadores desnortados.

Tampoco voy a ejercer de conspiranóico, no creo que exista individuo u organización capaz de tejer un plan de semejante magnitud y conseguir el éxito del mismo, pero si que ciertas ideas han permeado en el pensamiento colectivo haciéndonos creer que aquello que hasta ahora había funcionado y se había demostrado válido y capaz de mantener en marcha una sociedad, ya no sirve de nada, debiendo sustituirse por otras ideas que, y esto es lo paradójico del asunto, sientan sus principios en dogmas con la misma intensidad religiosa que estas que vemos desaparecer.

Otro síntoma, y éste si que tiene nombre y apellidos, es el ansia por parte de ciertos sectores no ya de reescribir la historia, o incluso contarla desde su punto de vista, sino de borrarla por completo, hurtando a los jóvenes la comprensión del camino centenario que nos ha llevado hasta aquí.

Pero no todo está perdido, la próxima fiesta pagana que nos acecha es Fin de año, una celebración popular e internacional que, a efectos prácticos, se rige por el calendario cristiano, y una semana más tarde tendremos el día de Reyes del que resulta muy difícil ocultar su origen y objeto.

Estemos vigilantes, no nos olvidemos de quienes somos ni de donde venimos, no conocer el contenido de nuestra mochila vital, aunque no nos apasione, es poner en peligro nuestro propio futuro.

© Álvaro Carrión de Lezama,
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