AZUL CASI TRANSPARENTE
AZUL CASI TRANSPARENTE Ryū Murakami
Título original: 限りなく透明に近いブルー (Kagirinaku tōmei ni chikai burū)
Año de publicación: 1997
Editorial: Anagrama
Colección: Compactos nº 148
Traducción: Jorge García Berlanga
Edición: 2006
Páginas: 144
ISBN:
Precio: 10 EUR
Comentarios de: Gastón Germán Caglia

—Ryū, pon algo de música, estoy harta de sólo follar. Creo que debe haber algo más, quiero decir: otras formas de divertirse.

Mientras bajaba la aguja sobre el disco de los Doors, apareció Kazuo, cojeando, con Kei sosteniéndole del hombro.

Mientras buceaba en internet en busca de alguna novedad sobre la próxima novela de Haruki Murakami me topé con otro Murakami, un tal Ryū;. De inmediato me picó la curiosidad, había llegado a AZUL CASI TRANSPARENTE sin pretenderlo.

Así conocí a este Ryū Murakami, un escritor, guionista y director de cine japonés nacido en Nagasaki en 1952. Su nombre es Murakami Ryūnosuke y debido a la homonimia con Haruki en los años ochenta sería frecuente que se hablara de los dos Murakamis.

El primer contacto con las artes Ryū Murakami tuvo lugar en su etapa de estudiante cuando se integró como batería en el grupo de rock Coelacanth. Cuando se graduó en 1970 en el instituto formó otra banda rock y comenzó a filmar películas independientes en formato de 8 milímetros.

Pese a ello sería recién en 1976 cuando comienza su prolífica y premiada carrera como novelista con la publicación de AZUL CASI TRANSPARENTE a los veinticuatro años de edad. De inmediato se convirtió en bestseller y obtuvo el prestigioso premio Akutagawa. En seis meses se vendieron un millón y medio de ejemplares y el libro desencadenó pasiones. Posteriormente Murakami dirigiría una adaptación homónima al cine estrenada en 1979.

Reiko se puso de pie encima de la barra, se quitó las medias mientras bailaba al ritmo de la música, se acercó hasta mí, se agachó y me metió la lengua, oliendo a píldoras, en la boca.

Yo acababa de tener un vómito oscuro y sanguinolento; me tumbé en el sofá, sin moverme.

La crítica japonesa se refirió a su obra como de una sensibilidad revolucionaria, de una mirada como el zoom de una cámara, y de un filtro de lucidez, a través del cual la violencia y el erotismo más crudo adquieren una extraña pureza.

Sin embargo también se lo acusó de cultivar sistemáticamente y gratuitamente la pornografía y la brutalidad. En los Estados Unidos, la revista Newsweek la recomendó como una mezcla de LA NARANJA MECÁNICA, de Burgess, y EL EXTRANJERO, de Camus. Su técnica, con su ausencia de tabúes, de condenaciones morales y de detalles superfluos, se aproxima al cinema-vérité, con unos toques de surrealismo.

Kei se secó el dedo, mojado de la saliva de Reiko, en sus vaqueros, y dejó caer la aguja en otro disco, It´s a Beatiful Day. Los gemidos de Reiko servían de música de fondo. Kazuo, con las piernas espatarradas en el sofá, se echó hacia atrás y apretó el disparador de la cámara. La luz estalló relampagueante, yo me llevé las manos a los ojos.

De qué va la novela, una obra sonora, musical, pues trata de unos yonquis japoneses, muy jóvenes, recién salidos de la adolescencia, que frecuentan una base militar estadounidense para divertirse, drogarse y tener sexo. Todo transcurre en esta breve novela de forma frenética, en muy cortos capítulos, en donde los personajes, chicos y chicas, deambulan por la ciudad buscando conflictos con terceros y entre ellos. Hay cruces amorosos, relaciones tóxicas, drogas duras, un detalle descarnado en primera persona de todo eso y sexo y más sexo y drogas. Y todo eso mientras el autor nos pasea por esos capítulos que son estocadas certeras al son de un tocadiscos, viejo medio para reproducir audio, las canciones de rock de la época.

Esto no es un dato menor para la obra pues entiendo que cada autor se explaya o escribe sobre lo que conoce. En el caso del otro Murakami es conocida su afición al jazz y al blues, entre otros géneros. Normalmente suelen formar parte de la trama. En este Murakami son canciones que sirven de fondo a la obra, uno puede cerrar los ojos y escuchar las canciones mientras se imagina lo dantesco y crudas de las escenas narradas.

Saburo levantó la cabeza y soltó un aullido indio, Kei volvió a coger la orquídea con los dientes, saltó sobre la mesa y meneó las caderas como una bailarina española.

Luces azules estroboscópicas flasheaban en el techo. La música era un samba lujuriante por Luiz Bon Fa. Kei agitó su cuerpo con violencia, muy excitada después de ver la flor húmeda de semen.

Como dije, la novela está narrada en primera persona por uno de los miembros del grupo, Ryū;, curiosamente con el mismo nombre que el escritor, ¿tal vez una autobiobrafía?

Este viene a ser una especie de guía o líder del grupo ya que la trama avanza teniéndolo en sus breves episodios como un protagonista siempre expectante y sobre el que se avanza la obra.

Desde ya, cabe decir, teniendo esta primera aproximación a la obra de Ryū; que los dos Murakamis no comparten, en sentido literario, más que la homonimia. Haruki suele presentarnos en sus largas, larguísimas novelas, personajes que como con Ryū; son jóvenes pero que en aquel la trama avanza por universos extraños, teñidos de esa pátina de ensueño a que nos tiene acostumbrados Huruki Murakami.

Recité a gritos algunos versos de Jim Morrison que me vinieron a la memoria: Cuando acabe la música, cuando acabe la música, apaga todas las luces, mis hermanos viven en el fondo del mar, mi hermana fue asesinada, la sacaron a tierra como un pez, destripada, mi hermana fue asesinada, cuando acabe la música, paga todas las luces, apaga todas las luces.

En Ryū; el texto es crudo, seco, de párrafos breves, son estocadas al corazón cada vez que la banda se sumerge en una sesión de drogas duras, sexo violento, maltrato físico y rock psicodélico. Inclusive se llegó a catalogar esta novela como la TRAINSPOTTING japonesa, aunque escrita casi dos décadas antes, pero con la misma descripción onírica de cada chutazo.

La música del tocadiscos cambió a Osibisa. Moko se limpió el culo, con la cara descompuesta. Quedaron manchas de sangre en el papel.

La literatura, que desborda excesos por todos lados, no aburre, más bien el morbo malsano se saber cómo sobreviven los casi adolescentes a tantas situaciones peligrosas hacen devorar el libro página tras página en algo que bien puede asemejarse a los yonquis de Burroughs­ o al caminar sobre el precipicio de Bukowsky.

En definitiva, una novela para leerla de un tirón y así poder sobrellevar el sinsentido de la vida de estos chicos y la frialdad absoluta del personaje principal al relatar los hechos.

Cuando llegamos frente a los árboles que rodeaban el lugar, todos estábamos ya colocados. En el teatro al aire libre que había en mitad del bosquecillo, sonaba música rock lo bastante fuerte como para sacudir las hojas con violencia

La música en AZUL CASI TRANSPARENTE

¿Y cuáles son las canciones que podemos escuchar en este libro?

—¿Te acuerdas cuando yo tocaba el Crystal Ship de los Doors?

—Cállate, ahora cuando lo oigo me dan ganas de llorar, cuando oigo ese piano es como si lo estuviera tocando yo, no puedo aguantarlo. Quizás dentro de muy poco ya no sea capaz de escuchar nada, todo es tan condenadamente nostálgico.

Pues de arranque tenemos el disco The Soft Parade, que es el cuarto álbum de estudio de The Doors, publicado en 1969. Si bien la obra de The Doors no tuvo tanto éxito como los anteriores, la utilización de instrumentos de bronce y cuerdas y la mayor presencia del guitarrista dan un toque distinto mientras mantiene el carácter intelectual que caracteriza a esta banda californiana.

Se apagó la luz. Pude oír a Okinawa y Reiko, desvistiéndose. El sonido del disco creció. Soft Parade, los Doors. Y entre los acordes me llegaba el ruido de revolcones en la alfombra y los sofocados gemidos de Reiko.

La imagen de una mujer arrojándose desde un alto edificio flotaba en mi mente. Con la cara descompuesta por el terror miraba con ojos desorbitados al cielo que subía, subía. Movía brazos y piernas como para nadar, tratando de elevarse de nuevo.

Por otro lado también podemos escuchar Sticky Fingers, el noveno álbum de estudio de la banda The Rolling Stones, grabado entre 1969 y 1971 y publicado en abril de ese año.

Este disco tiene en particular que fue producido por Jimmy Miller, su tercer trabajo consecutivo con el grupo. Asimismo cuenta por primera vez con la participación íntegra del guitarrista Mick Taylor como miembro Stone. También fue el primer disco editado por el sello discográfico del grupo, Rolling Stones Records.

Sticky Fingers suena a rock, blues y country, sus letras son más oscuras haciendo referencia a la esclavitud, el sexo interracial y el uso y abuso de las drogas de la época, situación ideal para servir de telón de fondo para la obra de Ryū;.

—Es tan estúpido, ese disco —siguió Kei—. ¿Quieres oír otra vez marcha fúnebre al piano, igual que un abuelito chocho? Para los negros estas canciones son igual de chorras que para nosotros el Naniwabushi. Eh, Ryū, dile algo, éste es el último de los Rolling Stones, no lo has oído, seguro. Se llama Sticky Fingers.

Ignorándola, Yoshiyama puso a Mal Worldlon en el plato.

La portada fue diseñada por Andy Warhol y se incluye por primera vez el logotipo de los Stones de la lengua y los labios, realizado por John Pasche. En la tapa un cierre de un jean se podía cerrar y abrir pero los fans se quejaron pues el cierre (real) rayaba el disco.

Finalmente también vamos a toparnos con Schubert, Pink Floyd, Luiz Floriano Bonfá, que fue un guitarrista y compositor brasileño o con Osibisa, una de banda de Londres formada en 1969 por cuatro africanos y tres caribeños que tuvo su mejor momento a principios de los años 70.

El tío, que se apodaba Macho, me sonrió mientras me acercaba, extendiendo sus manos en círculo, aquellas manos que siempre acariciaban discos de Pink Floyd cuando nos sentábamos en las cafeterías, tiempo atrás.

Si pica la curiosidad pero hay pereza (y estás registrado en Spotify), acá una playlist del libro:

https://open.spotify.com/playlist/0ONYeHt8PWYQZEqdtrFI6E?si=4a40ddce7f5c464f

© Gastón Germán Caglia,
(1.693 palabras) Créditos