EL JOVEN LINCOLN
EL JOVEN LINCOLN EE. UU., 1939
Título original: Young Mister Lincoln
Dirección: John Ford
Guión: Lamar Trotti
Producción: Cosmopolitan Production y Darryl F. Zanuck para 20th Century Fox
Música: Alfred Newman
Fotografía: Bert Glennon
Duración: 100 min.
IMDb:
Reparto: Henry Fonda (Abraham Lincoln); Alice Brady (Abigail Clay); Marjorie Weaver (Mary Todd); Arleen Whelan (Sarah Clay); Eddie Collins (Efe Turner); Pauline Moore (Ann Rutledge); Richard Cromwell (Matt Clay); Donald Meek (fiscal John Felder); Judith Dickens (Carrie Sue); Eddie Quillan (Adam Clay); Spencer Charters (juez Herbert A. Bell); Milburn Stone (Stephen A. Douglas); Ward Bond (J. Palmer Cass); Fred Kohler jr. (Scrub White); Clift Clark (Sheriff Billings)

Sinopsis

New Salem, Illinois, 1832. Una familia que atraviesa la zona en su viaje hacia el Oeste recala en la población para hacer algunas compras. Como no tienen dinero, el joven Abe Lincoln, copropietario del almacén local, accede a intercambiar los artículos que necesiten por un barril repleto de libros que llevan en la carreta. Entre ellos Abe descubre algunos de leyes, lo que despertará en él la pasión por el Derecho.

Tras la repentina muerte de la mujer que ama, Ann Rutledge, Lincoln se traslada a Springfield en 1837, estableciendo un bufete de abogados en sociedad con John T. Stuart. Durante los festejos del Día de la Independencia, se produce una pelea en la que resulta muerto Scrub White, ayudante del Sheriff local. Dos muchachos, los hermanos Matt y Adam Clay, hijos de la mujer que años antes conociera Lincoln en New Salem, son acusados del asesinato. El principal testigo de los hechos es J. Palmer Cass, amigo de White. La gente, encolerizada, pretende asaltar la cárcel y linchar a los hermanos, lo que es impedido in extremis por Lincoln. Éste, a pesar de su notoria inexperiencia, asume la defensa de Matt y Adam. Aunque todo parece acusarlos, Lincoln se las arreglará para exonerarlos y descubrir al verdadero asesino.

Una figura mítica
Una figura mítica

Abraham Lincoln es, sin ninguna duda, el presidente más querido por los estadounidenses. Nacido en una cabaña de troncos de una sola habitación, era un típico hombre de la frontera, alto, fuerte, desgarbado, de maneras un tanto bruscas, con una educación bastante rudimentaria, en gran parte autodidacta. Pero unía a esto unas cualidades únicas, de las que carecían, en parte o en todo, la mayoría de los políticos americanos de su tiempo, pues poseía una formidable inteligencia natural, una extraordinaria firmeza de carácter, una inquebrantable integridad personal y unas asombrosas facultades de persuasión.

Preservador de la Unión y libertador de los esclavos, hizo cuanto estuvo en su mano para impedir la guerra, pero cuando ésta estalló, y a pesar de carecer de cualquier experiencia bélica destacable, se convirtió en un notable jefe militar. Cuando el conflicto daba sus últimos coletazos, y ya era segura la victoria absoluta del Norte, dio muestras de su talante humanitario y nada revanchista al declarar que trataría a cada estado sureño como si nunca se hubiera separado de la Unión. En realidad, como miles de hombres que defendieron la causa norteña, no había querido la guerra y, en cierto modo, admiraba el Sur, aunque le repeliera la institución esclavista. Su asesinato, apenas unos días después de la rendición de la Confederación, acabó de convertirle en una leyenda estadounidense, en la figura política y humana más importante de la historia de USA, y en el símbolo eterno de los mejores valores del americanismo.

Desde el mismo momento de su muerte, su vida y su legado fueron glosados en libros, poemas, canciones y obras teatrales. Hasta en el espectacular film EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN (THE BIRTH OF A NATION, David W. Griffith, 1915), dirigido por el hijo de un coronel sudista y basado en una novela reaccionaria, que ensalzaba al odioso Ku Klux Klan, se dio una imagen positiva de Lincoln, tal era el prestigio que había alcanzado para entonces.

John Ford, además de un cineasta formidable, era un auténtico erudito en lo que a historia de los Estados Unidos se refiere. Opinaba que ABRAHAM LINCOLN (Ídem, David W. Griffith, 1930) idealizaba en demasía al estadista, además de presentar notables inexactitudes históricas. Por eso, cuando afrontó el rodaje de EL JOVEN LINCOLN, se propuso desechar cualquier atisbo de tono hagiográfico, optando por presentar al público al hombre sencillo y honesto que siempre había sido el malogrado presidente, según declaraciones de quienes le conocieron y trataron.

El proyecto de la película entusiasmo a Darryl F. Zanuck, que siempre había mostrado interés por glosar en sus producciones a los estadounidenses que más hubieran destacado en cualquier campo. No obstante, el magnate de la Fox y Ford tuvieron sus roces, porque el primero abogaba por dotar al film de un tono triunfalista, acorde, según su opinión, con la grandeza del personaje histórico. El director no estaba de acuerdo con tal planteamiento, pues quería narrar una historia intimista, que resaltase los sencillos valores humanistas de Lincoln. Aunque Ford consiguió su propósito, sus disputas con Zanuck han entrado en la leyenda hollywoodense, ya que éste, como era su costumbre, intentó controlar el proceso de filmación. Llegaron a rodarse algunas escenas por imposición de Zanuck, que Ford consideraba absolutamente prescindibles. Durante el montaje, para rabia y fastidio del autoritario productor, se descubrió que esas escenas se habían perdido de alguna forma. Hoy día se cree que fue el mismísimo John Ford quien se ocupó de destruirlas.

Para ilustrar las mejores virtudes de Abraham Lincoln, Ford trabajó codo a codo con el guionista, Lamar Trotti, quien posteriormente declararía admirar la vastedad de los conocimientos históricos del cineasta. Ford escogió uno de los momentos más relevantes en la vida de Lincoln. En 1858, en Beardstown, Illinois, Abe asumió la defensa de William Duff Armstrong, acusado de asesinato. Lincoln demostró que el principal testigo contra su cliente había mentido, consiguiendo la absolución de Armstrong. Con esta base, Trotti y Ford desarrollaron un formidable guión, que le permitiría al segundo realizar una de las películas más hermosas de su monumental filmografía. Aunque la historia que narra el film es ficticia, se basa en gran parte en lo publicado por la prensa de la época sobre el proceso real.

Muchísimos actores han encarnado a Abraham Lincoln en cine y televisión, pero ninguno ha conseguido ni siquiera aproximarse a la gran creación de Henry Fonda. El actor reverenciaba al legendario presidente, así que se esforzó por componer una interpretación lo más realista posible, que resaltara la honradez, el sentido de la verdadera justicia y la sencillez personal que caracterizaban a Lincoln.

EL joven Lincoln ante la tumba de su amada
EL joven Lincoln ante la tumba de su amada

El gran amor de Lincoln fue Ann Rutledge, pero, como se cuenta en la película, la joven falleció a consecuencia de unas fiebres. La secuencia en la que un melancólico Abe habla ante su tumba como si ella pudiese escucharle, confesándole sus dudas y temores sobre su inmediato futuro, es de las más bellas y conmovedoras del film. En la filmografía de Ford abundan las escenas similares, y, aunque otros cineastas también filmaron pasajes parecidos, nadie como Pappy logró jamás el mismo impacto en el público que él.

De hecho, la mayoría de los historiadores piensa que Abe jamás olvidó a Ann, y que, aunque quiso mucho a Mary Todd, siempre añoró a la que una vez había definido como la luz de mi existencia. Evidentemente, Ford lo sabía, razón por la que, en otra escena maravillosa, de belleza inenarrable realzada por la partitura del maestro Alfred Newman y la espléndida fotografía en B/N de Bert Glennon, Lincoln contempla el río que tanto amaba Ann con expresión triste y melancólica, siendo observado a su vez, con característica curiosidad femenina, por Mary Todd, su futura esposa.

Ford retrata el gran carisma de Lincoln en uno de los pasajes más formidables de la cinta: el del intento de linchamiento. Una turba enfurecida se lanza al asalto de la cárcel local, con un tronco a modo de ariete. Lincoln se interpone entre ellos y su objetivo con una decisión rayana en la temeridad, pues, como Ford sabía muy bien, muchas personas honestas, que en el pasado trataron de impedir que la masa se tomara la justicia por su mano, habían sido linchadas también. En una de las secuencias más poderosas del film, Abe planta cara al exaltado gentío. Con una combinación de arrojo y sentido del humor, logra captar la atención de aquellos energúmenos, para después, en el tono tranquilo y conciliador que tanto fascinó a sus contemporáneos, obligarles a reflexionar sobre la monstruosidad que están a punto de cometer.

La aparente tosquedad de Lincoln provocaba que, en principio, no cayera nada bien a las gentes cultivadas de su tiempo, que le consideraban poco menos que un patán, y Ford recalcó ese aspecto de la vida del presidente. La despectiva condescendencia hacia él por parte de la buena sociedad de Springfield se troca, cuando logra salvar a sus clientes de la horca, desenmascarando además al verdadero culpable, en profundo respeto y sincera admiración. Quien mejor lo ejemplifica es el personaje de Stephen Douglas, que no duda en pedirle humildemente disculpas por su comportamiento anterior. Ambos fueron rivales políticos, pero, a pesar de militar en el partido Demócrata, hegemónico en el Sur y que en los meses previos a la guerra civil se dedicó a demonizar a Lincoln, Douglas fue de los pocos demócratas importantes que se pusieron sin dudar al lado de la Unión.

Los personajes negativos de la historia son el fanfarrón J. Palmer Cass, que sin duda oculta algo, y sobre todo el fiscal, un malévolo hombrecillo, paradigma del leguleyo sin conciencia y más interesado en lograr la condena de los muchachos, para progresar en su patética carrera, que en descubrir la verdad y hacer justicia. Al espectador se le antoja incluso más execrable que el verdadero asesino, ya que, en una de las secuencias más dramáticas del film, tortura psicológicamente a la viuda Clay, intentando obligarla a escoger entre las vidas de sus hijos, forzándola a declarar al tribunal cuál de ellos empuñaba el cuchillo. Las palabras de Lincoln, cuando pone fin a esa obscenidad, son memorables y una reafirmación de los principios morales que siempre guiaron el proceder del personaje histórico: Puede que no sepa mucho de leyes, señor Felder. Pero sé lo que está bien y lo que está mal, y sé que lo que usted pregunta está mal.

El film, como todos los del maestro, es un prodigio estético, casi un manual de la perfecta puesta en escena cinematográfica, de cómo debe afrontarse una narración en imágenes. Nada falta y nada sobra en esta obra maestra indiscutible, llena de momentos de una belleza cinematográfica sublime. Pero, si me viera en el compromiso de elegir una secuencia determinada como la mejor de todas, no lo dudaría y me decidiría por su espléndido final: Lincoln ascendiendo lentamente hasta la cumbre de un cerro, mientras la carreta de la familia Clay se pierde en la distancia, y se desencadena una terrible tormenta, con truenos y relámpagos, que sin duda simboliza esa otra tormenta espantosa (la guerra civil) que en unos años se abatiría sobre los Estados Unidos. Abe se sujeta el sombrero y parece avanzar hacia su destino con paso firme, bajo la lluvia, mientras el viento agita los faldones de su levita. Lincoln desaparece por la derecha del encuadre mientras la lluvia arrecia, y, tras un encadenado, la imagen nos muestra la estatua sedente del inolvidable presidente, que preside el monumento a su memoria en Washington DC.

El de 1939 fue, sin ninguna, el mejor año de toda la historia del cine. Nunca, ni antes ni después, se estrenaron tantas obras maestras, empezando por la mítica LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ. Ford realizó otras dos películas memorables, aparte de la que nos ocupa. La primera fue LA DILIGENCIA, que dignificó el western fílmico, convirtió a John Wayne en una estrella de primera magnitud y obtuvo el Oscar al mejor secundario para el gran Thomas Mitchell. Después de EL JOVEN LINCOLN, el maestro dirigió CORAZONES INDOMABLES, también protagonizada por Henry Fonda, que fue nominada en los apartados de mejor actriz secundaria (Edna May Oliver) y mejor fotografía en color (Ray Rennahan y Bert Glennon). A Oliver la desbancó la maravillosa Hattie McDaniel por LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ. La imperecedera cinta de Selznick ganó, asimismo, el Oscar de fotografía en color, que compartieron Ernest Haller y Ray Rennahan. EL JOVEN LINCOLN competía en la categoría de mejor argumento, siendo Lamar Trotti derrotado por Lewis R. Foster y su historia para CABALLERO SIN ESPADA, una de las inolvidables cintas del fabuloso Frank Capra. La gala se celebró el 29 de febrero de 1940, en la sala Coconut Grove del Ambassador Hotel de Los Angeles. Fue la primera conducida por Bob Hope, que acabaría convirtiéndose en casi una institución de los premios.

EL JOVEN LINCOLN es, en opinión de este cinéfilo profundamente fordiano, la mejor película que hizo el maestro en los años 30; superior, incluso, a su oscarizada EL DELATOR y la antes citada LA DILIGENCIA. Una joya imprescindible en la filmoteca de todo amante del cine clásico.


Notas

No hay demasiadas biografías de Abraham Lincoln publicadas en España. La mejor de ellas es, sin ninguna duda, la de Stefan Zweig. N del A.

Apodo o sobrenombre cariñoso por el que era conocido Ford entre sus íntimos. N del A.

© Antonio Quintana Carrandi,
(1.894 palabras) Créditos