Verdades históricas politicamente incorrectas, 7
LAS BRIGADAS INTERNACIONALES: EL EJÉRCITO PRIVADO DE STALIN.
por Antonio Quintana Carrandi
Bandera conmemorativa de las Brigadas internacionales
Bandera conmemorativa de las Brigadas internacionales

La guerra civil española es el acontecimiento histórico del pasado siglo XX sobre el que más se ha mentido. Esta verdad incuestionable queda de relieve al examinar la historia real de las Brigadas Internacionales (en adelante BI), cuerpo de supuestos voluntarios que, según la propaganda izquierdista, se batió en la defensa de la democracia española. El Frente Popular (FP), que se alzó con el poder tras las muy sospechosas elecciones de febrero de 1936, no tenía nada de democrático, de modo que atribuirles a los integrantes de las BI la condición de demócratas es faltar a la verdad. ¿Hubo demócratas auténticos en las BI? Indudablemente, pero siempre fueron una exigua minoría, convenientemente purgada al poco tiempo.

Desatada la conflagración, el FP buscó en principio el respaldo de las naciones democráticas occidentales, pero la mayoría de ellas, influenciadas por la sensatez británica, suscribieron por activa o por pasiva el llamado Pacto de No Intervención, asumiendo que aquella era una cuestión exclusivamente española. Aunque el FP había incrementado su propaganda internacional, presentándose como un régimen verdaderamente representativo y por tanto legítimo, los diplomáticos extranjeros acreditados en España no dejaban de enviar informes a sus gobiernos respectivos, describiendo, sin ahorrar detalles, el caos revolucionario que se había desatado en la zona frente populista, donde los saqueos, incendios y asesinatos masivos de supuestos desafectos a la República eran moneda corriente. De modo que, mientras la opinión pública internacional sucumbía a los cantos de sirena de los propagandistas de izquierda, que hablaban de la heroica lucha del pueblo español contra el fascismo, los gobiernos de Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y otros muchos países estaban perfectamente informados de lo que ocurría en España. En especial, de la salvaje persecución religiosa, que horrorizó a más de un estadista extranjero, y no precisamente de derechas o católico. En general, la opinión pública de las ciudadanías de esos países, aun sintiendo cierta simpatía por lo que algunos todavía consideraban democracia española, era contraria a la intervención de sus naciones en el conflicto. Tan sólo los que tenían ideas izquierdistas más o menos sólidas abogaban por un decidido apoyo al FP, que insistían en llamar, contra toda lógica y evidencia, República.

José María Gil Robles
José María Gil Robles

El aparato propagandístico de la izquierda española había empezado a trabajar de firme desde el momento de la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931. Tras los sucesos de la mal llamada revolución de Asturias de 1934, en realidad un intento de golpe de estado socialista/separatista que fracasó en casi todo el país y del que hablaré en otro trabajo, las izquierdas redoblaron su propaganda, exagerando hasta límites esperpénticos el verdadero alcance de la represión gubernamental, que fue muchísimo más moderada de lo que habría sido en otras partes del mundo. Con la inestimable complicidad de los partidos socialistas y comunistas del exterior, las formaciones de izquierda españolas saturaron los medios de comunicación de la época de lastimosos cuentos sobre las atrocidades cometidas en Asturias por las autoridades, que entonces dependían, no lo olvidemos, del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux. De hecho, esa revolución habría estallado, presumiblemente, porque Lerroux había accedido a incluir en su gobierno a tres ministros de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), que había sido la formación política más votada en las elecciones de 1933; pero que, para tratar de calmar los ánimos de la exaltada extrema izquierda, al principio había renunciado a formar parte del ejecutivo. No obstante, como las izquierdas no daban señales de apaciguamiento, José María Gil Robles se cansó, y exigió a Lerroux entrar en el gobierno. El pueblo, eufemismo que socialistas y comunistas siempre han empleado para referirse a ellos mismos, no podía aceptar que tres fascistas accedieran a cargos ministeriales, de modo que optó por alzarse en armas contra el peligro faccioso. En realidad, el PSOE estaba ultimando la rebelión a escala nacional, secundado por los separatistas catalanes, desde mucho antes de que los tres cedistas entraran en el gobierno. La agitación propagandística por lo de Asturias se mantuvo hasta el inicio de la guerra civil, y, de hecho, se prolongaría en el tiempo durante toda la contienda, e incluso llegaría hasta nuestros días, gracias a la norcoreana Ley de Memoria Histórica.

Iosif Stalin
Iosif Stalin

El estallido de la guerra en España no fue una sorpresa para nadie, y mucho menos para Stalin, que enseguida venteó las oportunidades políticas que le ofrecía el conflicto. El PCE (Partido Comunista de España), que, como todos los partidos comunistas del mundo por aquel entonces, obedecía a rajatabla las órdenes del kremlin, había sido una formación pequeña y en muchos aspectos irrelevante, moviéndose casi siempre a la ominosa sombra del PSOE, que contaba con una estructura formidable. No obstante, bajo la inteligente asesoría de agentes del NKVD (Народный комиссариат внутреннихдел / Narodny Kommissariat Vnùtrennij / Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), la policía política bolchevique similar a Gestapo nazi, el PCE se dotó de una eficacísima organización, avanzando poco a poco en la conquista del poder, aprovechando las disputas internas de los socialistas, y empleando a menudo infiltrados en otras formaciones. Como el joven Santiago Carrillo, líder de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas), rama juvenil del PSOE, que atrajo a los integrantes de esta formación a la esfera bolchevique, lo que le valió el rechazo y la eterna inquina de su propio padre.

El PCE empezó a crecer exponencialmente y a ganar prestigio durante los primeros compases de la guerra, aunque el PSOE e Izquierda Republicana (el partido de Azaña) mantuvieron su hegemonía durante algún tiempo. Stalin estaba moderadamente satisfecho, pues acariciaba la idea de que sus sicarios españoles acabaran haciéndose con el poder, como así sucedería al poco tiempo. Decidió desde un principio utilizar el conflicto español para deshacerse de todos aquellos que, aún definiéndose como comunistas, se negaban a aceptar su autoridad absoluta. Además, confiaba en que, una vez que el PCE controlara el FP y derrotara a los militares sublevados, España se convertiría en una república soviética sumisa a los dictados de la URSS. De modo que se dispuso a apoyar a los republicanos españoles con todos los medios a su alcance.

Una de las primeras cosas que ordenó fue la recluta de militantes y simpatizantes comunistas por todo el mundo, que serían encuadrados en una organización que sería enviada a combatir en España. Este fue el verdadero germen de las BI, una tarea que los responsables de la Internacional Comunista emprendieron con el característico celo bolchevique. La Comintern siempre sostuvo que las BI se formaron de manera espontánea, a partir de grupos de entusiastas voluntarios que querían defender las libertades de la República española. Pero la realidad es que nadie se hubiese atrevido a crear una organización tan compleja sin la autorización de Stalin, que tomó la decisión el 18 de septiembre de 1936. Para entonces, ya estaba en marcha la operación de puesta a salvo de las reservas de oro del banco de España, que puso en manos del Zar rojo el control absoluto del FP español y que trataré en una próxima entrega.

Andre Marty
Andre Marty

De la organización y gestión de las BI se ocupó el siniestro André Marty, jefe del partido comunista francés, uno de los mayores fanáticos bolcheviques de Europa occidental y persona de toda confianza para Stalin.

La recluta de los brigadistas se inició de inmediato. Marty aprovechó eficazmente la propaganda frente populista, que definía la guerra española como un conflicto entre democracia y fascismo, y en muy poco tiempo se crearon centros de reclutamiento por todo el mundo, aunque el centro principal de recluta, por el que debían pasar forzosamente todos los voluntarios, estaba en París.

Abundan las obras historiográficas que insisten en definir a los brigadistas como voluntarios, pero, en realidad, gran parte de ellos sólo eran voluntarios en cierta forma. A veces Stalin delegaba en el mariscal Kliment Voroshílov, su más conspicuo adulador después de Laurenti Beria, una nulidad militar al que Nikita Kruschev definiría años más tarde, no sin parte de razón, como el mayor saco de mierda del ejército soviético. Voroshílov redactó una orden que fue transmitida a los comités centrales de todos los partidos comunistas del mundo, por la cual estaban obligados a cubrir cuotas de voluntarios para las BI. Dichas cuotas se cubrieron ampliamente, ya que la disciplina entre los comunistas de entonces era espartana, y una negativa a entrar en las BI conllevaría la expulsión inmediata del militante, y puede que algo peor. Pero también es cierto que muchos de los brigadistas se habrían apuntado igualmente a la organización, aunque no hubiese mediado la orden de Moscú.

Concentración de brigadistas
Concentración de brigadistas

Las BI estaban compuestas en un ochenta y cinco por ciento de comunistas ortodoxos, esto es, estalinistas. El resto era una heterogénea mezcla de aventureros, desarraigados sociales o tipos que no observaban ningún principio político, más allá de un nebuloso antifascismo. Incluso hubo quien se alistó por un desengaño amoroso. En cierto modo, las BI también funcionaron como la Legión Extranjera francesa o el Tercio de Extranjeros español, puesto que muchos delincuentes comunes se enrolaron en ellas para huir de la justicia. Una vez que el voluntario había sido provisionalmente aceptado en las BI, quedaba bajo el amparo del partido comunista local, que se ocupaba de los problemas legales que pudiera tener.

Por si alguien todavía alberga dudas sobre el carácter comunista de las BI, basta señalar que fueron financiadas exclusivamente por la URSS, que destinó a ellas más de 1000 millones de francos franceses de la época. Una suma fabulosa que, empleada con sensatez y eficacia, podría haber paliado algo la miseria absoluta en que vivían tres cuartas partes de los rusos.

Francisco Largo Caballero
Francisco Largo Caballero

El gobierno que presidía Francisco Largo Caballero no simpatizaba con el proyecto de las BI, pues el Lenin español sabía perfectamente que no serían más que el brazo armado de Stalin en España. Largo Caballero era incluso más bolchevique que muchos comunistas convencidos, aspiraba a convertir el país en un calco ideológico de la Unión Soviética, pero quería ser él quien lo dirigiera. No obstante, las circunstancias mandaban, de modo que no le quedó otro remedio que tragarse su desmedido orgullo personal y transigir, porque, a pesar de su tremenda debilidad inicial, los sublevados no daban señales de flaquear, se sospechaba que la guerra podría prolongarse y la República iba a necesitar toda la ayuda que pudiera conseguir. El ejecutivo del FP aprobó la constitución de las BI el 22 de octubre de 1936. El republicano Diego Martínez Barrio fue designado como organizador de las mismas, pero sólo se ocupó de procurarles víveres y pertrechos, estando en todo lo demás supeditado a André Marty, que era quien tomaba las decisiones importantes, quien cortaba el bacalao. Al día siguiente, Marty fue nombrado jefe de la base de Albacete, el cuartel general y centro de entrenamiento de las BI. Los voluntarios llegaban a España a través del puerto de Barcelona, vía París y Marsella.

Se crearon cinco brigadas, numeradas de la XI a la XV. En general, se procuró que algunas unidades estuvieran formadas por voluntarios del mismo país o idioma, para facilitar la comunicación entre ellos, pero esto no fue siempre posible.

En lo que se refiere a su eficacia militar, debe reconocerse que las BI representaron una importantísima ayuda para las fuerzas frente populistas, pues se trataba de unas unidades muy aguerridas. Pero el arrojo y valor de los brigadistas se ha exagerado mucho. Contribuyeron de forma decisiva a la defensa de Madrid, pero debe tenerse en cuenta que, en este caso concreto, se enfrentaron a tropas nacionales exhaustas, tras un difícil y agotador avance desde Andalucía, combatiendo prácticamente a diario.

Juan Negrin
Juan Negrin

Tras el caos inicial, el gobierno del FP, obligado por las circunstancias, procedió a reorganizar las fuerzas armadas y estructurar un ejército digno de tal nombre, relegando a las levantiscas milicias de partidos y sindicatos a supeditarse al mismo, lo que no siempre se consiguió. Y eso a pesar de que muchas de esas milicias, compuestas en su mayor parte por matones como los de las SA nazis, serían integradas como unidades en el flamante Ejército Popular de la República (EPR). En la formación de ese ejército de nuevo cuño jugaron un papel esencial los comunistas, que lo dotaron de una estructura copiada hasta el último detalle del ejército rojo soviético. Poco tiempo después, con la defenestración de Largo Caballero y la subida al poder de Juan Negrín, el principal agente de Stalin en España, el PCE alcanzó una influencia enorme sobre las fuerzas armadas, la policía y los servicios de inteligencia.

Tanto el EPR como las BI tenían sus propios cuerpos de comisarios políticos. Lo normal era que hubiera dos o tres por compañía, aunque ese número se incrementaría más adelante. Como, a pesar de sus oscuras maniobras, los comunistas no habían conseguido acabar con los anarquistas, y de hecho muchísimas unidades estaban integradas por militantes ácratas, hubo comisarios políticos de ambas ideologías, pero los bolcheviques siempre fueron mayoría.

Aunque hoy se pretenda convencernos de lo contrario, el PSOE no tuvo una actuación demasiado destacada durante la guerra civil. Lo cierto es que muchísimos socialistas se pasaron con armas y bagajes a los comunistas, pues estos eran los únicos que tenían una línea de actuación coherente, marcada desde Moscú. Fueron comunistas los que organizaron el EPR y las BI, y los que trataron de poner orden en el absoluto caos republicano. En un escenario político plagado de formaciones e incluso grupúsculos izquierdistas, más interesados en enfrentarse entre sí que en combatir a los sublevados, el PCE, bajo la distante pero firme dirección de Stalin, se convirtió en la verdadera cabeza rectora del FP, y el responsable de que la guerra se prolongara durante tres años. De no haber existido el PCE, de no mediar la determinación de Stalin, aquel batiburrillo de milicias, dedicadas preferentemente al pillaje y al asesinato, habría acabado siendo barrido por los nacionales en apenas unos meses.

Las BI fueron siempre las mimadas de los comunistas. Estas unidades jamás participaban en una operación sin la autorización previa de André Marty. Incluso con el filocomunista Negrín de primer ministro, cualquier orden de movilización de las BI debía contar con la aquiescencia de Marty, un abyecto personaje que nada tenía que envidiar a los criminales nazis de la II Guerra Mundial.

George Orwell
George Orwell

Consciente de que muchos voluntarios de las BI no eran comunistas ortodoxos (estalinistas), Marty ordenó una purga para detectar a los ideológicamente tibios. El propio George Orwell lo sufrió en sus carnes, lo que influyó enormemente en la génesis de sus obras HOMENAJE A CATALUÑA, 1984 y REBELIÓN EN LA GRANJA. Comisario político supremo de las BI, Marty sabía que sólo debía responder ante Stalin, de modo que trataba despectivamente tanto a los miembros del gobierno frente populista, en teoría sus superiores, como a los mandos militares brigadistas. Jugó un papel importante en las maniobras comunistas para defenestrar a Largo Caballero y situar en su cargo al sumiso Negrín. Obligó a los mandos de las BI a aplicar a sus hombres una disciplina brutal, más propia de un batallón de castigo que de unas unidades de élite, lo que provocó un aumento espectacular de las deserciones. Palmiro Togliatti, uno de los organizadores de las BI, haciéndose eco de las quejas de los oficiales y soldados, criticó su proceder en reiteradas ocasiones. Huelga decir que de nada sirvieron las razones esgrimidas por el comunista italiano, ni tampoco que, a partir de fecha tan temprana como 1937, los procedimientos de Marty fueran cuestionados por diversas personalidades del gobierno del FP. Para entonces, con las reservas de oro del banco de España en Rusia, y habiéndose convertido este país en el único proveedor de armamento de la República, Stalin era, en la práctica, el amo absoluto de la España roja, y mientras Marty gozara de su apoyo nadie se atrevería a contrariarle.

André Marty ha pasado a la historia como uno de los criminales más conspicuos de la guerra civil española, pues, considerando que muchos brigadistas habían mostrado cobardía ante el enemigo fascista, ordenó el fusilamiento de centenares de ellos, y también de numerosos civiles, incluidas algunas mujeres, a los que acusaba sin pruebas de fomentar el derrotismo entre los integrantes de las BI. En un informe que cursó al comité central del partido comunista francés, se jactó de haber fusilado a no menos de quinientas personas, porque era lo que había que hacer para imponer la disciplina y la moral socialista. Siempre será recordado como El carnicero de Albacete, un auténtico Paracuellos frente populista.

Dolores Ibarruri <q>Pasionaria</q>
Dolores Ibarruri Pasionaria

Hoy pretenden hacernos creer que, en su momento, las BI fueron acogidas con delirante entusiasmo por el pueblo español. La cruda realidad es que, si bien los comunistas españoles dieron una cálida bienvenida a los brigadistas, con encendidos discursos de Dolores Ibárruri, Pasionaria, y José Díaz, la mayoría de los españoles de a pie se mostraron indiferentes ante aquellos extranjeros, lo que fue motivo de preocupación para las autoridades frente populistas. Pero lo cierto era que ocurría lo mismo en el otro bando, ya que, dejando aparte la propaganda, la gente de la zona nacional tampoco se mostraba entusiasmada con alemanes e italianos. En general, casi todo el mundo desconfiaba de aquellos extraños, que venían a inmiscuirse en una cuestión exclusivamente española.

Las BI también eran miradas con suspicacia por los miembros del EPR, muchos de cuyos oficiales consideraban a los brigadistas mercenarios, ya que su paga triplicaba la de un soldado republicano normal. Además, cuando las cosas empezaron a ir mal para el FP, y había escasez de suministros de todo tipo, las BI siempre recibían los mejores pertrechos.

Para 1938 las BI empezaron a perder fuelle, ya que, a pesar de la propaganda, cada día era más evidente que la guerra estaba perdida. No obstante, siguieron siendo unas unidades relativamente valiosas para el FP, pero más como elemento propagandístico que militar. En ese tiempo ya tenían muy poco de internacionales, puesto que el número de españoles enrolados en las mismas superaba al de extranjeros.

Ese año de 1938, entre el 25 de julio y el 16 de noviembre, se produjo el encuentro armado más importante de la guerra civil, y el que determinaría el resultado del conflicto. Parte de las BI luchó en la batalla del Ebro, en la que, de las 27 grandes unidades republicanas que intervinieron, 25 estuvieron mandadas por comunistas.

Pero incluso antes de la batalla del Ebro, la percepción de que la derrota estaba a la vuelta de la esquina obsesionaba a Juan Negrín. El 1 de mayo de 1938, en una ingenua maniobra política, indudablemente forzada por la desesperación, se sacó de la manga un absurdo plan de pacificación basado en trece puntos concretos, el más importante de los cuales era la retirada de todas las fuerzas extranjeras que participaban en la guerra en ambos bandos. Se trataba de una operación propagandística, con la que el primer ministro del FP esperaba recabar apoyos internacionales, presentando a la República como un régimen moderado. La burda maniobra no sirvió para nada, porque, si bien pocas naciones parecían simpatizar con los alzados, aparte de Alemania e Italia, la gran mayoría de los gobiernos occidentales democráticos sabía que el régimen republicano había amparado las mayores brutalidades en defensa de un proyecto indudablemente revolucionario, que buscaba la sovietización del país.

A Stalin le enfureció el proceder de Negrín, pues consideraba, posiblemente con razón, que su manifiesto de los trece puntos evidenciaba la debilidad del FP español. A partir de ese momento, el Zar rojo empezó a variar de política. Había apoyado a la República española para expandir por Europa occidental el comunismo, pero también en un intento por atraerse las simpatías de Inglaterra y Francia, demostrándoles que era combativo frente al fascismo. Asumiendo con pragmatismo que Francia e Inglaterra no apoyarían a Negrín, optó por reducir drásticamente los suministros que enviaba a España. Al mismo tiempo, decidió aproximarse diplomáticamente a Hitler.

El 21 de septiembre de 1938, Negrín anunció, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones reunida en Ginebra, Suiza, la retirada incondicional e inmediata de las BI, confiando en que los alzados hicieran lo mismo con italianos y alemanes. Gran parte de la historiografía actual, afín a los postulados ideológicos de la Memoria Histórica, insiste en afirmar que la retirada de las BI fue decisión exclusiva del primer ministro frente populista. Pero la orden partió, como no podía ser de otra manera, de Stalin, quien dijo a Voroshílov: Este asunto ya no interesa, porque Franco ha ganado la guerra.

Mussolini
Mussolini

El 28 de octubre de 1938, lo que quedaba de las BI desfiló por última vez por las calles de Barcelona. Como gesto de buena voluntad hacia el Comité de No Intervención, Mussolini retiró de España unos 10.000 soldados del CTV (Corpo Truppe Volontarie / Cuerpo de Tropas Voluntarias), aunque más de 20.000 siguieron en nuestro país. Hitler no retiró ni un solo hombre, pues tachaba a la Sociedad de Naciones de irrelevante.

Tras su retirada, los integrantes de las BI regresaron a sus países de origen, aunque muchos de ellos, la mayoría procedentes de Alemania e Italia, tuvieron que buscar refugio en otras naciones, temerosos de las represalias que sin duda les aguardaban en sus respectivas patrias. Algunos destacados jefes de las BI pasaron a la Unión Soviética, donde hasta tres cuartas partes de ellos desaparecerían al poco sin dejar rastro, evidentemente eliminados por el NKVD por las razones que fuesen. La URSS nunca permitió la entrada en su territorio de brigadistas con rango inferior al de coronel.

El 23 de agosto de 1939, tan sólo algo más de cuatro meses después de finalizada la guerra española, los ministros de exteriores germano y soviético, Joachim von Ribbentrop y Vyacheslav Molotov, firmaron el Pacto de No Agresión que, en la práctica, convertía a nazis y comunistas en aliados. El tratado estaba plagado de cláusulas secretas, sólo conocidas entonces por Stalin, Hitler y sus colaboradores más íntimos. Entre ellas, una que especificaba cómo se procedería al reparto de Europa entre las dos dictaduras.

El noventa y cinco por ciento de los comunistas del mundo pasó de demonizar a los nazis a defenderlos, arguyendo que el alemán y el ruso eran regímenes afines. El enfrentamiento de ambas ideologías en España fue convenientemente olvidado, e incluso hubo algún intelectual rojo que afirmó que tanto Hitler como Stalin defendían la causa de los trabajadores, recordando que el partido del Fürher era nacionalsocialista; es decir, que muchos de sus postulados procedían de interpretaciones del socialismo.

Franklin Delano Roosevelt
Franklin Delano Roosevelt

Los integrantes del Batallón Abraham Lincoln fueron los comunistas que con más ahínco defendieron ese pacto contra natura. Apenas iniciada la guerra en Europa, se dedicaron a presionar en todos los frentes para que USA no apoyara a la Gran Bretaña. Desde septiembre de 1939, y hasta junio de 1941, es decir, durante casi dos años, los brigadistas del Lincoln hicieron blanco de sus ataques a la administración de Franklin Delano Roosevelt y al propio presidente, del que llegaron a publicar en la prensa auténticas barbaridades, pues hasta le acusaron de ser un fascista encubierto. Su actitud cambió cuando Hitler desencadenó la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética, traicionando así el acuerdo que tenía con Stalin y que éste siempre había respetado. Entonces, los mismos comunistas que el día anterior todavía defendían la alianza entre Alemania y Rusia e insultaban a Roosevelt en la radio y los periódicos, se transmutaron de pronto en verdaderos patriotas estadounidenses.

Pero el patriotismo de los brigadistas americanos no superó la prueba del conflicto de Corea, pues, cuando los comunistas del norte invadieron el sur del país, siguiendo las directrices expansionistas soviéticas, volvieron a las andadas, defendiendo al criminal Kim Il-Sung, títere de Moscú y Pekín. Una década más tarde, se manifestaron también contra la intervención americana en Vietnam, aprovechando el ambiente social para disfrazar su defensa de Ho Chi Minh y el comunismo como sincera preocupación por la paz.

Que su unidad de las BI ostentase el nombre de Batallón Abraham Lincoln refleja el acusado cinismo de los comunistas yanquis, ya que un examen cuidadoso de la biografía de este presidente estadounidense demuestra, más allá de cualquier duda, que sus sensatas ideas políticas, que él mismo definía como sencillas e incluso escuetas, estaban en las antípodas de socialismo y comunismo. De hecho, fue uno de los fundadores del Partido Republicano, lo que hoy consideran algunos la derecha norteamericana. El valedor de la esclavitud por aquel entonces, fundador e instigador del Ku Klux Klan más tarde, y fanático defensor de la segregación racial en USA durante casi todo el siglo XX, fue el Partido Demócrata, el que hoy día va de progre, defendiendo las causas más absurdas y delirantes nutridas a los pechos de la corrección política.

Muchos veteranos de las BI ocuparon cargos importantes en naciones de Europa del Este, aquellas tétricas dictaduras totalitarias comunistas llamadas, con sorna, democracias populares. Hubo brigadistas en puestos clave de la siniestra Stasi de la RDA, y en otros organismos de represión de los países-satélite de la URSS. Como en Rusia, en ellos cualquier muestra de desafección o disidencia política era brutalmente castigada, casi siempre con la cárcel sin formación de causa, con la tortura y a veces con la muerte. Con la caída del Muro de Berlín y el desplome del sistema soviético, algunos de estos <1>héroes de las BI serían juzgados por sus gravísimos delitos.

En 1936, Pravda, el órgano de prensa del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) había glosado a las BI, formadas por trabajadores del mundo entero, que acuden a España a defender la libertad, la democracia y los derechos de los obreros, frente al asalto del fascismo internacional. Esta falacia ha sido sostenida durante décadas no sólo por el comunismo más conspicuo, sino también, y esto es lo más grave de todo, por un amplio abanico de formaciones políticas, incluyendo algunas conservadoras. Pero la verdad pura y simple es que las BI fueron un instrumento al servicio de la política exterior de Stalin. Fue él quien autorizó su creación, y también quien ordenó su disolución, cuando el derrumbe del FP era inminente y, en consecuencia, sus intereses geoestratégicos variaron.

Las BI siguen siendo, a día de hoy, uno de los activos propagandísticos más importantes de la extrema izquierda española. En 1996, el gobierno de Felipe González, en un intento por desviar la atención ciudadana de los escándalos de corrupción que lo salpicaban un día sí y otro también, reactivo la propaganda sobre esos voluntarios de la libertad, concediéndoles el derecho a adquirir la ciudadanía española por carta de naturaleza. En 2007 el ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero fue más lejos, ampliando la ley de González para que los antiguos brigadistas pudieran reclamar la nacionalidad española sin renunciar a la anterior. Pedro Sánchez ha superado con creces a su maestro en demagogia izquierdista, pues ha dispuesto las medidas necesarias para que esa ley pueda beneficiar, también, a los hijos y nietos de los brigadistas. A condición, eso sí, que demuestren fehacientemente una labor continuada de difusión de la memoria de sus ascendientes y la defensa de la democracia en España. Es decir, que hayan consagrado sus vidas a la propaganda de aquel Frente Popular que arrastró a nuestro país a la guerra más espantosa y cruel que imaginarse pueda: una guerra civil. Como afirma la Biblia, por sus hechos los conoceréis.

En España abundan las calles, plazas e incluso colegios dedicados a las BI. Al contrario que esos políticos iletrados que padecemos, emperrados en arrasar lo que definen como callejeros franquistas, no abogo porque se cambien los nombres de esos lugares consagrados a la memoria de las BI. Que quienes profesan la ideología comunista quieran honrar a los brigadistas me parece perfectamente lógico y hasta respetable. Pero debe quedar claro que fueron héroes, y hasta mártires si me apuran, exclusivamente del comunismo. Ideología política que, como han demostrado los hechos históricos, allí donde consigue imponerse destruye la libertad y aniquila la democracia.

© Antonio Quintana Carrandi,
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