DIVISIÓN 250
DIVISIÓN 250 Tomás Salvador
Título original: ---
Año de publicación: 1954
Editorial: Armas Tomar Ediciones
Colección: ---
Traducción: ---
Edición: 2006
Páginas: 369
ISBN:
Precio: 26 EUR

Encontrar a un escritor de ciencia-ficción y miembro de la División Azul española peleando al lado de los nazis y redactando un libro de memorias sobre su participación en las batallas del frente de Leningrado me desconcertó bastante, no por que fuera difícil de comprender sino porque se codeaba con los demás escritores sin rubor y era aceptado por la cofradía, así que decidí aproximarme desde sus propias palabras para tratar de comprender.

Lo primero es que como novela autobiográfica funciona bastante bien, recoge con honestidad y hasta con cariño lo sucedido, lo cual podría provocarme una cierta desazón, preguntarme si acaso estoy aceptando como seres humanos a los asesinos de pueblos, por donde trazar el corte de la cuchilla de Occam, era inquietante, me pareció que la respuesta consistía en seleccionar párrafos que profundizaran en la visión que de los soviéticos expusieran los personajes retratados en las peripecias o donde el autor reflexionara sobre su experiencia. Son diversos en su contenido y aunque algunos parecen insultantes otros desnudan su asombro y admiración por ese pueblo invencible.

Por ese motivo aunque es un texto bélico repleto de escabellinas dolorosas, relleno de descripciones de combates feroces, atiborrado de anécdotas sangrientas, de pinturas de protagonistas que conjugan ingenio, jocosidad y valentía, de grandiosos paisajes helados iluminados por la luna de lagos, bosques y aldeas destruidas, de dificultades variopintas sobre los aspectos castrenses, de amoríos fugaces o definitivos, se abre a interpretaciones cómo la que compartiré.

Por eso, sin embargo, para ampliar el contexto he querido empezar por un material candente, con un segmento del libro de Jochen Hellbeck STALINGRADO, LA CIUDAD QUE DERROTÓ AL TERCER REICH referido al artículo central de la edición del 29 de octubre de 1942 del periódico oficial de las SS, Das Schwarze Korps, que comenzaba con una evaluación de la moral soviética señalando que:

Los bolcheviques atacan hasta el agotamiento y se defienden hasta la exterminación física del último hombre y la última arma. [...] A veces el individuo llega a luchar hasta más allá del límite de lo que se considera humanamente posible.

Ensancho el marco remarcando que Todo lo que los soldados de la Wehrmacht habían experimentado en sus campañas en Europa y el norte de África era como un juego de niños comparado con el hecho en sí de la guerra en el Este.

El artículo explicaba esta diferencia recurriendo a la biología racial alemana. Resaltaba que los soldados soviéticos procedían de una raza humana más básica, menos inteligente, incapaz de reconocer el significado y el valor de la vida. Debido a su supuesta ausencia de cualidades humanas, se pensaba que los soldados del Ejército Rojo luchaban sintiendo una total indiferencia hacia la muerte, ajena a los culturalmente superiores europeos. El artículo concluía describiendo la amenaza que suponía para Europa el poder de esta raza inferior desatada y convertía la batalla de Stalingrado en una cuestión que afectaba al destino histórico del mundo. Depende de nosotros decidir si seguir siendo seres humanos o no (pág. 16).

Tengo la impresión que las imágenes de Tomás Salvador se combinan con las esgrimidas por los SS y con las que hoy aparecen expresadas en los medios europeos y norteamericanos con motivo de la guerra en Ucrania, para confeccionar un collage donde el racismo, el desprecio por los rusos y el odio mezclado con envidia enturbian y remueven esa hedionda sentina histórica que late aún en las vísceras de una parte considerable de los ciudadanos europeos.

Retornemos a Tomás Salvador y sus observaciones:

Cada vez entiendo menos a los rusos. Vienen en manadas y no se agachan hasta que los oficiales hacen las señales con un pito muy agudo. Si un oficial la diña, no saben qué hacer y entonces se entregan fácilmente. Como resisten bien el frío, se pegan al terreno como ladillas y hay que cazarles uno a uno (pág. 87).

Una mezcla de admiración y desprecio, un combinado de desconcierto y de estupor, sentimientos que se profundizan en la siguiente:

Tenemos prisioneros trabajando. No acabo de entender a estos ruskis. Es imposible odiarlos. Me refiero a los prisioneros. Se da el caso de que algunos que apresamos nosotros en Russa y Sitno han estado dos días por la retaguardia preguntando por nosotros. Y han venido a Nitlikino para trabajar. No lo entiendo. Van y vienen en aparente libertad. Va a llegar un día que antes de disparar contra un ruso tendremos que mirar antes si lleva armas o no. Cuidan de los heridos y hacen de asistentes. Y hasta chamullan algunas palabras en español. En la Plana de la Compañía tenemos dos, Mischa y Volodia, que hacen de cocineros (pág. 86).

Se palpa, hay pasmo, acompañado de fascinación y asombro, son tan vitales y sorprendentes esos ruskis que no encajan en el marco estrecho y racista elaborado por los nazis y al cual se adhiere el propio escritor comprobando que existe un cierto deslumbramiento, un sentido de maravilla cuando incorpora a sus observaciones sus reflexiones y entusiasmo.

Sigamos acompañándolo mientras expande la esfera de sus análisis:

A Juan Luís, como a todo el mundo, la presencia de los rusos le parecía natural. No se podía imaginar que aquellos hombres estaban días antes en la acera de enfrente disparando. Ahora, entregados, aparecían sumisos y resistentes, con sus capotes color tierra sucia, con sus trajes acolchonados. Anteriormente, y hasta hacía poco, en el monasterio se había alojado la población civil, viejos, mujeres y chiquillos, especialmente. No se podía comprender cómo después de la ofensiva alemana, los contraataques rusos y demás jaleos que habían convertido Otensky en una posición avanzada, todavía existieran rusos por allí. Pero así era. Y habían trabajado y bullido por todos los rincones, cuidando a los heridos y cocinando hasta ser evacuados a Schewelevo (pág. 104).

en el párrafo late el disfrute del deslumbramiento, de la sensación de ir levantando capas y hallando variedad y cualidades extraordinarias.

Ingresemos desde otra vertiente: Hay una cierta indignación, unida a piedad exhalada por este párrafo:

Volvió a su alojamiento. Los auxiliares rusos se movían por los pasillos, recogiendo basuras. Fulgencio vio a cuatro o cinco hombres tirados por los rincones, sobre un colchón. Se acercó. Eran rusos. Llevaban los vendajes muy sucios, los pies y manos envueltos en trapos y se acurrucaban bajo un capote color tierra, el mismo capote que Fulgencio viera a ruskis, vivos o prisioneros. No eran prisioneros. Eran pasados, rusos amigos, y por eso tenían derecho a estar en un hospital español. A permanecer nada más, desde luego. Y tirados en sus rincones, sumisos como perros, miserables, esperaban la ayuda de Dios para morir (pág. 109).

Choca Tomás contra las fronteras que están previamente trazadas, se derrumba la pirámide de altanería, xenofobia y discriminación para luego segregar, despreciar y mutilar.

No cabe duda de hasta donde ha llegado en su empaparse del alma rusa y palpitar con ella, comprúebese con esta:

No es que despreciara a los rusos. Nada más lejos de su ánimo. En los muchos meses, casi un año que llevaba en el frente, había estudiado y creía conocer a los ruskis todo lo bien que un hombre puede conocer a otro. En contra de la suficiencia de la generalidad de los soldados, que veían a los rusos como algo inferior, él sabía que el soldado ruso era sufrido, animoso, capaz de llegar con sus ataques hasta las mismas trincheras adversarias, sin titubeo, hasta dejar allí la piel. No, el soldado ruso era buen soldado y estaba bien armado; aguantaba las indecibles calamidades de la guerra como los mismos españoles y no parecía importarle gran cosa la muerte. (pág173).

Siempre oscilando entre la llama de lo prodigioso y el escupitajo del menosprecio.

Y en cuanto a lo militar recojo esta, que expone el aspecto técnico de los enfrentamientos:

los rusos tenían estupendos aparatos detectores y que cuando se iniciaban los duelos entre baterías las propias debían callar la mayoría de las veces. Tenían más cantidad y la empleaban bien, con buen sentido táctico y ágiles movimientos que denotaban una buena instrucción. Tenían los organillos y lanza-granadas casi en primera línea (pág. 228).

Y es inevitable entonces que piense en Ucrania y como son barridos una y otra vez empujados por el engreimiento otanista a consumir su juventud en una guerra imposible de ganar.

Y como colofón reproduzco la referida al retorno a España.

La moral bajó mucho. Los oficiales estaban animados, por lo menos de capitanes para abajo. Debían saber o presumir lo que se traía en el ajo, que era la formación de un Cuerpo Voluntario que se quedaba en representación de España, pero nada decían y entre ellos formaban corrillos y discutían. Con los soldados, trataban de convencerles de que no se podía marchar de aquella manera, sin que un puñado de españoles quedasen alineados en la lucha contra el comunismo. Generalmente, estos argumentos hacían poca mella, pues a casi todos les tenía sin cuidado el comunismo; excepto una minoría, los demás estaban allí por puro espíritu de aventura. Eran hombres nacidos para la guerra. (pág. 248).

que coloca una lápida a las adhesiones ideológicas.

Podría seguir en esa tónica eligiendo secciones o páginas, pero creo que lo presentado permite acercarse a esta novela guerrera repleta de los jugos juveniles de la aventura para completar una mirada bibliográfica abarcadora y vibrante.

Aunque no comentó un libro de ciencia-ficción, el ostentar Tomás Salvador la categoría de escritor de ciencia-ficción me permite la libertad de aproximarme desde otro ángulo para reflexionar sobre la larga historia de guerras y masacres sucedidas en el pasado y que se reeditan de nuevo en este actual enfrentamiento bélico en Ucrania.

© Luis Antonio Bolaños de la Cruz,
(1.608 palabras) Créditos