Sinopsis
Matt Calder, que acaba de salir de la cárcel, va en busca de su hijo a Tent City, un poblado minero provisional, hecho de tiendas de campaña. Allí conoce a Kay, una atractiva muchacha, que se gana la vida como cantante de cabaret y que ha entablado amistad con el pequeño Mark. Matt aspira a trabajar una granja, pero, poco después, llegan hasta allí, en una balsa de río, Kay y Harry Weston, un tahúr que ha ganado en una partida de póker una mina de oro. Weston, obsesionado por llegar cuanto antes a Council City para registrar la mina, les roba el rifle y el caballo y golpea a Matt. Kay no quiere abandonar al hombre herido ni mucho menos al niño, así que Weston se marcha solo, prometiendo a la chica que se reunirá con ella muy pronto. Tras la marcha de Weston, y ante la amenazadora presencia de los indios, Matt decide que la única opción de salvarse está en tratar de llegar a Council City por el turbulento río, de modo que él, su hijo y la cantante embarcan en la balsa. Ante ellos se presenta un viaje lleno de peligros, pero Matt está decidido a dar caza a Weston, a pesar de los ruegos de Kay.
RÍO SIN RETORNO es uno de mis westerns de cabecera, pues recuerdo que lo vi por primera vez en un pase televisivo, a los quince años o así, y que me encantó. Desde entonces, he tenido ocasión de verlo en una docena de ocasiones más, lo que me ha reafirmado en mi convencimiento de que se trata de una de las mejores realizaciones de Otto Preminger.
Sin embargo, sólo muy recientemente he podido hacerme con una buena copia del film original, descubriendo, con pasmo e indignación, que esta película fue una de las muchísimas obras cinematográficas que, en su día, se estrenaron en las salas españolas con varios pasajes cercenados por la odiosa censura eclesiástica, sin ninguna duda la institución más deleznable de la España de antaño.
Es de suponer que la censura laica no encontraría nada reprobable en una cinta así, políticamente inocua. Pero los meapilas la emprendieron contra la película de Preminger, en aras de la defensa del pacato concepto de la moral enarbolado por la Iglesia española de entonces.
Aquella caterva de santurrones, miraba con lupa cualquier película de Marilyn Monroe, y en esta ocasión le dio gusto a la tijera. La primera escena que cortaron fue esa en la que, tras un accidentado viaje a través de los rápidos, los protagonistas acaban exhaustos y empapados. Matt encuentra refugio para ellos en una cueva, así que le da un par de mantas a la aterida Kay, y le dice que se quite las ropas mojadas para tenderlas a secar. Mientras las tiende, Matt hace un comentario sobre la ropa interior de la joven. Y al ver que ésta tirita de frío, procede a darle un casto masaje por encima de la manta, para así activar su circulación sanguínea y que entre en calor. Exactamente lo mismo que haría cualquiera en una situación semejante. Luego, Matt hace que Kay se siente, para masajearle las piernas. Estas secuencias que acabo de describir fueron cortadas por completo, pues seguro que al censor de turno se le antojaron obscenas.
Más adelante, los dos protagonistas tienen un intercambio de impresiones en medio del bosque, durante un alto en su travesía del río. Kay se comporta de un modo un tanto provocativo, lo que hace que Matt intente besarla, produciéndose un forcejeo entre ambos. Como es obvio, Matt logra su propósito y... ¡Chas, chas! La tijera censora se pone de nuevo en acción, eliminando otra secuencia imprescindible para una correcta comprensión del film. En cuanto al último corte, se perpetró en la secuencia final de la película, que muestra a una esplendorosa pero triste Kay cantando en un Saloon de Council City. El leit motiv musical de la cinta, una de las canciones más hermosas de la historia del cine, nos fue hurtado en su mayor parte por la nequicia censora, ya que la cámara de Preminger se complacía en recorrer la sugestiva anatomía de la Monroe, apenas velada por el atrevido (para la época del Oeste) modelito que lucía.
Así que, en cierto modo, ver íntegra la cinta de Preminger, sin los cortes de la odiosa censura, fue como ver RÍO SIN RETORNO por primera vez. Y en esa ocasión pude apreciar, con más detalle, la perfección de este estupendo western. A Preminger, como a otros maestros del cine clásico, no le gustaba nada el CinemaScope, pero aun así supo sacar partido del formato, componiendo unos encuadres fabulosos. Lo curioso es que, a pesar de desarrollarse mayormente en exteriores, herr Otto consiguió dotar a la película de cierta impronta intimista, que era una de las características más notables de su cine. Por su parte, Joseph La Selle, uno de los directores de fotografía más geniales de la historia del Séptimo Arte, aprovechó sabiamente las posibilidades del CinemaScope y el color De Luxe, a la hora de fotografiar los hermosos y selváticos paisajes. La mayor parte del film se rodó en exteriores naturales de Canadá, aunque los pocos interiores y determinadas escenas del viaje por el río se filmaron en los Estudios Fox.
Marilyn Monroe, de cuyo fallecimiento acaban de cumplirse sesenta años, nunca estuvo tan hermosa en pantalla como en RÍO SIN RETORNO, ataviada con unos vaqueros, una sencilla blusa blanca y unas botas camperas. En cuanto a Robert Mitchum, está tan perfecto en su papel como siempre. Aunque su economía gestual fuera definida por algunos críticos como un tanto hierática, lo cierto es que este actor supo hacer de su aparente impasibilidad una virtud interpretativa, que los cinéfilos asimilamos con la contención y la sobriedad representativas de este memorable intérprete.
RÍO SIN RETORNO figura entre los westerns favoritos de este cinéfilo, sólo por detrás de CENTAUROS DEL DESIERTO y la Trilogía de la Caballería (FORT APACHE, LA LEGIÓN INVENCIBLE y RÍO GRANDE), del maestro de maestros John Ford, y EL TREN DE LAS 3:10, de Delmer Daves.
EE. UU., 1954