
La Ley Seca fue definitivamente derogada el 5 de diciembre de 1933. La inmensa mayoría del pueblo estadounidense celebró su final, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente se echó espontáneamente a las calles, en una explosión de júbilo ciudadano pocas veces vista hasta entonces en el país. Para los fanáticos integrantes de la ASL y la WCTU, así como para quienes les apoyaban, sobre todo en la América rural, fue un día triste. Los gánsteres, por su parte, lamentaron el fin de la Prohibición, porque afectaba negativamente a sus ganancias, pero muy pronto se reharían, explotando nuevas fuentes de beneficios ilegales.
Aunque resulte sorprendente, todavía hoy hay personas en Estados Unidos convencidas de que la Prohibición sirvió para algo. Como mucho, están dispuestas a aceptar que su fracaso se debió a que no fue bien aplicada
, el mismo argumento esgrimido por los actuales defensores de ciertas ideologías trasnochadas y que han demostrado empíricamente durante éstos últimos cien años ser un fracaso absoluto, que no estuvieron (ni están) bien aplicadas
.
La realidad es mucho más simple. La Seca fracasó principalmente porque era una ley totalitaria, mediante la cual, una parte de la sociedad trató de imponer al resto sus concepciones sociales, políticas, religiosas y morales. Que una aberración legal semejante prosperara en la primera nación verdaderamente democrática del mundo, no dice nada bueno de la clase política estadounidense de la época, ni mucho menos de las masas que apoyaron tal despropósito. De hecho, la Volstead Act y las medidas legales que generó iban contra los valores de libertad y tolerancia bajo los que se habían fundado los EE. UU., aspecto señalado, ya entonces, por quienes se posicionaron valientemente frente a ella.
Sin embargo, la Prohibición prosperó. ¿Por qué? Por la profunda hipocresía de gran parte de la sociedad, que en vez de rebelarse abiertamente contra ella, optó por contemporizar con la corrección política del momento y no significarse, aunque muchas de esas personas bebieran como esponjas en la intimidad.
Fracasó, también, por su pretensión de regular el comportamiento moral de los ciudadanos desde el poder político. La moral de cada ser humano es algo íntimo y personal, en lo que tan sólo puede influir positivamente la educación familiar, pero nunca el Estado, porque ese es uno de los primeros pasos que conducen al totalitarismo. Los impulsores de la Prohibición aspiraban a uniformizar la sociedad estadounidense de la época, de acuerdo con los postulados de la América anglosajona, puritana y protestante. Como es evidente, tal pretensión era irrealizable, en un país al que llegaban continuamente ingentes oleadas de inmigrantes con bases culturales diversas, en ocasiones muy distintas a las raíces originarias de los primeros blancos que poblaron aquellas tierras a partir del siglo XVI.
La Ley Seca no resolvió ninguno de los problemas derivados del consumo excesivo de alcohol. Ni siquiera atenuó algo su incidencia social. Al contrario: los exacerbó. Nunca se ha consumido tanto licor en USA, y de tan mala calidad, como durante el periodo comprendido entre 1920 y 1933.

Lo único bueno que tuvo la Volstead Act, fue que vacunó a la sociedad americana contra la tentación de legislar en base a las apetencias de un grupo de presión. Desde 1933, y hasta el momento, el gobierno federal no se ha atrevido a ir tan lejos como llegó con la Ley Seca. No obstante, las restricciones a la bebida se mantuvieron en algunas zonas de Estados Unidos, y todavía hoy hay lugares de esa gran nación en los que se aplican sucedáneos de esa estúpida legislación, si bien muy atenuados. De hecho, el tráfico de alcohol ilegal siguió proporcionando beneficios a la Mafia durante los años 40 y buena parte de los 50.
Es evidente que el Crimen Organizado estadounidense habría acabado por existir, con Ley Seca o sin ella. Pero a los gánsteres les hubiera costado muchísimo más alcanzar las tremendas cotas de poder que tuvieron durante mucho tiempo, y que, a pesar de los esfuerzos de las agencias federales, todavía conservan hoy día. Aquellos puritanos santurrones de la ASL, y aquellas iletradas beatas de la WCTU, ayudaron a crear el Crimen Organizado tal como lo conocemos. Su intransigencia, su fanatismo, su vesania moralista les abrió a los gánsteres un universo de posibilidades. Gracias a la Volstead Act y a sus promotores, matones andrajosos, que malvivían delinquiendo a salto de mata, se convirtieron de la noche a la mañana en potentados del crimen, que manejaban cientos de miles, a veces millones de dólares, y podían comprar, por tanto, protección judicial, política y policial, acallar conciencias a base de fajos de billetes y corromper a la sociedad de un modo nunca visto antes o después. Para la Mafia americana, la Ley Seca fue una bendición.
Hay quien, enarbolando el ejemplo de la Prohibición, aboga por legalizar el consumo de drogas. Quienes así opinan pasan por alto que se trata de sustancias diferentes, que actúan sobre el organismo humano de muy distinta manera. El consumo de alcohol no es en principio nocivo, si se bebe con moderación. Incluso ciertos vinos y licores resultan saludables en pequeñas cantidades, aunque la penosa OMS (Organización Mundial de la Salud), que ya se retrató bien con la gestión del Coronavirus, insista machaconamente en que cualquier ingesta de alcohol provoca daños irreversibles. Para convertirse en alcohólico hay que beber en abundancia, muy seguido y durante mucho tiempo. En cambio, la droga produce daños a la salud desde la primera toma, independientemente de que sea fumada, inhalada, aspirada o inyectada. Sus efectos sobre el organismo son más inmediatos y severos que los de cualquier bebida alcohólica, incluso la de mayor graduación. Si la familia de alguien alcoholizado puede llegar a vivir un auténtico infierno, la de un drogadicto vive el mismo infierno multiplicado por diez.
A pesar de ello, han existido en el pasado, y aún existen en el presente, personas y hasta formaciones políticas que insisten en despenalizar el comercio y el consumo de drogas, comparándolo con el del alcohol. Al fin y al cabo, son sustancias similares, pues ambas producen adicción
, razonan. Pero se trata de una impresión falsa. El tabaco y el café también producen adicción, si se abusa de ellos, pero no son drogas, por más que los progres insistan en llamarlos drogas legales. De hecho, hace mucho que se demostró que incluso el chocolate puede resultar adictivo. ¿Significa eso que un consumidor habitual de este dulce es un drogadicto? Es absurdo.
La Prohibición nació de una ley de inequívoco marchamo totalitario. Las leyes totalitarias se dictan para imponer a la sociedad las peculiares ideas históricas, políticas, religiosas o morales de un grupo determinado. Tan totalitaria era la legislación vigente en la URSS hasta 1991, como la aprobada por los nazis en 1935. Cualquier legislación que pretenda imponer una forma única de vivir la vida, o establecer una sola manera de interpretar la historia, estigmatizando e incluso penalizando a quien ose disentir de la verdad oficial cae de lleno en la más deleznable intolerancia.
La experiencia histórica de la Ley Seca nos enseña que no es prudente promulgar leyes buscando satisfacer a un sector social determinado, en contra del sentir de una inmensa mayoría. Porque, por muy justo que parezca el fin que se persiga con ello, al final el resultado siempre será desastroso. Un viejo adagio afirma: El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones
. Esas buenas intenciones, albergadas por algunos de los impulsores del Noble Experimento y de las que no cabe dudar, condujeron a Estados Unidos a un verdadero infierno.
Una de las paradojas más curiosas de esta situación se da en Lynchburg (Tennessee). En el condado de Moore, del que es capital administrativa, rige aún una forma recortada de la Ley Seca que no permite el consumo de bebidas alcohólicas de alta graduación, esto es, destilados en general, permitiéndose sólo la venta y consumo de vino y cerveza. ¿En qué consiste la paradoja? Que en Lynchburg está ubicada la destilería del mundialmente famoso bourbon Jack Daniel´s.
En Estados Unidos la prohibición de las drogas tiene su origen en dos legislaciones, la Pure Food and Drug Act, de 1906, y su reforma en la Federal Food, Drug, and Cosmetic Act, de 1937, además de sucesivas legislaciones en los años 1950 y 1960. La intención inicial no era tanto prohibir las drogas como evitar que estas se añadieran de forma incontrolada en la comida y fármacos envasados. Lo curioso de estas legislaciones es que se promulgaron a raíz de las presiones y recomendaciones no de grupos de moralistas, sino de importantes actores de la incipiente industria del alimento envasado que querían deshacerse de competidores con menor músculo financiero para afrontar las reformas a la que obligarían las nuevas leyes, y que fundamentaron sus alegaciones en algunos graves escándalos alimentarios que se sucedieron a principios del siglo XX.