ESTADO DE SITIO
ESTADO DE SITIO EE. UU., 1998
Título original: The Siege
Dirección: Edward Zwick
Guión: Lawrence Wright, Menno Meyjes y Edward Zwick
Producción: Lynda Obst y Edward Zwick para Lynda Obst Productions/20th Century Fox.
Música: Graeme Revell
Fotografía: Roger Deakins
Duración: 116 min.
IMDb:
Reparto: Denzel Washington (Agente Especial Anthony Hubbard); Annette Bening (Elise Kraft/Sharon Bridger); Bruce Willis (General William Devereaux); Tony Shalhoub (Agente Especial Frank Haddad); Sami Boaujila (Samir Nazdhe); Ahmed Ben Larby (Jeque Ahmed Bin Talal); Mosleh Mohamed (Muezzin); Liana Pay (Agente Especial Tina Osu); Mark Valley (Agente Especial Mike Johanssen)

Sinopsis

Una serie de atentados terroristas se producen en la ciudad de Nueva York. Los islamistas exigen que Estados Unidos libere al jeque Bin Talal, presumiblemente capturado por el ejército estadounidense. El agente especial Hubbard, que está al frente de la Unidad Anti-terrorista del FBI neoyorkino, dirige las pertinentes investigaciones con bastante éxito, aunque choca con una agente de la CIA que al principio no se muestra nada colaboradora. Como la escalada de terror va en aumento, ante el temor de la población el gobierno toma medidas drásticas, declarando la ley marcial en la ciudad, algo con lo que no está de acuerdo Hubbard. Mientras sigue adelante intentando descubrir a la célula terrorista que, presumiblemente, planea un atentado de proporciones inmensas, Hubbard tendrá que enfrentarse al intransigente general Devereaux.

ESTADO DE SITIO funciona bien como thriller de acción, pero, como muchas otras producciones hollywoodenses, se ve lastrado en parte por sus componentes políticamente correctos. Y eso que se trata de una cinta estrenada hace un cuarto de siglo.

La película aborda el tema del terrorismo islámico, que ya por entonces empezaba a preocupar a los estadounidenses. La historia enfrenta a los honestos y legalistas funcionarios federales, representados por Hubbard y sus hombres, con un militar reaccionario como Devereaux, que, en algunos momentos, y por obra de un guión manifiestamente maniqueo, es retratado casi como un golpista. La moraleja del film es muy políticamente correcta, como cabía esperar: el verdadero villano de la función parece ser el fascista Devereaux, más que el terrorista árabe que pone bombas. Como puede verse, a finales de los 90 Hollywood ya estaba totalmente infiltrado por la progresía y apuntaba maneras.

Un ejemplo de lo que afirmo: en el guión original no había ningún árabe en el campo de los buenos. Algún espabilado progre cayó entonces en la cuenta de que eso podría ofender a la comunidad musulmana, así que se sacó de la manga a Frank Haddad, un libanés agente del FBI, que, además, les vino de perlas a los guionistas para enfatizar la maldad de Devereaux, pues su hijo es retenido por los militares.

El de William Devereaux es presentado como el más negativo de los personajes, mientras que apenas se nos dan unos esbozos de los terroristas, lo que cant a por peteneras. Sin embargo, es él quien advierte a los políticos, que están valorando la posibilidad de declarar la ley marcial: El ejército es un sable, no un escalpelo. Y añade: Créame, senador: no querría tener al ejército en una ciudad americana. De hecho, aunque se incluyó un breve comentario de otro general que afirmaba que la postura de Devereaux no era la oficial de las Fuerzas Armadas, éste, después de explicar sucintamente cómo llevaría a cabo la misión, concluye su parlamento instando a los responsables civiles a no considerar la opción de sacar las tropas a la calle. ¿Es ésta la postura de un fascista? Me da que no. Pero claro, como había que cargar las tintas contra los reaccionarios y racistas, que supuestamente representa Devereaux, nada mejor que hacer que torture a un inocente hasta la muerte, para así justificar todo el discursito progre que le suelta Hubbard en el último tramo de la cinta. De traca.

De modo que, lo que empezó como un típico thriller, va degenerando en un panfleto propagandístico que, con la manida excusa de la defensa de la democracia, del estado de derecho y demás, acaba por erigirse en otro monumento fílmico a la más casposa corrección política.

En un pasaje del film aparece brevemente un líder de la comunidad musulmana neoyorkina, condenando los atentados y repitiendo el mantra ese de la religión de la paz. Más adelante vemos masas de manifestantes contra la ley marcial, en la que destacan musulmanes y judíos, que parecen ir juntos en esto. La triste realidad es que islamistas y judíos no se mezclan nunca, por más que los gurús del Hollywood actual pretendan convencernos de lo contrario. Como tampoco ha ocurrido nunca que una comunidad musulmana, del país que fuera, se haya echado a las calles en masa para condenar un atentado terrorista islamista, y a los hechos me remito.

El terrorismo islámico no tiene ningún respeto o consideración por la vida humana. Osama Bin Laden lo dejó muy claro, para el que quiera entenderlo: Esos que llamáis civiles (mujeres y niños) son también enemigos del Islam. Así que la escenita en que los terroristas del autobús dejan bajar a los niños, antes de volarlo, es absolutamente increíble. ¿Cuántos niños viajaban en los aviones que se estrellaron contra las Torres Gemelas?

El personaje de Annette Bening, que en principio despierta cierto interés, es también el peor dibujado, porque el espectador no alcanza a comprender cómo alguien como ella, curtida en la lucha soterrada contra el terrorismo islámico, puede revelar tanta ingenuidad y ceguera en determinados momentos. Tal vez se deba, como queda más que patente en un par de ocasiones, a su relación demasiado íntima con Shamir, el palestino guaperas que acabará revelándose como la verdadera amenaza.

A pesar de todo, ESTADO DE SITIO es un film bien hecho y muy entretenido, si se pasan por alto sus despropósitos típicamente progres. Lo mejor, sus bien filmadas escenas de acción y ese guiño al cine negro de vertiente procedural, de los años 40 y 50, en el que nos muestran con bastante detalle los procedimientos empleados por el FBI para vigilar a los sospechosos.

© Antonio Quintana Carrandi (905 palabras) Créditos