La ley seca: Centenario de una ley absurda, 14
LA CAÍDA DE CAPONE 2ª PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Los seis misteriosos (y algunos amigos)
Los seis misteriosos (y algunos amigos)

Aunque había sido condenado a un año de prisión, Capone apenas estuvo diez meses entre rejas. Ese tiempo fue para él casi como unas vacaciones, porque el alcaide y los funcionarios de prisiones, previamente untados, se desvivieron por hacerle confortable su estancia allí. Para empezar, se le dio una celda para él sólo, evitándole así tener que convivir con otros tres reclusos, como el resto de los presos. Los catres fueron retirados, y en su lugar se puso una mullida cama traída del exterior. El alcaide en persona le proporcionó al napolitano un buen escritorio, para que despachara sus asuntos a gusto, y hasta ordenó que en la celda se instalase una línea telefónica con conexión exterior y una radio. De algún modo, trascendió que Scarface gozaba en prisión de un estatus privilegiado, lo que acabó de indignar a los ciudadanos decentes, que asistían boquiabiertos a todo aquello. Se elevó una protesta formal al Departamento de Prisiones y Correccionales, pero no sirvió de nada.

No obstante, en marzo de 1930, mientras Caracortada cumplía su corta y cómoda condena, Frank Wilson y sus hombres consiguieron pruebas para encausar a Frank Nitti, mano derecha de Capone, por evasión de impuestos, logrando que se le condenara a dieciocho meses de cárcel. En abril, Jack Guzick corrió idéntica suerte, aunque en su caso la condena fue de cinco años. En mayo le tocó la china a Ralph, hermano de Capone, al que le caerían tres años de prisión también por evasión de impuestos. Parecía que la organización de Scarface comenzaba a tambalearse bajo los embates de la justicia, pero los integrantes del frente legal en su contra, principalmente Wilson y Ness, sabían que no sería nada fácil derribar al boss.

J. Edgard Hoover, director del FBI, que por decisión del presidente coordinaba los esfuerzos gubernamentales para acabar con Capone, viajó a Chicago y se entrevistó con Wilson, Ness y Los seis misteriosos. Los agentes del FBI y los del IRS habían escarbado en los negocios ilegales de Chicago, pero no habían conseguido encontrar nada que relacionara a Scarface con ellos. En ningún documento, libro de contabilidad o lo que fuera, aparecía nunca el nombre de Al Capone. Los hombres de Hoover descubrieron que el napolitano ni siquiera tenía a su nombre ni una mísera libreta de ahorro en un banco. A efectos documentales, era como si Capone no tuviera ningún ingreso, aunque, en la práctica, su fortuna personal superaba los veinticinco millones de dólares, y su organización generaba unos beneficios brutos anuales de casi cien millones.

Aprovechando la breve estancia entre rejas de Capone, Los seis misteriosos habían multiplicado sus actividades. Se las arreglaron para animar a los empresarios de otras grandes ciudades estadounidenses a unirse en la lucha contra la Mafia, denunciaron públicamente a políticos corruptos y funcionarios venales y no perdieron ocasión de poner en práctica todo aquello que pudiera intimidar a los gánsteres. Incluso abrieron un bar clandestino, uno de tantos en apariencia, que en realidad era la tapadera perfecta para que los agentes privados que habían contratado, todos ellos de fuera del Estado de Illinois, pudieran recolectar información entre los gánsteres de poca monta que pululaban por Chicago. Los seis misteriosos llegaron al extremo de contratar a varias chicas de vida alegre, para que sonsacaran a sus clientes determinadas informaciones. El riesgo era muy alto, y si bien varios hombres y mujeres se avinieron a realizar estas labores por razones éticas, lo cierto fue que la mayor parte de esas personas lo hizo porque estaba espléndidamente pagada.

Capone salió de la cárcel dispuesto a seguir con su rutina criminal como si tal cosa, pero enseguida vio que el panorama era muy distinto. Dos de sus hombres de máxima confianza, Nitti y Guzick, y su propio hermano, Ralph, habían sido encarcelados. Además, la amonestación que había recibido de Masseria y los demás jefes mafiosos, y su ingreso en prisión, habían debilitado el control que ejercía sobre su organización. De todas formas, Caracortada reaccionó como siempre. Estaba dispuesto a demostrar a Masseria y los otros que Chicago seguía siendo suya, así que su regreso se evidenció con un nuevo baño de sangre en las calles de la ciudad del viento. Así pues, acabó con algunos rivales menores que todavía tenían la osadía (más bien la locura) de enfrentarse a él, y trató, por todos los medios a su alcance, de recuperar su estatus como señor absoluto del crimen en Chicago.

La prensa publicaba, un día sí y otro también, encendidos elogios a aquel grupo de empresarios que se esforzaba por limpiar la ciudad. Al ya conocía la existencia de Los seis misteriosos, pero se cree que fue entonces cuando empezó a tomarse el asunto en serio, en vista de los últimos acontecimientos.

Todo el mundo se preguntaba quiénes eran aquellos hombres. Capone fue más lejos que los periodistas, y, de alguna manera, consiguió saber el nombre de uno de ellos: Robert Isham Randolph. Se ignora de qué modo se hizo con esa información, pero el caso fue que Scarface concertó una cita con él. Tras consultarlo con sus socios, Randolph se avino a entrevistarse con el capo. Entonces, según relató en sus memorias, publicadas mucho tiempo después, Randolph se dio cuenta de que el gánster no parecía tan seguro y pagado de sí mismo como pretendía aparentar, porque le propuso un trato: si Los seis misteriosos le dejaban en paz, Capone se comprometía, en sus propias palabras, a limpiar la ciudad. La negativa de Randolph fue tajante.

Las cosas se le estaban poniendo muy difíciles al otrora todopoderoso gánster. El ambiente en Chicago estaba cambiando gracias a Anton Cermak , que había derrotado a William Big Jim Thompson en las elecciones para alcalde del 6 de abril de 1931. Con la marcha del muy corrupto y pervertido Thompson­ del Ayuntamiento, Scarface perdió a su colaborador más valioso en las instituciones públicas. Cermak llevó a cabo una impresionante limpieza municipal. Empezó creando un nuevo Departamento de Seguridad Pública, al frente del cual puso a agentes que se habían significado en el pasado por su integridad, lo que les había impedido ascender en el cuerpo. En algunos Precintos de la ciudad, oficiales sin graduación, cuya honestidad personal y profesional era indiscutible, fueron ascendidos a capitanes, saltándose los rangos intermedios. Muchísimos policías, varios de ellos de alto rango, fueron prejubilados de forma forzosa, apartándoles de las actividades policiales y evitando así que pudieran recabar información para transmitírsela a Capon e. La firmeza y decisión de Cermak se tradujo en una avalancha de dimisiones de funcionarios municipales, que abandonaron la ciudad e incluso el Estado, no sin antes borrar cualquier prueba que pudiera vincularles con Scarface y sus actividades. En cuanto a los políticos, que hasta entonces habían frecuentado sin recato tanto los bares clandestinos como la compañía de los gánsteres, se esforzaron por adoptar un perfil más discreto, rompiendo sus lazos con el crimen organizado e intentando sanear su imagen, cosa que no todos consiguieron.

Frank J. Wilson
Frank J. Wilson

Capone empezaba a sentirse acorralado. Decidió realizar otra intentona para aliviar la presión a que se veía sometido. Habló con sus abogados y, al parecer, estos le aconsejaron que tratara de llegar a un acuerdo con el gobierno, porque, según esos leguleyos, esa gente está más interesada en recaudar dinero que en la justicia. Scarface concertó una entrevista con Frank J. Wilson. Le dijo que quería arreglar las cosas por las buenas, y se comprometió a pagar al fisco un millón y medio de dólares si el IRS abandonaba la investigación y el gobierno renunciaba a procesarle.

Caracortada estaba acostumbrado a tratar con burócratas serviles y corruptos, pero con Wilson pinchó en hueso. El jefe del grupo especial del IRS respondió que su trabajo era hacer que se cumplieran las leyes, no llegar a acuerdos con los delincuentes. Aparentemente tranquilo, pero hirviendo de rabia en su interior, Capone se dispuso a abandonar el despacho de Wilson. Pero antes se detuvo junto a él y le susurró al oído: ¿Qué tal está su mujer, Frank? Cuídese mucho. La amenaza estaba clara, así que Wilson se apresuró a ordenar el traslado de su familia a un lugar secreto, bajo una fuerte escolta armada.

En cierto modo, casi se podría decir que Scarface estaba desesperado. Como presionar a Wilson no había funcionado, se dirigió al fiscal del distrito a través de sus abogados, ofreciéndose a declararse culpable de evadir impuestos e ir de nuevo a la cárcel por un periodo no superior a tres o cinco años, que el capo esperaba reducir a uno o uno y medio como mucho por buena conducta. El fiscal aceptó el trato y Capone respiró aliviado, pues pensaba que iba a librarse de todo cumpliendo una condena menor.

Los dos Hoover, el presidente y el director del FBI, comunicaron a Wilson que eso no era aceptable. El gobierno llevaba años detrás de Scarface, y no iba a permitir que el gánster más sanguinario del país manipulara el sistema judicial a su antojo. El objetivo seguía siendo retirar al napolitano de la circulación durante el mayor tiempo posible. Los seis misteriosos eran del mismo parecer.

Al mafioso empezaban a crecerle los enanos de su circo particular. Sus abogados se presentaron ante el juez federal, James H. Wilkerson, esperando que este colaborara y agilizara los trámites para la resolución de la negociación de la sentencia. Capone acompañaba a sus picapleitos, y seguramente se quedó de piedra cuando el adusto y firme Wilkerson rechazó el acuerdo y aseguró que el señor Capone será juzgado conforme a la Ley, sin componendas de ninguna clase. Y por si no había quedado clara su postura, se dirigió directamente a Al Capone y le espetó, tuteándole: No puedes comprar a un tribunal federal.

El cerco en torno a Caracortada se estrechaba. Todos sus intentos por alcanzar algún tipo de acuerdo con el gobierno habían fracasado. Entonces Capone, furioso, ordenó el asesinato de Frank Wilson, al que consideraba responsable de su situación. Mike Malone, el agente secreto infiltrado en la organización de Scarface, se enteró de ello y avisó a su jefe. Wilson demostró entonces de qué pasta estaban hechos los agentes del IRS. Lo primero que hizo fue dictar una orden de detención contra Capone, ocupándose de publicitarla adecuadamente, para que todo el mundo en Chicago lo supiera. Luego cogió dos pistolas semiautomáticas Colt 1911 y se echó a la calle en busca de los tipos encargados de matarle. Capone, al saber que existía una orden de arresto contra él, se apresuró a anular el asesinato. Si Wilson fallecía asesinado tras ordenar su detención, todo el mundo sabría quién estaba detrás de su muerte.

La pieza clave en la ofensiva contra Capone fue Mike Malone. El agente infiltrado descubrió, conversando con un miembro de la banda, que un libro de contabilidad requisado por el IRS en un estanco llamado Hawthorne Smoke Shop, que era en realidad una casa de apuestas camuflada, contenía pruebas para acusar a Capone. El gánster que charlaba con Malone afirmó, riéndose, que aquellos agentes del gobierno eran una pandilla de panolis, pues tenían las pruebas que necesitaban en su poder y no eran capaces de verlas. Malone se apresuró a informar a Wilson. Este procedió a revisar el libro, encontrando una anotación, que en principio alguno de sus hombres había pasado por alto, en la que figuraba el nombre Al seguido de una suma: 17.500 dólares. Como era necesario relacionar este nombre con Capone, Wilson realizó varias investigaciones que le llevaron a concluir que la letra del libro de contabilidad pertenecía a Leslie Shumway, uno de los cajeros de la organización mafiosa. A través de O´Hare, Wilson consiguió localizar a Shumway, con el que llegó a un acuerdo. El cajero le proporcionó el nombre de Fred Ries, un colega que también trabajaba para Capone y que deseaba dejar esa vida. Wilson estaba muy satisfecho. Por fin tenía dos miembros de la banda de Scarface dispuestos a declarar contra el capo a cambio de inmunidad. Como en esa época no existía, como ahora, un programa federal de protección de testigos, Los seis misteriosos se hicieron cargo del asunto, trayendo de fuera de Chicago a un grupo de experimentados mercenarios que se encargaron de proteger a esos dos hombres.

El 5 de junio de 1931 ocurrió lo que nadie había esperado que ocurriera: Al Capone fue acusado formalmente, ante un tribunal federal, de dos delitos graves: evasión de impuestos continuada y violación del Acta de Prohibición. Elliot Ness y sus Intocables presentaron 5.000 cargos contra él por producción, contrabando y venta de alcohol. No obstante, en última instancia se decidió concentrar los esfuerzos legales en el asunto del fraude fiscal. ¿Por qué?

Bien, la situación en los Estados Unidos del momento era harto delicada, porque hasta los partidarios más entusiasta de la Ley Seca sabían que ésta era absolutamente impopular. El proveedor de alcohol ilegal del área de Chicago era Capone, y el gobierno temía que, si se acusaba al napolitano de transgredir la Volstead Act, eso le granjeara las simpatías de mucha gente. Sin embargo, el ciudadano medio estadounidense podía entender fácilmente que se procesara a alguien que hubiera eludido su responsabilidad de contribuir con sus impuestos al bienestar común, así que el juez Wilkerson, de acuerdo con Frank J. Wilson, optó por procesarle por evasión de impuestos. Suena casi a chiste que alguien como Capone, un asesino sanguinario, responsable de más de quinientas muertes, acabara en prisión por algo así. Pero la realidad es que, a pesar de la solidez de las pruebas presentadas en su contra por Ness y sus Intocables por violar la Prohibición, todo indica que podría haberse librado con una pequeña condena. En cambio, el asunto del fraude fiscal parecía más sólido.

El juicio se pospuso hasta después del verano. Capone pasó la temporada estival con su familia, en su casa de Lansing, Michigan. Pero no se estuvo quieto, ni mucho menos. Tenía un último As en la manga. Ordenó a sus hombres que averiguaran quiénes serían los integrantes del jurado, y que procedieran a sobornarlos o intimidarlos, lo que fuera.

El 6 de octubre de 1931 comenzó el juicio. Capone pensaba que iban a procesarle por violar la Prohibición y estaba muy tranquilo. Cuando se leyeron los cargos en su contra, sus abogados se desconcertaron, porque la Ley Seca no fue ni siquiera mencionada, ya que únicamente se le acusaba de evasión de impuestos. Al tranquilizó a sus picapleitos. Fuera cual fuese la acusación en su contra, creía que saldría impune porque tenía comprado al jurado.

Lo que no podía sospechar Scarface es que tenía un topo en sus filas. Mike Malone, el agente del IRS infiltrado en la banda de Capone, había advertido a Wilson sobre el jurado corrompido. Wilson llegó al Palacio de Justicia media hora antes de iniciarse la vista, se entrevisto con el juez, James H. Wilkerson, y le puso al tanto de lo que ocurría. Entonces Wilkerson decidió intercambiar su jurado con el de otro caso. Aunque, según los periodistas que asistieron al juicio, Capone mantuvo en todo momento la compostura, parece ser que sus abogados estaban muy preocupados, porque habían contado con un jurado favorable y ahora se encontraban con otro muy distinto, formado por doce campesinos, vestidos muy pobremente, que semejaban una representación oficiosa de la América rural y puritana que había impulsado la Ley Seca.

Gracias a las pruebas aportadas por el IRS, incluyendo los testimonios de Leslie Shumway, Fred Ries y otros, Capone fue declarado culpable de evasión fiscal durante los años 1925, 1926 y 1927, y de no presentar la preceptiva declaración de la renta de 1928 y 1929. Sus abogados esperaban una condena de entre cuatro y seis años de cárcel, pero se quedaron estupefactos cuando Wilkerson le impuso once años de prisión, además de una multa de 80.000 dólares. Hasta el día de hoy, es la pena más dura jamás dictada en USA por el delito de fraude fiscal.

Aunque en la célebre película LOS INTOCABLES DE ELLIOT NESS (THE UNTOUCHABLES, Brian De Palma, 1987) el Capone interpretado por Robert De Niro reacciona violentamente ante su condena, en la realidad Scarface mostró una asombrosa serenidad. En la entrevista que concedió a la prensa nada más terminar el juicio, dijo: ¡Han acabado conmigo! Los seis misteriosos han ganado.

Y era cierto. Como Robert Isham Randolph diría más tarde: La contribución principal de nuestro grupo a la lucha contra la Mafia, fue la de hacer saber a los criminales que tenían un nuevo enemigo no político al que enfrentarse.

El 24 de octubre de 1931 Al Capone, que durante una década había hecho su voluntad en la ciudad del viento, ingresó en prisión para cumplir su condena. Al principio fue enviado a la penitenciaría estatal Cook, de Illinois. Poco después, al presidente Herbert Hoover le comunicaron que, al igual que en su corto periodo de encarcelamiento en Pennsylvania, Capone había conseguido disponer de una celda para él solo, que en vez de el uniforme carcelario vestía buenos trajes, y que hasta la comida le era enviada a prisión cada día por uno de los mejores restaurantes de la zona. Además, se le permitía recibir visitas todos los días y a cualquier hora, aunque sólo de sus familiares y abogados. J. Edgard Hoover, enterado del asunto, creía que Al y sus visitantes habían desarrollado un lenguaje de signos, por medio del cual le mantenían informado de los asuntos de la banda.

Fue el director del FBI quien aconsejó al presidente el traslado de Scarface a la prisión federal de Atlanta, Georgia, por aquel entonces el lugar al que eran enviados los peores criminales de los Estados Unidos. Scarface echaría mucho de menos los seis meses que había pasado en Coock County, porque en Atlanta, donde permaneció durante casi dos años, fue tratado como un preso más y no tuvo ningún privilegio.

Prisión de Alcatraz
Prisión de Alcatraz

El 1 de agosto de 1933, Homer S. Cummings, Secretario de Justicia y Fiscal General de Estados Unidos, presento ante el Departamento de Justicia su proyecto de una prisión de alta seguridad donde encerrar a los delincuentes más peligrosos. Cummings sostenía, con razón, que a determinados individuos debería recluírseles en un lugar lo más aislado posible, para que a sus familiares o socios comerciales no les resultara fácil visitarlos, porque todo el mundo sabía que, incluso estando entre rejas, muchos mafiosos seguían al frente de sus negocios ilegales a través de intermediarios que los visitaban con frecuencia. El Fiscal General afirmaba haber hallado la ubicación perfecta para ese penal: Alcatraz, un islote pelado en medio de la bahía de San Francisco, California, ocupado por el ejército desde 1850, y en el que se había construido una cárcel para los prisioneros confederados durante la Guerra de Secesión, edificio que todavía existía y que podía utilizarse como base del centro penitenciario especial que tenía en mente. El proyecto fue ampliamente respaldado, y así, el 1 de agosto de 1934, exactamente un año después, la Dirección Nacional de Instituciones Penitenciarias se hizo cargo de la isla de Alcatraz. El 18 del mismo mes, James A. Johnston, que tenía fama de ser uno de los alcaides más sensibles y reformistas dentro del sistema penitenciario, fue designado como director del nuevo penal. Sin embargo, Johnston, en el fondo un moralista, pronto se revelaría como un fanático obsesionado con castigar constantemente a los presos, lo que sin duda contribuyó a endurecer más aún las ya de por sí durísimas condiciones de vida en Alcatraz.

Aunque siempre se significó por su soberbia y altanería, Al Capone fue un preso modelo. En aquella época existía en el código penal federal la denominada Ley del Buen Comportamiento, que establecía que todas las condenas que no fueran a perpetuidad podrían reducirse, a condición de que el recluso observara y cumpliera las normas y no creara problemas. Al sabía que, en el caso de una condena como la suya, de diez o más años, podría reducirla en diez días por mes de buena conducta. Así pues, optó por adaptarse a su nueva situación lo mejor posible.

El gobierno declaró que Alcatraz era ideal para recluir a Capon e, pero en su momento esto generó cierta polémica. A Alcatraz serían enviados los internos de otras cárceles del país que hubieran demostrado ser muy conflictivos, en especial los condenados a cadena perpetua y los que hubieran intentado fugarse en más de una ocasión. Durante sus casi dos años en Atlanta, Caracortada había observado un comportamiento intachable, así que la decisión de mandarle a La Roca fue muy cuestionada en la prensa. En realidad, no existía base legal para el traslado, pero este se llevó a cabo porque el gobierno deseaba publicitar al máximo su nueva prisión de alta seguridad, y para ello nada mejor que encerrar allí a Al Capone, el Enemigo Público Número 1 de Chicago. Fue una decisión más política que judicial, que todavía hoy, casi un siglo después, sigue siendo debatida por los expertos en derecho penal.

El 18 de agosto de 1934, un tren especial, que transportaba a cincuenta y tres presos, partió de Atlanta rumbo a San Francisco, donde llego casi una semana más tarde, el día 24. El convoy, formado por tres vagones precintados más la locomotora de vapor y el ténder, estaba escoltado por veinte policías uniformados, armados hasta los dientes, y una docena de agentes especiales del FBI y del US Marshall, la agencia federal encargada del traslado de reclusos. Estas medidas tan extraordinarias se tomaron porque el presidente Hoover temía que la gente de la banda de Capone intentara liberarle durante el traslado. Los vagones fueron cargados en barcazas especiales, arrastradas por remolcadores, que los llevaron hasta Alcatraz.

A partir de ese momento, las cosas cambiaron por completo para Scarface. Alcatraz no se parecía en nada a ninguna otra prisión de Estados Unidos. La disciplina era férrea, casi militar. A los reclusos, considerados lo peor del sistema penal del país, se les asignaba un número por el que serían conocidos a partir de entonces. El de Capone fue el 85 y su celda la número 185, que debería compartir con otros siete hombres.

Los informes revelan que la inmensa mayoría de los convictos respetaba a Capone. Por su parte, Scarface hizo lo posible por adaptarse a la situación. Según varios guardas, el capo de Chicago era un hombre afable, que no causaba ningún problema y parecía disfrutar de la compañía de los otros presos. Tomaba parte en las actividades deportivas que se organizaban para los internos, observaba un régimen de ejercicio físico muy severo, y hasta se ofreció voluntario para trabajar en la biblioteca, labor en la que, según se desprende del informe del encargado del servicio, se esmeró a conciencia. Incluso jugaba a los naipes con los guardas, enseñándoles, orgulloso, los trucos de los tahúres profesionales, que había aprendido en su infancia y adolescencia en las calles neoyorkinas. Cada preso recibía mensualmente un vale por diez dólares, que podía gastar en el economato de la cárcel, para adquirir cigarrillos y otros artículos. Capone siempre regaló el vale a sus compañeros de celda, porque decía que sus necesidades estaban cubiertas.

Cada interno era sometido regularmente a un examen médico. Fue así como se descubrió que Al Capone padecía neuro-sífilis, posiblemente contraída años atrás a través de alguna de sus frecuentes relaciones sexuales con prostitutas. Dado que esta dolencia afectaba al cerebro, se le realizó un examen más profundo y fue entrevistado por un psiquiatra. Éste concluyó que Al sufría de megalomanía, ya que hablaba continuamente de lo que haría al salir, de cómo cambiaría el país cuando fuese líder sindical, director de Inteligencia o ¡Secretario de Estado! Capone, como se ha dicho, era en principio muy apreciado por sus compañeros de reclusión, porque siempre estaba dispuesto a ayudar al que lo necesitara. El galeno presentó un informe muy extenso, en el que afirmaba que esta actitud era lo único que impedía que un hombre como él, acostumbrado al poder, cayera en la locura, porque para él estaba claro que Al Capone era claramente un psicótico.

Pero el aprecio, y hasta la admiración que los internos de Alcatraz sentían por él, fue transformándose en resentimiento y hasta odio. Aquellos deshechos de la humanidad habían pensado, probablemente, que el antiguo capo de chicago iba a erigirse en una figura prominente entre los reclusos, acaudillándolos y desafiando constantemente el poder del alcaide y los guardas. No ocurrió así. De hecho, Capone se esforzaba por ser obediente, con vistas a obtener un certificado por buena conducta. Si lo conseguía, su pena se reduciría en unos mil doscientos días, contando también el tiempo que había pasado en Coock County y Atlanta, con lo cual sólo cumpliría siete de los once años de reclusión mayor a que había sido condenado. Su actitud fue interpretada como abyecta humildad y servilismo ante los guardas y el alcaide, y a partir de ese momento fue blanco de pullas, insultos e incluso de alguna agresión física. Johnston, obsesionado con castigarle a conciencia, pensaba que Capone estaba buscando gresca continuamente, lo que era falso. En realidad, Al procuraba evitar discusiones y peleas. El alcaide, constatando que Capone parecía disfrutar de su trabajo en la biblioteca, lo expulsó de la misma sin ninguna justificación y lo envió a trabajar a las cocinas. Un grupo de matones de baja estofa, que se lo habrían hecho encima de miedo de haberse tropezado con él en Chicago en sus buenos tiempos, quiso darle una paliza, impedida in extremis por los celadores. A pesar de que algunos de ellos declararon que Capone había sido provocado, Johnston le mandó ocho días al Hoyo, el castigo más cruel que podía recibir un interno en Alcatraz. El Hoyo era una pequeña celda de aislamiento, sin ventanas y que ofrecía a su ocupante un completo aislamiento sensorial. El hombre allí encerrado perdía la noción del tiempo, porque no podía discernir si era de día o de noche. Cada día le introducían en la celda, siempre a diferentes horas para aumentar su confusión, una jarra con un litro de agua y cuatro rebanadas de pan. Sus necesidades tenía que hacerlas en un cubo metálico, que era vaciado por los guardas una vez cada veinticuatro horas. Un verdadero infierno para alguien que, apenas unos años antes, utilizaba calzoncillos de seda confeccionados a la medida.

En 1936, Capone, cuyo deterioro mental avanzaba a pasos agigantados, estuvo a punto de ser asesinado. El 23 de junio fue atacado por James Lucas, recluso número 224, un psicópata condenado por varios asesinatos, que pretendía pasar a la historia como el tipo que se cargó al legendario Al Capone. Se hallaban en la sala de confección, un lugar en el que los internos trabajaban haciendo prendas de vestir para su uso por el personal de Alcatraz. Lucas­ cogió unas tijeras y apuñaló con ellas a Capone, en el pecho y la espalda. Reducido Lucas por los celadores, Al fue trasladado al hospital de la prisión. Aunque había perdido mucha sangre y estaba inconsciente, sus heridas no eran mortales. Pero como las tijeras estaban un tanto oxidadas, tuvo que pasar tres días hospitalizado, para comprobar cómo respondía al suero antitetánico que se le había administrado.

Con todo, lo peor para Capone era estar casi incomunicado de los suyos. El régimen de visitas en Alcatraz era muy severo, y podía perderse el derecho a las mismas, por el tiempo que decidiera el alcaide, por una infracción mínima de las normas. Las visitas eran una al mes, exclusivamente de familiares, en horario de 13:30 a 15:10. Si el visitante se retrasaba, si no estaba allí a la hora en punto, no se le permitía pasar. Las visitas de los abogados tenían que ser autorizadas por un juez federal. En cuanto a las comunicaciones escritas, cada preso podía recibir siete cartas al mes, pero sólo estaba autorizado a escribir dos. Esta norma dependía del parecer del funcionario responsable de la galería, que a menudo restringía ese derecho o simplemente lo anulaba porque sí, dependiendo de cómo le cayera el interno. Capone no tuvo ningún problema con las cartas. En la época, algunos periódicos insinuaron que sobornaba a los guardas, pero este extremo se ha demostrado falso. Aunque el alcaide detestaba a Scarface, los celadores le respetaban porque no solía dar problemas. Por otra parte, la leyenda de Al Capone cuenta que, mientras estuvo preso en Alcatraz, siguió manejando sumas considerables de dinero. Esto es, simplemente, una mentira urdida por gacetilleros de medio pelo, esos especímenes que tanto abundan en la prensa. En La Roca estaba prohibido el dinero en efectivo. Además, encarcelado Capone, su familia ya no podía disponer, como antes, de dinero contante y en abundancia. Su organización criminal seguía funcionando, pero sus cabezas rectoras (Frank Nitti y luego Paul Ricca y Tony Accardo) le pasaban a Mae, la esposa de Al, una especie de pensión, generosa pero no espléndida. De hecho, se sabe que durante aquellos años los Capone pasaron algunas estrecheces.

La brevedad de las visitas era frustrante, como también tener que ver a su esposa a través de un vidrio blindado, de modo que Al y Mae se escribían sin cesar. El Día de la Madre, cada preso tenía derecho a una tercera carta mensual. En Navidad, podían recibir y enviar cuatro postales, y en esa misma fecha, así como Semana Santa para los católicos como Capone, el Día del Padre y los cumpleaños, se les permitía recibir un número ilimitado de tarjetas de felicitación. Muchísimos años después, cuando la envejecida Mae sintió próxima la muerte, reunió toda su correspondencia de aquel tiempo con su marido, y le prendió fuego, pues no quería que nadie conociera los pensamientos íntimos que habían intercambiado.

Se han contado todo tipo de historias sobre la estancia de Capone en Alcatraz, algunas increíbles y otras, las más, absolutamente delirantes. Lo único cierto es que trató de cumplir su condena del mejor modo posible, con la esperanza de que se la redujeran. Ingresado en el hospital de Alcatraz a finales de 1938, para comienzos de 1939 su salud tanto física como mental había empeorado. Las autoridades penitenciarias sabían que se encontraba muy mal y que deberían concederle el traslado a un hospital carcelario mejor equipado, pero al principio no hicieron nada. No obstante, ante la gravedad de la situación, al final se decidió enviarlo a la denominada Isla Terminal, una institución penitenciaria de la California meridional, situada al sur de Los Angeles. En la enfermería de esta prisión siguió administrándosele el tratamiento para la neurosífilis, recomendado por los médicos de Alcatraz, que no dio ningún resultado.

Así las cosas, y concluyendo que el desmejorado Al Capone ya no era ni la sombra de lo que había sido, y que no podría acaudillar de nuevo el crimen organizado de Chicago, el gobierno le puso en libertad el 16 de enero de 1939.

(Continuará).


Notas

Anton Joseph Cermak (1873-1933). Político estadounidense, de origen checo, que fue alcalde de Chicago, Illinois, del 7 de abril de 1931 al 6 de marzo de 1933, cuando resultó mortalmente alcanzado por el disparo de un asesino, que pretendía matar al presidente Franklin Delano Roosevelt. Aunque tiempo después el legado de Cermak se vería un tanto empañado por ciertos rumores de corrupción, lo innegable es que hizo mucho por llevar la ley y el orden a la ciudad del viento. (N del A).

Nombre que en USA reciben las comisarías de policía. (N del A).

Nombre por el que se conocía, en ambientes carcelarios y el submundo del hampa, a la prisión federal de alta seguridad de Alcatraz, y que al parecer fue acuñado por los primeros inquilinos de la misma. (N del A).

© Antonio Quintana Carrandi (5.283 palabras) Créditos