La ley seca: Centenario de una ley absurda, 13
LA CAÍDA DE CAPONE 1ª PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Elliot Ness
Elliot Ness

Al Capone fue el personaje más conocido de la época de la Ley Seca, y, en cierto modo, su caída presagió el final de la Prohibición.

La literatura, el cine y la televisión han glorificado a Elliot Ness, agente del Departamento del Tesoro, y a su grupo especial, Los Intocables, como los auténticos debeladores del imperio criminal de Scarface. Esto sólo es cierto en parte, ya que Ness y sus hombres, si bien contribuyeron y mucho a la derrota de Capone, no fueron los únicos que se esforzaron por acabar con él. En realidad, la caída del boss fue el resultado de una combinación de tres fuerzas, que focalizaron sus actividades en el crimen organizado de Chicago, dirigido con mano de hierro por el joven napolitano.

El último escollo en el camino de Capone hacia el control absoluto de las actividades ilegales de Chicago había sido la banda de Bugs Moran. Caracortada acabó con ella de un solo golpe, en la tristemente famosa Matanza del día de San Valentín. Aunque con este acto logró erigirse en el amo criminal de la ciudad del viento, la brutalidad del atentado le pasó factura. La gente estaba acostumbrada a los tiroteos entre miembros de bandas rivales, pero lo del 14 de febrero de 1929 era otra cosa. La ejecución a sangre fría de siete hombres indignó a la opinión pública, que, de pronto, pareció descubrir que Chicago ostentaba el dudoso honor de ser la urbe más violenta del país. La masacre tuvo tal repercusión, que incluso los periódicos extranjeros más importantes, como el londinense The Times, publicaron en primera página la noticia, ilustrada por las espeluznantes fotografías en B/N, que no tardarían en dar la vuelta al mundo. La prensa estadounidense comparó Chicago con las turbulentas poblaciones de los tiempos de la conquista del Oeste. Buena parte de la extranjera arremetió contra el gobierno de los Estados Unidos, que parecía incapaz de acabar de una vez por todas con Capone y su imperio de terror.

Lo que más preocupaba a Scarface era la reacción de sus colegas de otras urbes, especialmente los de Nueva York, donde ya empezaba a destacar Charles Lucky (Afortunado) Luciano, que le consideraba un exaltado Todos los capos mafiosos del país llamaron al orden al napolitano. Los gánsteres más importantes siempre habían sido partidarios de mantener un perfil social bajo y discreto, procurando no destacar ni llamar la atención de las autoridades sin necesidad. El mentor de Capone y su mejor amigo, Johnny Torrio, había advertido a Al que no era conveniente exhibirse del modo que él lo hacía, pero Caracortada ignoró el sensato consejo del veterano delincuente. Gustaba de aparecer en actos públicos y en la prensa, de dar pantagruélicas fiestas y toda clase de saraos donde era el protagonista absoluto. Es posible que la adulación que le rodeaba, así como su creencia de tener a Chicago en un puño, le convencieran de estar por encima de cualquier ley y de ser casi omnipotente. Pero, a la larga, tal fama jugaría en su contra.

Lo de San Valentín fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de las gentes honradas de Chicago. Por primera vez, se alzaron multitud de voces exigiendo a las autoridades que hicieran algo. El ambiente estaba tan crispado, que seis de los empresarios más importantes de Illinois decidieron tomar cartas en el asunto. Por culpa de Capone y sus excesos, Chicago era percibida en el mundo entero como una nueva Sodoma, una ciudad dominada por el crimen, el vicio y la depravación. Aquellos hombres coligieron que era preciso actuar, antes que la reputación de la urbe estuviera completamente arruinada.

Los nombres de esos hombres de negocios, a los que la prensa bautizaría como Los seis misteriosos de Chicago, permanecieron en el anonimato durante décadas, pues así lo quisieron ellos mismos. Pero sin su decidida intervención, es muy posible que la historia de Al Capone hubiera tenido otro final.

¿Quiénes eran Los seis misteriosos? Frank J. Loesch, Samuel Insull, Julius Rosenwald, Robert Isham Randolph, Edward Gore y George A. Paddock. Fervientes republicanos, eran también partidarios de la Prohibición y simpatizaban con el nuevo presidente de USA, Herbert Hoover, que siempre se había destacado como un acérrimo defensor de la Voltead Act.

Los seis empresarios viajaron a Washington y se entrevistaron con Hoover, poniéndole al tanto de la situación en la ciudad del viento. El presidente les ofreció todo su apoyo para librar a Chicago de la lacra que representaba Capone, y, en honor a la verdad, hay que reconocer que, si bien en otros aspectos la presidencia de Hoover puede cuestionarse, en lo que se refiere al tema de Scarface actuó con determinación, contundencia e inteligencia. Presionó al Secretario del Tesoro, Andrew Mellon, exigiéndole que hiciera lo necesario para meter al napolitano entre rejas. Mellon respondió que, hasta entonces, no había podido encontrar un resquicio legal para atacar a Capone, pero que lo de San Valentín, que calificaba como el mayor error del mafioso, pues le había puesto en evidencia ante la opinión pública, podía aprovecharse para acabar, de una vez por todas, con el monstruo de Chicago. Mellon informó al presidente que proporcionaría a Los seis misteriosos la ayuda de dos grupos de entregados agentes federales pertenecientes a su Departamento. Uno de ellos estaba capitaneado por un joven y atractivo licenciado en Derecho, Elliot Ness, que estaba adscrito a la Oficina de la Prohibición. El otro lo mandaba Frank J. Wilson, del IRS

Ignorando que se estaba poniendo en marcha una ofensiva sin precedentes contra él, el 7 de mayo de 1929 Capone concertó una reunión con sus colaboradores más directos, que tuvo lugar en la residencia que poseía en Burham, Indiana. A ella asistieron su lugarteniente, Frank Nitti; Murray Hamphreys, jefe del ejército de pistoleros de la organización; los hermanos Jack y Harry Guzick, que se encargaban de gestionar los asuntos legales e ilegales del gang, respectivamente; los también hermanos, y primos de Scarface, Carlo, Rocco y Giuseppe Fischetti; Claude Maddox, que había sido el encargado de tenderle la trampa telefónica a Moran, y Joe Guinta, nombrado recientemente presidente de la IANU por voluntad de Caracortada. También estuvieron presentes Paul Ricca, Tony Accardo, Tony Molps Volpe, Joe Aiupa, Antonio Capezio, Willie Heeney, Frank Diamond, Andrea Di Grazia, Ralph Pierce, Hymie Levin, Leo Lipschulz, Joe Scalise y Albert Anselmi. Curiosamente, Jack Machinegun McGurn no fue invitado.

Capone quería premiar a sus hombres por su labor durante las guerras con otras bandas. Encargó a uno de los orfebres más reputados del país la confección de veinte cinturones de cuero, cada uno de ellos con una hebilla de oro macizo en la que destacaba una enorme letra C mayúscula, engastada con treinta esmeraldas. Cada cinturón iba acompañado de una caja de madera fina, ornamentada con artísticas tallas realizadas a mano. Tras la fastuosa cena, que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, procedió a repartir los lujosos cinturones entre sus acólitos. Pero no había suficientes cinturones para todos. Los que no lo recibieron fueron Albert Anselmi, Joe Scalise y Joe Guinta. Capone dijo entonces que no debían preocuparse, porque también tenía un obsequio para ellos.

Scarface entró en la misma habitación de la que, poco antes, había sacado los cinturones y regresó enseguida, portando una bolsa con varios sticks (palos) de golf, deporte al que eran muy aficionados Anselmi, Scalise y Guinta. Tomando uno de los sticks, y contemplándolo apreciativamente durante un momento, Al comentó algo sobre la lealtad debida al jefe. Acto seguido, enarbolando el stick como si fuera un bate de béisbol, golpeó a Anselmi en la cabeza. El gánster se desplomó sobre su plato. Entonces, Caracortada descargó sendos golpes sobre las cabezas de Scalise y Guinta, que, como el resto de los asistentes, se habían quedado paralizados por la sorpresa y el terror. Con los tres hombres fuera de combate, Al procedió a repartir brutales golpes en sus cráneos durante al menos dos minutos. Cuando se tranquilizó, su impecable traje de seda estaba salpicado de sangre y masa encefálica.

Anselmi, Scalise y Guinta habían sido víctimas de su desmedida ambición, pues, de alguna manera, Capone había descubierto que los dos primeros pretendían asesinarle, habiendo obtenido el apoyo del tercero. Tras matarlos, Scarface, todavía resoplando por el esfuerzo y la ira, dijo que allí no había más jefe que él, y añadió que aquello era lo que les esperaba a los que se pusieran en su contra. Ordenó tirar los cadáveres por ahí, y luego invitó a los presentes a pasar a un despacho, para tratar los negocios de la organización.

Frank J. Wilson
Frank J. Wilson

Mientras Capone se libraba de los tres traidores, se estaba iniciando la ofensiva del gobierno contra el por entonces definido como enemigo público número uno. Frank Wilson y Elliot Ness se entrevistaron con Los Seis Misteriosos para coordinar esfuerzos. El grupo de empresarios puso a disposición de los agentes federales el fondo económico que habían creado, con aportaciones de otros muchos empresarios de la ciudad, para la lucha contra el crimen organizado. De este modo, además de las dotaciones presupuestarias asignadas a cada grupo por el Departamento del Tesoro, Wilson y Ness contarían con un extra de un millón de dólares para poner en marcha sus operaciones.

Ness y Wilson tenían un plan de acción bien meditado. El primero y su grupo, los célebres Intocables, se dedicarían a hostigar a Capone por violar la Prohibición, centrándose en sus destilerías, sus cargamentos de licor y sus garitos. Además, aunque esto sólo se sabría muchísimas décadas después, Ness debía acaparar la atención de la prensa, realizando espectaculares redadas en los antros propiedad de Scarface, para que Wilson y su equipo pudieran realizar su trabajo de inteligencia en el más estricto secreto. Por esta razón, Elliot Ness y sus muchachos han alcanzado fama universal, mientras Frank Wilson y sus hombres son unos perfectos desconocidos para la mayoría de la gente.

El grupo de Wilson estaba compuesto por media docena de agentes, contándole a él mismo. Dos de ellos se patearon las calles en busca de informadores. Otros dos se dedicaron a comprobar los archivos bancarios relacionados con las actividades legales de Capone. Wilson se ocuparía de clasificar la información y las pruebas, buscando indicios de delito. El que tuvo que bailar con la más fea fue Mike Malone, quien, por voluntad propia, asumió el rol más peligroso de la operación: infiltrarse en la banda de Capone.

De alguna forma, alguien de la prensa se las arregló para averiguar que existía un grupo de seis empresarios empeñados en quitar a Capone de la circulación, de modo que los periódicos de Chicago pronto empezaron a hablar del tema, no tardando en bautizarlos como Los Seis Misteriosos. Scarface se jactaba de saber todo lo que ocurría en la ciudad, así que tomó buena nota del asunto. Mucho más preocupante era que, quizás por un confidente, se había enterado también de la presencia en Chicago de un grupo de agentes del gobierno. Evidentemente, debió imaginar que se encontraban allí por él, pero todo indica que no le dio demasiada importancia a la cosa. ¿A qué se debió su sorprendente actitud? La única explicación plausible es que, en ese momento concreto de su vida, hallándose en la cima de su poderío criminal y considerándose el amo absoluto de Chicago, el grueso de cuyos funcionarios municipales, alcalde incluido, estaba en su nómina, Caracortada creía estar fuera del alcance de las autoridades. Constatando la facilidad con la que había corrompido a policías, políticos y jueces, pensaba que estaba por encima de la ley. Ese complejo de endiosamiento acabaría siendo funesto para él.

Mientras Ness y sus hombres acaparaban los titulares de prensa con sus contundentes acciones, Wilson obtuvo la colaboración de un confidente que se revelaría como esencial para sacar adelante el caso contra Capone: Edward Joseph Easy Eddie O´Hare.

O´Hare era un abogado que había proporcionado asesoramiento legal a Capone. Su relación con el capo napolitano le permitió amasar una fortuna. No obstante, le repugnaban ciertas cosas y deseaba limpiar su nombre, para ofrecer a sus hijos, Edward Butch, Patricia y Marilyn, un futuro decente. Su hijo deseaba entrar en la Academia Naval de Annapolis, pues quería ser piloto de la Aviación de la Marina. O´Hare sabía que esa institución jamás permitiría el ingreso del hijo de alguien relacionado con el crimen organizado, de modo que se avino a colaborar con Wilson, a cambio de que éste moviera los hilos necesarios para que Butch fuese aceptado en Annapolis

El agente especial del IRS, Mike Malone, se había registrado en el hotel Lexington, cuartel general de Scarface, haciéndose pasar por un gánster de segunda fila procedente de Filadelfia. Empleando una gran suma de dinero, aportada por Los Seis Misteriosos, Malone entró en contacto con algunos hombres de Capone, logrando, en relativamente poco tiempo, intimar con ellos. Malone sugirió que le gustaría trabajar para Caracortada, no tardando mucho en ser admitido en la banda. Como es obvio, la gente de Capone le había investigado a conciencia, pero Wilson había creado una tapadera perfecta para él. De hecho, a la muy corrupta policía de Chicago le había sido facilitado un informe sobre sus actividades delictivas en Pennsylvania. Aparte de Wilson y sus hombres, Ness y Los Seis Misteriosos, nadie en la ciudad del viento conocía la verdadera identidad de Mike Malone.

La Matanza del día de San Valentín había despertado muchas suspicacias entre los jefes mafiosos de todo el país. De pronto, la prensa y la opinión pública estadounidense exigían a las autoridades federales que hicieran algo concreto contra el crimen organizado. Este estado de cosas coincidió con una cumbre mafiosa conocida, a posteriori, como La convención de los licores, donde los principales líderes de la Mafia tratarían de ponerse de acuerdo para ofrecer un frente común a la ofensiva legal contra el contrabando de alcohol. Capone estaba invitado a participar en la misma, pues era la personalidad más importante en ese negocio. La cumbre iba a celebrarse en Filadelfia, pero a última hora, temiendo que, de alguna manera, los federales se hubieran enterado del asunto, Joe Masseria, entonces el principal capo neoyorkino y organizador del encuentro, decidió llevar a cabo el mismo en Atlantic City.

Capone acudió acompañado por su lugarteniente, Frank Nitti, dos de sus hombres de confianza, Jack Guzit y Frank Cline, y su chófer, Frankie Rio, que era además un virtuoso de la Thompson, sólo superado en tan peculiar disciplina por Jack Machinegun McGurn. Se llevó también su habitual escolta de veinte hombres, que se distribuían estratégica y discretamente a su alrededor, controlándolo todo.

En Atlantic City Scarface recibió una desagradable sorpresa. Sabía que algunos de sus colegas criticaban sus métodos, pero la cosa era mucho más grave, porque todos los capos mafiosos que asistieron a esa reunión, empezando por Masseria, le atacaron sin contemplaciones. Dijeron que el negocio del alcohol iba muy bien, pero que el uso excesivo de la violencia, al que tan aficionado era el napolitano, era perjudicial para los intereses del gremio. Todos los asistentes opinaban que actos como el del 14 de febrero eran contraproducentes, pues llamaban demasiado la atención, poniendo en contra de los gánsteres al grueso de la opinión pública. Por otra parte, Masseria y algunos otros temían que la exhibición de esa violencia salvaje fuese aprovechada por los partidarios de anular la Prohibición. Si los detractores de la Volstead Act conseguían que ésta se derogase, sus organizaciones de producción, contrabando y venta de licor se vendrían abajo.

Otro de los temas tratados fue la necesidad de mantener ocultos a la luz pública sus negocios de toda índole, además de mantener en el anonimato las identidades de los responsables de los mismos. A partir de este punto, los ataques verbales contra Capone arreciaron. Se le echó en cara su afán de notoriedad, su obsesión por exhibirse en los periódicos, así como que sus relaciones con influyentes personalidades de la política y la judicatura fuesen de dominio público. Además de lo de San Valentín, salió a relucir el terror que había sembrado en las calles de Chicago con motivo de las elecciones a alcalde de 1923, y también el innecesariamente espectacular asesinato de Weiss, realizado a plena luz del día. En opinión de los presentes, Capone los ponía en riesgo a todos con su proceder, de modo que fue conminado a actuar con más discreción. De no hacerlo, tendría que atenerse a las consecuencias.

Esa fue la primera vez en su vida en que Scarface tuvo que recular. O´Banion, Weiss y Moran habían sido enemigos locales, casi tan fuertes como él, a los que no había temido enfrentarse. Pero ahora tenía enfrente a los principales mafiosos de los Estados Unidos. Podría enfrentarse a uno de ellos con posibilidades de vencer, tal vez a dos, pero no a todos coaligados. Cada uno de aquellos capos poseía una organización tan disciplinada como la suya, tenía un ejército de pistoleros tan eficaces como los suyos, y, aunque nunca se jactaran de ello en la prensa, sus influencias políticas eran notables. No. Al comprendió que hacerles frente a todos ellos significaría su fin.

A pesar de lo narrado, ha de hacerse notar que, en general, Al Capone era apreciado por sus colegas, aunque no aprobasen sus métodos. En un principio, Caracortada temió que se le exigiera que se retirara, que se hiciera a un lado y dejara la jefatura del crimen organizado de Chicago en otras manos, pero nadie planteó algo así. Los demás capos reconocían los méritos de ese joven que, en apenas unos años, se había hecho con el control de todos los negocios ilegales de Chicago. Lo único que le pedían era que renunciase a su personalidad pública, que tratase de permanecer en el anonimato, y, sobre todo, que controlase a su ejército de matones, atándolo corto y ejerciendo la violencia, de modo discreto, sólo cuando fuese estrictamente necesario. En definitiva: que continuase con sus actividades, pero sin llamar la atención.

Y había un detalle más: lo de San Valentín había colmado el vaso de la paciencia de los ciudadanos de Chicago. La opinión pública estaba exaltada, y, a juicio de Masseria, la única forma de tranquilizar a la gente era que Capone se dejara encarcelar por un delito menor, para que así las autoridades pudieran apuntarse un tanto, dando la impresión de que realmente estaban haciendo algo contra el crimen organizado. Masseria pensaba que, con Capone fuera de la circulación durante un tiempo, disminuiría la tensión provocada por la masacre del 14 de febrero en todo el país.

A Capone, como resulta obvio, no le hacía maldita la gracia ir a la cárcel, pero hizo de tripas corazón y consultó a sus abogados. Estos le dijeron que lo mejor era que se hiciera detener por posesión ilícita de armas en Filadelfia, ya que las leyes del Estado de Pennsylvania eran más benévolas con esa clase de delitos, y, además, allí no tenía en aquel momento ninguna investigación abierta en su contra. Así pues, organizó su propio arresto.

El juicio fue tan rápido, que se celebró antes de que los abogados de Capone pudieran trasladarse de Chicago a Filadelfia. Aunque se ignora a qué se debió tal premura, se cree que las autoridades de Pennsylvania, dispuestas a demostrar al resto de los Estados Unidos que allí sí hacían cumplir la ley, se apresuraron a meter a Scarfac e entre rejas.

La conducta de Capone ante el tribunal fue ejemplar. El juez, John E. Walsh, le sentenció a un año de prisión por tenencia ilícita de armas. Los periodistas que cubrieron el juicio afirmaron que Al había sonreído al escuchar el veredicto.

Capone se tomó su encierro con filosofía, esperando complacer así a Masseria y los demás, y haciendo planes para su regreso al trono del crimen en Chicago. Estaba lejos de sospechar siquiera que su fin se hallaba muy próximo.

(Continuará).


Notas

En el argot de los bajos fondos, jefe de una banda o grupo de delincuentes. (N del A).

Internal Revenue Service (Servicio de Impuestos Internos) del Departamento del Tesoro. Su sección CI (Criminal Investigation / Investigación Criminal), está formada por agentes que unen, a su entrenamiento estándar como funcionarios policiales de élite, una completísima formación como analistas de documentación financiera. Equivalente estadounidense de la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal) de la policía española. (N del A).

Wilson cumplió su palabra y Edward Henry Butch O´Hare pudo ingresar en Annapolis. Piloto de caza de la Aviación Naval durante la II Guerra Mundial, sirvió primero en el USS Saratoga, para ser transferido más tarde al USS Lexington. Fue el mayor As de la aviación estadounidense en el frente del Pacífico, condecorado con la Medalla al Valor del Congreso, la más alta distinción que puede recibir un militar en tiempo de guerra. Murió en combate el 26 de noviembre de 1943. Sus restos y su avión, un F4F Wildcat, jamás fueron encontrados. En 1949, el Aeropuerto Orchard Depot de Chicago fue rebautizado como Aeropuerto Internacional O´Hare en su honor. (N del A).

© Antonio Quintana Carrandi (3.505 palabras) Créditos