LOS PUENTES DE MADISON
LOS PUENTES DE MADISON EE. UU., 1995
Título original: The Bridges Of Madison County
Dirección: Clint Eastwood
Guión: Richard LaGravenese, basado en la novela de Robert James Waller
Producción: Clint Eastwood y Kathleen Kennedy para Malpaso/Amblin/Warner Bros
Música: Lennie Niehaus
Fotografía: Jack N. Green
Duración: 135 min.
IMDb:
Reparto: Clint Eastwood (Robert Kincaid); Meryl Streep (Francesca Johnson); Annie Corley (Carolyn); Victor Slezak (Michael); Jim Haynie (Richard Johnson); Sarah Kathryn Schmitt (Carolyn adolescente); Christopher Kroon (Michael adolescente); Phyllis Lyons (Betty); Debra Monk (Madge); Richard Lage (Abogado); Michelle Benes (Lucy Redfield)

Sinopsis

Tras la muerte de Francesca Johnson, sus dos hijos descubren, a través de unos diarios que escribió la fallecida, que la autora de sus días ocultó durante toda su vida un secreto. En 1965, mientras ellos y su padre asistían a una feria estatal, Francesca vivió un romance con un fotógrafo de la revista National Geografic, que había llegado allí para realizar un reportaje fotográfico de los famosos puentes cubiertos de la región. No fue una simple aventura extramatrimonial, sino una relación intensa, profunda y sincera, que marcaría indeleblemente la vida de la mujer.

Hay más hombres románticos de lo que se piensa.

En 1995, Clint Eastwood, el más genuino héroe de acción del cine americano, dio un sorprendente giro a su carrera, dirigiendo y protagonizando el drama romántico más importante que ha dado el cine en el último medio siglo. Esta película, atípica en su filmografía, significaría un punto de inflexión en el devenir profesional del último gran director clásico de Hollywood, que a partir de entonces sería reconocido, incluso por aquellos que hasta ese momento le habían menospreciado, como uno de los cineastas más sensibles y personales de la industria.

En 1992 se publicó en los Estados Unidos LOS PUENTES DE MADISON, de Robert James Waller, novela corta que narraba el fugaz pero intenso romance entre un ama de casa de mediana edad de Iowa y un maduro fotógrafo de la revista National Geographic. La crítica se cebó de inmediato en aquella obra, definiéndola como un folletín de tercera fila, insípido, insustancial y pacato. Todos los críticos literarios de los diarios más importantes del país la denostaron, calificándola de inaguantable ñoñería. Pero el libro se convirtió de inmediato en un auténtico Best Seller, del que, sólo durante el primer año tras su publicación, se vendieron diez millones de ejemplares en tapa dura, y muchísimos más en años posteriores en edición de bolsillo. La obra fue publicada por Warner Books, filial literaria de Warner Bros, por lo que el Estudio cinematográfico estaba interesado en su traslación a la gran pantalla.

Clint Eastwood conoció LOS PUENTES DE MADISON por intercesión de su amiga, la productora y ocasional directora Lilli Zanuck, que por aquel entonces era la tercera esposa de Richard D. Zanuck, hijo del legendario Darryl F. Zanuck. Lilli le aconsejó que leyera el libro, lo que no le llevaría más de una noche, señalándole el notable parecido existente entre el auténtico Clint y Robert Kincaid, el protagonista del relato. Según parece, también un ejecutivo de Warner llamó al actor, preguntándole si estaría interesado en protagonizar una adaptación fílmica de esa obra.

Los derechos cinematográficos de LOS PUENTES DE MADISON eran propiedad de Steven Spielberg, quien, fiel a su olfato para los negocios, los había adquirido a través de su compañía, Amblin Entertainment, incluso antes de la publicación de la novela. El impresionante éxito del libro animó a Spielberg a emprender su adaptación al cine. En principio, aconsejado por algunas personas, Steven pensaba encargar la dirección a Sidney Pollack, valorando la posibilidad de dar los papeles estelares a Robert Redford y Glenn Close, que habían formado una buena pareja en EL MEJOR (THE NATURAL, Barry Levinson, 1984). Pero éstos pronto fueron descartados, pues Spielberg, fiándolo todo a su instinto, que raras veces le había fallado, coligió que Pollack y Redford eran demasiado políticamente correctos para abordar una historia semejante con convicción, y, por otra parte, no le convencía Close como Francesca. Una legión de guionistas había metido mano a las 191 páginas del libro de Waller, sin que ninguno de ellos fuera capaz de pergeñar un guión filmable. Spielberg llegó a valorar la posibilidad de dirigir él mismo la película, pero en ese momento todas sus energías estaban focalizadas en la monumental tarea de producir y dirigir LA LISTA DE SCHINDLER (SCHINDLER´S LIST, 1993), así que relegó el proyecto a un segundo plano, pero sin olvidarse del asunto.

Cuando volvió sobre el tema, Steven ya tenía claro que el protagonista masculino debería ser Clint Eastwood. Al dar a conocer su parecer en una entrevista de prensa, le llovieron críticas de todas partes, porque en ese momento nadie creía que el intérprete de HARRY EL SUCIO (DIRTY HARRY, Don Siegel, 1972), un actor tachado de apologista de la violencia sin sentido y de ideas políticas muy cuestionables, fuera el más adecuado para encarnar a un héroe romántico como Kincaid. Spielberg no se mordió la lengua y defendió a su amigo Eastwood, declarando que la mayoría de la gente no conocía al actor, y que si se había decantado por él, era porque, interpretando a Robert Kincaid, Clint Eastwood podría mostrar en pantalla la parte de sí mismo que sus amigos conocían bien, pero que nunca se había visto en el cine.

Lo cierto es que Clint no necesitaba que Spielberg le dorara la píldora, porque ya había decidido protagonizar la cinta. Cuando se hizo pública la noticia, la opinión estadounidense se dividió entre los que vaticinaban que el actor fracasaría estrepitosamente en una historia de amor, y los pocos que creían que Eastwood poseía un innegable encanto, una discreta sensibilidad y un sutil sentido del humor, que, sumados a su indudable atractivo para las mujeres, le permitirían pasar la prueba con una nota como poco excelente. Así pues, Clint Eastwood y Steven Spielberg se asociaron para producir conjuntamente la película, que sería financiada en parte y distribuida por Warner Brothers.

A principios del verano de 1994, Clint ya estaba inmerso en el proyecto. La dirección iba a recaer, en un principio, en Philip Kaufman, y más tarde se barajó el nombre de Blake Edward. Ambos eran directores minuciosos y muy competentes, pero Spielberg no los consideró adecuados, optando en último término por el australiano Bruce Beresford, que de inmediato se puso manos a la obra, seleccionando el reparto y buscando localizaciones. Del guión se encargaría Richard LaGravenese, que recientemente había conseguido una nominación al Oscar por EL REY PESCADOR (THE FISHER KING, Terry Gilliam, 1991).

El asunto de la elección de la Francesca más adecuada provocó la disputa entre actor y director. Beresford sostenía que lo mejor era contratar a una actriz extranjera, ya que Francesca Johnson era de origen italiano. El realizador quería, en principio, a la escandinava Pernilla August, que había trabajado a las órdenes de Ingmar Bergman, o, en su defecto, a la sueca Lena Olin. O mejor aún, a la italiana Isabella Rossellini. El actor insistía en que se contratase a una intérprete americana, criticando, de paso, el esnobismo del director, que parecía creer que las actrices estadounidenses eran inferiores a las europeas. Warner Brothers apoyó a Eastwood, de modo que Beresford, que no quiso dar su brazo a torcer, presentó su renuncia. Aunque Beresford jamás habló en público de lo sucedido, sus amigos comentaron que se sentía muy disgustado por la pérdida del valioso trabajo de preproducción que había realizado. Por otra parte, en su momento se dijo que había renunciado voluntariamente a dirigir la película, pero luego se supo que había sido despedido por Warner Bros, con la anuencia de Spielberg, y que, además, la compensación económica que le pagó el Estudio había sido irrisoria. Después del tremendo éxito de la película, muchos críticos mantuvieron que las actrices apoyadas por él habrían sido más adecuadas para interpretar a Francesca, lo que, viendo el impecable trabajo de Meryl Streep, a cualquier cinéfilo le resulta increíble.

Warner Brothers anunció, en la misma rueda de prensa, el cese de Beresford y el nombramiento de un nuevo director, Clint Eastwood. A fin de cuentas, el actor tenía gran experiencia en la realización, desde que en 1971 dirigiera ESCALOFRÍO EN LA NOCHE (PLAY MISTY FOR ME), y hasta había obtenido un Oscar de la Academia en esa faceta por SIN PERDÓN (UNFORGIVEN, 1992), que también había protagonizado.

El 7 de agosto de 1994, Clint se trasladó a Winterset (Iowa), una población de apenas cuatro mil habitantes, famosa porque allí había nacido John Wayne, para inspeccionar las localizaciones que Beresford había seleccionado de cara al rodaje en exteriores. El puente cubierto de Roseman, que tenía una importancia capital en el relato, estaba completamente restaurado, por lo que se parecía poco al descrito en la novela. Eastwood, como Beresford poco antes, consideró que parecía demasiado bonito. La idea de Warner Bros era construir una réplica, pero Clint aconsejó que el departamento artístico del Estudio se encargara de avejentarlo, hasta darle la apariencia que, presumiblemente, debía haber tenido en 1965. Una vez finalizado el rodaje, sería devuelto a su estado original. Con esta simple solución, el actor/director ahorró la friolera de un millón y medio de dólares del presupuesto previsto para el film.

El tema de la protagonista femenina seguía preocupando a Warner, que estaba sometiendo a pruebas de cámara a una auténtica legión de actrices. Eastwood decidió cortar por lo sano, sobre todo cuando supo que ninguna de las aspirantes al papel pasaba de los treinta y cinco años. En una reunión con los ejecutivos del Estudio, Clint dijo: Las mejores actrices del mundo deben tener entre cuarenta y sesenta años. ¿Qué os parece Meryl Streep? . Después de varias dudas y titubeos, el parecer del actor se impuso.

Con cuarenta y tres años de edad (dos menos que la Francesca literaria), dos Oscars y cinco nominaciones, Meryl estaba casi a la misma altura que Katharine Hepburn y Bette Davis, posiblemente las damas más importantes de la historia del cine. Su calidad interpretativa era indiscutible, aunque en el aspecto comercial nunca había sido una actriz muy taquillera. De hecho, su película más popular había sido la reciente RÍO SALVAJE (THE RIVER WILD, Curtis Hanson, 1994). Casada con el escultor Don Gummer, con el que tenía cuatro hijos, vivía en Connecticut, alejada del glamour hollywoodense.

Meryl sólo había coincidido con Eastwood en una ocasión. Pero lo más grave era que tenía una pésima opinión de la novela de Waller, pues admitió que, tras leerla, suscribió todas las críticas negativas que se le hicieron a tan ñoña historia. Clint, que quería tenerla en el film, la llamó por teléfono, y, antes de que ella pudiera objetar nada, le dijo que sabía que no le interesaba el proyecto de la película porque no le había gustado el libro. Decidido a convencerla, le aseguró que el tratamiento de LaGravenese pulía los rimbombantes diálogos de la novela y enfocaba el relato de otra forma. Le preguntó si estaría dispuesta a leer el guión, a lo que ella accedió no muy convencida. Eastwood se lo mandó por correo urgente, Meryl se lo leyó en una mañana y esa misma tarde telefoneó a Clint para decirle que aceptaba.

Los emolumentos de la actriz, que se fijaron en cuatro millones de dólares más un porcentaje significativo de los beneficios, preocuparon a los directivos de Warner Brothers. Pero Eastwood les hizo ver que, con ella en el elenco, se conseguiría atraer a un segmento determinado del público femenino, en concreto aquellas mujeres que no solían acudir a ver las películas que protagonizaba él.

Tiempo después, la actriz confesaría que había accedido a protagonizar el film por Clint Eastwood. Me intrigaba que alguien así, que se había labrado una carrera cinematográfica interpretando papeles de duro en películas de acción, quisiera hacer una historia tan sentimental, que muchos actores de su estilo habrían temido abordar, dijo a los periodistas que la entrevistaron. A la pregunta de por qué creía que Eastwood había deseado encarnar a Robert Kincaid, contestó: Creo que en parte se debió al hecho de que el guión contenía resonancias que aludían, de manera indirecta, a algo que él sentía respecto al hecho de ser artista, o de no haber sido considerado como tal durante casi toda su carrera.

Fue necesaria una revisión en profundidad del guión, tarea que asumieron Eastwood y Spielberg. Clint se ocupó de los diálogos, eliminando gran parte de ellos por considerarlos demasiado obvios. En su opinión, el vínculo que se establecía entre Francesca y Robert era tan profundo, que se entendían a la perfección casi sin hablar. Para sorpresa de muchos, el actor comento que, cuando un hombre y una mujer se aman de veras, las palabras sobran, e insistió en que eso debía reflejarse en el film. Spielberg se encargó de modificar ligeramente algunas secuencias, a fin de intensificar el aspecto emocional de las mismas. También instó a LaGravanese a elaborar cuidadosamente las escenas en que los hijos de Francesca leen su diario, que enmarcan los diversos flashbacks en los que se desarrolla la historia principal.

El rodaje comenzó en septiembre de 1994. Meryl Streep impresionó favorablemente a Eastwood, porque había engordado bastante, con el fin de ofrecer una imagen más realista de una ama de casa de mediana edad del Medio Oeste, generalmente bastante rollizas. También había teñido de castaño sus cabellos rubios, e incluso se había preocupado por conseguir un aceptable acento italiano, ya que una de sus muchas habilidades como actriz consistía en su capacidad para imitar diversos acentos extranjeros.

La primera escena que hizo Meryl Streep, esa en la que Francesca sacude una alfombra en el porche de su casa y mira a lo lejos, viendo la camioneta de Robert acercándose por la polvorienta carretera, se filmó sin ensayos previos y salió bien a la primera toma, un ejemplo de la profesionalidad de la actriz. El resto del rodaje se desarrolló en un ambiente distendido, siendo, como comentaría después uno de los ejecutivos del Estudio, uno de los más rápidos y tranquilos en la historia de Warner Brothers. De hecho, Clint consiguió terminar la filmación en cuarenta y dos días, habiéndole dado Warner un plazo máximo de sesenta. Este ahorro de tiempo se tradujo en un considerable ahorro económico, lo que fue muy bien recibido por los ejecutivos del Estudio. De inmediato empezó la postproducción, ya que Warner deseaba estrenar la película como muy tarde en junio de 1995. Mientras llegaba el momento del estreno, Warner maniobró para que Clint Eastwood figurara entre los candidatos al Premio Irving Thalbert de ese año, que acabó ganando. Este galardón, que ostenta el nombre del que durante largo tiempo fue una figura señera del cine como jefe de producción de Metro Goldwyn Mayer, se entrega cada año a un reputado productor, como reconocimiento a su labor en este campo de la industria.

Como Warner esperaba, LOS PUENTES DE MADISON se estrenó a principios de verano. Hubo algún problema, ya que los propietarios de las salas de exhibición de todo el país relegaron el film a un segundo plano. La cinta se estrenó en mil ochocientos cinco cines, muy por debajo de las dos mil quinientas dieciocho salas en que fue estrenada JUNGLA DE CRISTAL 3: LA VENGANZA (DIE HARD WITH A VENGEANCE, John McTiernan, 1995). Aunque Eastwood era un actor muy taquillero, LOS PUENTES DE MADISON fue considerada una extravagancia como BIRD (Ídem, Clint Eastwood, 1988), la biografía del saxofonista Charlie Parker, que había sido un absoluto fracaso de taquilla. Al principio, los cines en que se exhibía la película de Eastwood y Streep apenas se llenaron, lo que alarmó a Warner. Pero el boca a boca de los espectadores hizo que pronto se abarrotaran las butacas de las salas que proyectaban la cinta, y, en apenas un par de semanas, se convirtió en una de las películas más populares de aquel año. En septiembre todavía figuraba en las carteleras de un millar de cines, distribuidos por las ciudades más importantes de Estados Unidos. En 1996, cuando se cumplió el primer aniversario de su estreno, Warner había recaudado más de setenta millones de dólares de beneficios sólo en USA. Para Meryl Streep fue, y todavía es hoy, casi treinta años después de su rodaje, el mayor éxito taquillero de su carrera.

Clint Eastwood, aparte de su doble salario como director y actor, y el consabido porcentaje de los beneficios, obtuvo pingües dividendos gracias a la comercialización de la banda sonora, que incluía temas de grandes del Jazz, como Johnny Hartman y Dinah Washington. Especialmente apreciada fue la pieza central del film, Doe Eyes (Ojos de Cierva), también conocida como El tema de amor de Los Puentes de Madison, un solo de piano compuesto por el mismísimo Clint Eastwood. Lennie Niehaus pensaba que la partitura necesitaba una orquesta. Eastwood insistió en que el piano debía ser el único instrumento para interpretarla, pero llegó a una solución de compromiso con el compositor, y así, en los créditos finales de la película, puede escucharse el tema en ambas versiones. Las ventas de la música de la cinta fueron tan fabulosas como las del libro original, lo que decidió al actor y director a fundar Malpaso Records, sello musical especializado, en sus propias palabras, en la difusión de Jazz poco reconocido.

Teniendo en cuenta la ambientación de la historia en el Medio Oeste, Eastwood tuvo que bregar mucho para incluir una banda sonora jazzística. En Warner alegaban que, lo más lógico y consecuente, sería musicalizar el film con temas Country, ya que el Jazz era más propio de las grandes urbes del Sur. Pero Eastwood, un entusiasta del Jazz de toda la vida, logró convencer al Estudio y a Spielberg para que le permitieran emplear ese estilo de música, que, además, casaba mejor con el tono romántico de la cinta. Uno de sus hijos, Kyle, aparece brevemente en la película, como integrante del grupo que interpreta Jazz en el club al que Robert lleva a Francesca.

El gran acierto de LOS PUENTES DE MADISON residió en el enfoque que le dio a la historia Clint Eastwood. La breve novela de Waller está narrada desde el punto de vista de Kincaid, pero el realizador decidió variarlo, porque su principal interés estaba en contar una historia de amor sencilla a través de los ojos de una mujer también sencilla. En consecuencia, Clint focalizó la acción en Francesca, erigiéndola en protagonista principal de la trama, relegando a Robert a un segundo plano. De este modo, logró potenciar la vertiente sentimental del relato, otorgándole de paso a Meryl Streep la posibilidad de explayarse con sus innegables dotes dramáticas. Algo imposible, si se hubiera adaptado el texto de Waller con toda fidelidad.

Aparte de lo mencionado, la única variación relevante respecto al libro la tenemos en los hijos adultos de Francesca. Al principio, se nos antojan desagradables e irritantes, sobre todo Michael, cuya esposa, al ver una foto que Robert tomó a su suegra, se escandaliza estúpidamente, exclamando: ¡No lleva sujetador!. La reacción de Michael ante la petición de Francesca de ser incinerada es típica del puritanismo protestante común en USA. En general, el espectador tiene la impresión de que ni él ni Carolyn conocían muy bien a la autora de sus días. Aunque algunos críticos comentaron que sus cuitas ocupan demasiados de los 135 minutos de metraje, lo cierto es que, a través de la lectura de los diarios de su madre, los dos hermanos reconsideran sus posturas, hacen examen de conciencia y esto modifica sus puntos de vista hacia su madre, a la que llegan a comprender y admirar, y sobre sus propias y desafortunadas experiencias conyugales, que tratarán de enderezar.

El tremendo éxito de la película y, sobre todo, la interpretación de Clint, descolocaron a la mayor parte de la crítica, que se había pasado décadas despotricando contra el fascista Eastwood. De pronto, hasta los más recalcitrantes flageladores de la obra fílmica de la estrella, algunos de los cuales consideraban su Oscar por SIN PERDÓN absolutamente inmerecido, tuvieron que plegarse ante la realidad. No sólo había conseguido interpretar con conmovedora convicción a un personaje romántico, sino que, con LOS PUENTES DE MADISON, se había revelado como un realizador notablemente sensible y contenido.

Dado el éxito de la película, Warner la presentó a los Oscars, esperando que fuese nominada en al menos dos o tres categorías. Incluso algún directivo del Estudio pensó que Eastwood tenía posibilidades de obtener, de nuevo, la estatuilla al mejor director. Pero sólo recibió una nominación, la de mejor actriz protagonista para Meryl Streep. El premio se lo llevó Susan Sarandon por PENA DE MUERTE (DEAD MAN WALKING, Tim Robbins, 1995), que cuestionaba la pena capital. Aunque la interpretación de Sarandon en ese film era muy buena, lo cierto fue que ganó el Oscar única y exclusivamente por la tendencia de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas a premiar películas políticamente correctas, en lugar de aquellas que, como la de Eastwood, narran historias sencillas y emotivas. De todas formas, LOS PUENTES DE MADISON siguió figurando a la cabeza de la lista de los film preferidos por el público, cuando ya nadie se acordaba de PENA DE MUERTE.

La de Robert y Francesca es la historia de amor más intensa y conmovedoramente trágica que ha dado el cine en el último medio siglo. El encuentro entre dos almas gemelas que, como dice él en un momento concreto, han estado viajando la una hacia la otra. Un hombre y una mujer que, al verse por vez primera, comprenden que algo los ha unido para siempre.

Francesca es un ama de casa de clase media, cuya rutinaria existencia amenaza con ahogarla. Quiere a su marido y a sus hijos, pero no encuentra en la vida familiar la satisfacción y la alegría con las que, probablemente, soñaba cuando contrajo matrimonio con Richard Johnson. Como muchas otras mujeres, y como ella misma reconoce ante un atribulado Robert en el último cuarto del film, al casarse y tener hijos ha renunciado, en cierto modo, a buena parte de sus sueños y esperanzas para centrarse en el cuidado de su familia. La mayoría de las esposas no son conscientes de esto, pero ella es una mujer culta, que ama la poesía y la ópera, que tiene una vida interior rica y compleja, por lo que, a pesar de estar perfectamente integrada en la comunidad rural en que habita, es muy distinta de sus vecinas. De ahí que se sienta tremendamente infeliz, aunque trate por todos los medios de ocultárselo a los suyos.

Robert es, como él mismo admite, un culo inquieto, un eterno vagabundo que recorre incansablemente el mundo con su cámara a cuestas. Su autenticidad y espontaneidad fascinan a Francesca desde el primer momento. La mujer no puede evitar compararlo con su esposo, que naturalmente sale perdiendo con la comparación, porque cuando Robert le pregunta por su marido, a ella sólo se le ocurre responder que es un hombre muy limpio. Robert también se siente fascinado por ella, pues intuye que, tras esa apariencia de modesta granjera, se oculta un alma femenina única, la clase de mujer que nunca antes ha encontrado en su continuo vagabundear por el mundo.

La atracción entre ellos es inmediata, y, en un principio, más emocional que física. Casi sin darse cuenta de ello, acaban sucumbiendo a los profundos e indescriptibles sentimientos que despiertan el uno en el otro. Sentimientos que se desbordan, anulan sus inhibiciones y les empujan a vivir un apasionado romance con fecha de caducidad, pues el esposo y los hijos de ella regresarán en cuatro días.

Pero lo que ha surgido entre ellos es único y especial, no una mera aventura a la que se pueda poner fin alegremente. Francesca descubre que ama a Robert con una intensidad casi dolorosa, y él, por su parte, comprende que ha encontrado a la mujer de su vida, aquella por la que estaría dispuesto a todo. Estas revelaciones les plantean un terrible dilema: ¿deben dar rienda suelta a sus sentimientos y actuar en consecuencia, o sacrificar su relación en aras de lo que las normas sociales consideran correcto? La tensión emocional entre ellos aumenta, sobre todo cuando él admite, con voz quebrada, que no quiere necesitarla porque no puede tenerla.

En principio, parece que es Robert quien lo tiene más fácil, pero esta es una impresión engañosa. Hasta ese momento, ha vivido como un espíritu libre, sin ataduras de ninguna clase. Como él mismo reconoce, ha tenido no pocas aventuras con algunas de las amigas que tiene desperdigadas por el ancho mundo, pero siempre se ha resistido a la idea de atarse a una mujer, pues estuvo casado y aquello no salió bien. Admite que el fracaso de su matrimonio fue culpa suya, de su forma de ser, aunque también reconoce no arrepentirse de lo sucedido, pues no cree estar hecho para esa clase de vida. Sin embargo, Francesca ha roto sus esquemas, al menos en parte, y por primera vez desea estar permanentemente con alguien. En cierto modo, Robert se debate entre su ansia de libertad y el amor que siente por Francesca, y éste último acaba ganando la partida. Quiere estar con ella, tenerla a su lado para siempre, y le pide a la mujer que se fugue con él.

Francesca, desesperada por el inmenso amor que le profesa, está a punto de ceder a la petición de Robert, e incluso prepara las maletas. Pero, en el último momento, trata de medir las consecuencias que tal acto tendría para su familia. Ama a Robert con toda su alma, pero también le tiene mucho cariño a Richard, un buen hombre al que no quiere hacer daño. En cuanto a sus hijos, sabe que son demasiado jóvenes y jamás entenderían que los abandonara. La mujer se debate entre el amor sin medida que le inspira Robert, y las obligaciones hacia su familia, que siempre ha considerado sagradas. Es una decisión tan difícil, tan extrema, que Francesca siente como si se rompiera por dentro. Al final decide que no puede abandonar a su familia, y, en una de las escenas más conmovedoras de la película, le suplica a Robert que la ayude a mantenerse firme en esa decisión que considera la más correcta, la única que puede tomar. Él, desesperado, le ruega que lo medite bien y que no les sacrifique inútilmente. Está dispuesto a quedarse unos días más en el pueblo, hasta que ella tome una decisión definitiva.

El último encuentro entre Robert y Francesca se resuelve en el clímax dramático más emotivo de la historia del cine. Ella ha acudido al pueblo con su esposo para realizar unas compras. Llueve a cántaros. Francesca es la primera en volver a la camioneta. Mientras espera a su marido, a través de la espesa cortina de agua que se desprende del cielo, ve a Robert, completamente empapado, que se aproxima unos pasos. Luego se detiene a medio camino de la camioneta de los Johnson, y se queda allí, expectante, fija la mirada en la mujer. El rostro crispado del hombre revela el dolor que le atenaza. Ella se inclina un poco para verle mejor. Su rostro está igualmente crispado. Sus miradas se encuentran, y ella esboza una débil sonrisa. Robert comprende, y, mientras asiente despacio con la cabeza, sus labios tratan de dibujar una sonrisa de ánimo, que apenas dura un par de segundos. La faz masculina sufre una mutación, y la tristeza infinita que inunda su alma se refleja en su anguloso rostro. Lentamente, con pasos cansinos, se vuelve hacia su propia camioneta, consciente de que se está alejando de la única persona que realmente le importa en el mundo.

Poco después, cuando vuelve su esposo, Francesca intenta ocultar su tristeza, pero no lo consigue. A través del parabrisas ve, ahí delante, la camioneta de Robert, y su corazón da un vuelco cuando él cuelga del retrovisor interior la cruz que ella le regalara. La lucha interna de Francesca es terrible, pues se debate entre el casi irresistible impulso de ir al encuentro del hombre al que ama, y el sentido de la responsabilidad que la empuja a quedarse con su familia. Por un momento, durante un breve instante, parece que el primero de esos impulsos está a punto de vencer, porque la mano de ella se aferra casi con desesperación a la manija de la portezuela, como si se dispusiera a abrirla y saltar del vehículo, para correr al encuentro de Robert. Pero el sentido de la responsabilidad familiar acaba por imponerse, y mientras la camioneta de Robert desaparece por una calle transversal, la mano de Francesca suelta la manija y ella se derrumba en el asiento, transida de dolor y tristeza.

La palabra escrita no puede ni siquiera aproximarse al sentimiento que desprenden estas secuencias, en las que Clint Eastwood da muestras de su perfecto dominio de la planificación de escenas. Pero lo más impresionante es su contenida y emotiva actuación. Verle llorar de amor bajo la lluvia es uno de los momentos culminantes del cine romántico, algo que sorprendió y maravilló a partes iguales a los fans del actor.

A través de sus diarios, Francesca cuenta a sus hijos cómo transcurrió su vida tras la marcha de Robert, el consuelo que encontró en las pequeñas rutinas diarias y en la entrega al cuidado constante de su familia, la profunda amistad que entabló con Lucy Redfield, la mujer que había vivido una historia parecida a la suya, siendo estigmatizada por los pacatos aldeanos... Pero también admite que ni un solo día dejó de pensar en Robert, de amarle, de añorarle, y albergaba el convencimiento de que, a pesar de no haberse visto más en sus vidas, a pesar de haber estado eternamente separados, ninguna otra pareja en el mundo había estado tan unida como ellos dos.

La historia de Robert y Francesca acaba haciendo recapacitar a Michael y Carolyn sobre la verdadera naturaleza del amor, ayudándoles a enfrentar con valentía y decisión sus propios problemas íntimos. Al final, ambos hermanos comprenden el por qué de la decisión de su madre de ser incinerada, y que sus cenizas sean esparcidas desde el puente Roseman, el mismo lugar en que, años atrás, fueron arrojadas al viento las de Robert Kincaid. Como ella misma dice: Entregué mi vida a mi familia. Ahora quiero dejar a Robert lo que queda de ella.

Clint Eastwood ha sido definido como el último cineasta clásico, el único director moderno que supo recoger el legado de hombres como Ford, King Vidor, Hawks, Wyler, Wilder y otros grandes maestros de Hollywood, adaptándolo a su propia personalidad como autor. Con LOS PUENTES DE MADISON alcanzó la cima de su carrera como realizador, dirigiendo, con notable tacto profesional y exquisito buen gusto, una conmovedora historia que, en manos de otro, podría haber degenerado fácilmente en un melodrama del montón. La estructura del film, cuidadosamente escogida por Eastwood, potencia sobremanera la fuerza de la historia dramática. Esto, unido a la sencilla elegancia y a la claridad expositiva asumida por el director y coprotagonista, convierte a LOS PUENTES DE MADISON en una experiencia fílmica única.

© Antonio Quintana Carrandi (5.088 palabras) Créditos