Verdades históricas politicamente incorrectas, 6
EL BOMBARDEO DE GUERNICA: MITO Y REALIDAD
por Antonio Quintana Carrandi
Ruinas de Guernica
Ruinas de Guernica

Una vez más, como cada año por estas fechas, los propagandistas del Frente Popular, y los del nacionalismo vasco, vuelven a marear al personal con los cuentos de horror sobre lo ocurrido en Guernica en abril de 1937. A la patética parafernalia memorista se ha sumado Volodimir Zelenski, presidente ucraniano que, con el fin de conmover a los políticos de la Unión Europea, ha dejado caer que el pueblo de Ucrania está siendo víctima de bombardeos tan criminales como el de Guernica. Esto demuestra dos cosas, a saber: primera, que, en lo que a historia se refiere, Zelenski está pobremente asesorado; y segunda, que las mentiras urdidas en su momento por la propaganda izquierdista sobre Guernica, todavía hoy, en pleno siglo XXI, son aceptadas por la inmensa mayoría de la gente sin cuestionárselas siquiera, como si fueran dogmas religiosos. Sólo así puede entenderse que un episodio bélico menor, que no influyó de ninguna forma en el desarrollo de la guerra de España, sea universalmente conocido, mientras otros pasajes mucho más sangrientos de esa contienda fratricida permanecen en el olvido. Conviene, por tanto, recordar lo que pasó exactamente en esa población vasca, los hechos históricos puros y crudos, adecuadamente aligerados de la espesa capa de barniz propagandístico con el que han llegado hasta nosotros.

Empecemos por dejar claro algo que resulta obvio para todo buen conocedor de las guerras del siglo XX: la guerra civil española fue un conflicto de baja intensidad. Con esta afirmación no pretendo trivializar el sufrimiento humano de las personas que la padecieron, sino sólo señalar que, en comparación con otros enfrentamientos militares contemporáneos de ella, la destrucción y mortandad que provocó fueron inferiores.

Como lo que nos interesa es el tan traído y llevado bombardeo de Guernica, antes que nada debemos establecer la situación del arma aérea en la segunda mitad de los años 30, más en concreto en España.

Al iniciarse las hostilidades, en julio de 1936, apenas había en España aviones de combate dignos de tal nombre, y, de hecho, aunque ambos bandos empezaron la guerra recurriendo a los aparatos disponibles, éstos enseguida se revelaron como obsoletos. Así las cosas, una de las más apremiantes prioridades de los contendientes fue adquirir aviones en el extranjero. El Frente Popular, que no República, acudió a Francia en un primer momento, pero las sinuosidades del Pacto de No Intervención, y la voluntad de muchos líderes izquierdistas, que aspiraban a crear una república soviética ibérica, determinaron que la URSS se convirtiera en su principal proveedor de armamento. Los sublevados, por su parte, recabaron ayuda de Alemania e Italia, siendo ésta última la primera en responder al requerimiento.

La intervención italiana en la guerra civil española se debió al entusiasmo de Mussolini, que era un megalómano y por esa razón fue extraordinariamente generoso con su apoyo militar a los sublevados. Pero Hitler, a pesar de la imagen que tenemos de él a través de sus discursos, era bastante más frío y cerebral por aquel entonces de lo que se supone. En un principio, lo que definía como incierta aventura española no le atraía lo más mínimo. Fue Göering, comandante de la Luftwaffe, quien le convenció para intervenir en España, escenario bélico ideal, a juicio del orondo y jovial Herman, para probar en condiciones de fuego real los aparatos de la flamante fuerza aérea germana. Al final, el Führer accedió, en parte por los argumentos de Göering, pero también porque se percató de que la guerra española distraería la atención de las potencias europeas, Inglaterra y Francia principalmente, de sus maniobras políticas en el resto del continente. En 1938, Hitler le diría a su ayudante personal, Rudolf Hess, refiriéndose al conflicto español: No me importa quién gane esa guerra. Lo único que debe importarnos es que, cuanto más dure, mejor para Alemania.

La ayuda germana al bando nacional se concretó en la denominada Legión Cóndor. Aunque hubo algunos envíos de material a los nacionales en agosto y septiembre de 1936, el grueso de la contribución teutona no llegaría a la España nacional, en concreto a Sevilla, hasta noviembre del mismo año.

La Legión Cóndor ha sido descrita por la propaganda marxista como una apabullante unidad aérea, dotada de los últimos adelantos en materia de aviación de combate. En realidad, fue una especie de cajón de sastre en el que los alemanes metieron un poco de todo, tanto aparatos excelentes para la época, como auténticos cacharros con alas. De hecho, estos últimos fueron los más numerosos por expreso deseo de Hitler, que no deseaba dar a conocer al mundo los más avanzados desarrollos aeronáuticos germanos. Es cierto que la Legión Cóndor dispuso de cazas Messerschmitt 109, bombarderos en picado Junkers Ju 87 (el legendario Stuka), cazas Heinkel He 112 y algún otro modelo de última generación, pero siempre en cantidades muy exiguas, a veces irrelevantes. Además, los aparatos enviados a España eran prototipos, con prestaciones muy inferiores a las de los utilizados en la II Guerra Mundial. Los únicos aviones alemanes que tuvieron un papel destacado en nuestra contienda fueron el bombardero medio Heinkel He 111, conocido como Pedro por los aviadores franquistas, y el hidroavión biplano biplaza de reconocimiento Heinkel He 60. Los cazas Heinkel He 51 dieron un momentáneo control de los cielos a los nacionales, pero esto se debió a que el Frente Popular no disponía de aparatos adecuados para combatirlos. La verdad es que el He 51 era poco más que una chatarra volante, como muy pronto apreciaron los pilotos franquistas, algunos de los cuales lo definieron como el ataúd volador. Cuando los frente-populistas empezaron a utilizar los Polikarpov I-15 e I-16 rusos, los He 51 cayeron como moscas, lo que determinó su relevo a tareas muy secundarias. El caza normalizado de la fuerza aérea nacional fue el italiano Fiat CR-32, apodado por sus pilotos Chirri, un biplano veloz, ágil y robusto.

El bombardeo de Guernica se inscribió en el desarrollo de las operaciones militares en el frente norte, cuyo objetivo era dominar la cornisa cantábrica y su importante industria. Pero la denominada Operación Rügen fue una iniciativa germana, más en concreto del comandante de la Legión Cóndor, general Hugo Sperrle, y de su Jefe de Estado Mayor, teniente coronel Wolfram von Richthofen­, que actuaron sin conocimiento, y por tanto sin previa autorización, del jefe de la aviación nacional y, teóricamente al menos, su inmediato superior, el general Alfredo Kindelán. Más tarde se desvelaría que tampoco habían informado de la operación a Berlín.

¿Por qué se atacó esa villa vasca? El relato propagandístico nos habla de una tranquila y pacífica población sin valor militar alguno. Eso fue lo que se contó en la prensa extranjera por aquel entonces. Pero en Guernica había dos fábricas de material bélico, una de percutores y cerrojos para fusiles, y otra de munición, más en concreto de bombas de aviación. Además, Guernica también era un importante nudo de comunicaciones. De hecho, el objetivo prioritario del ataque era desorganizar los movimientos de las fuerzas frente-populistas destruyendo un puente, cosa que no se consiguió. Es decir, que Guernica era un objetivo militar obvio, quizás no de primer orden pero sí de cierta importancia.

El ataque se llevó a cabo en la tarde del lunes 26 de abril de 1937. Era día de mercado en la población vasca, lo que después serviría a la propaganda para afirmar que los facciosos habían bombardeado indiscriminadamente sobre indefensos civiles. Esto es simplemente una falsedad. Era día de mercado, cierto. Pero, cuando se produjo el bombardeo, aquél ya había terminado, y esto por una razón muy sencilla: días atrás, ante la proximidad del frente de batalla, el Ayuntamiento de Guernica había decretado que el mercado, que normalmente comenzaba a primera hora de la mañana y duraba hasta las tres y media o cuatro de la tarde, debería finalizar al mediodía. Se ignora si esa medida se refería al mediodía cronológico, las doce, o a lo que se entiende por mediodía en España, que va de la una a las dos de la tarde. En todo caso, este detalle es irrelevante, pues cuando comenzó el bombardeo ya hacía tiempo que el grueso de la gente había abandonado Guernica, camino de los pueblos circundantes.

¿A qué hora empezó el bombardeo y cuánto duró éste? Todavía hoy se asegura que el ataque se prolongó durante varias horas, pero las limitaciones de la tecnología aeronáutica de la época, sumadas a la gran distancia que debían recorrer las aeronaves basadas en Burgos, echa por tierra tan burda teoría propagandística, a pesar de que la Wikipedia, que en ocasiones concretas parece especializada en la tergiversación y la exageración, hable de tres horas y media de bombardeos. El ataque empezó un poco después de las siete y media de la tarde, y duró dieciséis minutos, veinte como mucho. Se efectuaron tres pasadas, según declaraciones de testigos presenciales recogidas por las autoridades del Frente Popular, y ahí acabó todo.

Otro dato falseado es el número de aviones que participaron en el ataque, estimado en 47 por la antes citada Wikipedia. Guernica era en la época una población pequeña, que no contaba con defensas antiaéreas, detalle que por fuerza tenía que ser conocido por el mando de la Legión Cóndor. Por tanto, resulta increíble que se reuniera un contingente aéreo de tal envergadura para una operación semejante. La verdad pura y dura es que la fuerza atacante totalizaba sólo veinticinco aparatos, entre bombarderos y cazas de escolta.

Como se ha dicho, la Legión Cóndor actuó por cuenta propia, sin autorización del mando nacional. Cuando Franco tuvo conocimiento de lo ocurrido, por boca de Alfredo Kindelán, de inmediato dictó dos cartas de protesta, una dirigida a Hugo Speerle y otra a la Cancillería del Tercer Reich. Esta última fue la más importante, pues, en un lenguaje diplomático, correcto pero inusitadamente duro, el Generalísimo español informaba al Führer que no estaba dispuesto a tolerar que la Legión Cóndor actuara por libre. Se ignora si Hitler llamó al orden a Speerle y Richthofen­, pero lo cierto fue que, a partir de entonces, los germanos no llevaron a cabo ninguna acción sin contar antes con la aprobación de las autoridades nacionales.

Lo de Guernica fue un episodio bélico más, otra tragedia en una guerra pródiga en ellas. Pero el Frente Popular encontró en el suceso un activo propagandístico de enorme importancia, no ahorrando esfuerzos a la hora de elevar el bombardeo a la categoría de mito, convirtiendo a Guernica en algo así como una ciudad mártir.

El verdadero creador del mito de Guernica fue el periodista sudafricano George L. Steer (1909-1944), cuyas ideas izquierdistas eran de sobra conocidas. Dos importantes diarios, el londinense The Times y el neoyorkino The New York Times, publicaron sus lacrimógenos artículos, en los que hablaba de centenares de muertos y describía horrores sin cuento, la mayoría de ellos inventados por su calenturienta imaginación. Llegó a afirmar que el verdadero objetivo del bombardeo había sido la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la raza vasca. Steer era un extranjero que apenas sabía nada de España y su historia, y que, tal vez por eso, se dejó fascinar por la leyenda romántica del País Vasco y los mitos nacionalistas de Sabino Arana. De hecho, en su muy sobrevalorado libro EL ÁRBOL DE GUERNICA, llega a calificar a los vascos de industriosos y al resto de los españoles de gandules.

Steer tuvo una legión de imitadores en EE UU y Gran Bretaña, individuos que, dando por bueno, sin cuestionárselo, lo que contaba el sudafricano, y sin ser capaces de situar no ya Guernica, sino las provincias Vascongadas en un mapa de España, se dedicaron a propagar la misma falacia, corregida y aumentada. En consecuencia, la prensa británica y estadounidense llegó a publicar que los muertos en Guernica superaban ampliamente los dos millares, además de describir, con todo lujo de detalles y en un lenguaje casi cinematográfico, recurriendo a la sensiblería más ramplona, terroríficos ametrallamientos de civiles en las calles de la ciudad y en las carreteras que partían de la misma, hechos estos que jamás se produjeron.

Si se observan con atención las fotografías tomadas en Guernica después del bombardeo, se aprecia que la destrucción fue notable. Como cualquier población española de la época, la mayoría de sus edificios tenían estructuras de madera y ardían como la yesca, así que las llamas se fueron propagando de un inmueble a otro con inusitada rapidez. Pero gran parte de esta destrucción se debió a que los bomberos de Bilbao, que se encontraban a una distancia no superior a los treinta kilómetros, tardaron más de tres horas en llegar a la villa foral. ¿A qué obedeció tan inexplicable retraso? El gobierno de José María Aguirre nunca dio una explicación plausible a este interrogante, lo que induce a sospechar que, quizás, se pretendía que la ciudad fuera consumida por el fuego, para disponer de una baza propagandística de primer orden ante la opinión pública internacional. Cosas mucho más descabelladas se han visto en la historia de las guerras.

Los nacionales intentaron contrarrestar la propaganda frente populista sobre Guernica con la suya propia, demostrando una ineptitud sorprendente, ya que en un primer momento negaron que el bombardeo se hubiera producido. Más tarde, acusaron al enemigo de haber dinamitado e incendiado la ciudad, para magnificar la destrucción y así poder acusarles de un crimen de guerra. Esto tiene ciertos visos de verdad, porque los frente-populistas habían actuado así en otras ocasiones, por ejemplo después del bombardeo de Rentería, pero no parece que fuera este el caso.

En cuanto a las víctimas mortales, según estudios recientes, serios e imparciales, fueron sólo 126, registradas con nombres y apellidos por las mismísimas autoridades vascas. Esta cifra incluye a los que murieron durante el bombardeo y a los heridos graves que fallecieron unos días más tarde. Un dato muy revelador es que, aunque la prensa del Frente Popular se atrevió a hablar de mil seiscientos muertos o más, nadie en España, ni siquiera los izquierdistas más fanatizados, se tragó semejante exageración. Pero en el extranjero el mito de Guernica había alcanzado proporciones épicas. Todavía hoy, en buena parte de Europa y en los Estados Unidos, son mayoría los que equiparan el bombardeo de la villa foral vasca a los producidos durante la II Guerra Mundial. Esto se debe, en gran medida, a la perniciosa labor de entidades como el Center of Basque Studies (Centro de Estudios Vascos) de la Universidad de Nevada, EE. UU., controlado por inmigrantes vascos adeptos a los postulados nacionalistas, que insiste en afirmar categóricamente que en Guernica murieron más de 2.000 personas, a pesar de que se ha demostrado, más allá de cualquier duda, que eso es completamente falso.

Lo de Guernica no fue la hecatombe que, todavía hoy, describe la propaganda izquierdista, pero, para los baremos de la guerra civil española, sí fue un bombardeo importante. En nuestra contienda, y dadas las limitaciones tecnológicas de la época, un gran bombardeo era aquel que provocaba un centenar de muertos, así que el de Guernica entraría en esa categoría. Pero no fue el más sangriento de la conflagración, ni mucho menos. Oviedo, que merecería ser recordada como el Stalingrado de nuestra guerra, sufrió un despiadado asedio de las fuerzas frente-populistas, que bombardearon indiscriminadamente la ciudad tanto con artillería como con aviones. Incluso llegó un momento en que los milicianos sitiadores lograron entrar en la urbe, desatándose un feroz combate casa por casa y llegándose, en ocasiones, al cuerpo a cuerpo. Pero del sitio de la capital asturiana, donde sí que murieron 2000 personas por los bombardeos, apenas se habla en Internet, mientras que hay miles de páginas dedicadas a expandir las exageraciones y falsedades sobre Guernica. Un ejemplo claro de lo poderosa que puede ser la propaganda, manejada adecuadamente por individuos sin escrúpulos morales.

El Guernica de Picasso
El Guernica de Picasso

En la mitificación de lo sucedido en Guernica jugó un papel importantísimo Pablo Picasso, el gran artista español de convicciones comunistas, afincado por aquel entonces en París. Nada más estallar la guerra, el gobierno del Frente Popular contactó con el pintor a través de la embajada en la capital gala. Se le encargó pintar un cuadro que representara la lucha del pueblo español contra el fascismo y la crueldad de los ataques indiscriminados sobre la población civil. La leyenda romántica, creada en torno a la gestación del célebre mural, cuenta que Picasso se inspiró en el bombardeo de Guernica, pero la verdad es que el 26 de abril de 1937 Pablo Ruíz ya había empezado a pintarlo, aunque es posible que el hecho influyera algo en su concepción de la obra, a la que decidió titular precisamente Guernica. La propaganda marxista insistió en que había sido una contribución desinteresada del artista a la causa republicana, pero lo cierto fue que Picasso se embolsó 150.000 francos franceses de entonces, una pequeña fortuna. Evidentemente, para el famoso pintor una cosa era la ideología comunista que decía profesar, y otra el prosaico bolsillo.

Algo más de un año después de lo de Guernica, el 7 de noviembre de 1938, la aviación del Frente Popular realizó un bombardeo sobre la localidad cordobesa de Cabra (patria chica de la ínclita Carmen Calvo), situada muy en la retaguardia nacional. Hacia las siete y media de la mañana, cuando prácticamente acababa de comenzar el día de mercado, tres bombarderos Tupolev SB-2 (Katiuska), de fabricación rusa, atacaron el centro de la ciudad, incluida la plaza de abastos. Lanzaron al menos una veintena de bombas, dos de las cuales cayeron en mitad del mercado. Hubo 110 muertos y casi 300 heridos, todos ellos civiles, incluyendo un buen número de mujeres y niños. Aunque posteriormente la historiografía afín al Frente Popular ha intentado justificar el ataque por razones estratégicas, está claro que se trató de un bombardeo de represalia, cuyo único objetivo era castigar a la población civil de la zona nacional, que, en contra de lo esperado por muchos ilusos marxistas, no se había rebelado contra la opresión fascista. Se llegó incluso a afirmar que las tripulaciones de los aparatos, compuestas íntegramente por españoles, habían cometido un grave error, ya que, al ver los toldos de los puestos del mercado, habían creído que se trataba de un campamento militar y actuado en consecuencia. Pero las tropas jamás se acantonan en el centro de las ciudades, sino en la periferia. Además, cualquier aviador con cierta experiencia sabe que, vistas desde el aire, las tiendas de campaña militares no se asemejan en nada a los toldos de los puestos de los mercados, por lo que esa burda explicación carece de sentido. Lo que se buscaba era infligir el mayor daño posible a la población de la zona enemiga como un simple acto de venganza, porque para entonces todo el mundo sabía, aunque fanáticos como Juan Negrín y otros se negaran cerrilmente a admitirlo, que el Frente Popular tenía perdida la guerra.

En Cabra no existía objetivo militar destacado de ninguna clase. De hecho, ningún edificio relacionado con las instituciones franquistas fue afectado por las bombas. Fue un crimen de guerra puro y duro, pero el nombre de esta población cordobesa, y lo que allí ocurrió, permanecen en el olvido, mientras la tragedia de Guernica sale a relucir a las mínimas de cambio. No hace mucho, el gobierno autónomo vasco exigió al nacional, entonces presidido por Mariano Rajoy, que pidiera perdón por el criminal bombardeo de Guernica, como si las autoridades españolas de entonces fueran responsables del hecho. Mucho más esperpéntica fue la actuación del presidente alemán Roman Herzog, quien en 1997, y cediendo vergonzosamente ante la dictadura de la corrección política, que ya por entonces empezaba a corromper Europa, pidió perdón por la manifiesta autoría germana del bombardeo, en el sexagésimo aniversario del mismo.

El ataque contra Guernica fue una acción de guerra dentro de la lógica bélica. La progresía insiste machaconamente en que se trató de un crimen, y, en cierto modo, lo fue, porque cualquier guerra es un crimen en sí misma por definición. Pero no fue ni excepcional, ni peor que los sufridos por Madrid, Barcelona, Oviedo, Valladolid, Salamanca o Valencia. Si ha alcanzado tal relevancia se debe, tan sólo, a la machacona propaganda del Frente Popular, a las exageraciones de Steer y otros como él, y a los oscuros intereses políticos de la izquierda y el nacionalismo vasco.


Notas

Acuerdo signado a finales de agosto de 1936 por 27 estados europeos (con las excepciones de Suiza, Mónaco, el Vaticano, Andorra y Liechtenstein), que pretendía evitar la injerencia extranjera en la guerra civil española. La actitud de Alemania, Italia y la Unión Soviética, que no tenían ninguna intención de cumplir sus condiciones, dio al traste con la política de no intervención. No obstante, Gran Bretaña siguió defendiendo el Pacto, porque complementaba muy bien su política de apaciguamiento del amenazador Tercer Reich, con vistas a ganar tiempo y estar mejor preparada de cara a la guerra que, tarde o temprano, estallaría en Europa. N del A.

Aparato que durante la posterior Guerra Mundial protagonizó un episodio que, de no ser por lo trágico del escenario, podría calificarse como chusco: el único enfrentamiento entre la USAAF (por la época tenía dos A) y la Fuerza Aérea Española, protagonizado por el teniente Miguel Entrena Klett, que a los mandos de un He 112B-2 derribó un P-38F-1 en tránsito sobre el entonces protectorado Español de Marruecos. La indisciplina de Miguel Entrena (no estaba autorizado a atacar si no era previamente agredido), que podría haber traído graves consecuencia, se saldó con meras demostraciones de fuerza sobre espacio aéreo español de la USAAF y el prudente silencio del gobierno español.

© Antonio Quintana Carrandi (3.614 palabras) Créditos