La ley seca: Centenario de una ley absurda, 12
LA MATANZA DEL DÍA DE SAN VALENTÍN
por Antonio Quintana Carrandi
Portada del Chicago Daily con la noticia de la masacre

En el imaginario colectivo, la masacre perpetrada el 14 de febrero de 1929 en Chicago ejemplifica, mejor que cualquier otra cosa, la violencia desatada por culpa de la estúpida Ley Seca. Nunca se ha conocido exactamente cómo se desarrollaron los hechos, más allá de algunos detalles que resultaron obvios tras el suceso. Pero está claro que ese crimen tan horrendo marcó un punto de inflexión, un antes y un después, en la percepción que tenían los ciudadanos sobre el submundo gangsteril. Lo que narraré a continuación es la versión más plausible, la que posiblemente se aproxima más a la realidad de lo que ocurrió aquella aciaga jornada de hace ahora noventa y tres años.

Tras la muerte de Weiss, que como vimos en una entrega anterior sucumbió en una encerrona de la gente de Al Capone, los gánsteres irlandeses quedaron bajo el mando de Bugs Moran. Nacido en Saint Paul, Minnessota, en 1893 como Adelard Leo Cunin, pasaría a la historia con el nombre de George Clarence Moran, que, según parece, escogió porque sonaba más americano. Aunque se convertiría con el tiempo en uno de los líderes más carismáticos del hampa irlandesa, en realidad corría por sus venas sangre francesa, ya que su padre era un inmigrante galo, y su madre franco-canadiense. A pesar de que sus progenitores intentaron darle una esmerada educación en un colegio católico, Moran empezó a meterse en líos siendo un adolescente, de modo que, antes de alcanzar la mayoría de edad, en aquel tiempo establecida en veintiún años, ya había pisado la cárcel en tres ocasiones. Llegó a Chicago con veintidós años, contactando con los hampones del lugar de ascendencia irlandesa y participando en varios actos delictivos, algunos de los cuales le llevaron de nuevo a prisión, aunque durante cortos periodos de tiempo. Según parece, llamó la atención de Dion O´Bannion, el principal gángster irlandés, que le puso a su servicio y le convirtió en uno de sus hombres de confianza.

Con la promulgación de la Volstead Act, llegaron los enfrentamientos entre los principales grupos criminales de Chicago, irlandeses e italianos, que compitieron por el control del contrabando de licor en la ciudad. El asesinato de O´Bannion, seguido algún tiempo después por el de Weiss, dejó a Moran al frente de la organización irlandesa. Moran, a pesar de sus actividades delictivas, respetaba ciertos principios inherentes al catolicismo, de modo que despreciaba a los italianos porque se dedicaban al mercado de la carne, es decir, al sucio negocio de la prostitución. Se sabe que, al menos en dos ocasiones y ante testigos, despotricó contra esos miserables latinos, que se autoproclaman católicos, pero no dudan en explotar inmisericordemente a una legión de pobres desdichadas. En cuanto a Capone, sencillamente le odiaba, pues le consideraba responsable de las muertes de muchos de sus amigos, O´Bannion y Weiss entre ellos.

La lucha entre las bandas de Capone y Moran fue titánica. El primero iba ganando terreno paulatinamente, pues tenía muchos más hombres bajo su mando, controlaba gran parte del funcionariado municipal, vía sobornos, y disponía de fondos al parecer inagotables. Los irlandeses, por su parte, aguantaban el tipo como podían, y, aunque cada día eran más débiles, no cedían ni un ápice de su territorio sin ofrecer una encarnizada resistencia. Esto colmó la paciencia de Al, que se propuso acabar con Moran y su gente de un solo golpe.

La organización italiana había absorbido o destruido a los proveedores de alcohol de los irlandeses, colocando a estos en una difícil situación. Las cosas se pusieron tan feas para el clan irlandés, que Bugs procuraba estar presente siempre que se recibía un envío de licor, con el fin de infundir confianza tanto a sus hombres como a los proveedores que todavía se atrevían a negociar con ellos. Los hombres del napolitano no tardaron en descubrir que Moran poseía un almacén en el 2122 de North Clark Street. Esta información fue decisiva para que Capone pusiera en marcha el plan para eliminar de un plumazo al irlandés y los suyos.

Capone fue el instigador del crimen, pero el encargado de llevarlo a cabo fue Jack Machine Gun McGurn, de nombre real James Gebardi, que, tras una frustrada carrera como boxeador, había ingresado en la banda de Capone. Como cualquier mafioso, empezó desde abajo, dedicándose en principio al cobro de las tasas de protección a los comerciantes locales. McGurn no tardó en ascender en la organización, llegando a ser uno de sus principales gatilleros, pues, a su absoluta carencia de escrúpulos morales, unía una gran habilidad en el manejo de la Thompson desde coches en marcha, lo que le valdría su apodo de Metralleta.

McGurn era, en realidad, de orígenes italianos, pero creía que le tomarían más en serio con un nombre anglosajón. Los irlandeses le aborrecían por ello, además de tenerle en su lista negra, ya que había participado en varias incursiones italianas en territorio irlandés, asesinando a varios hombres de Moran. Está documentado que fue blanco de tres atentados perpetrados por pistoleros irlandeses. Salió ileso de los dos primeros, pero el tercero, obra de los hermanos gemelos Gusemberg, los pistoleros más eficaces de Bugs, estuvo a punto de costarle la vida. Se salvó de puro milagro, aunque hubo de ser hospitalizado durante varias semanas.

Siguiendo instrucciones de Capone, McGurn montó un puesto de vigilancia enfrente del almacén del 2122 de North Clark Street, el hoy mítico Hayer´s Garage. De la vigilancia se encargaron dos hombres traídos de fuera de Chicago, desconocidos para los irlandeses y sus confidentes, que alquilaron un piso desde el que podía controlarse toda la calle. Estos hombres vigilaron el almacén durante varios días, anotando minuciosamente las entradas y salidas que se efectuaban en el mismo.

La operación se puso en marcha el 10 de febrero, cuando Moran recibió la llamada de un proveedor anónimo, que le ofreció un cargamento de buen Whisky canadiense. Ha de hacerse notar que, en aquel tiempo, había en Chicago gente que se dedicaba al peligrosísimo pero lucrativo negocio de robar cargamentos de alcohol a una banda, para vendérselo a otra, por supuesto a mayor precio. La práctica era tan habitual, que Moran, al parecer, no sospechó nada, porque, además, su enigmático comunicante estuvo regateando con él durante un rato. Al final, llegaron a un acuerdo y fijaron la entrega para la mañana del 14 de febrero. San Valentín, como sabía cualquier contrabandista, era una buena fecha para el comercio de alcohol ilegal, porque muchas mujeres tenían la costumbre de regalar a sus amados botellines de licor en fechas señaladas como esa.

Llegó el día de San Valentín y Moran, acompañado por su lugarteniente , Ted Newberry, se dirigió al Hayer´s Garage. Cuando su auto enfilaba North Clark Street, vio un coche patrulla, aparcado no muy lejos del almacén. Sospechando que estuviese en marcha una redada, Bugs optó por variar su rumbo, yendo a un café situado un par de calles más abajo, desde donde podría observar lo que ocurriera en North Clark Street. Estaba muy lejos de suponer, entonces, que con ese simple gesto estaba salvando su vida.

A las nueve y media ya habían llegado al Hayer´s Garage los siete hombres que esperaban los italianos, que estaban convencidos de que uno de ellos era Bugs Moran. Los hombres eran: James Clark, segundo al mando de la organización y cuñado de Morán; John May, mecánico que trabajaba habitualmente poniendo a punto los vehículos de la banda, y que esa mañana tenía que arreglar el motor de una camioneta; Al Weishank, que se encargaba de las operaciones de blanqueo de los beneficios obtenidos por el grupo criminal; Adam Heyer, contable del gang; los hermanos Pete y Frank Gusemberg, que, como se ha apuntado, eran los mejores pistoleros de Moran, y el doctor Reinhardt Schwimmer, médico optometrista. Todavía hoy no se sabe qué demonios pintaba en una reunión semejante Schwimmer, que no tenía vinculación conocida con el hampa, aunque se cree que, por alguna razón, acompañaba a James Clark. El caso fue que los hombres de Capone, que según todos los indicios no conocían personalmente a Moran, parece que tomaron al médico por el boss irlandés, ignorando que éste se hallaba muy cerca de allí, aguardando a que se fuera el auto policial. Sin embargo, también es posible que confundieran a Albert Weishank con Moran, ya que ambos eran de la misma estatura y complexión física.

A eso de las diez y cuarto o así, los encargados de la vigilancia hicieron la señal convenida a los falsos policías, que aguardaban en el coche patrulla que había hecho recelar a Moran. Estos, hombres de Capone uniformados y armados como policías auténticos, bajaron del auto, se aproximaron al almacén y llamaron a la puerta. Fue Heyer quien abrió, pensando que era la mercancía. Los supuestos patrulleros policiales, que empuñaban sendas escopetas repetidoras, entraron en el local, ordenando a los presentes que levantaran las manos. Se cree que los hermanos Gusemberg, hombres de acción que no temían a nada ni a nadie, hicieron un amago de sacar sus armas. Pero James Clark les recomendó no oponer resistencia. Evidentemente, Clark creyó que se trataba de otra de esas redadas rutinarias, que la policía local escenificaba de vez en cuando para cubrir el expediente de cara al público.

Mientras tanto, Moran, cada vez más intranquilo, envió a su lugarteniente, Ted Newberry, a que inspeccionara discretamente la zona. Newberry dio un rodeo, acercándose al almacén por la puerta trasera. Al ver a los siete hombres brazos en alto, mientras eran registrados y desarmados por los dos policías, corrió a informar al boss.

Mientas Newberry iba en busca de Moran, los dos agentes ordenaron a los siete hombres que se apoyaran de cara a la pared del fondo del garaje, manteniendo las manos alzadas. Un par de minutos después, el portón del garaje fue abierto por uno de los policías, y un camión entró marcha atrás. De la caja del vehículo bajaron Jack Machine Gun McGurn y otro pistolero. Los dos llevaban subfusiles Thompson calibre 45. Unos segundos después, en toda North Clark Street se escuchó una atronadora salva de disparos. Según declararon más tarde los testigos que oyeron las detonaciones, la descarga apenas duró medio minuto.

Los asesinos y los falsos policías se dieron a la fuga de inmediato, aunque con toda tranquilidad. Según declararon algunos testigos, apenas dos minutos después del tiroteo, dos hombres vestidos de paisano salieron del garaje con los brazos en alto, escoltados por dos policías uniformados, que les apuntaban como con desgana con unas escopetas. Los policías llevaban cada uno una metralleta Thompson colgada del hombro por su correa. Los cuatro subieron a un sedan oscuro, que se detuvo frente al Hayer´s Garage apenas cesaron los disparos, manteniendo el motor encendido. El coche partió de inmediato a toda velocidad, seguido segundos después por el camión, como confirmaron los transeúntes que se encontraban en las cercanías.

También Moran y Newberry, al escuchar los tiros, subieron a su coche y abandonaron la zona a toda velocidad. Apenas un cuarto de hora más tarde, se presentó la policía, encontrándose con un cuadro dantesco. Seis cadáveres, cubiertos de sangre, yacían en el suelo en las más grotescas posturas, junto a un muro acribillado a balazos. Frank Gusemberg, que había encajado catorce impactos de bala , aún vivía. Aguantó durante tres días, pero no dio ninguna información útil a los investigadores policiales, a pesar de que estuvo acompañado en todo momento por un policía irlandés, que le conocía desde la infancia. Sólo hubo un superviviente de la masacre: Highball, el perro del mecánico John May, que posiblemente haya sido el can más fotografiado de la historia. El pobre animal quedó traumatizado, porque, a partir de entonces, salía huyendo con el rabo entre las patas cuando escuchaba un ruido fuerte.

Uno de los miembros de la banda de Moran, Jack Zuta, estaba en Wisconsin en viaje de negocios. El 15 de febrero fue hallado muerto en una habitación de hotel, literalmente cosido a puñaladas. En los días que siguieron al brutal atentado del Hayer´s Garage, al menos una docena de hombres, que tenían alguna relación con Moran y sus actividades en Chicago, fueron asesinados. No obstante, Bugs todavía logró ejercer cierto control sobre su territorio, pero en 1930 ya casi no quedaban ni rescoldos del antiguo poder del gang irlandés de Chicago. Moran acabó por abandonar la ciudad. Siguió en el mundo delictivo, pero como un gángster menor, dedicándose preferentemente a estafas y algún atraco ocasional.

De modo que puede afirmarse que, a partir del 14 de febrero de 1929, la estrella del antaño poderoso Bugs Moran declinó. Una década después de la masacre, mientras su antiguo rival cumplía condena en Alcatraz, fue acusado de una espectacular estafa, con la que había obtenido más de 60.000 dólares. Salió en libertad, en espera del juicio, tras abonar la fianza. Intentó darse a la fuga, pero fue capturado y encarcelado hasta 1944. Cuando salió, era una sombra de lo que había sido. Menos de dos años después de salir de la cárcel, fue arrestado de nuevo por su participación en el robo de una taberna en Dayton, Ohio. Le cayeron veinte años, pero sólo cumplió la mitad, al observar buena conducta. Pero la mala suerte le perseguía, pues a los pocos meses era detenido de nuevo, ya que la policía había conseguido pruebas bastante sólidas de su participación en otro atraco, cometido en 1945 en el banco de Ansonia, también en Ohio. La condena fue de diez años, pero para entonces Bugs ya estaba muy enfermo de cáncer de pulmón, falleciendo en la prisión federal de Leavenworth (Kansas) el 25 de febrero de 1957, a los sesenta y tres años de edad.

Un caso curioso fue el de Ted Newberry, lugarteniente de Moran. Permaneció en Chicago, e incluso intentó levantar una nueva banda irlandesa, pero no lo consiguió. Newberry vendió el Hayer´s Garage a un empresario que lo transformó en un museo. Pero lo más sorprendente es que, poco después, recibió una insólita propuesta de Capone, que estaba dispuesto a aceptarle en su organización como símbolo de su victoria. Aunque al principio Newberry desconfió de Scarface, este le demostró que hablaba en serio, de modo que, inopinadamente, la mano derecha de Moran acabó sirviendo al debelador de su imperio criminal.

Los sucesos del día de San Valentín galvanizaron las conciencias ciudadanas. Las estremecedoras fotografías de la matanza, publicadas por la prensa, revelaron a los ciudadanos de Chicago, incluso a los que veían a Capone como una especie de héroe popular, la verdadera faz del Crimen Organizado. Varios periódicos acusaron directamente a Caracortada por primera vez. Capone regresó a Chicago una semana después de la masacre, apresurándose a dar una rueda de prensa, en la que negó tener nada que ver con todo aquello, alegando que se encontraba en Miami, reponiéndose de una supuesta bronquitis e inspeccionando la construcción de un canódromo. Pero todo el mundo sabía que se la tenía jurada a los irlandeses desde siempre, y nadie creyó en sus protestas de inocencia.

En lo que a las fuerzas del orden se refiere, se vieron desbordadas por los acontecimientos del 14 de febrero. Los agentes del FBI, que habían llegado a la ciudad poco antes, todavía se hallaban en una especie de fase de toma de contacto con el submundo de los bajos fondos, de modo que la matanza los cogió por sorpresa. El procurador Hoffman y el capitán Stege iniciaron una investigación de lo sucedido, pero, aunque cada uno por su lado habían conseguido asestar pequeños golpes a la organización de Capone, lo cierto es que el resultado de sus pesquisas fue irrelevante. Se abrieron varias líneas de investigación, pero todas ellas condujeron a callejones sin salida que desesperaron a los investigadores. Se llegó a especular con la posibilidad de que los dos supuestos agentes que participaron en la matanza fueran policías auténticos, lo que, por otra parte, no era nada descabellado, pues era un secreto a voces que más de la mitad de la plantilla de la policía local estaba comprada por Capone. Pero algunos indicios apuntaban a James Ray y Fred Burke, dos delincuentes comunes que, según parece, acostumbraban a disfrazarse de policías para cometer sus delitos, entre los que sin duda figuraba el asesinato. Burke, que también usaba el alias de Fred Dane, fue detenido poco después, encontrándose en su poder más de un cuarto de millón de dólares en bonos al portador, robados no hacía mucho de un banco del estado de Wisconsin, dos chalecos antibalas, media docena de pistolas y revólveres con abundante munición, y dos subfusiles Thompson, cuyos números de serie eran 2347 y 7580. El arresto fue efectuado por la policía de Saint Joseph, Michigan. Enteradas las autoridades de Chicago, solicitaron les fueran enviadas las metralletas para realizar las oportunas pruebas balísticas. Estas demostrarían que las balas que mataron a los siete hombres de Moran habían sido disparadas por aquellas armas. La policía neoyorkina también se interesó por el asunto, enviando a Chicago a sus propios expertos en balística forense, que determinaron que, al menos, una de las Thompson había sido empleada para asesinar a Frank Yale Uale. A pesar de todas estas pruebas en su contra, sorprende que el caso contra Fred Burke no prosperara, lo que induce a pensar que el sistema judicial americano de entonces era mucho más garantista, o mucho más corrupto, de lo que se piensa hoy día. De todos modos, como afirma el viejo dicho de la sabiduría popular, a cada gochín le llega su San Martín, porque Burke fue acusado poco después del asesinato de un patrullero policial de Michigan y condenado a cadena perpetua. Murió en la cárcel, en 1940.

Sin embargo, las principales sospechas recayeron sobre Machine Gun McGurn, Albert Anselmi y John Scalise, aunque sólo se hallaron pruebas, y además circunstanciales, para acusar al primero y al último de los citados. Hubo que retirar los cargos contra ellos ante la inconsistencia del caso en su contra, aunque McGurn fue acusado de violar la denominada Ley Mann, pues había llevado a su novia, Louise Rolfe, al otro lado de las fronteras estatales para contraer matrimonio. Louise pasaría a los anales del Crimen Organizado como la coartada rubia, pues declaró bajo juramento que, la mañana del 14 de febrero de 1929, mientras se producía la espantosa matanza, McGurn estaba en la cama con ella. De todas formas, casi nadie duda hoy de la implicación de McGurn en el crimen. En cuanto a los otros tres hombres, nunca se supo a ciencia cierta quiénes eran, lo que ha dado pie a las más peregrinas elucubraciones a lo largo de los años.

Al debía sentirse muy satisfecho, pues, con la eliminación del clan irlandés, Chicago era, por fin, suya. Pero sus brutales y despiadados métodos no eran del agrado de los jefes mafiosos de otras grandes ciudades, que no tardarían en llamarle al orden.

NOTAS.


Notas

En los Estados Unidos, el robo de un banco es un delito federal, lo que significa que el autor es perseguido por el FBI y, caso de ser detenido, procesado y encontrado culpable, debe cumplir su condena en una penitenciaría federal, que son muchísimo más duras que las cárceles normales. (N del A).

Ley federal, promulgada el 25 de junio de 1910, a instancias del congresista James Robert Mann. En principio, su objetivo era luchar contra la prostitución organizada por bandas criminales, que a veces secuestraban mujeres jóvenes en las zonas rurales, convirtiéndolas en verdaderas esclavas sexuales, y trasladándolas cada cierto tiempo de una ciudad a otra, e incluso de un estado a otro, con el fin de ofrecer variedad a la clientela. Pero también se utilizó para castigar a los hombres que mantenían relaciones sexuales con chicas menores de edad, aunque fuesen consentidas. Además, concedía ciertas atribuciones al gobierno federal para investigar a delincuentes comunes, que habían transgredido leyes estatales pero no federales. Muchos de ellos, a los que no se podía juzgar por asesinato o contrabando por falta de pruebas, acabaron entre rejas por acostarse con una menor, o por trasladar a una mujer a otro estado con propósitos inmorales. Muchos años más tarde se modificaría, aplicándose tan sólo al transporte de mujeres entre estados para ejercer la prostitución. (N del A).

© Antonio Quintana Carrandi (3.381 palabras) Créditos