ESPAÑA Y LA CRISIS UCRANIANA
por Antonio Quintana Carrandi
Kiev, 12019, Pixabay License

Antes de entrar en materia, quiero dejar claro que, en el conflicto entre Ucrania y Rusia, mis simpatías están con la primera. Conozco muy bien la historia de ambas naciones, y puedo dar fe de las indignidades sin cuento sufridas por los ucranianos a manos de los soviéticos, cuando su país era una republiquita más de aquel inmenso imperio del crimen y la infamia que fue la URSS. El Holodomor, el gran genocidio, la gran hambruna padecida por los ucranianos por culpa de la política de requisas masivas de alimentos, orquestada por el partido comunista en los años 30, provocó, en menos de dos años, más muertos que todos los campos de la muerte nazis juntos desde 1933 a 1945. Los ucranianos sí tienen memoria histórica, auténtica y veraz, que no falaz, como la que se estila en España. De modo que, incluso dejando a un lado las continuas provocaciones y amenazas de Rusia desde la caída del muro de la vergüenza, Ucrania tiene razones de sobra para plantarle cara al bolchevique Putin.

Porque esa es otra. Aunque no suele comentarse en prensa y televisión, Putin es un comunista hasta la médula, un rojo de manual, como corresponde al alto cargo que ocupó en el siniestro KGB, reconvertido en FSB. Este individuo, que lleva un cuarto de siglo en el poder y piensa perpetuarse en el mismo, aspira a recuperar algo del supuesto prestigio de la extinta Unión Soviética. El expansionismo tiene un papel relevante en su agenda política, siendo Ucrania, que en tiempos fue para los rusos como la India para los británicos o Cuba para nosotros, su objetivo territorial más importante.

Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, ha reaccionado ante la amenaza, y la consecuencia inmediata de las maniobras políticas, económicas y militares de USA, la Unión Europea y la OTAN, ha sido un agravamiento de la situación, que puede definirse de prebélica.

El caso es que el gobierno español se ha apresurado a meterse de lleno en el asunto, pues Pedro Sánchez (que, no lo olvidemos, tiene comunistas en su ejecutivo), se muere por quedar bien con Biden y darse un baño de europeísmo. Como al presidente estadounidense, a pesar de ser un progre de libro, no le hacen ninguna gracia las simpatías maduristas del de la Moncloa, y tiene la mosca detrás de la oreja desde que España se negó a extraditar al criminal venezolano conocido como El Pollo Carvajal, Sánchez aspira a congratularse con Biden poniéndose lacayunamente a su servicio, aunque eso signifique meter a nuestro país en una guerra lejana, en la que no se nos ha perdido nada. Por otra parte, el incompetente de la Moncloa parece ignorar el ninguneo de Biden, que pasa del líder social-comunista ibérico olímpicamente, demostrando al mundo, por si alguien no se había percatado todavía, que la España del doctor sin doctorado es irrelevante en el concierto mundial.

Habrá quien piense que, si España está en la OTAN, es lógico que estemos obligados a participar en esta operación. El problema es que Sánchez se ha apresurado a intervenir sin que nadie se lo pidiera. Además, el ochenta por ciento de los españoles, y a lo peor me quedó corto en mi apreciación del porcentaje, ignora por completo la actitud no sólo de esa organización militar, sino también de la sacrosanta UE con respecto a España.

Aunque la politiquería tiñalpa española insista en afirmar que somos miembros de pleno derecho de la Alianza Atlántica, esto es una falsedad. Desde que ingresamos en la OTAN, nuestras fuerzas armadas han participado en diversos operativos a lo largo y ancho del mundo, pero casi siempre bajo mando extranjero y en defensa de los intereses geoestratégicos de otros. En dichas intervenciones, el ejército español ha asumido una función lacayuna, como si de un regimiento de cipayos se tratara. Y ese es el papel que muchos iletrados con poder político, como Sánchez y Casado, que sólo parecen estar de acuerdo en lo que perjudica a España, quieren que nuestro país represente en la crisis ucraniana.

Si España fuera un miembro más de la OTAN, con idénticos derechos y obligaciones que el resto, la intervención española en la presente crisis sería aceptable. Pero, a pesar de las declaraciones rimbombantes de ciertos servidores públicos, que parecen hacérselo encima de gusto cuando mencionan Europa, no es así. El paraguas aéreo de la OTAN cubre (protege) Gibraltar, pero no Ceuta y Melilla, las dos plazas de soberanía que poseemos en el norte de África, que ya eran españolas hace más de cuatro siglos, mientras que Marruecos, como entidad política, como nación, existe como quien dice desde hace cuatro días. Si eso no es un agravio comparativo, que bajé Dios y lo vea.

Hasta se baraja la posibilidad de una especie de acción preventiva contra Rusia, porque, según objeta algún que otro experto, no se puede permitir que invada otro país. Pero de la ocupación de territorio español por una potencia extranjera no se dice nada. Gran Bretaña se ha apresurado a censurar a Putin, porque quiere hacer en Ucrania lo que los ingleses llevan tres siglos haciendo en Gibraltar. De traca. ¿Y qué decir de la pajolera UE, que les acaricia el lomo a los separatistas y hasta ha protegido al fugado Puigdemont? Por no hablar de otras cosas, como la derogación, por imperativo europeo, de varios puntos de la doctrina Parot, cuyas consecuencias todo español de bien debería deplorar. Y es que, para no variar, esa Europa políticamente correcta, la de las políticas identitarias, LGTBI, inclusivas y demás mandangas, se preocupa mucho por los derechos humanos de los verdugos, pero no tanto de los de sus víctimas. No hay más que recordar cómo le reían las gracias a Milosevic los politiquillos europeos no hace tantos años, con la burda excusa del diálogo, mientras esa bestia enviaba a la muerte a miles de personas.

Si en España hubiésemos tenido gobiernos decentes, hace tiempo que se le habría plantado cara a la OTAN y a la UE, exigiendo el mismo trato que el resto de las naciones integradas en ellas. En todo caso, se debería exigir a la Alianza Atlántica que proteja todo nuestro territorio nacional, incluidas Ceuta y Melilla. Y si esa organización no está dispuesta a avenirse a razones, deberíamos plantearnos la posibilidad de salir de la misma. Al fin y al cabo, también la Francia de De Gaulle abandonó la OTAN y no le fue nada mal. Al menos, recuperó gran parte de la soberanía nacional perdida.

España no tiene ningún contencioso con Rusia, de modo que el conflicto entre ella y la OTAN por la cuestión de Ucrania, sean cuales fueren las simpatías de los politicastros españoles por una u otra parte, no afectan a los intereses de nuestro país. En cambio, sí tenemos un contencioso con el Reino Unido, el miembro más relevante de la OTAN, que ocupa militarmente una parte muy sensible de nuestro territorio, situada en el centro de un eje defensivo vital para nuestra patria.

El mayor enemigo de España es Marruecos, que amenaza Ceuta y Melilla, e incluso aspira a ocupar las Canarias. ¿O es que nadie se acuerda de aquella foto del infame Zapatero ante un mapa del Reino Alaui, en el que Melilla y Ceuta aparecían integradas como poblaciones marroquíes? Viendo cómo ha actuado en el reciente pasado la UE, ante las amenazas y provocaciones de Marruecos a España, ¿alguien se cree que, en caso de choque armado entre las dos naciones, podríamos contar con el apoyo de nuestros socios europeos? Lo más seguro es que se inhibieran del asunto, buscando mil y una excusas, pacifistas o humanitarias, para no defender nuestros intereses.

No quiero terminar sin hacer mención a la posición de Podemos y demás patulea de extrema izquierda. Ellos se oponen a la intervención contra Rusia por razones de estricta afinidad ideológica, ya que perciben a Putin como lo que realmente es: un decidido líder comunista. Por el contrario, como apunté en el párrafo inicial de este artículo, yo sostengo que la razón está del lado de Ucrania, y que a la Rusia putinesca hay que pararle los pies. Pero también que nosotros no podemos tomar parte en ello, por las razones que he argumentado.

Así pues, estoy en contra de la intervención española en una crisis que no nos atañe. Porque, si la situación degenera en guerra, por corta que sea, mucho me temo que nuestros soldados sólo servirían de carne de cañón en defensa de unos intereses que no son los nuestros.

© Antonio Quintana Carrandi (1.421 palabras) Créditos