EL TELESCOPIO JAMES WEBB Y LOS «TOLERANTES»
por Antonio Quintana Carrandi
James E. Webb
James E. Webb

Aunque mucha gente se empeñe en creer lo contrario, el que una persona sea inteligente y posea una excelente formación académica no implica que por ello tenga que ser, por fuerza, sensata o tolerante. La historia nos ofrece multitud de ejemplos de personalidades, muy destacadas en distintos ámbitos del saber humano que, sin embargo, dieron muestras de una intolerancia y un sectarismo casi patológicos. Algunas de ellas llegaron a abrazar y defender a capa y espada ideologías tan criminales como el nacionalsocialismo o el comunismo. Entre la alta jerarquía nazi, por ejemplo, destacaron los licenciados en Derecho (entre ellos bastantes Doctores en la materia), talentosos ingenieros, arquitectos de renombre y científicos e intelectuales de todas las disciplinas. Y lo mismo puede aplicarse al comunismo. Es decir, que una persona puede ser un genio en lo suyo, en su especialidad, y desbarrar por completo en todo lo demás, ya sea por ignorancia o por prejuicios ideológicos.

Sólo era cuestión de tiempo que la Agencia Espacial estadounidense, la NASA, fuera víctima de los ataques del mal llamado colectivo LGTBI, tras el que se ocultan, con la excusa de la defensa de los derechos de aquellos que abrazan una sexualidad digamos no tradicional, gupúsculos altamente ideologizados en el más rancio comunismo de toda la vida; aquel que desde hace algo más de un siglo ha arruinado naciones antes prósperas, y llenado a rebosar inmensas fosas comunes. Por supuesto, y a poco que se indague, ese colectivo solo se representa a si mismo, y muchos homosexuales reniegan de él, aunque la ola neoinquisitorial que rodea el progresismo acalla y estigmatiza cualquier disidencia al respecto.

Hace unos días, saltó a los medios de comunicación la noticia de que cierta astrofísica, de nombre Lucianne Walkobicz, ha renunciado a su cargo de asesora de la NASA. ¿El motivo de tal decisión? Que la Agencia Espacial ha decidido no cambar el nombre de su flamante telescopio espacial, bautizado en honor de James E. Webb, segundo administrador de la NASA y una de las figuras más relevantes en la historia de la conquista del espacio.

La tal Walkobicz, como otros cantamañanas de idéntico pelaje, había no solicitado, sino exigido, que se cambiase el nombre del aparato, ya que según ciertos indocumentados Webb era homófobo, etiqueta ésta que, como las de fascista, racista y otras similares, la patulea progre aplica a todo aquel que no le cae bien. Para justificar semejante estupidez, la Walkobicz y sus cuates han aireado un oscuro y no muy bien documentado incidente sobre la actuación de Webb durante la administración del presidente Kennedy, de la que formó parte.

El asunto ocurrió en 1963 e involucró a un empleado de la NASA, Cliffer Norton que, afectado por los últimos coletazos del macarthismo, se negó a declarar acerca de su orientación sexual y fue despedido por ello. Según la acusación de Walkobicz, fue el propio Webb quien aportó pruebas al respecto. En aquella época, además de, y precisamente a causa de, la falta de sensibilidad sobre la homosexualidad, se consideraba que los espías infiltrados en el gobierno tendrían una magnífica oportunidad de chantajear a los funcionarios cripto-homosexuales con airear su condición si no les proporcionaban información secreta, por lo que se les consideraba una brecha de seguridad. Sobre un centenar fueron despedidos a causa de ello en los años álgidos de la Guerra Fría.

Es cierto que, durante mucho tiempo, la homosexualidad estuvo considerada una desviación e incluso una lacra, y que alguien acusado de practicarla tenía todas las papeletas para perder su empleo, sobre todo si trabajaba para el gobierno por las causas citadas. Pero también lo es que, aunque se los despidiera, lo que no siempre pasaba, los homosexuales de entonces no eran ni perseguidos ni estigmatizados de forma sistemática, como sí ocurría en otros países supuestamente más democráticos y tolerantes que los Estados Unidos. De hecho, en todas las naciones del llamado mundo libre, y hasta bien entrados los años 90 del siglo pasado, había leyes que, con más o menos rigor según el país, combatían lo que, impropiamente a mi juicio, era definido por muchos como una aberración. Pero en aquellos gobernados por el marxismo más radical, perder aceite era un delito grave, castigado, como poco, con el envío del delincuente a un centro especial para su reeducación. En la Unión Soviética los gays eran empaquetados de inmediato a Siberia, donde muchísimos perecían extenuados por las agotadoras jornadas de trabajo en las minas. Porque una verdad incómoda para los izquierdistas actuales, es que el comunismo siempre consideró la homosexualidad como una degeneración de la masculinidad proletaria, aunque ahora Podemos y otras formaciones semejantes pretendan erigirse en adalides de la libertad sexual.

En la Cuba de los Castro, por ejemplo, se levantó un campo de concentración exclusivamente para los homosexuales. A la entrada del siniestro Auschwitz nazi había un cartel que rezaba: El trabajo hace libre. En el campo cubano se veía otro que decía: El trabajo hace hombre. Según Ernesto Che Guevara, el propósito de esa prisión especial era purgar a la sociedad revolucionaria cubana de la mariconería burguesa. En la Rusia de hoy, manejada a placer desde años por Vladimir Putin, que fue un alto cargo del KGB, los homosexuales son marginados, perseguidos y hasta apaleados en público. En los países árabes, cuya cultura tanto parecen admirar los progres occidentales, los gays son ahorcados de una grúa en las ciudades, o arrojados por un precipicio en las zonas rurales. A veces, en las naciones islámicas supuestamente más moderadas, se los envía a prisión, donde no tardan en morir asesinados a manos de otros reclusos, sin que las autoridades se dignen investigar tales hechos. ¿Y qué decir de esos cineastas e intelectuales italianos que, como Pier Paolo Pasolini, fueron expulsados del Partido Comunista por sus tendencias sexuales, incompatibles con la moral socialista?

Sin embargo, como la evolución de las sociedades ha ido dejando obsoletos los mantras tradicionales de la izquierda, la antes sacrosanta lucha de clases ha sido reemplazada por las más peregrinas causitas (léanse ecologismo, animalismo, multiculturalismo, antifascismo, etcétera) que, como he dicho anteriormente, sirven de pantalla, escudo y disfraz para el remozado comunismo del siglo XXI. La corrección política lo emponzoña todo, no respeta absolutamente nada y tiende a imponerse mediante el chantaje. Eso es lo que la Walkobicz y otros han tratado de hacer: chantajear a la NASA, para que ceda ante su estúpida exigencia. Por suerte, la NASA ha optado por la sensatez y los principios, plantándoles cara a quienes pretenden denigrar la memoria de James E. Webb, un hombre con una trayectoria personal y profesional intachable.

Lucianne Walkobicz podría haber expresado de manera más sensata, seria, moderada y responsable su parecer sobre el nombre dado a ese maravilloso telescopio espacial. Pero ha optado por la prepotencia y la chulería características del que se cree moralmente por encima del bien y del mal, y al fallarle estas, ha dimitido, espetando que la NASA no merece mi tiempo. He de felicitar a la Agencia Espacial estadounidense por haberse librado de semejante rémora. Porque, si hubieran cedido a su chantaje, sólo Dios sabe cuántas astracanadas por el estilo habría perpetrado en el futuro esta interfecta.

No pongo en duda los conocimientos y la capacidad de Lucianne Walkobicz como astrofísica, pero en todo lo demás, y a los hechos me remito, no se diferencia en nada de otras lumbreras progresistas por el estilo.

© Antonio Quintana Carrandi (1.232 palabras) Créditos