La ley seca: Centenario de una ley absurda, 11
LA INVESTIGACIÓN DEL ASESINATO DE LOMBARDO
por Antonio Quintana Carrandi
Tony Lombardo
Tony Lombardo

El asesinato de Lombardo causó un enorme revuelo en Chicago. Aunque ciertamente no había sido trigo limpio, un amplio sector de la opinión pública lo consideraba un respetable hombre de negocios, de modo que su muerte fue recibida con indignación por casi todo el mundo.

Sin embargo, la vinculación de ese respetable empresario con la Mafia era tan evidente, que la Casa Blanca se vio obligada a reaccionar. Si Tony Lombardo había conseguido pasar por un honesto hombre de negocios, cuando en realidad era un destacado gángster, ningún cargo público de la ciudad podía estar libre de sospecha. Todo indicaba que la Mafia no sólo controlaba los bajos fondos, sino también las altas esferas del estado de Illinois. Se imponía una investigación seria, así que el presidente Calvin Coolidge en persona encargó del asunto al Procurador Hoffman, un hombre de intachable reputación y formidable determinación. Hoffman no se hizo ilusiones. Sabía que no podía confiar en nadie de Chicago, así que formó un equipo especial, integrado por los más preparados funcionarios del Departamento de Justicia y los mejores agentes del FBI, proporcionados por J. Edgard Hoover, y partió hacia la ciudad del viento.

A Hoffman, más que la identidad de los asesinos de Lombardo, le interesaba desenmarañar el entramado de la Mafia, pues creía, con buen criterio, que había que atacar directamente a la cabeza de la serpiente. Así pues, lo primero que hizo fue escarbar en los archivos policiales y judiciales de la ciudad. Concluyó que los italianos y los irlandeses habían absorbido las pequeñas bandas criminales de antaño, adueñándose de todas las actividades ilegales en Chicago y compitiendo ferozmente entre ellos.

Por supuesto, aunque relegada a un segundo plano, la investigación del asesinato de Lombardo prosiguió. Joe Ajello, que regresó a Chicago para los funerales de Lombardo y para asumir la dirección en funciones de la IANU, fue interrogado. Dijo no saber nada de las relaciones del difunto con la Mafia, añadiendo que Lombardo y él habían sido grandes amigos, aunque también admitió que en los últimos tiempos se habían distanciado, al tomar cada uno su propio camino.

De la declaración de Ajello no se podía sacar nada, así que la investigación del crimen pareció estancarse. Hoffman ordenó entonces que se presionara más a los empleados de la IANU, para ver si por ahí se encontraba alguna pista. Acertó de pleno, porque una telefonista de la organización acabó admitiendo que, la mañana de la muerte de Lombardo, alguien, que respondía al nombre de Pete Rizzito, había preguntado por él. Según esa mujer, el tal Rizzito, que parecía muy nervioso, insistió en hablar con Lombardo, y al decirle la telefonista que todavía no había llegado, exigió que se le proporcionara el número de su casa.

Los agentes del FBI descubrieron que Pete Rizzito, que como Lombardo era originario de uno de los guettos de Chicago, se dedicaba a la exportación de aceitunas y aceite desde Italia, siendo considerado un miembro respetable de la comunidad italoamericana. Aunque tenía algunos antecedentes penales, eran por delitos menores, no relacionados al parecer con el crimen organizado. En su declaración ante Hoffman, Rizzito admitió conocer a Lombardo, del que dijo ser buen amigo, añadiendo que estaba sorprendido y molesto por las insinuaciones acerca de los supuestos vínculos mafiosos del finado. También reconoció conocer personalmente a Joe Ajello, no así a Capone, del que dijo que lo único que sabía era lo que había leído en los periódicos. Al ser interrogado sobre su llamada telefónica a la IANU la mañana del 7 de septiembre, respondió que, al no encontrar a Lombardo en su oficina, había llamado a su domicilio, contestándole el ama de llaves, quien le dijo que había salido de casa unos minutos antes. Preguntado por el motivo de su llamada, Rizzito respondió que quería solicitar un crédito al banco de la IANU para ampliar su negocio. Como no tenía trato con Ajello, director de la entidad bancaria, había pensado recurrir a su amigo Lombardo, para que este acelerara los trámites pertinentes.

A Hoffman no le convenció la declaración de Rizzito. Sospechaba que había mucho más, de modo que estaba dispuesto a presionarle al máximo en posteriores interrogatorios. Pero estos nunca tuvieron lugar, porque, poco después, Rizzito fue abatido por una ráfaga de Thompson, disparada contra él desde un coche en marcha. Acribillado, con más de una docena de balas en el cuerpo, se aferró a la vida durante varios días. Hoffman fue a verle en un par de ocasiones. Rizzito intentó decirle algo, pero sólo conseguía murmurar incoherencias. No tardó en morir.

La prensa se hizo eco del asunto, revelando, para sorpresa de Hoffman, que Rizzito había sido uno de los posibles sucesores de Lombardo en la jefatura de la IANU, y que se sospechaba había sido propuesto para el cargo nada menos que por Al Capone. Hoffman concluyó que la lucha por el control de aquella organización, tapadera de la Mafia, continuaba. Mientras tanto, Ajello, que ostentaba la presidencia temporal de la organización, fue obligado por Capone a renunciar a la misma.

Las pistas que iba encontrando Hoffman acababan conduciéndole a callejones sin salida, pero el Procurador, inmune al desaliento, siguió perseverando. Descubrió que Capone había presentado un nuevo candidato para dirigir la IANU: Pasquale Lolardo. Este era hermano de Joe Lolardo, el guardaespaldas de Lombardo que había sobrevivido al atentado. Esto daba un nuevo giro a la investigación, pues arrojaba muchas sombras sobre Joe Lolardo, que en principio había sido descartado como asesino o cómplice del asesinato de Lombardo. Más tarde, cuando un par de agentes del FBI le presentaron pruebas, circunstanciales ante un tribunal, pero muy reveladoras para un investigador, de la participación de Joe Lolardo en la muerte de Pete Rizzito, a Hoffman no le quedó ninguna duda acerca de su culpabilidad en ambos casos. Además, poco antes el capitán Stege le había proporcionado una información muy reveladora: Joe Lolardo había entrado a trabajar como guardaespaldas de Lombardo por sugerencia de Joe Ajello, que había agradecido de esta manera que Lombardo le nombrara director del banco de la IANU.

Las cosas, lejos de aclararse, se iban enturbiando aún más. La clave de todo parecía ser el control de la IANU, así que Hoffman focalizó su atención en dicha entidad. El Procurador barajaba dos hipótesis. La primera de ellas, que Lombardo hubiese sido asesinado, en realidad, por orden de Capone, en venganza por algún negocio ilegal que el presidente de la IANU le hubiera ocultado. Según esta teoría, Pete Rizzito se habría convertido entonces en la alternativa lógica a Ajello. Como una práctica habitual de los gánsteres era difundir rumores para confundir a las autoridades, era muy posible que Rizzito ni siquiera perteneciera, después de todo, a la banda de Scarface. Así pues, entraba en lo posible que Capone también fuera responsable del asesinato de Rizzito, ya que le consideraría una amenaza para su hegemonía en el sindicato. Hoffman pensaba que Capone podría haberse decantado por Pasquale Lolardo porque era un hombre gris, que no gozaba de la popularidad y prestigio de sus antecesores en el cargo. De este modo, Al esperaba evitar la tremenda indignación popular desatada tras el fallecimiento de Lombardo, si por casualidad Lolardo también era apiolado. Porque nada ponía más nervioso e irascible a Caracortada que tener a una legión de federales husmeando en su ciudad.

Hoffman barajaba, además, una segunda teoría, que partía también de la suposición de que Lombardo había sido asesinado siguiendo órdenes de Capone. Como, a pesar del poder y el descaro de la Mafia, un asesinato a sangre fría y a plena luz del día era una cosa muy seria, el Procurador especuló con la posibilidad de que, como pago por la ejecución de Tony, Capone le hubiera prometido a Joe Lolardo hacer a su hermano Pasquale presidente de la IANU, cargo muy goloso para un gánster. De haber ocurrido las cosas así, Capone habría decidido quitar de en medio a Rizzito para dejarle el campo libre a Pasquale, y, de paso, eliminar una molestia que podría causarle problemas en el futuro. Además, de ser acertada esta hipótesis, Ajello habría sido inocente del doble homicidio, y la responsabilidad de esas muertes sería exclusivamente de Capone.

Las investigaciones volvieron a estancarse, para desesperación de Hoffman. Sin embargo, el 2 de enero de 1929, Pasquale Lolardo fue asesinado en su casa por tres conocidos. Según parece, los tres hombres acudieron a su domicilio, siendo recibidos por su esposa. Pasquale, que se hallaba en el comedor, dijo a su mujer que dejara entrar a los visitantes, pues eran amigos suyos. La mujer les sirvió café y luego se retiró a la cocina. Más tarde, la esposa de Lolardo declararía a la policía que, unos veinte o veinticinco minutos después, escuchó dos o tres detonaciones, y que cuando se dirigió corriendo al salón, encontró a su marido en el suelo, con el pecho cubierto de sangre. De los tres hombres no había rastro.

Pero en su declaración a la policía, y aunque no le conocía de nombre, la esposa de Lolardo dio las descripciones de aquellos tres hombres, y una era la de Joe Ajello. Para asegurarse, los detectives de homicidios le mostraron una foto de Ajello. La mujer dijo que no le cabía duda de que era el mismo hombre, que parecía tener cierto ascendiente sobre los otros dos, y que había saludado a su marido llamándole Pascualito y abrazándole.

Hoffman fue informado de inmediato, cursándose la correspondiente orden de arresto contra Joe Ajello. Pero cuando la policía fue a detenerle, no se encontraba en su domicilio, y su ama de llaves insistió en que su patrón llevaba varios días fuera de la ciudad por negocios.

Hoffman se frotaba las manos, porque por fin tenía un hilo del que tirar, confiando en que, de alguna manera, le condujese hasta Capone, máximo cabecilla mafioso de la ciudad. Siguiendo sus instrucciones, la viuda de Pasquale se mudó a casa de uno de sus hermanos, siendo vigilada noche y día nada menos que por una docena de agentes de policía. Pero no se pudo evitar que, con motivo de los funerales de su marido, fuese visitada por numerosos familiares y amigos. El caso fue que, poco después, la mujer se retractó de su primera declaración, negando haber reconocido a Joe Ajello, y añadiendo, incluso, que la policía le había obligado a firmar una declaración que no era la suya. Para Hoffman estaba clarísimo que había sido amenazada, seguramente por alguien que había acudido al funeral de su marido. Pero lo que más inquietaba al Procurador, era la posibilidad de que, uno o dos policías de los que la custodiaban, hubieran sido comprados por la Mafia para hacerle ver a la mujer la conveniencia de mantener la boca cerrada. Como fuera, el asesinato de Lolardo quedó sin resolver, y Hoffman, a pesar de sus esfuerzos, tuvo que admitir el inmenso poder de la Mafia.

La situación en Chicago era cada vez más preocupante. Antes de la Prohibición, los crímenes en esa urbe no habían sido demasiado espectaculares, limitándose a algunas agresiones físicas y misteriosas desapariciones de personas, a las que nunca más volvía a verse. Pero con la implantación de la Voltead Act, las organizaciones criminales, poco menos que bandas de quinquis de perrona poco antes, se habían hecho con enormes sumas de dinero, lo que facilitaba que pudieran comprar protección policial, judicial y política. Controlando buena parte de las instituciones vía funcionarios corruptos, los gánsteres fueron perdiéndole el miedo a la ley e incluso al Estado. La consecuencia fue un envalentonamiento de los facinerosos, que pasaron de resolver sus disputas en oscuros callejones, amparándose en las sombras de la noche, a escenificar auténticas batallas campales a plena luz del día, con coches lanzados a toda velocidad, pistolas, rifles, metralletas y hasta granadas de mano. Llegaron a producirse tantos tiroteos en Chicago, que incluso desde el gobierno se estudió la posibilidad de declarar la ley marcial en la ciudad, poniéndola bajo el control de los marines, aunque pronto se renunció a tal idea. Hasta el mismísimo Charles Lucky Luciano, célebre gánster neoyorkino que influiría mucho más que Capone en la creación y consolidación del Crimen Organizado, y del que hablaré más adelante, comentó, tras visitar la ciudad, que toda aquella violencia exacerbada era intolerable y mala para los negocios, como él los entendía.

El aumento de las muertes violentas en Chicago decidió a Washington a redoblar sus esfuerzos en la lucha contra la Mafia. Todavía estaba en funciones el presidente Coolidge, que aborrecía a Capone y había jurado acabar con su reinado de terror en Illinois. Coolidge envió un telegrama cifrado a Hoffman, ofreciéndole todo su apoyo en su cruzada contra el gansterismo, a la vez que ordenaba al director del FBI, J. Edgard Hoover, que enviara un refuerzo de cincuenta agentes especiales para ponerse a las órdenes del Procurador. En el más estricto secreto, los G-Men llegaron a Chicago en distintos días y por diferentes medios de transporte, para no llamar la atención de los hombres de Capone. A finales de enero de 1929, los hombres de J. Edgard se instalaron en un edificio del centro de la ciudad, bajo la tapadera de una compañía dedicada a realizar estadísticas. Parecía que, por fin, las autoridades estaban dispuestas a terminar con los gánsteres de Chicago, pero todavía quedaba mucho camino por delante. Un camino sembrado de cadáveres y teñido de sangre.


Notas

Government Men. Literalmente, Hombres del Gobierno, apodo que dieron los delincuentes a los agentes especiales del FBI. (Nota del Autor).

© Antonio Quintana Carrandi (2.254 palabras) Créditos