Monstruos del siglo XX, 15
HIRO-HITO, TERCERA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Hideki Tojo
Hideki Tojo

El periodo que va desde la derrota ante las fuerzas soviéticas en 1939, hasta el ataque a la base aeronaval de Pearl Harbor en diciembre de 1941, fue de gran inestabilidad política en Japón. Todas las figuras relevantes niponas, tanto políticas y diplomáticas como militares, perseguían el mismo fin: convertir la nación en una auténtica potencia imperial. Sin embargo, diferían en los métodos a utilizar. La mayoría de los militares, salvo raras excepciones, abogaba por el uso directo de la fuerza. Los políticos, por el contrario, creían que el poder de Japón, una potencia militar en la época, bastaría para chantajear a los occidentales a través de maniobras diplomáticas, en especial a los europeos, principalmente franceses, holandeses y británicos. En 1940, la Francia que ocupaba la extensísima Indochina, y la Holanda que poseía riquísimas colonias en las Indias Orientales, se rindieron ante la victoriosa Alemania nazi, lo que colocaba sus posesiones de ultramar en una delicadísima situación. Gran Bretaña, si bien no había caído bajo el yugo germano, estaba casi entre la espada y la pared, considerablemente debilitada. La ocasión parecía propicia para que Japón desarrollara una ofensiva diplomática que, presumiblemente, podría facilitar su expansión por el Sudeste asiático sin tener que disparar un tiro. Pero Hiro-Hito, si bien daba largas a los militares, priorizando de momento la diplomacia, estaba cada vez más imbuido de la pasión belicista de sus generales y almirantes.

Si algo caracterizaba el teatro de operaciones del Pacífico, era su inmensidad. La distancia entre Panamá y Singapur es de 18.500 kilómetros nada menos. Como el sector en disputa correspondía al vértice occidental de tan vasta zona, la ubicación geográfica del archipiélago japonés permitía a los nipones disponer de numerosos e importantes puntos de apoyo, de cara a una casi segura confrontación bélica con USA.

Franklin Delano Roosevelt
Franklin Delano Roosevelt

Aunque la oscura y patética burocracia europeísta (que no europea) de nuestro tiempo se queja del inusitado interés de Estados Unidos en la zona del Pacífico, en detrimento de Europa, lo cierto es que hace más de un siglo que los estadounidenses decidieron expandir su influencia por esa parte del globo. Tras arrebatarle a España la posesión de las Filipinas en 1898, Estados Unidos fue introduciéndose paulatinamente en la región, con el objetivo principal de imponer sus postulados económicos a la hora de explotar las inmensas riquezas naturales de aquellos parajes. La presencia norteamericana en la zona, que siempre había sido mal vista en Tokio, se fortaleció en 1936, cuando el presidente Franklin Delano Roosevelt ordenó concentrar la Flota del Pacífico, acuartelada hasta entonces en San Diego (California), en las Hawaii, en concreto en la bahía de Pearl Harbor, en la isla de Oahu. Dicha isla se encuentra situada a tan sólo 3.200 millas náuticas de Japón, así que la maniobra americana fue considerada una provocación por los nipones. En Pearl Harbor Estados Unidos reunió tres portaaviones, nueve acorazados, veinte cruceros, cuarenta destructores y algunos submarinos, aparte de cierto número de embarcaciones auxiliares. Además, se reforzó considerablemente la dotación de aviones de combate basados en tierra, distribuidos por varios aeródromos.

En Japón, las tensiones entre los astutos políticos civiles y los agresivos militares habían provocado que se produjeran varios cambios de gobierno en poco tiempo, de modo que la política exterior nipona referente al Pacífico fue oscilando de un extremo al otro, ora decantándose por la diplomacia, ora por un belicismo feroz. Pero no debe olvidarse que, aunque hombres como Fumimaro Konoe insistieran en que los militares debían quedar supeditados al poder civil, también esos políticos civiles eran a su modo militaristas, y lo único que los diferenciaba de gente como Hideki Tojo era que pretendían darle al expansionismo nipón una pátina de legalidad.

Konoe abandonó el cargo de Primer Ministro en enero de 1937, siendo sustituido por Hiranuma Kiichiro, que apenas estuvo siete meses en el puesto. A Kiichiro le sucedió el general retirado Nobuyuki Abe, que en sólo cinco meses cedió el testigo a otro militar, éste en servicio activo, el almirante Mitsumasa Yonai. En julio de 1940 la crisis internacional era tan grave, que Hiro-Hito decidió reemplazarle por el que pasaba por ser el político más dotado del momento, Fumimaro Konoe, que volvió al poder. Pero si bien Konoe era muy inteligente y capaz, fue la suya una política errática y muy ambigua, que no hizo más que complicar las cosas. Fumimaro creía firmemente que Japón debía imponerse en Asia y el Pacífico, reivindicando el lugar que a su juicio le correspondía en el mundo moderno, y acaudillando, a su vez, la lucha por la emancipación de los pueblos asiáticos de la dominación blanca. Pero, al mismo tiempo, temía la reacción de los Estados Unidos, que desde la llegada de Roosevelt a la Casa Blanca, en 1933, habían recrudecido sus críticas al expansionismo japonés, exigiendo, por ejemplo, que Japón retirara sus tropas de China. Cuando los nipones, aprovechando la derrota francesa ante los nazis, ocuparon una parte de Indochina, la administración norteamericana optó por incrementar sus medidas coercitivas, presionando al Imperio del Sol Naciente con restricciones cada vez más duras a las exportaciones de chatarra y petróleo, que Japón recibía hasta entonces de USA.

La carestía de metal, y sobre todo de combustible para su armada, una de las más poderosas por aquel entonces, colocaba a la nación, en opinión de la mayoría de los miembros del gobierno japonés y los altos mandos del Ejército y la Flota, en una posición insostenible. Aquellos suministros eran vitales para que Japón pudiera llevar a cabo su misión histórica de liberar Asia, de modo que hasta los que habían expresado más dudas al respecto concluyeron que, antes o después, la guerra con América era inevitable. Hiro-Hito pensaba lo mismo, pero como Konoe no acababa de decidirse por ninguna vía de acción, en octubre de 1941 le sustituyó por el general Hideki Tojo, por el que sentía una especial simpatía, ya que era el artífice intelectual de la invasión de Manchuria, pistoletazo de salida de la política expansionista nipona.

En aquella época, la inmensa mayoría de los japoneses, sin distinción de clases sociales, veneraba al emperador, pero Tojo impulsó hasta el paroxismo el culto imperial, pues para él Japón era Hiro-Hito. Durante su prologando mandato, que abarcó gran parte de la Segunda Guerra Mundial, Hideki se esforzó por borrar cualquier atisbo de sociedad civil, militarizando la nación hasta el límite, tarea emprendida con celo por el Taisei Yokunsakai, el partido único fundado por Fumimaro Konoe. Hoy se considera a la sociedad nipona como la más disciplinada del orbe, pero en realidad sólo es un pálido reflejo de lo que fue durante aquel tiempo, en que todo Japón se puso como un solo hombre detrás del emperador. La labor fanatizadora de Tojo llegó a tal extremo, que en las escuelas primarias, e incluso en los jardines de infancia, había instructores militares, la mayoría de ellos del Kempeitai, para inculcar a los infantes, sin distinción de sexo, el espíritu samurái y la devoción absoluta hacia Hiro-Hito.

Cuando Tojo accedió al cargo de Primer Ministro, las relaciones entre Japón y Estados Unidos eran muy tensas. La guerra se mascaba en el ambiente político, algo que Washington tenía muy presente. El presidente Roosevelt estaba convencido de que, tarde o temprano, se desatarían las hostilidades entre su nación y la nipona, pues los servicios de inteligencia del ejército y la marina estadounidenses le mantenían relativamente bien informado de los preparativos bélicos japoneses. La cuestión era cuándo y dónde asestaría Japón su primer golpe. Algunos de sus asesores abogaban por adelantarse a Tokio. Roosevelt, que no deseaba que su país fuera percibido como una potencia agresora, y que además debía bregar con el extendido aislacionismo del pueblo americano, dejó bien claro que, en caso de que se vieran forzados a entrar en guerra, debía ser Japón el que atacase primero.

Japón estaba dispuesto a hacerlo. Tojo, que había sido nombrado Ministro de la Guerra en julio de 1940, cuando Konoe inició su segundo mandato como Primer Ministro, había participado activamente en el estudio de planes para un más que posible enfrentamiento armado con USA. Ya como Primer Ministro, conminó a los Estados Mayores del Ejército y la Armada a seguir en la misma línea, preparando una operación para, en sus propias palabras, poner a los Estados Unidos de rodillas, llegado el caso.

Salvo los militares más fanatizados e ignorantes de la situación real, todo el mundo sabía que Japón no podía ni soñar con derrotar a USA en una guerra prolongada. Pero una cosa estaba clara: si Japón seguía adelante con sus proyectos expansionistas, Estados Unidos acabaría por reaccionar. Esta certeza atormentaba a los políticos nipones desde mediados de los años 30. Tojo decidió dar una oportunidad más a la diplomacia para alcanzar los objetivos nipones, pero informó a su gabinete y al Emperador que, si las maniobras diplomáticas no funcionaban, Japón iría a la guerra. Hiro-Hito se mostró de acuerdo en todo con su Primer Ministro, de modo que los preparativos militares se intensificaron.

Isoroku Yamamoto
Isoroku Yamamoto

Muchos mandos del Ejército y la Armada conocían de primera mano Estados Unidos. Consultados por Tojo, todos estuvieron de acuerdo en afirmar que era preciso evitar una larga guerra con USA, pues en un conflicto de desgaste los estadounidenses tendrían todas las ventajas a su favor, considerando la inmensidad de aquel país y su increíble potencia industrial. El principal defensor de esta postura fue el almirante Isoroku Yamamoto, que había estudiado en Harvard y servido más tarde como asesor naval de la embajada nipona en Washington DC. Yamamoto no se hacía ilusiones. Dijo que, en el caso de que Estados Unidos declarase la guerra a Japón, él sólo podía garantizar seis meses, ocho como máximo, de victorias japonesas, antes de que los estadounidenses reaccionaran con toda su fuerza. En opinión de Yamamoto, compartida por otros jefes militares, la única salida que les quedaba era golpear con tal contundencia a los americanos, que estos se vieran obligados a sentarse a la mesa de negociaciones.

Es evidente que Yamamoto y otros como él, a pesar de haber pasado largo tiempo en USA, no conocían bien la idiosincrasia del pueblo estadounidense. La población norteamericana era mayoritariamente aislacionista, y, a pesar de todas las maniobras de Roosevelt para tratar de invertir esa tendencia, el americano medio consideraba que la guerra que se libraba en Europa, África y Rusia no concernía a los Estados Unidos, que debían procurar mantenerse apartados de ella. Así las cosas, Isoroku y varios altos mandos nipones cayeron en el error de creer que, si conseguían asestar a USA un golpe terrible, la ciudadanía americana, deseosa de mantener la paz a toda costa, presionaría a su gobierno para que cediera a las pretensiones japonesas. Si bien Yamamoto y unos pocos contemplaban la posibilidad de que Estados Unidos les declarase la guerra tras ese ataque, creían que el pacifismo arraigado en la sociedad jugaría a su favor, obligando a Roosevelt a recular e iniciar negociaciones serias con el Imperio del Sol Naciente. Los más optimistas pensaban que era posible, incluso, que el poderoso movimiento pacifista estadounidense forzara al presidente a dimitir, generando una crisis política que sólo podía beneficiar a Japón.

Políticos, diplomáticos y militares discrepaban sobre los medios a emplear para alcanzar los objetivos que se habían fijado, pero todos coincidían en que la expansión imperialista era la única vía que le quedaba a Japón. Si podían alcanzar sus metas utilizando sólo la diplomacia, perfecto; pero si no, estaban dispuestos a embarcar a su país en una guerra. Abrigaban el convencimiento de tener la razón moral de su parte, y, en consecuencia, jamás dudaron de la honorabilidad de su causa.

Lo cierto es que la situación de Japón en 1940 no era nada halagüeña. La japonesa era y sigue siendo una raza extraordinariamente prolífica, principalmente por razones culturales. Un país insular, cuya superficie apenas alcanzaba el tres por ciento de la de Estados Unidos, que entonces contaba con aproximadamente 131 millones de habitantes, tenía que alimentar a 73 millones de personas. La agricultura era la principal fuente de alimentos, seguida por la pesca y, a enorme distancia, la casi irrelevante ganadería. Debido al exceso de población, cada nipón sólo disponía de una superficie de tierra útil para el cultivo quince veces inferior a la de un estadounidense, así que siempre había escasez de productos agrícolas, incluyendo el socorrido arroz. Aunque Japón producía buenos productos manufacturados a precios muy asequibles, su industria se había resentido por la reducción de exportaciones decretada por los países occidentales en los años 30, de modo que la mayoría de los japoneses estaban subalimentados. Por otra parte, las cosas se habían agravado a partir de 1924, cuando el Congreso estadounidense, alarmado por el aumento de la población nipona de California y otros estados de la costa occidental, prohibió la inmigración japonesa, que hasta entonces había aliviado algo la asfixiante presión demográfica que sufría Japón. Tal medida fue acogida como un insulto a su orgullo nacional por la sociedad nipona, que así se convirtió en campo abonado para la demagogia imperialista. Convenientemente espoleados por la propaganda, para 1941 nueve de cada diez nipones creían que su país era víctima de un cerco político, militar y económico por parte del egoísmo de las naciones blancas.

Con el fin de distraer en lo posible la atención estadounidense de sus preparativos militares, Tojo, con el respaldo del Emperador, intensificó la ofensiva diplomática. Saburo Kurusu, que había sido embajador ante el Tercer Reich y firmado el pacto por el que se creó el denominado Eje Berlín-Roma-Tokio, aunque personalmente era contrario a esa alianza y despreciaba a Hitler, fue enviado a Washington DC como apoyo y refuerzo del embajador, Kichisaburo Nomura. Ambos confiaban en llegar a algún acuerdo que evitase la guerra entre los dos países. Nomura, gran admirador de los Estados Unidos y de la cultura occidental, lo que provocaba el recelo de los militaristas de su país, mantenía excelentes relaciones con Roosevelt. Kurusu, que había intentado convencer a su gobierno para que no firmara el Pacto Tripartito con Alemania e Italia, también suscitaba la desconfianza de los elementos más fanatizados del gobierno, el Ejército y la Armada de Japón. Aunque la propaganda americana los presentó, tras el bombardeo de Pearl Harbor, como hipócritas y traidores que habían engañado miserablemente a los Estados Unidos con sus llamamientos al mantenimiento de la paz, lo cierto es que obraron de buena fe. Eran conscientes de que, si fracasaban en su misión, si no conseguían que USA se aviniera a ceder algo ante las exigencias de Japón, estallaría la guerra. Pero sólo conocían parcialmente y muy por encima las maniobras belicistas que estaba llevando a cabo su gobierno, e ignoraban que estaban siendo utilizados como simples peones por el Emperador y su mano derecha, Tojo, que estaban valorando atacar por sorpresa (es decir, a traición) a los Estados Unidos.

El ataque a Pearl Harbor, con el que se pretendía neutralizar a USA, tomando la iniciativa con un golpe de fuerza inesperado y presumiblemente decisivo, era la esencia del denominado Plan Zeta. El responsable último de este plan fue Yamamoto, de quien también partió la idea de atacar a la flota estadounidense en las Hawaii. En noviembre de 1940, los aparatos del portaaviones británico Illustrious habían llevado a cabo un exitoso ataque contra la base italiana de Tarento. Yamamoto tomó buena nota de aquella operación. En febrero de 1941, encargó a Minoru Genda, gran promotor del arma aérea en Japón, que estudiase la posibilidad de realizar una incursión semejante contra Pearl Harbor. El proyecto de Genda contemplaba el bombardeo en picado, pero no el empleo de torpedos, ya que la poca profundidad de aquella bahía, apenas doce metros, haría que los proyectiles acabaran hundiéndose e incrustándose en el fondo antes de alcanzar sus objetivos. Yamamoto le conminó a encontrar un modo de solucionar ese problema, y, en relativamente poco tiempo, los ingenieros nipones lograron modificar los torpedos para que pudiesen ser empleados con eficacia en aguas poco profundas. Entonces Genda se concentró en entrenar pilotos para el ataque, utilizando cierta bahía de una isla japonesa que, sorprendentemente, era muy parecida a Pearl Harbor.

No hay que perder de vista las fechas. Yamamoto encargó a Genda el estudio de viabilidad del ataque en febrero del 41, en un momento en que los diplomáticos nipones, sin renunciar claramente a la política expansionista de su país, se esforzaban por demostrar que su nación deseaba la paz. Pero una cosa eran la palabrería y las maniobras diplomáticas, y otra la realidad de lo que estaba ocurriendo. Japón no estaba dispuesto a ceder ni un ápice en sus pretensiones, así que los supuestos esfuerzos pacifistas de su diplomacia eran anulados por el proceder de su gobierno, que endureció su postura a partir de octubre, cuando Tojo asumió la cartera de Primer Ministro. Lo primero que hizo Hideki fue dar luz verde al Plan Zeta. Desde ese momento, la carrera hacia la guerra abierta estaba cantada.

El programa estratégico nipón era muy ambicioso, ya que, además de la destrucción de la flota americana, contemplaba ofensivas contra Singapur, Hong-Kong, las Indias Orientales Holandesas y Filipinas. El objetivo prioritario era conseguir petróleo y otras materias primas, indispensables para alimentar la maquinaria bélica nipona.

La fuerza que debería atacar Pearl Harbor estaba compuesta por seis portaaviones, dos acorazados, tres cruceros y nueve destructores, bajo el mando del vicealmirante Chuichi Nagumo. Durante parte de la travesía, navegaron con la flota nipona ocho petroleros, para suministrar combustible a las unidades. Yamamoto escogió personalmente la fecha del ataque, fijándola para el 7 de diciembre, pues pensaba que la mañana de un domingo sería el mejor momento para coger a los americanos desprevenidos.

En el mayor de los secretos, la flota atacante se reunió en la bahía de Hitokappu, en las Kuriles, el 14 de noviembre. Doce días después, el 26, partió hacia las Hawaii, pero dando un gran rodeo, evitando las rutas comerciales habituales. El 1 de diciembre, Tojo informó al Emperador, que dio su conformidad a la operación. Hideki ordenó transmitir a Nagumo la clave cifrada que le daba vía libre para proceder: Asciende al monte Niitaka. La suerte estaba echada.

(Continuará).

© Antonio Quintana Carrandi
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